lunes, diciembre 24, 2012

Minificciones de vacaciones viajeras



Turismo
Así que esto es, en realidad, la Tierra ―dijo el misterioso viajero. Se encogió de hombros. Al pasar por un contenedor de basura arrojó la Guía de los diez planetas que debes visitar antes de morir. Se supo estafado.


Sonría, por favor
El peor viaje de su vida inició con su maleta perdida en el aeropuerto. Los días siguientes  fueron llamar a la aerolínea y castigar el hígado.
            Semanas después un mensajero apareció en su puerta. Traía la maleta. En uno de los costados habían colocado una calcomanía: “No sabes la cantidad de lugares que recorrí para encontrarte”. Al lado de esto: una carita amarilla sonriéndole.
            El fuego consumió con más velocidad de lo deseado la maleta. Maldurmió al pensar en la gran vida que ésta se había dado a sus expensas.


Sitios ordinarios
El lugar era horrible. No me explicaba la fascinación por el tour. Es la tercera vez que lo tomamos, me dijo una pareja. Hice una mueca de fastidio. Comenzó la exposición del guía. Contó la supuesta historia del sitio. Éste se transformó ante mis ojos. Las palabras lustraban las piedras ruinosas, iluminaban los techos carcomidos. Nunca experimenté cosa parecida. Se hizo el silencio, el lugar recuperó su aspecto ordinario. Comprendí que todos venían a escuchar al guía. Mañana será una historia diferente, dijo alguien. Compré boletos para toda la semana.


Riesgo de contagio
Regresó de un paseo por el último paraíso virtual que había liberado su código. En el entorno digital se relacionó con una hermosa asiática, en tránsito por el mismo sitio. Mientras esperaba que el antivirus hiciera su trabajo, pensó en la posibilidad de haber sido contagiado. No puede ser tan grave, pensó, estas cosas ocurren. Eran los riesgos de conectarse a la red. En la sala de conexión, el aspecto de su brazo gangrenado era terrible. 

jueves, diciembre 20, 2012

Regalo del fin del mundo

En 2011, la editorial Tártaro publicó en formato electrónico mi relato "Agua", una historia apocalíptica que se desarrolla en la Sierra Norte de Puebla. Hoy, un día antes del fin del mundo, se los regalo aquí.

(Clic en la imagen para descargar). 

(Nota: si no tienes un lector de libros electrónicos, puedes descargar Calibre para leer en tu computadora personal).

domingo, diciembre 16, 2012

Nuestra educación sentimental

Montaje tridimensional en la exposición sobre Yolanda Vargas Dulché. 

1. Fui a ver una exposición muy linda, Yolanda Vargas Dulché. Contadora de historias, que hace un homenaje a una de las mujeres más influyentes dentro del campo de los medios de comunicación del siglo veinte. Esta autora es uno de los iconos más importantes de la historia de la historieta en México. En los cuadernillos de Lágrimas y risas nacieron historias que después fueron adaptadas a la radio, la televisión, el cine y el teatro, éstas han quedado impresas en la memoria y el inconsciente del espectador mexicano en un periodo de tiempo que va de finales de los años cuarenta a los años noventa del siglo XX. Historias como Yesenia, Rubí, El pecado de Oyuki, Memín Pinguín, Gabriel y Gabriela, Rarotonga, Ladronzuela y varias más, forman parte de la cultura de los mexicanos, aunque algunos no lo quieran. La exposición está muy bien montada, tiene una curaduría interactiva que permite introducirse en los cuadros que ambientan las diversas épocas en que estas historias triunfaron, hay posibilidades de tocar los objetos, de sacar fotos, de llevarse un ejemplo de los pliegos en que se imprimen los cómics de 32 páginas (lo cual explica su extensión y su precio). Muy recomendable darse una vuelta.

2. La exposición es también un viaje fragmentado por la historia de México, la participación de Televisa en este proyecto supuso el acceso a archivos videográficos que suponen una riqueza fundamental para la documentación de la historia de nuestro país. Están ahí las imágenes de los noticieros (con el eterno Jacobo), la publicidad y su evolución a lo largo del tiempo (los anuncios de los autos de Volkswagen que, en plena crisis ochentera, se anunciaban con ofertas de 900 000 pesos), la evolución de los estilos de actuación televisivos. Lo que no cambia es la manera en cómo la sociedad muestra pocos cambios con respecto de la recepción de productos culturales que fueron pensados para públicos de, incluso, cinco siglos antes de su realización. La moral del mexicano parece suspendida en medio de una historia sociopolítica más que vertiginosa. Y si no, ahí está el éxito de telenovelas como Alondra en pleno salinato, con una frondosa Ana Colchero a la que todavía no le daba por convertirse en la autora de best sellers que pretende ser hoy. En esa inmovilidad de la moralidad hay un uso perverso de la noción de transgresión: la idea de que ésta sólo es posible cuando se cuestionan los roles sociales dentro de una sociedad que comienza a consensuar como aceptados esos cambios "impensables" en otros tiempos. El rol de la mujer y su transformación, en nuestro país, no dependen de políticas públicas o de las luchas emprendidas con denuedo por las organizaciones feministas, sino de la asimilación que se ha hecho de los mensajes emitidos por las historias masificadas a través de productos como las telenovelas. Triste pero cierto.

3. Esta exposición pone de relieve algo que Carlos Monsiváis plantea en Aires de familia: los mexicanos (y los latinoamericanos si tomamos en cuenta el alcance de los productos culturales mexicanos) han tenido su educación sentimental (usando a propósito la expresión de Flaubert) a partir de los comportamientos expresados en las historias del cine de la época de oro. Habría que hacer eso extensivo a las historias que estos cómics masificados (la editorial Vid llegó a poner en riesgo la viabilidad de las editoriales españolas de cómics, según Terenci Moix) tuvieron y a las dramatizaciones televisivas. En estas expresiones se nos ha enseñado a los mexicanos cómo ligar, cómo relacionarnos con los padres, como reaccionar ante el rechazo, cómo evitar la victimización, cómo besar, cómo odiar. Las frases que se ven en los estados de actualización de muchas personas en las redes sociales (y entre ellos una gran mayoría de jóvenes) no provienen de la tradición letrada del libro o de la reflexión que permite la escuela, proviene de las telenovelas. Las quejas por el desamor y las declaraciones de felicidad amorosa son líneas de diálogos de las teleseries ("las comedias" dicen las señoras de delantal). Incluso ese abuso de los puntos suspensivos al final de las frases marcan el final postergado (el "continuará" que apareció primero en el cómic y después en las telenovelas). Nuestros jóvenes (y varios de nuestros contemporáneos) siguen viviendo (o creen vivir) una historia de telenovela. Tal vez esa sea la razón por la cual las soluciones a los problemas reales de la vida sean tan difíciles de encontrar, porque las únicas soluciones que intentamos aplicar son las de la telenovela que, invariablemente, tiene un final feliz. Es incomprensible y cruel cuando en la realidad eso rara vez pasa.

4. La mañana del sábado me enteré que el gobierno federal ha suspendido los apoyos al Sistema Nacional de Lectura, uno de los pocos programas gubernamentales destinados a crear lectores y a movilizar figuras monolíticas como las de la biblioteca dentro del contexto del aula de clases. Se dice que los mexicanos leemos poco actualmente (en un promedio mundial de 25 libros, los mexicanos leemos 2.9). ¿Qué tanto habría incidido en los estudios actuales el hecho de que dentro de esas cifras se incluyera la enorme cantidad de papel que se leía en forma de historietas? Tal vez todo comenzó a cambiar cuando esas historias impresas se movieron de medio y exigieron menor esfuerzo y participación del lector convirtiéndolo en espectador. Tal vez todo comenzó con la popularidad de las telenovelas. Tal vez.

* Yolanda Vargas Dulché. Contadora de historias está en el Museo de Arte Popular (Revillagigedo 11, esq. Independencia, Centro Histórico) del 24 de noviembre de 2012 al 31 de marzo de 2013.

viernes, diciembre 14, 2012

Caleidoscopio sonoro extasiado



El otro día escuché a un tipo decir que si viviera alejado de esta ciudad una de las cosas que más extrañaría son sus sonidos. Después hizo una apología de la manera en cómo la ciudad es un caleidoscopio, así dijo “caleidoscopio”, de texturas sonoras. Que si el personaje principal de Historia de Lisboa de Wim Wenders (un tipo que se encarga de recolectar sonidos a lo largo y ancho de la capital portuguesa) viviera en la ciudad de México quedaría extasiado (sí, también dijo eso). Yo le di un sorbo a mi vino de cortesía, lo mire con cara de estar de acuerdo y sonreí falsamente. Él puso cara de haber realizado una obra filantrópica que no pedía reconocimiento y siguió en el intento de ligar con una mujer que traía el arcoiris en su cabeza (no es metáfora, la señorita en cuestión tenía al menos cuatro distintos colores de cabello). Yo pensé que el tipo era un caleidoscopio de estupidez y que, la verdad, ya me había “extasiado” lo suficiente. Imaginé que decía “Hasta nunca, mamón”, pero en realidad agradecí la compañía y salí por las puertas de la galería que ofrecía una exposición de cédulas re-interesantes acompañados de unos cuadros incomprensibles (o al revés, la verdad nunca pude develar ese misterio). Al llegar a casa dejé caer mi humanidad sobre la cama y decidí olvidar los profundísimos conceptos que el Señor Caleidoscopio Extasiado había expresado, pero la realidad no lo permitió.
       La realidad, o una parte inclemente de ésta, se proyecta en 4D sin necesidad de equipos costosísimos a través de un fenómeno químico-biológico que se llama cruda (guayabo, para los colombianos; ratón, para los venezolanos; resaca, para los mamones). En la cruda, la realidad se magnifica. Uno se vuelve un Peter Parker en potencia. Podemos oír, inclusive, cómo nos crecen los cabellos y las uñas. En ese estado de alerta total los colores se vuelven más brillantes, los aromas más intensos, los sabores más potentes. Y los sonidos más escandalosos.
        Si hay algo que se magnifica con la cruda son los sonidos. Trataba de servirme un café con las manos temblándome como si fuera maraquero de trío (el tacto también se afina con la cruda) cuando recordé las ideas del teórico de los sonidos citadinos. Justo cuando esto ocurría llegó el novio de la vecina para disfrutar con ella de su sábado-distrito-federal. La manera en que hizo notar su presencia, no sólo a su novia sino a la colonia entera, fue tocar su potentísimo cláxon. No fue una vez. Cada que sonaba la maldita chicharra, yo me imaginaba dentro de la campana de Dolores en medio de un zócalo atestado de patriotas-viva-México en ceremonia del grito de independencia mientras los cohetes explotaban escandalosos en el cielo. El malparido tocó la bocina cada medio minuto hasta que, un cuarto de hora después, la amada amante bajó con una sonrisa de perdóname-gordo.
       En el desayuno de control de daños, mientras intentaba recuperar cierto control de mis habilidades corporales básicas, vino la segunda situación. Sin mediar advertencia, a lo lejos comenzó a oírse un sonsonete que se acercó hasta posarse a media cuadra de mi ventana. Era como el anuncio del Apocalipsis en bocina semidescompuesta. “Estufas, refrigeradores, fierro viejo, ropa usada que vendan”. El mantra se repetía de manera periódica mientras en el fondo sonaba la música con la que el payaso Peyotín hacia su entrada triunfal en el circo. “Estufas, refrigeradores…”. Deseé tener uno a la mano para arrojarlo por la ventana y que silenciara al camión de redilas que sin más había decidido hacer base donde yo lo escuchara. Cerré la ventana, me puse una almohada encima de la cabeza, ensayé los ejercicios de respiración de las clases de yoga. Todo inútil. Decidí levantarme y alejarme de ahí. Salí a la calle y me dirigí a una placita donde hay una cafetería que, según yo, era la mar de relajante.
       Llegué, pedí un latte y me instalé con un libro al que le traía ganas desde días atrás. Justo cuando pasaba la hoja comenzó a oírse algo que semejaba el momento justo en el que a un microbús le truena la caja de velocidades y comienza a desarmarse. Probablemente por eso les dirán cilindros. El sonido era patético y desesperante. Entonces se acercó un tipo que traía una gorra en la mano y que me espetó: “¿Coopera para la música?”. Me rendí. Le di las últimas monedas que traía en los bolsillos y decidí regresar a mi casa.
       Dos cuadras antes de llegar me recibió un sonido nocturno que la mayoría reconoce porque tiene el mayor rating sin tener que pagar payola: "Ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, pida sus ricos…". Ese día me cené una guajolota de mole.
       Semanas después me volví a topar al Sr. Caleidoscopio. Ahora intentaba ligar a una subcomandantita (botas mineras, playera estampada con estrellita roja en el medio, pulseritas de chaquira huichola) con el mismo discurso del "extasiamiento" sonoro de la ciudad. Es probable que nunca sepa el porqué se llevó esa trompada.

jueves, diciembre 13, 2012

Palomitas hardcore


Camino por el Eje Central y tengo un dèja vû. Los autos avanzan impulsados por neurosis y mentadas de madre. Normal. La sensación no me abandona. Están los pregoneros del lleve-lleve y los dealers del qué programa necesitas. También normal. Sobre mi cabeza el letrero vertical del cine Teresa y justo abajo otro que anuncia Centro Cel Teresa. Eso es nuevo.
Descubro que, bajo lo que era el portal de la taquilla, en lugar de posters de mujeres desnudas en actitud lúbrica, hay el figurín de cartón de una güera falsa que anuncia su mayor felicidad: un teléfono que reproduce mp3 en sus audífonos rositas.
         Nada de púberes que babean ante los anuncios con escenas de sexo. Nada de la taquillera obesa que engulle su torta de longaniza aderezada con esteroides radiactivos mientras hojea su revista de notas del espectáculo. Nada de cortinas de terciopelo gris (o negro avejentado) que daba pudor tocar.
         El cine Teresa fue, desde 1994 y como secuela de la aparición de las videocaseteras que redujeron el público de las salas, uno de los templos del cine porno. Esa fama tenía cuando, en los noventas, ingresé ahí para escribir una crónica para la materia de géneros periodísticos. Las otras opciones eran el Tianguis del Chopo (un cliché) o un partido de la Selección Nacional (una hueva). Además, acababa de leer a Charles Bukowski (un escritor que, yo creía, siempre estaba borracho y que tenía fotos con prostitutas que enseñaban las tetas y los pelos del sobaco). Pensé que era tiempo de meterse a los bajos fondos de la ciudad. También me da ternura recordarlo.
         Me planté un sábado en la taquilla y, con mi mejor cara de póker, pedí un boleto. La cometortas ni volteó a ver. Crucé el umbral de terciopelo y me interné en la oscuridad. La sala estaba semivacía. Tres corredores conducían al espectador entre las butacas a fin de que éste eligiera el mejor lugar. En el piso había una hilera de foquitos que tuvo tiempos mejores; permanecían encendidos sólo unos pocos y parpadeaban a punto de morir.
         Tardé en habituarme a la poca luz. Busqué un lugar donde pudiera tener una visión amplia para documentar lo que ahí ocurría. En la pantalla se proyectaba una versión libérrima de las desventuras de Justine, la obra del Marqués de Sade. Cuando entré, un sacerdote con un pene de veinte metros intentaba convencer a la protagonista de la conveniencia de renunciar a la virtud. Ella, por los gemidos emitidos, tomaba en cuenta la recomendación.
         Me senté hacia la mitad de una de las hileras en medio de la sala. Varios hombres solos; esparcidos por toda la sala con la inmovilidad y atención que cualquier director desearía para sus películas. Más allá una chica flaca y de abundante cabellera sentada en la tercera fila; a ratos pegaba brinquitos en su butaca, como si tuviera hipo. Había también una pareja dos filas detrás: un tipo casi calvo, obeso, vestido de traje; lo acompañaba una mujer generosa de carnes que comía de un bote de palomitas.
         En uno de los rincones del cine estaba la mayor parte de la acción. Ya me habían comentado que ese cine era el preferido de cierto sector de homosexuales que acudían ahí a ligar y pasar un buen rato. Y lo pude corroborar.
          En los intervalos, cuando la luz de la cinta proyectada iluminaba a medias esa zona de la sala, pude ver a una pareja que cogía pegada a la pared. Se veían cuerpos arrodillados frente a otros que movían la cabeza como si oyeran música electrónica. Era una fiesta. El barullo cesaba cuando la linterna del acomodador-vigilante verificaba que eso que estaba en curso no ocurriera. Paseaba la luz de la linterna por la zona sin detenerse demasiado y luego la apagaba. Los otros cumplían su parte al bajar el volumen de la gozadera; el acomodador concluía que todo estaba en orden. Con el ruido de la cortina de terciopelo que anunciaba el retiro del vigilante, volvía a escucharse el ruido.
         A punto de retirarme, un hombre con cuerpo de rinoceronte bípedo se sentó en la butaca próxima a la mía. Me congelé. Al mismo tiempo, otra sombra de dimensiones similares se sentó en el otro extremo de la fila. Me había cortado la retirada. Hice como si nada ocurriera y pretendí ver la película. Entonces sentí una mano en mi pierna. Me levanté como impulsado por un resorte. Al pasar frente al tipo que cerraba la fila tuve un dilema: dar el frente u ofrecer las nalgas. Me dispuse a salir del lugar. Al pasar a un lado del calvo y su pareja, me percaté que él le había sacado una chichi a ella y la frotaba de manera lúbrica. Ella seguía comiendo palomitas. Salí, la luz del sol lastimó mis pupilas.
         Retorno al presente. Un diablero me atropella con su vehículo lleno de playeras de equipos de futbol del Primer Mundo, confeccionadas con materiales del Tercero. Miro hacia el interior de la plaza. Fundas y promociones insuperables ocupan el espacio de mis recuerdos. Continúo mi camino. En la esquina, un negocio ofrece bolsas de palomitas humeantes que salen de una máquina antigua. Sonrío.

jueves, octubre 25, 2012

Escapar del medio del bosque


Este no es un cuento de hadas, detective —interrumpió otra vez—. Esta es una historia de amor.
—De desamor —lo corregí a mi vez.

Hacía mucho tiempo que un libro no me hacía sentir tan bien. Porque los libros también sirven para eso: para generar el placer que causa la memoria, la empatía o la proyección de lo escrito sobre la vida. Pasar la última página de El mal de la taiga de Cristina Rivera Garza me ha dejado con una calma similar a la que se siente abandonar un peso que nos abruma. No sé bien a bien las causas, pero así ocurre. Puede ser la prosa limpísima, la historia de redención, el personaje femenino que explora hasta por debajo de las uñas, la remembranza de los altos árboles de mi infancia y el olor a aserradero. Sí, eso podría ser.
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Una pareja escapa atravesando la taiga, una extensión de bosque que semeja un mar de sombras, nieve, hojas y árboles, huyendo del marido de la mujer. Éste le ha pagado a otra para que la busque y la traiga de regreso. Esta es la voz que cuenta la travesía, el encuentro, el retorno y la revelación. El mal de la taiga. La locura que se alimenta de lobos feroces, hadas vomitadas en las afueras de una cabaña maloliente, niños salvajes perseguidos con ferocidad inusitada, burdeles donde criaturas minúsculas se confunden en un coito frenético y por la inmensidad de un océano de ramas. Ese océano que a veces se parece al desamor.
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"Las niñas no deben ir al bosque y, si están en el bosque,
las niñas no deben hablar con los extraños del bosque.
No, no y no. Las niñas no". 

La novela escapa de todas las clasificaciones posibles. No es una novela de detectives, aunque la búsqueda sea uno de sus motores; no es un cuento de hadas, aun cuando Hansel y Gretel aparecen en papel estelar; no es una novela de amor, pese a que es la motivación principal de algunos de sus personajes; no es un diario, aunque de disfrace de tal. Un diario escrito al aire de las andanzas que emprendemos todos por la taiga personal que cargamos a todos lados.
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Cristina Rivera Garza tiene una voz. Es potente, original y evocadora. Se puede escuchar a su narradora como si nos estuviera contando su historia en la soledad de una cabaña ante la tenue luz de una vela que tiembla por el viento helado que se filtra a través de las rendijas de las paredes de madera. Afuera, el niño que dibujaría los pormenores de tales confidencias, estaría de acuerdo conmigo.
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Escribe la autora: "Mira esto: tus rodillas. Se usan para hincarse sobre la realidad.
Se usan para gatear, despavorido. Se usan para sentarse en flor de loto y decirle adiós a la inmensidad". 

Hay elementos que reproducen y refractan la experiencia de lectura de esta obra. Sorpresas continuas a la vuelta de la página. Un lobo fugado de un zoológico donde lo que sobran son lobos, un traductor tosco que afirma que las mujeres sólo piensan en sexo, tres astronautas que avanzan entre los presagios de tormenta augurando el fin del mundo, una adúltera que envía mensajes en apariencia cifrados a su exmarido a través del telégrafo, desnudistas recién paridas que permiten que los espectadores succionen la leche temprana directo de sus pezones. Ambientes de extrañeza alejados de cualquier aspiración realista. El realismo se encuentra, efectivamente, en otro lado. En las sensaciones y emociones que la obra moviliza en el lector.
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El mal de la taiga está significado en el camino. Si éste conduce a la locura, al amor, al desamor, a la muerte o al deseo es algo que el lector tiene que descubrir por sí mismo. Es un proceso que todos deseamos (o llevamos a cabo) como destino, dice la protagonista en algún lado que “todo mundo quiere un bosque alguna vez”. Sin duda.
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Al final, un fragmento:
Recuerdo, sobre todo, la calma absoluta con la que nos tocamos. Recuerdo cómo habíamos llegado, exhaustos, hasta la cabaña. El silencio de la incredulidad. Cómo las yemas de sus dedos recorrieron las orillas de la boca. Los ojos están abiertos. El latir de algo en las muñecas, en la boca del estómago, en la punta de la lengua. ¿Hay también un corazón dentro de los pies? Recuerdo la tormenta, que no llegó. Recuerdo las altísimas copas de los árboles, su oscilar. La caminata tan larga. El momento en que les dijimos adiós y les dimos la espalda a todo eso. La lenta identificación de las migajas.

Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga, México, Tusquets, 2012. 

viernes, octubre 19, 2012

Teñir de rojo el cielo gris


Pero esta noche déjame reponerme de la ausencia. Necesito estar en silencio, con los ojos abiertos, que hoy como siempre seas mi insomnio.
Elena Méndez, “En silencio, con los ojos abiertos”


Es difícil escribir en clave erótica. Sobre todo si concebimos tal cuestión con la amplitud que requiere el término. Con esa búsqueda de los significados que implica hacer frente a la muerte. De lo que sucede cuando estamos vivos. De la descripción densa de los hechos que nos recuerdan que hay algo más allá de la rutina, más allá del dolor, más allá del sexo, incluso más allá del amor. Porque esas historias eróticas son las que se nos graban de manera más permanente en la memoria. Sonreímos hacia dentro y seguimos, en espera de que la vida se siga manifestando en nosotros todos los días. Elena Méndez entiende los matices múltiples de lo erótico. Su libro de cuentos, Bipolar, da noticia de tal entendimiento.
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Bipolar” es un término que ha alcanzado notoriedad en los tiempos que nos han tocado vivir. Originalmente describe una afectación psiquiátrica definida como complejo maníaco-depresivo que se caracteriza por episodios de comportamiento de excesiva energía combinados con periodos de depresión aguda en intervalos de tiempo sumamente cortos. Sin embargo, se ha abusado del término para calificar los cambios de humor que los seres humanos experimentamos como reacción a la experiencia vital. A la menor provocación se lanza la expresión, que suele ser peyorativa: ¡pinche gente bipolar! El ambiente que dibuja el libro de Méndez, sin embargo, va más allá. No hay bipolaridad, sino multipolaridad. Es su libro un libro de historias que reflejan múltiples estados de ánimo y posturas éticas (y estéticas) que no caen en el cliché ni el exceso descriptivo. Lo cual se agradece.
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La autora, en mood erótico. 

El libro está dividido en dos partes: “El cuerpo del delito” y “Tal vez morir en soledad”. En el primero triunfa Eros. El dios de la vida se regodea en relatos que narran ligues en-apariencia-inocentes en el interior de un autobús, encuentros sexuales patrocinados por la vocación alcahueta de la internet, la posibilidad de flexibilizar los gustos sexuales en aras de pasarla bien, la aventura de levantarse a un mamado estríper, el testimonio de la primera borrachera femenina en compañía de mujeres más experimentadas, el triunfo de la violencia que se vuelve venganza placentera en contra del maltrato de una madre bien bragada, la descripción de encuentros sexuales poblados de los fantasmas de los otros que están en la cama sin estar. Uno de mis cuentos favoritos está en esta parte, “Una clase de Literatura” donde una discusión sobre Madame Bovary se convierte en el pretexto para desvelar a las especies que perviven en el mundo de los que tienen a la ficción como su objeto de estudio; los sobrenombres escogidos por la autora para describir a los asistentes a esa última clase del semestre generan, aparte del nada velado acertijo, la sensación de dèja vû para los que hemos vivido la experiencia en un salón de clases, en un taller literario o en espacios similares.
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La segunda parte del libro, “Tal vez morir en soledad”, introduce al lector en una sensibilidad distinta. Si bien está presente el sexo, la pulsión tanática parece dominar la mayoría de los ambientes de estos cuentos. Otra cosa sobresale: el uso de un lenguaje más evocador que descriptivo. Además del uso de metáforas que se convierten en algunas de las líneas mejor logradas del compendio. Aquí encontramos más dolor, más melancolía, más azote que en los textos de la primera parte en donde el goce se enfrenta a menos cuestionamientos. Hay en esta serie de cuentos temas que resultan circulares y reiterativos pero que se expresan de maneras diversas. Entre todos resaltan la infidelidad y el desamor. Las relaciones que no terminan en ningún lugar más allá de la cama (o que ni siquiera llegan ahí). Lo cual no sería trágico, si no fuera evidente que en esas relaciones fugaces uno de los dos involucrados siempre está buscando algo más que el goce momentáneo. Hurgando en ese territorio minado y resbaladizo que es el amor. “Noches vacías”, al final del volumen, resulta el colofón ideal en el que se funden los dos temperamentos en que el libro está inscrito: el goce vital y la tristeza melancólica.
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Porque se vale ser, también, un poco personaje. 

Nota (un poco) al margen: resulta curioso que en la primera parte el impulso narrativo es poderoso. Lo que importan son las historias y las acciones que les dan vida. El hecho de hacer: de besar, de flirtear, de coger, de mamar, de eyacular. El uso del lenguaje es locuaz, hay un sentido del humor fino, burlesco, que parte de las situaciones y no de las propias palabras (lo que le imprime una doble valía). La narración celebra (y construye) la vida y lo que ocurre en sus territorios. La segunda parte está sostenida en un afán lírico, en una necesidad de convertir en alegoría las desventuras, las tristezas y el mundo interior. Eso es lo que hay en la segunda parte, una preeminencia de la focalización interna que alude a los pensamientos, temores y recuerdos de los personajes (femeninos en su mayoría, pero que en algunos casos son masculinos-saturados-de-testosterona).
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Es un libro que tiene entre sus virtudes el hecho de arriesgar con la reproducción del habla de cierta parte del norte de México, con la descripción llena de matices de un país que también vive de noche, con la mención reiterada de las relaciones emocionales (y más) que se establecen con los mentores, con una mezcla maliciosa de ficción y mundo-real-culturoso en donde más de dos dedicatorias son literales y confunden (o pretenden confundir) los campos de la realidad-memoria-ficción a los ojos del lector. Si tiene oportunidad de acercarse a este primer libro de Elena, no lo dude y hágalo: no se arrepentirá, o tal vez sí; probablemente lo enfurezca; o le sea indiferente; o lo haga llorar sin control. Todo depende del nivel de multipolaridad que se cargue. Yo, nomás de generoso, les dejo una muestra:
Letanía de la joven suicida
...El amor no es sólo eso, no es solamente mirarse a los ojos y tomarse de las manos y pronunciar solemnes palabras que luego habrán de tirarse a la basura. Algún día, se prometió a sí misma, dejaría atrás el precipitarse cual ave implume y ciega hacia el abismo... algún día.
         Pero ese algún día, cómo encontrarlo, amar es algo más, amar debe ser recíproco, y te lo dice a ti que no has amado, que sólo conjugas ese verbo para encubrir tu única intención, tatuar una sombra en la pared mientras galopan las hormonas en la sangre.
         Y qué podías decirle tú para consolarla de lo que llamaba una rara promiscuidad sin coito alguno, a veces teñida de ternura pero siempre permeada de lujuria, de ese maldito ser sin querer ser, de ese tener que callar a quién, cómo, por qué amaba.
         Y la oíste sin escucharla, sin poderle responderle: Te comprendo mas, como tú dices, algún día...
          Te escribió una carta nunca enviada, antes de teñir de rojo su cielo gris.

Elena Méndez, Bipolar, Linajes Editores, México, 2011. (Prólogo de Teresa Dovalpage).

jueves, octubre 18, 2012

¿Quién quiere ser Juan Peregrino?


Rafael Villegas se cree Dios. Y piensa, con una convicción de miedo, que el autor es un demiurgo que puede crear mundos y destruirlos sin mayor motivo. Y que para eso no hace falta más que conocer las virtudes de la narración. Y Villegas las conoce. De algo parecido a esto habla Juan Peregrino no salva al mundo. De un mundo llamado La Ciudad Equivocada que se encuentra en peligro constante de extinción, como los soldados-dodos que habitan en algunas de sus páginas. La única forma de salvar a la ciudad es ejercer la bien templada actividad de contar historias. Juan Peregrino se convierte así en el eje alrededor del cual giran los ambientes, escenarios y personajes que le dan vida a una ciudad que se alimenta de historias, de fantásticas historias.
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Alberto Mostro da noticias de la biografía de Juan Peregrino. Mostro es un juez que se las da de historiador, éste último uno de los hobbies de Villegas. Y es así que se convierte en un biógrafo más que interesado: un habitante de la Ciudad Equivocada. Ese lugar que si no se cuenta tiende a desaparecer. Alegoría de la memoria y del papel que ésta tiene dentro del autoconcepto que las sociedades crean de sí mismas. Mostro da testimonio mientras Peregrino crea las historias que le dan vida a la Ciudad. Esa tensión resuelta entre historia (como history, no como story) y ficción se convierte en amalgama. El historiador scout que habita en la mente fabuladora del autor parece decirnos: ojo que la historia no son más que relatos que se cuentan una y otra vez; eso la mantienen viva, su posibilidad de transformarse con cada nueva versión.
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Es este libro un ejercicio de imaginación que inventa sus propias reglas. No es un libro para niños a pesar de que sus dibujos y su aparente candidez reflejan. Es un libro que exige un contrato en el que el lector está dispuesto a creer que hay elefantes que hacen posgrados en equilibrismo, hermanas que deben vivir juntas porque una de ellas tiene las piernas de la otra, parejas a las que une su búsqueda de la saciedad, ratas mayordomo, pájaros dodo que se tienen que casar por embarazos no planeados y que llegan a la boda cargando el huevo evidencia de su desliz, ballenas sacerdotisas que encallan a la orilla de la playa, changos bermellones que manejan taximonociclo y demás cosas que existen sólo por ser nombradas.
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Un retrato de la Compañía del Equilibrio (en la foto se ha colado un oso lector). 

En “Las Hermanas y la Compañía del Equilibrio” hay infinidad de temas que vuelven más que inquietante el ambiente del relato: la dependencia asumida, el enamoramiento, el perdón, el resentimiento por culpar a los demás de los propios miedos, la madurez. La Compañía del Equilibrio es una troupé circense que funciona en las alturas, suspendida sobre una cuerda floja. Ofrecen función cada noche pero a los habitantes de la Ciudad Equivocada lo que les gusta es observarlos durante el día, mirar cómo realizan sus labores cotidianas. “Están esperando que alguno se caiga”, aventura uno de los miembros de la Compañía. Y tras ese sutil comentario uno encuentra una crítica feroz al morbo que produce la desgracia ajena. Pero también que la vida es esa cuerda floja en donde uno, sin darse cuenta, se encuentra conservando el equilibrio al lado de otros seres igual de raros que nosotros. En la compañía (está con minúscula) de alguno de ellos estará finalmente la posibilidad de encontrar la paz y salir al mundo. El ancho y firme suelo del mundo propio.
***

¿Qué prueba de amor más contundente puede haber que comerse al ser amado? Esa es la tesis de “Señora y Señor Gourmet”, la tercera parte de ese rompecabezas que es el mundo de la Ciudad Equivocada. El amor surge, nos dicen los dos protagonistas, no entre personas (personajes) que son parecidos sino entre aquellos que están en la misma búsqueda vital. La Señora y el Señor Gourmet andan en búsqueda de la saciedad, que es decir de la satisfacción última, de la paz interior. La saciedad es la renuncia a la búsqueda y, cuando eso sucede, parece innecesaria la existencia. Una finísima alegoría del conformismo y la ambición se esconde detrás de esta historia de caníbales, ballenas e hijos concebidos en furioso coito a la orilla del mar. ¿Cuándo renunciamos a la búsqueda? ¿Qué implica esa renuncia? ¿Cuántos no se han visto devorados vitalmente y sólo conservan sus huesos como apariencia de un existir fantasmagórico? ¿Cuántos zombies (otro tema caro a Villegas) creen vivir una vida que se extinguió hace mucho tiempo?
***
El autor insiste: no, no, no. 

¿Juan Peregrino salva a la Ciudad Equivocada? El título dice que no. El autor reitera en la dedicatoria de mi ejemplar que no, no, no. Y sin embargo, la Ciudad Equivocada no se extingue, se transforma. Se convierte en otro mundo. Juan Peregrino, mago de historias, hace regresar la memoria que habitaba en las profundidades (en ese otro lado) de la misma ciudad. Y por un pozo negro retornan los que se habían ido, aparece lo que había desaparecido, resurge lo que ya no era. En un acto de prestidigitación, Juan Peregrino está condenado a desaparecer con su torre y su memoria para dar paso a un mundo que lo sustituye sin remedio. Donde las gotas de lluvia parecen idénticas, copias unas de otras, pero esencialmente diferentes. Un mundo en donde ya no hay lugar para ningún demiurgo.
***

Las ilustraciones de Diana Martín son hermosas, siniestras, inquietantes, extrañas, técnicamente intachables, expresionistas, cómicas, nostálgicas, poderosas, evocadoras, maravillosas, imaginativas, equilibradas, raras, surrealistas, ideales para complementar las narraciones que el libro contiene. Todo eso al mismo tiempo.
***

La ficción sirve para resistir la realidad. Para conjurarla, para entenderla, para volverla otra cosa que es lo mismo. Los Juanes Peregrinos (hay una escena en el relato que refleja por igual a Borges y a Being John Malkovich) que existen en el mundo tienen sobre sí la posibilidad (que muchos asumen obligación) de ver el mundo desde otros ángulos y transformarlo en materia menos grotesca que la que pervive en eso que insistimos en llamar “la realidad”: la verdadera Ciudad Equivocada. Para el fin, una cita: 
Juan Peregrino fue educado para salvar su ciudad. Eso es algo que todos conocemos. El arte de narrar le permitió enfrentar la destrucción cuando empezó a manifestarse en olas de mar que adquirían formas terribles, nada propicias. Algunos sabios vieron en las sobras de la comida claros mensajes sobre el mal que se avecinaba. Fueron los días en que por todos lados llovían pequeños espejos que no se quebraban al tocar el suelo. Muchos de los que se miraban en ellos se volvían locos y se comían a sí mismos o a sus mascotas. Ni siquiera los miserables de aquella ciudad fueron felices al ver venir el fin, pues era éste tan pavoroso que los hacía aferrarse al polvo y amar el lodo. (p. 11)


* Diana Martín y Rafael Villegas, Juan Peregrino no salva al mundo, Guadalajara, Paraíso Perdido, 2012. 

martes, octubre 09, 2012

La risa de los niños

¿Qué encanto hay en la sonrisa de los niños? ¿Por qué nos gusta escuchar sus risas francas, más francas que cualquiera, ante los más ridículos motivos? Como hablar como creemos que hablan los niños (agugu-tata y demás), hacer las caras chistosas que a un adulto más que risa le generaría piedad, contar historias sobre ángeles y conejitos, hacer ruidos que en otro contexto generarían repulsión y, sobre todo, cantar tonadas sobre muñecos muy guapos de cartón o elefantes columpiándose en la tela de una araña.
          No escatimamos los medios para conseguir que los niños rían. ¿Por qué? ¿Acaso nos recuerda que la inocencia perdida está encerrada en esos sonidos que a nadie le perecen desagradables? ¿Nos hace preguntarnos acerca del momento en que comenzamos a cuestionarnos el motivo de la risa? El fin de la infancia, tal vez, esté marcado por esta toma de conciencia: la de los motivos que nos animan a reír. A soltar la carcajada sin más búsqueda que la de mostrar una felicidad que, de manera repentina, nos embarga.
         Hay un momento en la vida en que renunciamos a la risa. En que nos parece que no hay demasiados motivos que nos merezcan ésta. Nos volvemos unos cretinos juzgones, unos amargados sin remedio. La risa de los otros nos molesta. Se nos hace exagerada, ridícula,... infantil.
         Dejar de ser niño, entonces, nos parece una renuncia. La renuncia a reír cuando nos plazca por los motivos más simplones. Ser adulto implica renunciar a demostrar la alegría, a dar mayor valor a los "asuntos serios". Ser una "persona seria" deviene sinónimo de "ser confiable".
          Todo esto a raíz de que, sin más, me he descubierto buscando con denuedo la risa de mis sobrinos. Es una sensación que me genera un placer inexplicable. Que me anima, en el momento en que consigo mi objetivo, a reír también animado por mi pequeño triunfo. Y entonces pienso que debería escribir algo al respecto. Y vuelvo a ponerme serio.
          Hablar de la risa es destruirla, o algo así, decía un tipo que sabía de qué hablaba. Tenía razón. Pero no es para alarmarse. Siempre habrá un niño a la mano (esos locos bajitos) que nos sirvan de pretexto para poder reír un rato sin temor a que nos cuestionen el motivo. Permitirnos, durante un instante, que la infancia, como enfermedad benigna, nos contagie.
          ¿Agugu-tata?

martes, octubre 02, 2012

Revoluciones


Vivimos en espera de la revolución. Del cambio total. Más que una convicción con respecto de la sintonía colectiva de los deseos de un cambio integral, parece una postura muy cómoda para la pereza. La revolución nos parece la posibilidad de cambiar el mundo (o nuestra imagen del mundo) de un solo plumazo. Es decir, cambiar aquello que no nos gusta pero que está afuera de nosotros. Porque tenemos la razón. Y si tenemos la razón no tenemos por qué cambiar. La revolución ocurre fuera de nosotros. No tendría que cuestionar nuestras convicciones más evidentes. Ni nuestros prejuicios e inercias. Esperamos que el mundo se ajuste a nuestros deseos. A nuestros miedos. A nuestra flojera. ¡Viva la revolución!, gritamos. Y entonces cambiamos de canal.

jueves, septiembre 27, 2012

Búsqueda y fuga


Mi madre llegó, alguna vez, a preocuparse seriamente acerca del porqué solía "desconectarme". Mientras tomaba el desayuno o la comida fijaba la vista (o eso parecía al menos) en un punto más allá de la ventana y no existía poder humano que me hiciera atender algo más que aquello que pasaba por mi cabeza entonces.
          Era un ejercicio de concentración extrema. soltar el pensamiento que se volvía entonces puro pensamiento.
          ¿En qué pensaba durante la infancia que me generaba tal capacidad para abstraerme del mundo? No lo recuerdo. Incluso tengo dificultades para intentar imaginármelo. ¿Cuáles son las preocupaciones de un niño/ adolescente? ¿Qué permite esa capacidad de separación del cuerpo y sus estímulos externos en beneficio de una búsqueda interna e intelectual?
          Hoy tal ejercicio parece vedado. Aunque los detonadores de poderse abstraer del mundo son más numerosos (un partido de futbol, el ruido blanco de la radio y la tv, las horas de procrastinación en las redes sociales), las motivaciones son distintas. Ya no nos impulsa, como en la infancia, la búsqueda de una respuesta, sino la fuga de un mundo que cada vez se muestra más hostil a la posibilidad de permitir el ejercicio de la imaginación y la reflexión.
          Hemos vaciado nuestras mentes. Las hemos saturado de estímulos y ya no responden.
          Tal vez, algún día, pensar sea una actividad que llevaban a cabo seres prehistóricos (a partir de los nuevos horizontes en que se planteará la concepción de los histórico como tal) y que los volvía vulnerables al mundo dinámico e indetenible.
          Porque pensar exige tomar una pausa, imaginar un silencio (concebido en términos espirituales no de decibeles) y estar dispuestos a plantearse la búsqueda de una respuesta.
          El destino nunca es lo importante, sino la búsqueda permanente para que ese destino se transforme, también, de manera permanente. Es una de las cosas que nos mantiene vivos, sin duda alguna.
          Como para ponerse a pensar, ¿no?

miércoles, septiembre 26, 2012

Frío

"Escalera al cielo... con niebla"
Me gusta el frío. Lo concibo como una manera de hacerme consciente de mi propia existencia. El frío nos muestra el fuego que todos tenemos dentro. El vaho que sacamos por la boca no es sino el humo de nuestro fueguito interno.
         El frío me recuerda a mi tierra natal. A la sierra de mis padres y de mis abuelos. A los misterios ocultos tras la niebla. Al aprendizaje de saber intuir lo que viene por el camino a través de los sonidos.
          El frío anima el abrazo, la cercanía, el café caliente. La vida.
          ¿No es una rareza que en el cliché de las leyendas la Muerte siempre se anuncia con un viento helado que le antecede? Ese frío es el de la vida que aún late en el cuerpo amenazado por la Parca.
          Llegó el otoño. Y con éste el frío. No puedo negar que me pone contento.

martes, septiembre 25, 2012

Comenzar

"Hoja en blanco" de  Chris Blakeley

Comenzar a escribir una historia entraña desatar una serie de preguntas acerca de lo que se quiere decir y de cómo arreglaremos para que ese mensaje sea exactamente lo que queremos decir.
         Las preguntas acerca de si es más importante la trama que el lenguaje utilizado se multiplican conforme las líneas se acumulan. ¿Cómo dar consistencia a los personajes? ¿Cuántos son necesarios? ¿Es el escenario ideal el que hemos escogido para contar nuestra historia? ¿Debemos preocuparnos porque las obsesiones personales no se proyecten en las obsesiones de los personajes (peor aún: de todos los personajes)? ¿Quién leerá lo que escribo? ¿Me importa quién lo va a leer?
         Algunos dicen que lo más difícil es comenzar. Creo que es lo primero. Lo difícil viene después. Cuando las preguntas, si hemos avanzado un trecho en la escritura, se abalanzan ya no sobre lo que hemos proyectado (que existe con diáfana claridad en nuestra mente) sino sobre lo que hemos efectivamente escrito.
         Queda entonces pensar en otra cosa: la tolerancia al fracaso. Vencer la tentación de abandonar la tarea emprendida. ¿Cuántas obras no se han visto arrojadas al cesto de la basura (o a la hoguera, o a la bandeja digital de reciclaje) cuando su creador se ha preguntado si eso que escribe ahí vale la pena?
         Yo, por mientras, he dado el primer paso. He comenzado a escribir una nueva historia. No les diré  de qué trata. Intentaré contarles aquí de las dudas que me asaltan en el transcurso de su escritura. A menos que mi tolerancia al fracaso se encuentre a la baja.
        En todo caso, salud.

jueves, agosto 09, 2012

Dragones dentro de la cabeza


¿Quién no intentó alguna vez, por pura ociosidad, concentrarse de manera insistente en un objeto para intentar moverlo con “el poder de la mente”? ¿Quién no se sorprendió, un día que se dirigía a un lugar distinto, descubrirse en la ruta que de manera más frecuente tomaba? ¿Quién no se ha cuestionado de manera insistente acerca de la razón por la cual, muchas veces, terminamos haciendo lo contrario de aquello que hemos razonado con profundidad? ¿Alguien que no haya tenido la ilusión de poder entender a los animales y hablar con ellos? ¿Alguno que se deprime porque reconoce que no puede aprender ciertas cosas con la facilidad o velocidad que otros?
      Muchas de las respuestas a esas preguntas tienen que ver con la historia del cerebro. O, como lo dice Carl Sagan, con la evolución de la inteligencia humana. Los dragones del Edén es un libro que se escribió en 1977 y que fue galardonado con el Premio Pulitzer. En este largo ensayo, Sagan nos hace una descripción densa acerca de las razones por las cuales el hombre se ha convertido en el ser dominante sobre la faz del planeta. Y la respuesta a eso se encuentra en la manera en cómo nuestro cerebro ha evolucionado.
      Sagan consigue poner en términos accesibles infinidad de estudios académicos que exploran múltiples cuestiones asociadas al cerebro humano: desde el desarrollo en las etapas embrionarias, hasta la manera en cómo se pueden manipular los estados del sueño con un monitoreo adecuado. Aborda temas como la cercanía que tenemos con muchas de las formas de vida que pueblan actualmente el planeta, y en la remota posibilidad de que visitantes extraterrestres puedan parecerse a nosotros.
     Con una erudición envidiable, Sagan relaciona por igual pasajes de La Biblia con estudios neurológicos, biografías de personajes famosos con la crónica de la génesis de los videojuegos, la importancia de la invención de la escritura con la mitología griega. Es una demostración de interdisciplina que muy pocas veces se logra. Pero, en este caso, hablamos de Sagan. Un tipo que se permite, en un capítulo, hermanar un versículo del Libro de Job con un extracto de El origen del hombre de Charles Darwin.
      Porque este libro es, al final, un intento de explicación del origen del hombre. Del origen tanto biológico como conceptual; es decir, el autor explora por igual el momento en el cual los ancestros antropoides del hombre dieron origen al Homo sapiens, como la interpretación acerca de los hechos que le otorgaron “humanidad” al animal hombre. De la Alicia de Carroll al Prometeo de la mitología griega, Sagan construye un texto que se lee con regocijo por una razón simple: en éste se encuentra una explicación acerca de lo que somos, una descripción identitaria.
     La figura del dragón hermanada con la de los reptiles. Algo de reptil hay en nosotros, nuestra parte bestial está relacionada, precisamente, con la manera en cómo se desarrolló el cerebro de los reptiles y cómo esa temprana adaptación prevalece en la configuración cerebral humana. La serpiente del Edén, nos recuerda Sagan, fue obligada a arrastrarse sobre su vientre después de haber inducido a la pérdida de la virtud de los humanos que habitaban el paraíso. Es decir, le fueron amputadas las patas que utilizaba para transportarse. Esa serpiente pudo haber sido, sin mayores problemas, un dragón como los que la iconografía y la imaginación medieval encumbraron como encarnación de los miedos y del Mal.
      Hay también visiones del futuro en esta novela. Especulaciones que se hicieron en los albores de la computación y que, al leerlos después de saber en qué se ha convertido la relación entre los ordenadores y el hombre, no nos deja más que concebir con cierta ternura algunas de las previsiones de Sagan, que se quedan cortas. Pero también admiración, porque fue capaz de prever muchas de las cosas que ahora experimentamos como cuestiones cotidianas. La interconexión, el acceso a las computadoras personales, el desarrollo de los videojuegos, etc.
      Es un libro que deja patente que la naturaleza de Carl Sagan fue la de ser un imaginador informado. Y un genial divulgador de la ciencia, probablemente el más grande. Un fragmento de la obra:
Lo que acredita nuestra condición humana no es lo que parecemos, sino lo que somos. La razón por la que prohibimos dar muerte a otro ser humano debe sustentarse en alguna cualidad peculiar del hombre, cualidad a la que conferimos especial valor y que pocos o ningún organismo de la Tierra posee. Es indudable que la humanidad de un ser no viene determinada por el hecho de que sea capaz de sentir dolor o emociones intensas, ya que entonces deberíamos extender este criterio a los animales a los que damos muerte gratuitamente. Creo que la cualidad humana básica no puede ser otra que nuestra inteligencia.

Carl Sagan, Los dragones del Edén. Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana, México, Planeta DeAgostini, 2003.

viernes, julio 06, 2012

Horizontes



 A mis estudiantes egresados:
los que resistieron hasta el final de la tormenta. 

Cree que de sus labios brotan palabras. Frases nerviosas como su propio, inquieto, pie. Como sus manos que no entienden de reposos o de comportamiento. Que se mueven a su propio aire, divertidas por la mala jugada que le están haciendo pasar. Como la luz que se vuelve borrosa-clara-borrosa. La luz que le lleva la mirada de los cien ojos que lo miran con atención como, tal vez, nunca lo han visto. También lo escuchan. Con los mismos cien oídos pegados a la misma cabeza de los mismos ojos. Frente a lo que considera multitud no sabe lo que está diciendo. Apenas lo sospecha. Inversión de tiempo, de estrés, de discusiones. De biblioteca, de borrones, de malas caras. Cien, doscientos o más días. Y todo se reduce a este momento, a estos segundos disfrazados de eternidad. A esta semioscuridad que alumbra la pantalla donde sus diapositivas se presentan con disciplina militar, justo como se les pidió: bien peinadas, una detrás de otra, ninguna atropellando a la anterior. Se oyen los murmullos de un grupito al fondo del auditorio, el llanto apagado de un bebé, los incipientes ronquidos del abuelo, los dientes castañeados del mejor amigo, el abrir y cerrar de ojos del prematuro amor. Y él (o ella) se mantiene en pie. En medio de una tormenta que durará poco tiempo, pero que, de sobrevivirla, lo llenará de dicha y nuevos horizontes. Se mantiene a pie firme sosteniendo el timón. Cuando parece que el barco ladea, hace agua y amenaza con voltear, un golpe certero lo regresa a la verticalidad. Se mantiene. Aguarda el interrogatorio, ése que incluye los por qués y los cómos, los así y los de otro modo. Y él (o ella) mira de frente. Seguro de sus respuestas (después afirmará que no se acuerda qué fue lo que dijo; que la memoria de sus hazañas les corresponde a los demás). Viene la espera. El veredicto. El momento en el cual los más funestos presagios le nublan la frente. Sabe que no puede ocurrir cosa fatal. Aquí está: ha vencido a los demonios funestos. Al final escucha con atención lo que ya supone. Lo que sospecha porque otros que han enfrentado lo mismo se lo han dicho. Al final no hay nada. Sólo la vida. Y la posibilidad de hartarse de ella, de consumirse en ella, de fundirse en ella. Se acerca el primer amigo, el primer amor, el primer maestro, uno de los padres. Y el sollozo aflora. Y abre la boca. Y de ésta salen en estampida las luciérnagas.

jueves, julio 05, 2012

Los espacios vírgenes de la imaginación



La vida –dijo el Citador es sólo un puente que se tiende entre las dos orillas de la muerte -y un grupo musical, un cuarteto de acid jazz salido de los esbozos de una novela (Periodo de Historias para el Adulto Contemporáneo, tres años), comenzó a tocar; para hacer más agradable el momento. Cinco muchachas como pintadas por Matisse (Periodo de Describir Pinturas Famosas, cinco semanas) hicieron una rueda y se pusieron a bailar. El escritor comenzó su trabajo.
Alberto Chimal, “Los personajes”

Si, por cualquier azar, el autor Alberto Chimal se enfrentara a los personajes que ha creado a lo largo de su obra, es casi seguro que requeriría un estadio para dar cabida a todos los caracteres a los que ha dado vida. A pesar de esos personajes que se han convertido en habituales en su obra (Horacio Kustos y El Viajero del Tiempo, por mencionar algunos), lo que sobresale en su trabajo es, precisamente, la multitud de personajes y la variedad de sus naturalezas. En ese sentido, no es nada aventurado que uno de sus libros se llame Grey.
      Pero hoy quiero hablarles específicamente del volumen del cual extraje el fragmento de allá arriba: Éstos son los días. Hay en este volumen tal variedad de voces, de registros y de historias que esa es precisamente su característica: la posibilidad de la sorpresa a cada vuelta de hoja. Los temas y personajes se mezclan de manera promiscua: por acá una niña que muda en asesina serial, por allá unos conejos parlanchines y malhablados, por aquí una parábola casi bíblica, más allá las crónicas de viaje de Horacio Kustos, en medio una nouvelle de fantasmas psico-erotico-trópicos.
Las historias (clic en la imagen), el sitio del autor. 
Una de las webs literarias más recomendables del medio.

La literatura de imaginación, ese concepto que Chimal ha utilizado para intentar definir la literatura que abreva de lo fantástico, pero también del uso del lenguaje y de la reconfiguración de los relatos canónicos, se pasea ufana por las páginas de este libro. “Los personajes”, por ejemplo, aluden a una situación en la cual una singular asamblea constituida por los caracteres que un escritor ha dado a letra a lo largo de su vida comienzan a exigir un trato preferente, una mirada atenta, una conclusión a su historia.
      Y es que el relato mismo como personaje aparece en algunas otras de sus historias. “Conejo”, por hablar de uno, refiere a una carnicería de simpáticos roedores que podrían ser, al mismo tiempo, escritores o sus textos. El narrador se detiene a plantear las causas de su desagrado por los animalitos y el placer que obtiene al desollarlos, destazarlos y exterminarlos. También es una alegoría de la construcción de un relato, de la manera en cómo se inicia una tarea de taxidermista a fin de quedar satisfecho con el resultado y que, al concluirlo, no queda más que seguir buscando: “[...] inmediatamente después, hay que comenzar de nuevo: buscar otro conejo, seguirlo, averiguar su dirección, vigilarlo hasta conocer sus hábitos. Y esto es más largo y más tedioso, más un sacrificio, que todo lo demás”. 
 
Con Bef, miembro de la generación Z, según Chimal. 

Y esa búsqueda es la que anima la obra de Chimal. No importa la dimensión de los resultados: si el relato se consolida como una historia de mediano aliento (el caso de “Shanté” donde una mujer se entrega a una extraña adicción que permite la existencia de un ser que vive a través de la primera; donde el erotismo, lo sobrenatural y lo metafísico se cruzan); o como una fábula en donde la moraleja es transparente e igual de gozosa que las propias de la tradición griega o del neoclasicismo (como “Las flores”, en donde la locura se toca con el arte y da un palmo de narices a la ambición capitalista; aunque seguro no es intención del autor tal abusiva interpretación); o como los viajes imposibles de Horacio Kustos (en donde las camas son invisibles o los hoteles permiten dormir en un lugar al crepúsculo y despertarse lejos en otro sitio). 
 
La recopilación de algunos de sus cuentos, publicada en España, 
tiene en la cubierta una imagen que hace referencia a mi cuento preferido. 

Pero si hoy les recomiendo este libro es porque en sus páginas se encuentra el relato que más me ha gustado de toda la obra del autor. “Se ha perdido una niña” (que pueden leer por aquí) es un cuento que incluye varios de los elementos presentes en la poética de Chimal: una situación extraña (el viaje a un país que ha dejado de existir hace mucho tiempo), la lectura de un libro misterioso (el mismo que le da título al relato y que construye un juego autorreferencial impecable), la capacidad de asombro de los adultos (que encuentran en ese asombro una fascinación tan placentera que se niegan por completo a romper con la fantasía de la que dudan), un ambiente de ciencia ficción (sin que el cuento ajuste en las convenciones del género) y un final feliz.
      Al acercarse a esta obra tengan por anticipado que establecen un contrato que les exigirá atención y la necesidad de abrir su mente. De explorar esos espacios de su imaginación, que en muchos permanecen aún vírgenes. Los días para leerlo son éstos.

Alberto Chimal, Éstos son los días, México, Era, 2005.

miércoles, julio 04, 2012

Sombras nada más


De la galería de frikis que nos ha mostrado en la pantalla el, ya a estas alturas, monotemático y repetitivo Tim Burton, pareciera que Barnabas Collins es uno de los más desabridos. Su más reciente cinta, Dark Shadows, está plagada de los elementos de ambientación, los personajes y efectos visuales que le caracterizan como autor: la casa embrujada llena de pasadizos, los fantasmas etéreos que mudan de angelicales a terroríficos, los niños que vagan por esos escenarios como genios incomprendidos (timburtitos), los familiares amorales y patéticos, la mujer fatal de pechos prominentes, las referencias humorísticas a la cultura pop y, sobre todo, su insistencia en presentar a un outsider como héroe de un romanticismo que ya pinta más cansino que su Alicia en plena pubertad.
      La historia está basada en una serie televisiva de los años setentas que tuvo una relativa trascendencia en términos de público, pero que creó una serie de seguidores que la convirtieron en un relato de culto. Entre esos admiradores están el propio Burton y un Johnny Depp que ha declarado que de niño ansiaba crecer y convertirse en el personaje que encarna en la peli: Barnabas Collins.
      La trama aborda la historia de este personaje, un hijo de emprendedores ingleses en los Estados Unidos del siglo XVIII, que, al rechazar el amor de una bruja, es condenado a ser enterrado vivo y a convertirse en un vampiro. De tal manera que, por accidente, es revivido en plenos años setentas del siglo XX en el pueblo que sus padres fundaron y que en ese momento se encuentra en poder de la bruja autora de su maldición. Y de la ruina de su familia, habría que añadir. 
 
No hay duda de que se adoran. ¿Y el espectador qué culpa?

Y es aquí en donde la historia comienza a desarrollarse con tantas subtramas que no se augura más que una incompletitud y superficialidad en la mayoría de ellas. Ni el misterio de la madre en fondo del océano, ni el del padre de la niña rebelde-mariguana-rocanrolera, ni el misterio detrás del nuevo interés romántico de Barnabas se desvela. El espectador sospecha y nunca confirma la veracidad de sus sospechas. La historia central, esa pugna entre el vampiro y la bruja, devora las demás historias y no permite que los otros personajes terminen de desarrollarse. Probablemente el que más resiente esto sea la matriarca de lo que queda de la dinastía Collins, interpretada por una hermosísima Michelle Pfeiffer, quien carga con la responsabilidad de una casa que podría convertirse en uno de los elementos fundamentales del filme, pero que nunca logra consolidar tal posibilidad.
      Incluso el humor “raro” de los filmes burtonianos, y uno de sus elementos más recurrentes, sufre aquí al apoyarse en cuestiones obvias y superficiales: la descolocación de Barnabas ante una época que no es más la suya, los clichés asociados a la idea del vampiro, la sexualidad desbordada y potentísima que se manifiesta en el coito consumado entre la bruja y el vampiro. Más allá no hay gran cosa. 
 
El trailer.

Dark Shadows es una película hecha para el divertimento, para tragar palomitas y para seguir rindiendo tributo a una asociación que por su propio bien debería de terminar (Burton/Depp). Quienes asistimos a ver la cinta esperando algo similar a Edward Scissorhands, o Mars Attacks!, o, en la falta de expectativas, a Sweeney Todd, salimos totalmente defraudados. Quienes van queriendo reírse un poco, asombrarse con la excentricidad vuelta estilo o confirmarse como fans de Depp, la pasarán de maravilla. A mí me arrancó dos bostezos y medio. Sólo me animé un poco cuando el gran Alice Cooper aparece echándose una rolita. El resto fueron sombras nada más.

 "Conocí a una Alice Cooper".

martes, julio 03, 2012

Saldo electoral



A mis saltamontes,
sobre todo a los menores 
de edad que no pudieron votar.

Después de la terrible jornada del 1 de julio (los años venideros darán las razones del porqué) quedan varias cosas necesarias de poner sobre la mesa de la reflexión, la autocrítica y la necesidad de proyectos a largo plazo.


Lo obvio
Existieron anomalías cuya referencia fueron a los años en los cuales el PRI conseguía refrendar su hegemonía de partido único: compra de votos, coacción, amenazas veladas, robo de urnas, validación de una estructura fundamentada en el reparto de prebendas y puestos menores, entre las más evidentes. El adelanto de resultados por parte de la autoridad electoral, el pronunciamiento triunfal del candidato del PRI, el refrendo de tal postura por parte de la Presidencia de la República. Esto si hablamos de lo ocurrido durante la jornada electoral de este domingo. Lo otro es más complejo y menos clandestino.
¿Y qué es lo otro? La falta de operatividad en lo que respecta a denuncias de exceso de topes para gasto de campaña, inequidad en los contenidos editoriales de los medios de comunicación, manipulación hoy aceptada de las encuestas de intención del voto. Estas denuncias corresponde solucionarlas tanto a la Fepade como al IFE. Sin embargo, la morosidad, omisión o desecho de la mayoría de estas denuncias (ojo, tanto en lo que respecta a la elección federal como a las locales) hizo que se pasaran por alto, de manera sistemática, la mayoría de éstas. La resolución de tales controversias se definirá hasta que el proceso electoral haya concluido. Y no hay que pasar por alto que esto incluye a las denuncias hechas incluso en contra del candidato de Movimiento Ciudadano.
Esto nos permite también hacer una reflexión con respecto de cómo se permitieron todas estas cuestiones, a todas luces incoherentes con una democracia consolidada. Hay una red de complicidades detrás de los acuerdos entre partidos. Algo que puede resumirse con un “si no te metes con nosotros, no lo hacemos contigo”. Máxima que funciona hasta que el control de daños empuja el reclamo de tales irregularidades mientras se ausenta la autocrítica.

La coyuntura
Existe en el momento actual un malestar evidente y justificado con el resultado del proceso, tal como se llevó a cabo y antes de la revisión de las actas distritales del día de mañana. Los ecos resuenan en las redes sociales, en las comidas familiares, en los centros de trabajo, en las discusiones de los “especialistas” de los medios. Las posturas van desde la revuelta armada, la revuelta civil, la necedad reeditada, la resistencia pacífica, el asalto al IFE, la manifestación desbordada.
         Y ese es el adjetivo que cabe para la situación actual: el desbordamiento. La catarsis inmediata por un resultado contrario; inesperado y desesperanzador con respecto de sus confianzas más íntimas. Es decir, campeaba un sentimiento de confianza esperanzada con respecto del proceso del domingo: la idea de que los resultados fueran distintos. Como no lo fueron, la indignación es enorme. Pero es una indignación matizada con un grito que resulta contradictorio: ¡ya sabíamos que iba a pasar! Es decir, se sabía que ocurriría, pero se tenía la esperanza de que a último momento no fuera así.
         Y ha comenzado un momento de crisis y de rompimiento del tejido social. Sobre todo en los espacios en los cuales esa indignación puede ser expresada: las redes sociales, las reuniones partidistas, el seno de los movimientos sociales de diverso signo, la estructura de base de los candidatos, etcétera. Esa expresión de inconformidad se manifiesta, sobre todo, en las capas medias y altas. El otro México, el México profundo de Bonfil Batalla para no dejar pasar la oportunidad del cliché, no se manifiesta ni parece sorprendido. Son los responsabilizados, también, de haber permitido el fraude al haber vendido su voto (y su dignidad, dicen los más encendidos).
         Paremos un poco aquí. En esas imágenes que muestran a indígenas que se tapan de la lluvia con paraguas tricolores con la impresión del rostro del candidatote. Pensemos en las mujeres que votaron porque éste era “el más guapo”. En los operadores que acarrearon y compraron el voto de ciudadanos esperanzados en la promesa de un pago inmediato y un compromiso a mediano plazo. ¿Qué es lo que ha permitido que esto ocurra? Por un lado, el sistema de partidos; por el otro, la ausencia de ciudadanía (regreso al final del texto a esto).
         Una cuestión más que anima la discusión tiene que ver con una precepción que se vuelve argumento: “toda la gente que conozco votó por AMLO, ¿cómo pudo ganar Peña Nieto?”. Una respuesta que suena a provocación es: “por toda la gente que uno no conoce”. Hay un fenómeno que deberá ser estudiado con respecto de los espacios de influencia y percepción que tejen tanto las redes sociales cerradas (como Facebook, donde uno decide con quién tener relaciones de intercambio de información) como las abiertas (como Twitter, que sería en todo caso parcialmente abierta: uno decide a quién seguir leyendo y a quién ignorar). La interacción en estos medios crea un espacio de seguridad para las creencias y gustos propios. Elementos a considerar en este sentido: la enorme cantidad de personas que no tienen acceso, ya no digamos a redes sociales o internet, sino a energía eléctrica o servicios básicos. Es en esos numerosos desconocidos en donde se fragua la compra, la coacción y el acarreo de votos. ¿Y cuáles son los elementos que permiten que los votos de esas personas sean comprados? Decir el hambre y la ignorancia suena políticamente incorrecto. Pero es eso: el hambre y la falta de educación. Los conspiracionistas del “al gobierno le conviene tener ignorante al pueblo” tendrían aquí un ejemplo para su argumentación.
         Una deriva de ese desconocimiento del otro lo representa el centralismo. Ya no el centralismo de la Ciudad de México, sino incluso el de los centros urbanos o los medianamente tecnificados (las ciudades de frontera, p. e.). Si uno revisa los resultados electorales del PREP en algunas zonas en donde la izquierda no tiene presencia nos daremos cuenta que sus números son muy pequeños; incluso que representan a la tercera fuerza electoral en pugna. A diferencia de las ciudades descritas al inicio de este párrafo en donde tienen porcentajes incluso por arriba del 50 % de los votos emitidos. Eso implica que la estructura de los partidos involucrados no tiene la misma fuerza ni estructura en todas las comunidades del país. En algunos, incluso, los partidos han echado mano del descontento de los tránsfugas de otros institutos políticos para tratar de tener presencia. No son casos aislados en donde esas provisionales alianzas son traicionadas de último momento.
         ¿Qué es lo que sigue a partir de esta coyuntura? Es difícil de predecir. Probablemente un litigio prolongado vía las instituciones que han mostrado su parcialidad pero que representan el único aparato de apelación por la vía legal; o una revuelta civil en donde el fantasma de la represión es una de las amenazas más dolorosas y simbólicas, tanto para los que se encargarían de ejecutarla (un gobierno que no es del partido electo) como por aquellos que la sufrirían (mos). Pronóstico reservado.

El futuro
Nadie puede negar que el conflicto poselectoral de 2006 trajo consigo reformas que intentaron corregir situaciones similares a las de aquel año. Es decir, que se previó que la historia no se repitiera de manera idéntica. En este sentido, la institución que tuvo mayor responsabilidad fue el IFE. Sin embargo, para el escenario actual no funcionó con la certeza suficiente como para evitar las sospechas de parcialidad. Es necesario pensar de qué manera se pueden eliminar esas sospechas, qué mecanismos se deben afinar para que las denuncias se atiendan y resuelvan de manera expedita. Esto, desde los aparatos de justicia “burgueses a conveniencia” como leí en algún post estos últimos días.
         Lo otro es más profundo. No podemos estar condicionados a la explosión de las pasiones partidistas o militantes sólo cada seis años. Esas pasiones, mientras no son conscientes y constantes como parte fundamental de nuestras obligaciones y derechos como ciudadanos no auguran que la situación cambie en procesos electorales futuros. Debemos crear ciudadanía y conciencia acerca de lo que tal cosa representa. Es decir, se debe romper con la visión de súbditos incondicionales, de manada sin control, de masa manipulable.
         El camino a todo esto es la educación de calidad. El reforzamiento del conocimiento del pasado y de lo que implica ejercer los derechos que se han ganado a lo largo de los años en esa persecución del ideal democrático. Esto resulta, ahora, misión más complicada debido a que, de consumarse la alternancia/retroceso del poder, el aparato educativo no cambiará de formas de operación, conservando la visión utilitarista y precaria que ha tenido hasta nuestros días. Educación de calidad para todos. Sobre todo para aquellos a los cuales hoy se acusa de haber sido seducidos por la satisfacción de la necesidad inmediata.
         ¿Qué acciones tomará la sociedad civil (en donde han surgido manifestaciones impresionantes, y que marcarán a una generación, como #YoSoy132) para garantizar que aquellos reciban una educación que los haga replantearse la decisión ética de rematar su voto? ¿De qué medios se valdrá para que los mecanismos que se ofrezcan no sean los mismos que se han planteado como simulación estatal en los últimos ochenta y dos años?
         Algunos dirán que los culpables son los medios. Los medios son eso: medios que permiten la transmisión de un mensaje que se pretende hegemónico a una masa y que busca una interpretación unívoca (generalmente inofensiva o inmovilizadora) de ese mensaje. Pero antes de los medios están los individuos, ésos que pueden convertirse en ciudadanos. ¿Cómo garantizar que esos mensajes que buscan implantar una visión del mundo unívoca y afín a los intereses de los dueños de tales medios no encuentren terreno fértil sino resistencia crítica? Con educación que fundamente precisamente eso: pensamiento crítico, exigencia del derecho a disentir y ejercicio feroz de su ciudadanía. Lo demás es seguir jugando con las mismas reglas que el sistema ha impuesto hasta ahora.
         En estos días he visto las manifestaciones de rabia e impotencia de varios de mis estudiantes de prepa. Muchos de ellos no pudieron votar porque no tienen edad para hacerlo. Pero tienen ya, a esta edad, elementos para leer de manera crítica lo que ocurre en su país. Para que les resulte incomprensible cómo, incluso sus padres, decidieron regresar a los tiempos de los cuales siempre se han quejado. Algunos han escrito en sus muros de Facebook que esperan con ansiedad el momento en que puedan votar para revertir algo en lo que no pudieron participar. Serán los electores de los próximos comicios. Ellos están listos. Pero son minoría. ¿Qué estamos dispuestos los demás a hacer para que el resto de esos ciudadanos en ciernes, y de aquellos que ni siquiera saben que lo son, puedan ejercer sus derechos de manera responsable? Sugiero una verdadera (eficaz) revuelta. Yo ya escogí mi trinchera.