lunes, noviembre 14, 2011

Una de guampiros

Nunca he sido fanático de las novelas de vampiros. A pesar de que dos de ellas, una que me regaló mi adorada Hortensia Moreno a mediados de los noventas (Entrevista con el vampiro de Anne Rice) y otra que conseguí en alguna de mis visitas al tianguis de libros de La Lagunilla (El imperio del miedo de Brian Stableford), capturaron mi atención, no consiguieron que me volviera un seguidor de tal temática. Y es que no alcanzo a comprender la fascinación que estos personajes lanzados a la conciencia colectiva, sobre todo a partir del periodo romanticista, llegan a tener sobre el imaginario de muchos lectores. Y eso que Drácula de Abraham Stoker y  Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu están catalogadas como obras imprescindibles para entender el origen de tales aficiones y de la literatura en general. Luego me entero que incluso Carlos Fuentes tiene ficción sobre vampiros. Y, bueno, viene después el repunte de ventas del género con esa joya de la ideología gringa de derechas y donde la palabra saga desentona de manera terrible ante lo básico y maniqueo que resulta el tratamiento de la historia de vampiros en la época contemporánea: Crepúsculo de Stephenie Meyer. Y todo esto para decir que acabo de leer una novela en donde aparecen unos vampiros que salen de la concepción común: son chinos, viven en el noroeste de México y se enfrentan a balazos y navajazos entre sí. Me refiero a Asesinato en una lavandería china de Juan José Rodríguez. Una trama efectiva, en clave policíaca que, sin embargo, deja algunos cabos sueltos (la suerte de la madre del protagonista, por ejemplo). La obra resulta interesante por la transformación de la figura estereotípica del vampiro: aristócrata, bien parecido y, a partir del estereotipo más común, exclusivo del mundo occidental. Échenle un ojo, igual y les interesa. Según una entrevista reciente, hay planes para volverla film.

Seguir leyendo por aquí. 

domingo, octubre 23, 2011

Personal Jesus


Su madre lo obligaba a ir a la iglesia desde que tenía memoria. Había aprendido a odiar el ritual del domingo con la conciencia suficiente como para blasfemar entre dientes mientras los demás pronunciaban oraciones aprendidas de memoria y vacías de significado. Tenía que aparecer ante el crucifijo central con el cabello engominado y la corbata bien anudada. Vestido de riguroso negro, los zapatos impecables, la raya rectísima a lo largo de sus piernas. Y rezarle al que, decían, murió por sus pecados.
            Imaginaba cosas atroces mientras realizaba lo que, por obligación, tenía que hacer. Niños que morían de hambre mientras los buitres les rondaban; mujeres con la nariz mutilada por haberse atrevido a pensar por sí mismas; mesías autonombrados que disparaban balas expansivas contra jóvenes activistas; animales ultimados en rituales sangrientos. Imágenes que llenaban su cerebro mientras sonreía al sacerdote que le daba a probar el cuerpo y la sangre de Cristo.
            Nunca confesaba sus visiones ni el odio cultivado cuidadosamente a lo largo de los años. Se acusaba de nimiedades en la hora de pasar cuentas. Dos padres-nuestros y tres ave-marías. Puedes ir en paz. Dos resplandores lo enceguecían: las luces de la multitud de veladoras al salir del confesionario y la luz del sol en el cenit al abandonar el templo. Su madre entonces le daba unas monedas, musitaba una bendición mientras dibujaba el símbolo de la cruz en su cuerpo y lo enviaba a deambular por las calles de la aldea.
            Llegaba cuando la noche era cierta. Musitaba un “ya vine” al cascarón corporal de su madre que se regocijaba, pero no demasiado, con el programa del domingo. La vista fija en el televisor y una sonrisa que nunca terminaba por dibujarse en el rostro. Entonces él subía a su habitación. Abría las ventanas que daban a la calle y dejaba que el frío se metiera en todos los rincones del cuarto. Tomaba el teléfono y marcaba números al azar. Una voz le había dicho que, si creía lo suficiente, un dios hecho a su medida le contestaría.
            Ese domingo podría ser la fecha elegida. Esperó con ansiedad una voz al otro lado de la línea. Sólo pudo escuchar una respiración fatigada, con estertores esporádicos. El sonido de alguien que agonizaba.

miércoles, octubre 12, 2011

Crónicas de madrazos varios

Julio César Chávez (Matías Danna, técnica mixta)
El fin de semana vi, finalmente y después de una postergación casi imperdonable, el documental de Diego Luna sobre Julio César Chávez. Al mismo tiempo, termino de leer el excelente libro Cuando llegaron los bárbaros… de Magali Tercero. Parecen cosas que no tienen gran relación. Y, sin embargo, no dejé de pensar en uno mientras miraba el otro, y al revés. El libro de Tercero se inserta en la mejor tradición de la crónica periodística, ésa que se escapa de los juicios exclusivos del cronista y deja fluir el sentir y las voces de los que viven aquello que se quiere relatar. En el caso de este libro, la crónica aborda la manera en cómo se ha trastocado la vida cotidiana de los habitantes de Sinaloa a partir del proceso que el narcotráfico ha tenido en la región. Voces que hablan acerca de las fiestas a media calle, de la justicia comprada a punta de ametralladora, de las ambiciones inmediatas de los buchones metidos al comercio de la droga, de la economía que se mueve con los vaivenes de los ingresos que tienen los narcotraficantes, de las nuevas maneras de relacionarse que han tenido que apre(he)nder los ciudadanos de a pie, de los saldos de la guerra gubernamental, de los deseos/rechazos de las madres acerca del destino de sus hijas en un ambiente como éste, de los mitos alrededor de las figuras emblemáticas de los capos, de la memoria de policías honestos y generales sacrificados en el cumplimiento de su deber. Voces que arrasan al lector desde de la reproducción fidedigna que la periodista consigue plasmar en las páginas de su libro. El documental de Luna, por su parte, aborda el proceso que el mejor boxeador de la historia de México tuvo que recorrer hasta reconocer su propia decadencia. Las dos historias se cruzan en Culiacán como el escenario donde se desarrollan ambos relatos, se cruzan en la presencia de los capos de la droga como parte de las comitivas de JC rumbo al cuadrilátero, se vuelven una en la manera en cómo el poder y el dinero disfrazan la impunidad.

Seguir leyendo por aquí.

lunes, octubre 03, 2011

El mundo se va a acabar


La muerte chavita/ Víctor Jurado

El Apocalipsis siempre ha estado de moda. La idea de una Revelación Final que nos permita acceder a un estado de gracia a partir del cual podamos comprenderlo todo (y en término de exégesis bíblica, arrepentirnos de todo). En estos días revisé la conmoción causada por la transmisión de la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos hecha por Orson Wells al clásico de la ciencia ficción de otro Wells, Herbert George. Las crónicas del día siguiente en The NewYork Times hablan de una predisposición a concebir la posibilidad de que el mundo, tal como lo conocemos, es susceptible de terminar hecho cenizas. Y tal parece que los norteamericanos están más dispuestos a creer tal situación. Baste analizar de manera crítica lo planteado por M. Night Shyamalan en The Happening, para entender un poco esa tendencia a la predestinación de terminar extintos que se da por hecho. Acá no está presente la acción de un dios-que-pasa-factura, pero sí la de una madre-naturaleza-que-quiere-preservar-a-sus-hijos. Es claro que muchos de esos temores se basan en los cambios de paradigmas que ya D. H. Lawrence desnudaba en el análisis que hizo del último libro del Nuevo Testamento. La idea de la novedad, prerrogativa casi exclusiva de la modernidad, anuncia siempre el advenimiento de esos apocalipsis.

(Seguir leyendo por aquí).

martes, septiembre 20, 2011

Elogio de la glotonería, en elnocturnodiurno

(Desayuno para uno/ Víctor Jurado)
“Comer como pelón de hospicio” era una frase común todavía hace unos años. Hacía referencia a los chicos que habían sido abrigados por la caridad, pública o privada (una por obligación, otra por remordimiento), para evitar que terminaran en la calle y “se fueran por el mal camino”. La frase parece dibujar a esos personajes que Luis Buñuel presentó de manera inmejorable en su joya mexicana Los olvidados (1950), donde la sobrevivencia pasa por el hambre y, muchas veces, por el agandalle. Los niños abandonados, ésos que fueron una afrenta nacional entonces y que originaron peticiones de expulsión para el fundador del surrealismo cinematográfico, hoy son cosa común. Se pasean frente a nuestros ojos que han aprendido a mimetizarlos con el paisaje. Como si fueran un árbol, o un semáforo, o una coladera. Ellos también deben comer como pelones de hospicio. De esos orfanatos sólo queda el recuerdo. Las alcantarillas son su manifestación contemporánea, los portales del Metro, las casas abandonadas y en litigio, los autos abandonados en la vía pública, los parques, las fuentes. Se reproducen como hormiguitas. Uno puede estar atento a un agujerito, que por ahí, seguro, se deslizan uno detrás de otro. Como se muestra en De la calle (Gerardo Tort, 2001), una visión descarnada, pero realista, de lo que es vivir como niño de la calle en la Ciudad de México. Y, después de todo esto, me da pena decir el motivo de mi post. Pero lo haré: en estas fiestas patrias, comí como pelón de hospicio.

lunes, septiembre 12, 2011

Lo nuevo el elnocturnodiurno, columna de la semana

(Foto: La patria imperial/ Víctor Jurado) 

López
Considero que el más grande escritor que ha tenido mi país, México, es Jorge Ibargüengoitia. Es un juicio que los más fundamentalistas me reclamarán. Rulfistas, Arreolistas, Reyistas y, probablemente, hasta Crackistas me dirán que los méritos del cuevanense son escasos debido a que sus obras no eran “serias”. Y es probable que yo les dé razón en ese momento, pero también es cierto que para mis adentros seguiré pensando que están bien pendejos.

(Seguir leyendo por aquí).

Lo nuevo en Soundtracks impresos de artist mx

Lo malo de las jiras es que crean adicción
Federico Arana es, sin lugar a dudas, uno de los nombres clave entre los autores a quienes se puede relacionar tanto con los movimientos contraculturales en México como con la historia del rock en nuestro país. De su autoría es esa joya híbrida, en términos de género literario (o periodístico), denominada Huaraches de ante azul, una revisión de la historia temprana del rock en México; tanto de sus intérpretes como del impacto de discos y artistas provenientes de otras latitudes rocanroleras.
Incansable difusor científico (valgan como evidencia sus aportaciones como ilustrador para diversos materiales didácticos del sistema educativo mexicano y su Manual de ecología para principiantes) y escritor prolífico, el Incansable Hombre Arana, como se le ha nombrado en algunas ocasiones, tiene también una banda de rock que se dedica a coverear clásicos del rock con humor corrosivo y crítica social a granel. Aunque su aspecto parece más el de un dirigente sindical trasnochado que el de un rocanrolero duro, es claro que Arana tiene mucho que decir en lo que a cuestiones rocanroleras y musicales se refiere.
(Seguir leyendo por aquí).

jueves, septiembre 08, 2011

Nueva aventura

En una nueva aventura, en un nuevo año. Mi primera colaboración para el proyecto el nocturnodiurno que ha visto la luz en la ciudad de Managua. Andaré por allá seguido. Si andan por acá les avisaré. Mi primera colaboración sobre el chupe y sus relaciones.

Abrimos a las 6

agosto 11th, 2011  |  Publicado por Edgar Adrián Mora
Hay bares de 24 horas, pero las barras libres sólo son en horarios establecidos. Aquellos en los cuales puede asistir más gente o cuando es más fácil enganchar a los bebedores empedernidos a fin de obligarlos a seguir consumiendo a precio de lista. Se puede tomar todo lo que se pueda, hasta que el cuerpo aguante. Pantagruélico festín alcohólico con dos destinos probables: el suelo o la inconsciencia. O ambos, si decadentes andamos. Porque la libertad de explorar la realidad alternativa del sueño también está incluida. No cualquier antrillo ofrece barra libre. Sólo aquellos en los que conviven el grito, el descalabro, la música a todo volumen y los barman apresurados y muertos de sed. Al cantinero también le conviene que la embriaguez los invada. Joderán menos entre más borrachos estén. A chupar, que el mundo se va a acabar…

martes, agosto 30, 2011

Fallas técnicas

Para abrir las puertas del cielo hay un sistema que funciona con un número y la huella digital del que va a entrar. Eso asegura que ninguno que no esté en la lista divina pretenda colarse de contrabando. Un día el aparatito se descompone. Un técnico angelical intenta repararlo pero no encuentra la falla. Desarma el armatoste, busca cortocircuitos o alguna causa que impida el correcto funcionamiento. No lo encuentra. Llama a otro técnico, intercambian impresiones. Para este momento, una multitud de afortunados se ha ido acumulando a las puertas del cielo. Comienzan a impacientarse. Chiflan. Se remueven inquietos. Buscan hablar con el encargado. Rechiflan. Se rinden. Un rumor comienza a esparcirse: estas cosas no ocurren en el infierno. Algunos comienzan a abandonar la fila.

sábado, agosto 27, 2011

Bici que anda para atrás


Compró una bicicleta que andaba para atrás.  Cuando la vio en la tienda, nada auguraba su singular defecto. No había forma de hacerla andar en la dirección adecuada. Esto es, hacia adelante. Pensó que era alguna cuestión mecánica. Un engrane o una estrella mal acomodada. Con paciencia de relojero desarmó la bicicleta y la volvió a armar; siguió todas las instrucciones pertinentes. Pidió consejos incluso a uno de los especialistas de bicicletas más capaces del barrio. Todo parecía normal, todas las piezas encajaban de la misma forma que las de otras miles de bicicletas que circulaban a diario. Pensó en acudir a la tienda y pedir explicaciones acerca de porqué le habían vendido una bicicleta que andaba hacia atrás. Se detuvo, sin embargo, al reparar en todas las pruebas que debía presentar para acreditar lo dicho. Y faltaba que, a razón de su mala suerte comprobada, en el momento en que quisiera echarla a andar, la bicicleta anduviera bien, como si nada, como cualquier otra bicicleta. Había tenido o atestiguado experiencias bochornosas como ésa. Había protagonizado un evento similar quiso devolver un DVD que anunciaba en la portada el clásico Ladri di biciclette del gran De Sica, pero cuando lo reproducía en su aparato mostraba siempre una película distinta. Cuando acudió a la tienda a reclamar el hecho, en la pantalla de pruebas del establecimiento aparecieron las imágenes iconos del neorrealismo italiano. Por eso se empeñó en “arreglar” el desperfecto por sí mismo. Se dio por vencido con el paso del tiempo y entonces emprendió una nueva tarea: aprender a manejar su bicicleta que andaba para atrás. En un principio tuvo las mismas dificultades que se presentaban a cualquier niño que comenzaba a sostenerse sobre una bicicleta. Se cayó, se provocó raspones, estuvo a punto de claudicar. Pero, con base en su necedad y en su deseo de hacer que la bici le prestara los servicios para los que la había comprado, finalmente la dominó. Aprendió a andar en una bicicleta que se desplaza hacia atrás. Al principio resultó una cosa extraordinaria en su barrio. La gente se asomaba a la calle todas las mañanas, cuando él salía para ir a trabajar. Adaptó unos espejos al vehículo que le permitían moverse con agilidad y rapidez inusitada por las calles de la ciudad. En determinado momento, incluso se pusieron mesas de café y sillas en las banquetas de las calles cercanas a su casa. Se podía ver a infinidad de personas admirando lo que consideraban una extravagancia: alguien que prefería hacer que el mundo se moviera al revés. Después, esa euforia fue desapareciendo. Se concibió como cosa normal ver al hombre que se dirigía al trabajo montando una bicicleta fuera de lo común. Sólo aquellos que no lo conocían mostraban cierto asombro. Asombro que algunas veces se tornaba en incomodidad, sobre todo a la hora de caminar a su lado, acostumbrándose a no esperar que el hombre que acompañaban tropezara de manera repentina y cayera al suelo. Producto de su reciente manía inexplicable de caminar de espaldas.

miércoles, agosto 17, 2011

Agua, el eBook


La editorial Tártaro, coordinada por Mario Carrasco Teja, acaba de lanzar como su número 8 en su colección Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), mi cuento "Agua" en una edición especial para Kindle, Bookeen, Sony Reader y demás aparatitos para leer libros electrónicos. Lo pueden conseguir pinchándole a la portada que está aquí arribita.

Mi colaboración para artistmx


HUELE A CÓMIC ADOLESCENTE
Con guión de Barnaby Legg y Jim McCarthy, así como ilustraciones de Flameboy, Goodspeed. The Kurt Cobain Graphic (Kurt Cobain. El ángel errático, desafortunado título de su versión en español) es un comic que hurga de manera un tanto estereotipada pero efectiva en la biografía del vocalista de Nirvana y en las circunstancias que fueron tejiendo su vida, desde la infancia fragmentada por la relación fallida de sus padres hasta el momento en que, según la versión más aceptada, terminó con su vida desparramando fragmentos de cerebro en el cuarto mugriento donde fue hallado.
          Con pericia y oficio, los autores guían al lector en una narración con dos vertientes: por un lado la descripción en primera persona de los sentimientos y percepciones internas del protagonista; y, por el otro, el intento de reconstruir de manera fidedigna la biografía de uno de los iconos más importante de la música popular de la década de los noventas. Ambas historias se cruzan y desvelan una narrativa efectista que decae de manera evidente en las secuencias “amorosas” que describen la relación accidentada de Cobain con la mayoría de las mujeres que habitaron su vida en determinado momento.

Ranas


Al señor É le encanta nadar. Es una de las pocas cosas que disfruta. Al salir de su trabajo, una actividad que lo agota hasta la extenuación, el señor É se dirige a la alberca en la que diariamente realiza sus ejercicios. Con una rutina que se ha vuelto mecánica a fuerza de repetirse día tras día, el señor É recoge sus toallas en un mostrador, se dirige a las regaderas para enjuagarse el cuerpo antes de entrar a la pileta, se pone el traje de baño que le ajusta como un guante, la gorra de silicona que impide que los cabellos que todavía conserva caigan al agua y se metan por las narices de otros nadadores, y finalmente se coloca los googles que evitan que el agua clorada se le meta a los ojos (el señor É tiene los ojos muy sensibles).
          Llega con el encargado de la alberca para saber en cuál carril podrá nadar hoy. Siempre nada en los carriles 2 ó 3, que están en el medio, nunca en el 1 ó el 4, que están en las orillas. Pero hoy el encargado le señala el carril 1. Por un momento, sólo por un momento, el señor É duda. Reacciona, sin embargo, ante lo ridículo de la duda y se mete al carril.
          El señor É se desplaza con la velocidad que la práctica y la disciplina le han otorgado. Le gusta sentir cómo su cuerpo se mueve con cierta naturalidad entre el agua, como si fuera un pez o una rana, o algún otro animal acuático.
          El señor É nada largo rato sin descanso. Su resistencia se ha incrementado con el tiempo y el placer que experimenta en ese silencio acuático, en esa soledad relajante, lo anima a seguir separado del mundo. Sin embargo, en algún momento se detiene para tomar agua y recuperar el aliento. Cuando lo hace, descubre asombrado que en la alberca no hay nadie. Ni una sola alma nadando en los carriles o merodeando por las orillas. Ni siquiera el encargado se ve por algún lado. Le parece extraño. Recién cuando llegó, la alberca estaba llena de nadadores. Le dieron el carril 1 porque el 2 y el 3, sus habituales, estaban ocupados.
          Decide, pese a lo extraño del suceso, no prestarle mayor atención y seguir nadando. Toma impulso y se lanza. Pero, dentro del agua, no deja de pensar en lo extraño del suceso. Así que cuando llega nuevamente a un extremo del carril se detiene. Ahora descubre que las luces eléctricas que mantenían alumbrada la alberca están apagadas. Reina la oscuridad, interrumpida solamente por los rayos de luna que se filtran por el techo de cristal.
          El señor É comienza a cuestionar su cordura. Piensa que lo que ocurre escapa a toda lógica. En estos pensamientos se encuentra cuando una rana llega dando saltos por la orilla de la alberca hasta donde se encuentra. Es una rana que brilla con una extraña fosforescencia debido a los rayos de luz que se filtran por los vidrios que separan a la noche de Lo que pasa adentro. La rana croa. Parece mirar fijamente a los ojos del señor É. Este ha decidido que lo que está viviendo en realidad no ocurre. Que si sigue nadando, en algún momento las cosas volverán a la normalidad. El mundo volverá a ser su mundo. Está convencido de esto, pero la rana lo mira fijamente. El señor É decide que seguirá nadando hasta que las luces se vuelvan a prender y los nadadores aparezcan con sus largas brazadas en los carriles contiguos al suyo. Lo ha decidido, pero sus músculos no le obedecen. La rana lo mira. El señor É quiere volver a sumergirse en el agua. Una extraña superstición se lo impide. La luna se refleja en la superficie de la alberca. La rana salta al agua.

miércoles, agosto 03, 2011

Mi colaboración para el número 4 de Vozed

La crisis o los molestos chirridos de la tiza sobre el pizarrón


La palabra crisis es molesta. Dos vocales débiles que generan una sensación de chirrido, similar al ruido de un gis sobre una pizarra seca. Y esa molestia que genera el chirriar del gis sobre la pizarra se vuelve más molesto conforme su sonido se sigue repitiendo. La palabra crisis tiene efectos similares.
         Es una palabra multifuncional. Cuando se habla de un punto de decadencia que linda con la extinción o con el cambio de estado, aparece. De tal forma tenemos crisis políticas, crisis económicas, crisis conceptuales, crisis generacionales, crisis de los 30’s (y de los 40, 50, 60’s…), crisis de la moral, crisis de la familia, crisis nerviosa. ¿Ya les duelen los oídos?
         El origen de la palabra remite al griego krisis que alude al verbo que le da origen krinein: separar, juzgar, decidir. En esa raíz etimológica encontramos explicación a varias de las aplicaciones cotidianas con las que se relaciona el término, crisis de identidad por mencionar una.

Columna "Soundtracks impresos" en artist MX


Una historia (casi autobiográfica) de rock and roll
Kevin Sampson nació en Liverpool, una ciudad del Reino Unido que ha visto nacer a bandas de trascendencia innegable en la historia del rock. Ha escrito críticas para medios tan importantes como la New Musical Express o Sounds. En 1989 se convirtió en el mánager de la banda The Farm, un grupo que alcanzó cierta celebridad en los primeros años de la década de los noventas. Con ellos, inició una gira de 60 conciertos por los Estados Unidos.

Cuento en Cuadrivio 4


VOLADORES

Hubo un gran combate en los cielos. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el Cielo para ellos. Y fue arrojado el Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Apocalipsis 12:7-9

Desperté muy temprano y no lo encontré. Habíamos estado en el cuarto del hotel tomando cerveza y viendo la repetición de un partido de futbol. Lo vimos en el canal de la competencia. En nuestra empresa comentan sólo ignorantes y arribistas (eso no lo ponga, que si se enteran allá arriba me corren). Pues total que vimos el partido y después comenzó un programa sobre hombres fuertes que jalan vagones de tren y levantan troncos a peso vivo. El caso es que de repente me dormí. Así nada más. No recuerdo ni en qué momento fue. Cuando desperté, Nibardo había desaparecido. Bueno, no desaparecido. Nomás no estaba en la cama. Dije su nombre en voz alta para ver si me contestaba, pero nada. Pensé que había salido a comprar cigarros o algo, ¿no? Me volví a dormir. Y hasta ahorita no ha aparecido. Hoy en la mañana no llegó a desayunar, ni tomó en cuenta el plan de grabación. Estamos haciendo un reportaje para el programa de los viajes, ése donde sale la güerita que habla con la gente y explica la historia de los lugares que grabamos, ¿no? Pues bueno, ella llegaba hasta mañana porque primero teníamos que grabar el stock del programa, y ya luego ella viene y lee los guiones que el Nibardo le prepara. Es bueno para escribir y para leer. No la chamaca sino mi compa. Produce todo. Y ahora no aparece. Yo sólo cargo la cámara, armo el tripié y voy por los mandados. Hablé a la empresa y allá me dijeron que viniera con ustedes. Que levantara un acta y que mañana mandan a alguien a investigar qué pasó. Que no me mueva de aquí. Yo les hago caso, ¿pero y si nunca vienen por mí?, ¿qué voy a hacer?

martes, agosto 02, 2011

El poder de un libro en apariencia instrascendente


(En 2004 entré a dar clases a una prepa que intentaba ofrecer oportunidades a jóvenes que no habían encontrado cabida en el saturado sistema educativo de educación media superior de la Ciudad de México. Me encontré con muchas historias, todas interesantes, muchas trágicas. También me encontré con Beatriz Benito, una estudiante que lo volvía a ser en una segunda oportunidad y con una vida complicadísima, en comparación con la de la mayoría de los estudiantes de prepa. Cuando ella estaba a punto de claudicar, recordé que yo había leído una novela entretenida pero no una obra maestra (desde mi perspectiva) en donde se hablaba de una mujer que había conseguido superar su condición a partir de la lucha constante y el enfrentamiento a los obstáculos. Se la regalé. Nunca me imaginé que ese libro le cambiaría la vida. Tanto así que su ensayo de postulación para certificarse (en el lugar en el que trabajo los estudiantes están obligados a presentar una especie de tesis) giraba alrededor del personaje central de la novela y la relación con el proceso del camino del héroe descrito por Joseph Campbell. Pero lo más importante, desde mi punto de vista, no fue el análisis literario de la obra, sino el testimonio de la forma en que la novela había influido en su vida. Les dejo acá la parte final de su trabajo).

Las Teresas de Beatriz
Beatriz Benito
Fragmento de
Teresa Mendoza: épica de una guerrera (Análisis del personaje de Teresa Mendoza y su perseverancia heroica en la novela La reina del Sur de Arturo Pérez-Reverte)

Hay gente que sueña y que se resigna sólo a soñar y gente que sueña y que además, pone un pie delante del otro y camina para hacer realidad sus sueños.
Arturo Pérez-Reverte

Cuando voy por la calle no hago más que mirar y consolidar una idea que surgió a partir de conocer la vida y transformación de Teresa Mendoza; toda mujer que veo es digna guerrera, cada una vive su propia épica, fragmentándose, aniquilando los restos de vidas pasadas. Pienso que uno nunca es la misma persona del pasado, del presente, ni siquiera del futuro. Cada vida, cada rostro, aunque ajeno, es una pieza de un inmenso rompecabezas que se une al pasar el tiempo; como al tener viejas fotografías con el objeto de recordar. Como decía Teresa Mendoza, “[completar las fotografías] con el resto de nuestras vidas”.[1] Siempre hay transformaciones o mutaciones extrañas en la vida que hacen desaparecer cualquier vestigio de lo que se fue, de lo que se deseaba ser. Es cierto, hoy debo reconocerlo, al igual que Teresa Mendoza y como muchas mujeres, me fui fragmentando, pedazos de mí cubrieron las calles; huí con miedo, con el terror de no saber qué me esperaba al atravesar el primer umbral, la primera puerta de un lugar desconocido, y por ello aterrador. A pesar del dolor y el sufrimiento, poco a poco aprendí a cerrar capítulos, a tener agallas para emprender nuevos caminos y a tener valor al enfrentarme a los monstruos más espantosos, aunque he de ser sincera, el peor miedo fue a mí misma, a la soledad.
Resulta muy difícil despertar un día con la seguridad de que el fin ha llegado, y que se está del otro lado. De ése en el que jamás se desea estar. Que la vida te confina al limbo de oscuridad, con recuerdos, dolor y angustia. Por ello, quise tener alas y volar, llegar muy lejos, hasta donde nadie me pudiera alcanzar, olvidar, dejar de recordar.
El dolor era grande, aprisionaba, no el cuerpo, sino el alma, la mente, el ser. Empecé a extrañar y con ello llegó la soledad, fiel compañera de lo eterno, estaba sola, completamente sola. Entonces grité y nadie volteó a verme. Así llegó mi mentor, en diciembre del 2004; su ayuda, una novela, La reina del Sur de Arturo Pérez-Reverte. Desde ese día, este libro ha formado parte de mi vida y ha sido imprescindible durante estos años de formación académica. Recordé que el dolor es algo inherente a la madurez. Así aprendemos.
Los errores son dolorosos, aunque reflejan en gran medida lo que uno es; a la misma vez marcan el derrotero a seguir, el lugar a donde se debe correr. No para hallar un refugio, un escondite; sino para transformar la vida entera. Mi transformación no fue sencilla, como no lo fue para Teresa. Primero había que romper con las ideas que desde el pasado fueron reglas a seguir, como el de asumir roles que otros imponen en el camino. La travesía no fue de doce años, como en el caso de Teresa Mendoza, bastaron tres para darme cuenta de que:
nadie va aliviarle pasitos al camino. Nadie es para siempre, nadie está a salvo, y toda seguridad es peligrosa. De pronto despiertas con la evidencia de que resulta imposible sustraerse a la mera vida; de que la existencia es camino y que caminar implica elección continua. O esto o lo otro, con quién vives, a quién amas, queriendo o sin querer. A fin de cuentas, elegir.[2]
El camino lo debía de recorrer sola, por primera vez y el miedo no es alentador, lo malo no es siquiera esperar al destino, sino todo aquello que era capaz de imaginar mientras esperaba. Tratando de elegir de algún modo. Muchas veces confronté a la Beatriz de antes con la de hoy, era como verme en muchos espejos, y cada uno de ellos estaba dispuesto a gritar mis errores, a marcar mis virtudes. Siempre con la única esperanza de que al amanecer aquella Beatriz indiferente, cobarde y miedosa quedara enterrada o prisionera de cualquier otro lugar. Busqué nuevas perspectivas de vida, de mi vida. Y las encontré.
Leer la vida de Teresa (su perseverancia, su anhelo por sobrevivir, por mantenerse viva, aún rodeada de cadáveres ambulantes y putrefactos de horror y muerte) era un aliciente más. Ella seguía, empuñando su única arma: la fortaleza de su corazón; y yo, siguiendo sus huellas, tan firmes, tan reales. Me miraba en ella como si viera un reflejo en agua turbia, aunque al mismo tiempo parecía aclararse con mi propio reflejo. Veía a Teresa tan entera, tan mujer, que me era extraño que fuera producto de la imaginación de un hombre; sólo era una morra, una joven como tantas, y no requería de belleza, de atributos comerciales y plastificados de televisión para ser quien era, con o sin su imperio de narcotráfico, con o sin “El Güero Dávila,” sin Santiago Fisterra, a veces creo que sin ella misma.
            El poder engendra poder, éste puede utilizarse para cambios, pequeños y grandes, uno es quién decide la capacidad del poder que se engendra día con día; todo está en la decisión que se tome: ser guerrera o una mujer igual a las demás. Teresa Mendoza decidió un día cualquiera salir del frío, del miedo y la oscuridad que tanto la atemorizaba, dejó atrás todo aquello que había sido su vida. El resultado fue una transformación única, una mutación extraña para ser una mujer. En el recorrido de tres años me refugié en la vida de una mujer que cambió mi vida. Teresa Mendoza fue el ejemplo fehaciente de consagración y perpetuidad que me llevó a creer en que las cosas que valen la pena son las que más trabajo te cuesta hacer. Cuando los objetivos de esas cosas complicadas se alcanzan, la recompensa es única e inimaginable.
Así he podido comprobar que la mujer, y yo misma, en todo tiempo y lugar, es capaz de ponerse metas y cumplirlas, sin descuidar su feminidad ni los roles que la sociedad impone. Esto al combinar su inteligencia con sus habilidades. Teresa Mendoza lo hizo, a pesar de ser un personaje de ficción. Teresa es prueba de lucha y de un guerrear incansable para encontrar un lugar donde la dominación masculina tiene todo el poder; ahora bien, en el mundo real las cosas no varían mucho, se trata de saber a ciencia cierta qué es lo que se desea y anhela. Simon de Beauvoir, Rosario Castellanos y Virginia Woolf tenían razón al decir innumerables veces que el cambio de actitud y de forma de pensar no está en la sociedad masculina, sino en la femenina. Una mujer debe dar rienda suelta a las virtudes que tiene y aceptar el reto de recorrer el camino del héroe para resurgir como ave fénix: elevándose de las cenizas de esta vida para convertirse en quien ella misma quiera ser.
No sé si es posible seguir fragmentándose, hallando sin querer encontrar, tratando de olvidar y recordar al mismo tiempo. De lo que sí estoy convencida es que la vida es una serie de pequeñas decisiones, lo único posible de esta cuestión es tomar la que va a ser para toda la vida. Pablo Picasso dice: “Lo que cuenta es lo que se hace y no lo que se tenía la intención de hacer”.[3] Creo fehacientemente que he cumplido con la finalidad al emprender mi camino. En estos tres años he luchado con monstruos propios y ajenos; he enterrado cadáveres; he andado entre muertos. He muerto miles de veces. Sin embargo, he podido resurgir; aunque el frío sea inmenso, la soledad  cruel y la noche larga.
Los pasos de mi memoria al mirarme al espejo muestran una mujer diferente, de aquella otra Beatriz, poco queda; la solemnidad y voluntad incansable me acompañan. Me he refugiado entre libros maravillosos, los cuales han reafirmado el deseo de continuar en la lucha, transformando mi vida en función de hallar en mi mente lo que a mi corazón le hace falta. Arturo Pérez-Reverte dice: “la vida es muy traicionera, y cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad”.[4] Descubrí que sus palabras son ciertas, he vivido con Teresa Mendoza en mi sangre, duerme en mí como un ente, un fantasma que siente y piensa igual que yo. Esto es un poder que va más allá de la mente, el poder de la subjetividad, de hallar en la ficción algo verdadero, algo que incite a seguir con el derrotero, encontrar lo que bien marca Federico Gacía Lorca, un duende, un ángel, sí, aquello que “consiste en estar siempre enduendado, […] porque con duende es más fácil amar, comprender, y es seguro ser amado, ser comprendidos”.[5] Así es la literatura en mí, el  modo de darle aliento a la ficción, darle a la realidad un poco de mentiras, porque sólo “la literatura extiende la vida humana, [...] aquella impalpable y fugaz pero preciosa que sólo vivimos de a mentiras, y que rescata una parte importante de nuestra memoria”.[6]
                Convencida estoy de que he cumplido no sólo con el deseo o la intención de formar un camino mágico, sino con el aprendizaje que me llevo, el cual día a día me hará recordar lo maravilloso y útil que es tener las herramientas necesarias para combatir en esta guerra cruel y feroz. Tengo conmigo el elixir mágico para demostrar lo guerrera que soy. Estoy de pie, en una lucha constante, como sobreviviente de este mundo que insiste en poner barreras para saltar. Ahora, el miedo se ha convertido en el elixir de mi propia superación, igual que lo fue para Teresa Mendoza,  “La reina del Sur”.


[1] Arturo  Pérez-Reverte,  La reina del Sur, México, Alfaguara, 2002, p. 108.
[2] Ibidem, p. 62.
[3]Pablo Picasso, Antología de estética y teoría del arte, México, UNAM, 1997, p. 453.
[4] Teresa Domínguez, “Conferencia en Murcia”, www.iteresa.com, consultado el día 20 de febrero del 2007.
[5] Federico García Lorca, “Teoría y juego del duende”, Obras completas, México, Aguilar, 1950, p. 117.
[6] Mario Vargas Llosa, “El poder de la mentira”, Vuelta, número 130, septiembre de 1987, pp. 54-56.