jueves, diciembre 13, 2012

Palomitas hardcore


Camino por el Eje Central y tengo un dèja vû. Los autos avanzan impulsados por neurosis y mentadas de madre. Normal. La sensación no me abandona. Están los pregoneros del lleve-lleve y los dealers del qué programa necesitas. También normal. Sobre mi cabeza el letrero vertical del cine Teresa y justo abajo otro que anuncia Centro Cel Teresa. Eso es nuevo.
Descubro que, bajo lo que era el portal de la taquilla, en lugar de posters de mujeres desnudas en actitud lúbrica, hay el figurín de cartón de una güera falsa que anuncia su mayor felicidad: un teléfono que reproduce mp3 en sus audífonos rositas.
         Nada de púberes que babean ante los anuncios con escenas de sexo. Nada de la taquillera obesa que engulle su torta de longaniza aderezada con esteroides radiactivos mientras hojea su revista de notas del espectáculo. Nada de cortinas de terciopelo gris (o negro avejentado) que daba pudor tocar.
         El cine Teresa fue, desde 1994 y como secuela de la aparición de las videocaseteras que redujeron el público de las salas, uno de los templos del cine porno. Esa fama tenía cuando, en los noventas, ingresé ahí para escribir una crónica para la materia de géneros periodísticos. Las otras opciones eran el Tianguis del Chopo (un cliché) o un partido de la Selección Nacional (una hueva). Además, acababa de leer a Charles Bukowski (un escritor que, yo creía, siempre estaba borracho y que tenía fotos con prostitutas que enseñaban las tetas y los pelos del sobaco). Pensé que era tiempo de meterse a los bajos fondos de la ciudad. También me da ternura recordarlo.
         Me planté un sábado en la taquilla y, con mi mejor cara de póker, pedí un boleto. La cometortas ni volteó a ver. Crucé el umbral de terciopelo y me interné en la oscuridad. La sala estaba semivacía. Tres corredores conducían al espectador entre las butacas a fin de que éste eligiera el mejor lugar. En el piso había una hilera de foquitos que tuvo tiempos mejores; permanecían encendidos sólo unos pocos y parpadeaban a punto de morir.
         Tardé en habituarme a la poca luz. Busqué un lugar donde pudiera tener una visión amplia para documentar lo que ahí ocurría. En la pantalla se proyectaba una versión libérrima de las desventuras de Justine, la obra del Marqués de Sade. Cuando entré, un sacerdote con un pene de veinte metros intentaba convencer a la protagonista de la conveniencia de renunciar a la virtud. Ella, por los gemidos emitidos, tomaba en cuenta la recomendación.
         Me senté hacia la mitad de una de las hileras en medio de la sala. Varios hombres solos; esparcidos por toda la sala con la inmovilidad y atención que cualquier director desearía para sus películas. Más allá una chica flaca y de abundante cabellera sentada en la tercera fila; a ratos pegaba brinquitos en su butaca, como si tuviera hipo. Había también una pareja dos filas detrás: un tipo casi calvo, obeso, vestido de traje; lo acompañaba una mujer generosa de carnes que comía de un bote de palomitas.
         En uno de los rincones del cine estaba la mayor parte de la acción. Ya me habían comentado que ese cine era el preferido de cierto sector de homosexuales que acudían ahí a ligar y pasar un buen rato. Y lo pude corroborar.
          En los intervalos, cuando la luz de la cinta proyectada iluminaba a medias esa zona de la sala, pude ver a una pareja que cogía pegada a la pared. Se veían cuerpos arrodillados frente a otros que movían la cabeza como si oyeran música electrónica. Era una fiesta. El barullo cesaba cuando la linterna del acomodador-vigilante verificaba que eso que estaba en curso no ocurriera. Paseaba la luz de la linterna por la zona sin detenerse demasiado y luego la apagaba. Los otros cumplían su parte al bajar el volumen de la gozadera; el acomodador concluía que todo estaba en orden. Con el ruido de la cortina de terciopelo que anunciaba el retiro del vigilante, volvía a escucharse el ruido.
         A punto de retirarme, un hombre con cuerpo de rinoceronte bípedo se sentó en la butaca próxima a la mía. Me congelé. Al mismo tiempo, otra sombra de dimensiones similares se sentó en el otro extremo de la fila. Me había cortado la retirada. Hice como si nada ocurriera y pretendí ver la película. Entonces sentí una mano en mi pierna. Me levanté como impulsado por un resorte. Al pasar frente al tipo que cerraba la fila tuve un dilema: dar el frente u ofrecer las nalgas. Me dispuse a salir del lugar. Al pasar a un lado del calvo y su pareja, me percaté que él le había sacado una chichi a ella y la frotaba de manera lúbrica. Ella seguía comiendo palomitas. Salí, la luz del sol lastimó mis pupilas.
         Retorno al presente. Un diablero me atropella con su vehículo lleno de playeras de equipos de futbol del Primer Mundo, confeccionadas con materiales del Tercero. Miro hacia el interior de la plaza. Fundas y promociones insuperables ocupan el espacio de mis recuerdos. Continúo mi camino. En la esquina, un negocio ofrece bolsas de palomitas humeantes que salen de una máquina antigua. Sonrío.

1 comentario:

Gianpaolo Fontana dijo...

Simplemente: genial. Eres la "puritita Ostia". Ya pues, firma un libro y mándamelo a Huatulco, ¿no? Un abrazo, Édgar.