jueves, enero 14, 2021

Seguir el dinero

 

Los directores Kurt Münd y Andreas Prochaska construyen en Sarajevo 1914 (Austria/ República Checa, 2014) un relato que aborda la investigación que el juez de instrucción de la ciudad de Sarajevo, Leo Pfeffer, lleva a cabo con respecto del atentado que cobró la vida del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía. Acto que desataría una serie de conflictos en la Europa de principios de siglo XX y que conducirían a la Primera Guerra Mundial, evento que se cobraría la vida de millones de personas (10, según los cálculos más conservadores; 60, de acuerdo a los que se encuentran en el otro extremo).

         La cinta narra cómo el aparato de ocupación austriaco buscó la manera de argumentar la necesidad de una guerra en contra de Serbia. La tesis de la cinta es que detrás del asesinato llevado a cabo en apariencia por un grupo de fanáticos nacionalistas, se ocultaba una conspiración que incluía a militares, espías en ciernes y autoridades vinculadas al aparato de guerra que echaría a andar la conflagración.

         Pfeffer, en su papel de juez de instrucción, recoge una serie de pistas que apuntan a las autoridades locales de la ciudad, así como a intereses vinculados con el desarrollo económico y de transportes de la zona euroasiática. Sin que llegue a las alturas de un thriller, queda claro que el atentado en contra del heredero de la corona no fue llevado a cabo por un grupo extremista, sino que incluyó una bien tramada estructura de complicidades y violencias.

         La cinta es eficaz, también, en mostrar la discriminación que las minorías étnicas y religiosas comenzaban a sufrir por parte de quienes se consideraban superiores racial y culturalmente. Los serbios y los judíos ya sospechaban, desde entonces, que su destino sería terrible en ese proceso de avanzada del belicismo.

  Es una cinta cumplidora, dada a luz en el centenario del atentado como una forma de revelar la manera en cómo las cicatrices históricas se revelan en tiempos donde la intolerancia y la discriminación sobreviven. No hemos aprendido gran cosa en este siglo. 

miércoles, enero 13, 2021

La guerra y sus escenarios

 

Tanto Dunkirk (Reino Unido/Holanda/Francia/EU, Christopher Nolan, 2017) como Darkest Hour (Reino Unido/EU, Joe Wright, 2017) abordan el momento decisivo, dentro de la Segunda Guerra Mundial, en que Inglaterra tuvo que retirarse del continente europeo y preparar la resistencia al avance nazi en su propio territorio. Ambas películas son notables pero echan mano de recursos distintos.

         En la obra de Nolan nos enfrentamos a una recreación cruda, desde el punto de vista de la infantería desesperada por la evacuación mientras perecen a los ataques aéreos de los alemanes, en la costa francesa. Recreación épica que incluye tres líneas temporales (marca del director) que confluyen hacia el final de la cinta para mostrarnos desde diversos ángulos algunas historias particulares de quienes vivieron la denominada Operación Dínamo. Hay un realismo crudo que con pocos diálogos relata la desesperación, el cuestionamiento de la escala de valores y el estoicismo de algunos combatientes ante el destino funesto de la muerte o la derrota. El uso de cámara es sobresaliente, así como el diseño de audio, que nos introduce de manera efectiva en la piel de los personajes cuyas acciones los definen de manera clara. Conceptos como cobardía, patriotismo, convicción y otros, son resignificados y puestos en perspectiva en esta notable recreación de la evacuación británica ante el cerco alemán.

         Wright, por su parte, muestra lo que ocurría en el otro extremo del contexto de problematización. Centra su historia en las acciones llevadas a cabo por el Primer Ministro encarnado por un siempre solvente Gary Oldman. Vemos la manera en cómo las dos visiones que prevalecían en el momento con respecto de la guerra continental: negociar con los nazis a través de la intermediación italiana, o resistir incluso una invasión en suelo británico hasta sus últimas consecuencias. A la imagen de un personaje que sucumbe ante los vicios humanos de la glotonería y el alcohol, se opone la tozudez de un estratega que no concibe la idea de que los tiranos encarnados en los liderazgos del Eje puedan entronizarse como dueños del mundo.

         Cuando sabemos el desenlace de estas historias, la sorpresa se minimiza. A menos que sea una cinta de Tarantino, no se esperan sorpresas o reescrituras de la cronología histórica. Lo que mantiene la atención, entonces, es la manera en cómo se cuenta lo que se cuenta. En este sentido, creo que Nolan, a pesar de sus manías de manipulación temporal y de perspectivas, resulta mejor narrador que su colega. Economía de diálogos, imágenes que hacen avanzar las acciones, conflictos que se multiplican. En el otro caso es imposible no ponerse del lado de Churchill, sobre todo porque ya sabemos que tenía razón en su planteamiento.

         Ambas cintas son buenas muestras de la manera en cómo el arte cinematográfico puede contar lo mismo desde distintas miradas, y de cómo la guerra echa a andar dinámicas distintas dependiendo del lugar desde donde se viva ésta. Es un combo nada despreciable para disfrutar en estas tardes frías.

viernes, julio 24, 2020

Los espejismos del sueño americano


El sueño americano, al fin lo sabemos, es una mentira. Todos seremos sacrificados. El virus del abuso corporativo ¾la lógica perversa de que sólo importa el beneficio empresarial¾ se ha expandido para externalizar nuestros puestos de trabajo, reducir el presupuesto de nuestros colegios, cerrar las bibliotecas públicas, y extender por nuestras comunidades las ejecuciones hipotecarias y el desempleo. Además, este virus ha traído consigo un estado de control y vigilancia que persigue internarnos a todos en una especie de reserva. Nadie es inmune. El sufrimiento del otro, de los nativos americanos, de los afroamericanos en los cascos urbanos, de los mineros del carbón desempleados, o de los recolectores hispanos, es universal. A ellos les tocó primero. Nosotros somos los siguientes. La indiferencia que mostramos ante los padecimientos de la clase obrera, vecina nuestra en términos bíblicos, nos persigue ahora. En su momento, les fallamos; y, al hacerlo, nos fallamos a nosotros mismos. Somos cómplices de nuestra propia caída. Lo único que nos queda es rebelarnos. Esa es nuestra única esperanza.
Chris Hedges, “Días de revuelta”

Días de destrucción, días de revuelta - Joe Sacco,Chris Hedges ...Chris Hedges es un periodista curtido que ha reportado acontecimientos de suma importancia desde diversos frentes. Reportero internacional para medios tan importantes como The New York Times, ha descrito la crudeza de la guerra en lugares tan dispares como Checoslovaquia, Uganda o El Salvador. Su tarea profesional consiguió que en 2002 le fuera otorgado el Premio Pulitzer, junto al equipo de corresponsales de TNYT, por su trabajo con respecto del terrorismo global.
       Joe Sacco es, sin lugar a dudas, uno de los autores de periodismo narratográfico más importante del mundo. Sus crónicas periodísticas desde conflictos como el palestino-israelí o la guerra de los Balcanes le ha asegurado ya un lugar dentro de los nombres que serán referencia cuando se hable del periodismo en cómic.
         Estos dos periodistas llevan, en Días de destrucción, días de revuelta, el escenario de la guerra a su propia casa: los Estados Unidos de norteAmérica. El objetivo de su trabajo es mostrar lo falaz que es la idea del sueño americano que se construyó a lo largo de décadas a partir del auge económico provisto por la segunda posguerra y la entrada a la industrialización intensiva del país desde los años cincuenta. En este conjunto de reportajes, Hedges y Sacco se internan en lo más profundo del alma norteamericana, muestran las fisuras, las fracturas, los boquetes, los enormes cañones que el capitalismo salvaje ha generado en el país que se considera la vanguardia del paraíso de las oportunidades.
A través de la prosa afilada, documentada y llena de oficio de Hedges, y de la narración y las líneas duras y someras de Sacco, nos internamos a territorios que rara vez aparecen en los relatos que los mass media transmiten al resto del mundo. Lejos quedan los rascacielos, la estatua de la Libertad, las casas estereotípicas de clase media, el profesionista exitoso cuyas únicas preocupaciones son existenciales, etc. Las palabras de Hedges y los dibujos de Sacco nos trasladan a la norteAmérica profunda, la de la pobreza, la injusticia y las afrentas históricas no resueltas.
Los 5 de SdV. Junio de 2015 » Serie de viñetas. Blog sobre cómics ...
Así, en “Días de pillaje”, conocemos la historia del despojo de tierras que de manera sistemática se ha llevado en contra de los pueblos originarios en ese país. Despojo que remite a cuestiones variadas (explotación agrícola, yacimientos acuíferos, vetas minerales) pero que tienen un denominador común: el papel que los grandes conglomerados industriales tienen como punta de lanza de una política de exclusión y discriminación que convierte a los orgullosos descendientes de Toro Sentado y Caballo Loco en zombis alcoholizados que deambulan por las calles polvorientas merced el desempleo y la miseria.
En “Días de asedio” acudimos a la realidad que sacude a los habitantes de Camden, New Jersey, la mayoría de ellos afroamericanos que no han encontrado en siglos ninguna posibilidad de modificar su situación económica, política o social. La miseria se expande al mismo tiempo que la adicción a las drogas, la participación del negocio del narcotráfico, la prostitución y la pérdida paulatina pero consistente de la dignidad y el gusto por vivir. Bajo la sombra de Luther King y Malcolm X, la lucha por los derechos civiles de los negros se han puesto en una pausa que no parece modificar su estado. Los recientes disturbios a partir del asesinato de George Floyd parecen una acotación a la situación descrita aquí por los autores.
Días de destrucción, días de revuelta: Chris Hedges/ Joe Sacco: Un ...
“Días de devastación” nos conduce hasta la norteAmérica blanca en donde el origen racial no tiene mucho que ver con la comunidad de destino de la población que habita en las montañas de Welch, en Virginia Occidental. Las empresas del carbón han conducido a un desastre ecológico y humano que se han cobrado la vida no sólo de la flora y fauna de la zona, sino también de los mineros y sus descendientes, quienes viven entre las enfermedades pulmonares causadas por respirar el polvo del combustible fósil y la falta de oportunidades más allá de lo que implica integrarse a la actividad que ha envenenado el agua, el aire y la tierra de la región.
“Días de esclavitud” toca un tema caro para la cultura latinoamericana. A través de los campos de cosecha agrícola de Florida, los autores nos llevan a conocer las condiciones infrahumanas en las que sobreviven miles de trabajadores indocumentados provenientes de países como México y sus similares de Centroamérica. Ahí vemos cómo se reproduce la dinámica de esclavitud que conforma la existencia de tiendas de raya, trabajos forzados, deudas impagables, rentas de espacios de vivienda indignos, privación violenta de la libertad, acoso sexual normalizado y reiterado. Todo ello, a pesar de la conclusión optimista del capítulo, aderezado con ese pacto de silencio que impone el hecho de ser deportado en caso de levantar la voz por las injusticias.
Dos nuevas obras de Joe Sacco, el maestro del cómic periodístico ...
Finalmente, “Días de revuelta” lleva el foco de la narración al corazón ideológico, económico y cultural de Estados Unidos hacia el resto del mundo: New York y la Plaza de la Libertad instaurada por el movimiento de ocupación de Wall Street que durante los primeros años de la segunda década de este siglo puso en jaque a la política interna y a los asesores de comunicación de los grandes corporativos. Con una visión entusiasta por el avance en la organización del colectivo, a través de los anarquistas y activistas jóvenes de larga trayectoria, Hedges incrementa el tono militante del libro. Hace un llamado en segunda persona del singular y en primera del plural para reconocer y atacar los males que el capitalismo y sus corporaciones han generado de manera terrible para millones de seres humanos.
Es de resaltar la calidad de la investigación de Hedges, el cual cuenta con un aparato crítico que se va a notas al final del libro y una bibliografía compuesta por un centenar de materiales bibliográficos; todo lo que afirma en términos de datos va acompañado por la referencia en donde la información ha sido asentada. El lápiz de Sacco no escatima en detalles del paisaje y esa posibilidad de retratar a sus interlocutores, quizás no con maestría, pero sí con la suficiente claridad como para reconocer en esas imágenes la voz de aquellos que cuentan sus historias.
Es un libro valioso en varios sentidos: por el hecho de interpelar a su propia cultura y los mecanismos políticos y económicos que lo han conducido a una situación de inestabilidad social que puede estallar en cualquier momento (véanse los disturbios causados por el caso Floyd aludido líneas arriba); por el trabajo de recuperación de testimonios in situ y la posibilidad de hacer oír las voces de personas que no serían escuchadas de otra forma; por la empatía que la voz que narra refleja al asumir los hechos que se le confían como injusticias a ojos visto.
Sin duda es éste un libro necesario y valioso en tiempos como los que corren actualmente.

* Chris Hedges y Joe Sacco, Días de destrucción, días de revuelta, Barcelona, Planeta, 2015.

martes, julio 21, 2020

El viaje (más o menos estéril) de Martha Washington

Frank Miller: retrato de un reformador – Blog Akira CómicsLa obra de Frank Miller tiene ya un lugar ganado en la historia del cómic, no sólo norteamericano, sino global. Sus reelaboraciones de Batman, Daredevil y otros superhéroes, le han dado el suficiente prestigio como para ser referencia ineludible del subgénero y, a la vez, impulsor de las “nuevas olas” que cada cierto tiempo establecen entusiasmos renovados por los superhumanos enfundados en mallas y trajes extravagantes.
         Sus trabajos desde “los márgenes” (aunque este término se preste a debate dado lo marginal que puede ser publicar en una editorial como Dark Horse) también han marcado pautas en lo que se refiere a la narratográfica histórica (300), la ciencia ficción (Big Guy and Rusty the Boy Robot) y el género negro (Hard Boiled, Sin City). Resulta, en suma, un nombre importante dentro del mundo de las historietas, tanto las que pertenecen a la cultura popular del serial superheroico, como a los trabajos personales e íntimos que delinean eso que podríamos llamar narratográfica de autor.
         Es precisamente a esta última deriva a la cual pertenece la serie que Miller, junto con el talentoso dibujante Dave Gibbons (Watchmen, 2000 AD), construye alrededor del personaje Martha Washington. Este personaje no deja de ser atípico en un mundo concebido por machos musculosos y llenos de esteroides: una mujer pobre, negra, que debe alistarse en el ejército y que merced a su implacable resiliencia se convierte en uno de los mejores elementos de ese ejército que no se cansa de traicionarla. El personaje de Washington (el apellido no es nada azaroso) está lleno de matices pero hay algo que la caracteriza: siempre está dispuesta a recibir y ejecutar órdenes de una institución que reconoce superior (el ejército, el Estado); es un personaje inspirador, pero no es revolucionario ni cosa parecida. A esta mujer con una potencia de acción tremenda le da pánico escénico ejercer su libertad en contra del sistema, más bien ejecuta acciones que responden a cuestiones éticas personales que afectan en todo caso a su círculo más cercano.
Martha Washington: Give Me Liberty – Frank Miller, Dave Gibbons y ...          En Give Me Liberty, el volumen que revela su origen, nos encontramos con la historia de una sobreviviente de los guetos que siempre encuentra la manera de superar los obstáculos que se le presentan. “Siempre hay otra forma” es una de sus líneas, una especie de mantra del cual convence al lector cuando pareciera que los caminos se han agotado y que el destino es incuestionable. En este primer volumen acudimos a una sociedad que, en apariencia alertada por el cataclismo ecologista, genera un ejército (la armada de PAX) que se encarga de patrullar y proteger las selvas de Sudamérica en contra de las trasnacionales voraces cuyas ambiciones están representadas por las cadenas de hamburguesas. El consumo de carne, en ese futuro semiapocalíptico, está prohibido en muchos lugares del mundo; es la razón de la deforestación y del cataclismo que la humanidad vive. Washington está a la orden de ese ejército y de un mando militar que se encarga de hacerle imposible la existencia. A pesar de las oportunidades que Martha tiene de verificar la porquería que es el sistema, siempre termina confiando en que éste encontrará de una manera u otra su propio equilibrio. Hay una crítica feroz aquí también en contra de los políticos que ocupan la presidencia de la cual ni republicanos ni demócratas salen ilesos.
Martha Washington Vol 2: Goes To War         En Martha Washington Goes to War acudimos a la continuidad de la historia de la soldado de Pax, pero ahora en un contexto que anuncia la guerra civil en los Estados Unidos y la aparición de mutantes (desheredados cuya vida dura sólo seis meses) en lo que se denomina la Zona Roja. Cuando por razones de su tarea, Washington termina dentro de esa área descubre una conspiración en donde los poderes políticos han decidido obstruir el avance de la ciencia en tanto afecta sus intereses. Un científico ha conseguido la cura para los males del planeta, pero los políticos no permitirán que se haga del poder. Martha se alía con los rebeldes, pero sólo para conseguir que esa otra propuesta de dirección, a la que considera más ética, rija los destinos del mundo. Hay acá, creo, una de las cuestiones que vuelven más interesante al personaje y le otorgan otra dimensión: el crecimiento que implica para ella, una soldado semianalfabeta, integrarse a una sociedad del conocimiento en donde se revela su ignorancia y lo reducido de sus posibilidades de intepretación del mundo. Parece un final idóneo para la serie, pero esta historia no queda aquí.
Libro Martha Washington Saves The World - Nuevo - $ 490.00 en ...         En Martha Washington Saves the World acudimos a una aventura espacial en donde la soldado, dentro de una sociedad que ha alcanzado un alto grado de desarrollo tecnológico, es enviada por una inteligencia artificial, de nombre Venus, hacia una misión en las lunas de Júpiter. La misión es sólo un estratagema para que esa IA se haga del control del mundo sin importar las vidas humanas que deba segar en el camino. La tesis detrás de este volumen parece indicar que no existe una solución infalible, tras salvar a un mundo de la polución y la autodestrucción, la tecnología que hace eso posible se vuelve ahora una nueva amenaza. Una de las cosas que sobresale en el conjunto de esta obra es la negación a hacer de la sexualidad de la protagonista una posibilidad de explotación de su imagen. Las líneas del personaje son suaves, contenidas, un trabajo fino de Gibbons. Incluso la presencia de un personaje femenino a la par de Martha y que vive enamorada de ella (una clon de orígenes escandinavos), además de un buen salvaje (un representante de los sobrevivientes indígenas de Norteamérica) lleno de músculos que es “su novio”, no llevan el relato hacia derivas eróticas. En mucho sentido, pareciera incluso que la protagonista renuncia a su sexualidad, que no necesita esa expresión de lo humano en su vida.
Martha Washington - Volume 4         Finalmente, en Martha Washington Dies, acudimos a una serie de homenajes, historias cortas y relatos sueltos en donde sobresale la narración que da título al volumen. Antes de ese cierre, atestiguamos el homenaje que Miller hace a Jack Kirby poco tiempo después de que éste falleciera. En “Insubordinación”, el mismísimo Capitán América (modelo arquetípico en el cual se basa el personaje de Martha), acude a rescatar a la soldado Washington y a hacer la última ofrenda de su vida. En la última historia vemos a una anciana Martha Washington contando las historias que inflaman el corazón de soldados de una nueva, una siempre renovada, guerra. Los nietos de la capitana escuchan sus últimas palabras (“somos polvo, sólo polvo”) y reciben su última petición (“Denme libertad”), consigna que cierra la serie en esa especie de elipsis hacia el origen de todo.
         Si algo hay en esta serie es, sin lugar a dudas, lo conservador de los planteamientos políticos alrededor de la construcción de un personaje sólido pero sin demasiados matices. No hay una trasformación efectiva de la protagonista a lo largo del casi medio millar de páginas que conforman la obra. Es una reiteración sobre las contradicciones de la voracidad del mercado, la corrupción política y el destino casi inamovible de los desheredados del mundo. Si bien la voz de Miller se ha hecho escuchar últimamente como una postura crítica en lo que respecta del trabajo de Donald Trump, la voz autoral del Miller que da vida a Martha Washington parece simpatizar más con las posiciones conservadoras de apoyo al ejército y al papel de los Estados Unidos como policía del mundo, postura que ha defendido sobre todo después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. No obstante, es una obra interesante y de lectura necesaria dentro del corpus del resto de su trabajo.
 Martha Washington: Give Me Liberty – Frank Miller, Dave Gibbons y ...
Fuentes
* Frank Miller y Dave Gibbons, Give Me Liberty, México, Panini Cómics, 2017.
* Frank Miller y Dave Gibbons, Martha Washington Goes to War, México, Panini Cómics, 2018.
* Frank Miller y Dave Gibbons, Martha Washington Saves the World, México, Panini Cómics, 2018.
* Frank Miller y Dave Gibbons, Martha Washington Dies, México, Panini Cómics, 2017.



lunes, marzo 25, 2019

El instante (fragmento)


Imagen relacionada
1994 fue un año crepuscular para el siglo XX. O al menos así lo concibió mi generación. O, quizás, sólo así lo pensé yo. Fue el año cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional despertó en la conciencia del país y el mundo la manera en cómo la desigualdad era algo con lo cual habíamos convivido de manera cotidiana, a pesar de los cacareos que anunciaban nuestra entrada al Primer Mundo. Fue el año de la muerte de Kurt Cobain, patrono del grunge, que había venido a revitalizar la escena de un rock que se había estancado en los sonidos asépticos del pop y las cabelleras prófugas de estéticas de lujo. Fue el año en donde los festivales de rock en español, donde grupos mexicanos interpretaban desde sus posibilidades la realidad simulada que los medios habían maquilado a placer. Y fue el año de los asesinatos políticos. Magnicidios, dijeron los diarios. El presidente del partido oficial y el candidato presidencial del PRI. Cuando ocurrió el último, yo era vigilante en la Biblioteca Nacional de México. Cuidaba una puerta que nunca se abría, a decir de uno de mis amigos. Cuando se supo de la muerte, hubo primero incredulidad y después el escándalo de aparatos de radio y TV intentando explicar qué había pasado. A mí los hechos ocurridos en ese 1994 me dejaron una marca profunda. Fue el año también que decidí que estudiar Ingeniería no me hacía feliz y me cambié a Comunicación en mi adorada UNAM. Cinco años después, durante una crisis emocional y de la edad muy fuerte, escribí el primer borrador de una novela que tomaba el asesinato de Luis Donaldo Colosio como el pretexto para hablar de algunas cosas que sentía como miembro de una generación que se concebía sin futuro. Nosotros, los X. Casi diez años después, un tratamiento posterior de esa novela ganó el Premio Nacional de Narrativa Joven “María Luisa Puga”. Más de veinte años después de escribirla decidí retirarla como proyecto de publicación en una editorial porque me convencí de que quien había escrito eso y quien soy ahora no tenemos ya mucho que ver. En fin, el pasado sábado se cumplieron 25 años de aquel día en que la nación se cimbró a ritmo de Banda Machos. Y yo les quiero compartir un fragmento de esa novela que ya no será; justo el momento en el cual el candidato es asesinado.

***
[…] Dos semanas después del receso de Semana Santa, el candidato se presentó en una de las ciudades fronterizas más importantes del país. En ese lugar el discurso no había cambiado con respecto de lo que había ocurrido en ocasiones anteriores. Me había cansando de repetir la misma crónica todos los días sin que variara un ápice la estructura o el contenido de los eventos partidistas. Lo que era sorprendente en esa ocasión era la cantidad de gente que había concurrido. Tratándose, como se trataba, de un acto partidista en una colonia marginada (eufemismo utilizado generalmente para no decir jodida o miserable) la cantidad de personas era enorme. Los operadores del partido estaban haciendo muy bien su labor.
Tenía varios días pensando acerca de muchas cosas. Mi mente se había convertido en una suerte de galimatías en el que a las ideas les daba por mezclarse entre sí y hacer de las suyas. Pensaba en Malena  que al irse aquella mañana había dejado un vacío inmenso en alguna parte de mi vida. No sabía exactamente dónde, pero sí tenía la seguridad y el entendimiento de que algo me faltaba. Pensaba en Basilio Kozek. Obviamente no había creído la versión oficial del suicidio. Algo muy oscuro se ocultaba tras la muerte del argentino. Alguien que había descubierto y asumido su vocación por la muerte de los que no eran él, no podría haber sentido la supuesta culpa que lo orilló a quitarse la vida. Muerto el perro se acabó la rabia, era una forma bastante frecuente de pensar para la policía, lo que quería decir: si se extinguió el objeto criminal, ya no hay  crimen que perseguir.
Pensaba en Pedro y su padre. En cómo era posible que dos cabrones con doctorado en chingarse a los demás pudieran tener la confianza de que se iban a zafar fácilmente de todas las que debían. Pensaba en Elías, otro imbécil que a diario aprendía a ser feliz creyendo que lo que hacía era la literatura más extraordinaria del mundo. Y en cierto sentido, lo era. Un tipo que creía que la ética tenía que ver más con un sistema de lealtades interesadas que con una verdadera vocación, no podía tener una visión demasiado amplia de las cosas. Elías, cabrón de mierda, créeme que no estás destinado al olvido.
Pensaba en el Amo de la Trova, mi jefecito del periódico. Destinado a morir de una enfermedad incomprensible pero fatal. En una renuncia a la vida, una claudicación por adelantado. No debe existir mayor desesperación que la de aguardar la muerte de manera consciente. Ver correr el segundero del reloj puesto en la pared sabiendo que cada pulso significa un avance inexorable hacia la propia extinción. Como esas fogatas que dejamos encendidas en las noches durante los campamentos. La leña se consume chisporroteando alegremente, y, al día siguiente, no quedan más que restos que se esfuerzan por sobrevivir, que con cada soplo del viento parecen renacer pero que, después, se ven consumidas sin remedio. Un montón de cenizas a las que el propio viento que había prometido revivirlas, las arrastraba hacia un destino para nada claro.
Pensaba en el abuelo feliz de poder disfrutar de su vida al lado de su nueva familia. Sin pensar en nada más que en aprovechar el tiempo de la mejor manera. Dispuesto a dejar ganar a sus nietos sin que ello le significara ningún remordimiento. Buceando por la vida con un esnórquel fabricado del material más resistente: la seguridad de que la muerte es algo inevitable. El abuelo. Desde hace dos semanas lo recuerdo con mayor intensidad. No te la doy para que la uses, me había dicho. Pero el metal frío cada vez cosquilleaba más en mis manos. Había sopesado el arma varias veces para acostumbrarme a su forma, para llenarme un poco de la naturaleza metálica con la que estaba hecha. Lo mejor del asunto es que, después de tenerla tanto tiempo entre las manos de repente me había topado con un deseo irrefrenable de utilizarla. De sentir la emoción de jalar del gatillo y volverme al mismo tiempo rayo y trueno, dueño incuestionable del destino ajeno. La traía entre mis cosas desde dos semanas atrás sabiendo que en cualquier momento podría ver satisfecho mi deseo de usarla. De necesitarlo. Tenía la certeza de que en el momento en que emitiera el primer disparo de mi vida, éste tendría que ser necesario, un instante que no cabría en ninguna otra vida ni en ningún otro lugar.
Ahora mismo, mientras el candidato lanza por los altavoces las últimas palabras de su discurso, la pistola comienza a cobrar vida dentro de mi maleta. Comienza a retorcerse, me llama de mil maneras distintas. Mi mano cosquillea. El candidato baja de la improvisada tarima que representa el templete (o sea, como un lugar de adoración devaluado y no reconocido: un templete). Se junta con la gente. Se deja tocar. Todos gritan. En las bocinas ya no se oye su voz. Una música popular comienza a resonar, el suelo se mueve al ritmo de esa música. Y retiemble en tus centros la tierra.
Mis colegas se acercan al candidato. Por rutina. Como un ballet ensayado miles de veces. Lo retratan. Le preguntan. El candidato contesta. Alguien lo apura.
―Nos queda un evento todavía, licenciado.
El Licenciado. El Licenciadote. El Elegido. Sigue caminando entre la multitud. En los límites la gente comienza a dispersarse. Como una gota de aceite arrojada a un recipiente de agua caliente. Afinidades electivas. Todos tras sus intereses. La mano me cosquillea. Un mar de gente. El candidato sigue avanzando en medio de la turba. La gente se arremolina alrededor. Le entregan cartas escritas con temor, reverencia, coraje, rabia. Él las toma todas y las pasa a sus asistentes. Viene sonriendo. A pesar del jaleo, a pesar del calor, a pesar de la música horrenda que se escucha por los altavoces. Sonríe. Cada vez está más cerca. Ahora mismo es necesario. Este es el instante. Me integro al cortejo del caos. Me mezclo a la carambola múltiple de los cuerpos. Me confundo. Ahora soy Nadie. Nadie, el reportero de Nada. Calmo el cosquilleo de la palma de mi mano. Tengo el arma apretada. La siento latir. Sé cuánto pesa. No sé cómo se escuchará el primer disparo. El candidato sigue caminando, y sonriendo. Está a mi alcance, saco la pistola. A mi lado una señora de mandil comienza a gritar casi en mi oído:
―¡Tiene una pistola! ¡Lo va a matar!
El instante.
El arma va directo a un costado del candidato. Aprieto el gatillo. El tiro hace más ruido del que esperaba. Suena como un eco de otro disparo. El candidato se desploma. Se oyen gritos, la gente tropieza, ya sea en la huida o en el intento por acercarse y saber qué ha ocurrido. Caigo. En el suelo siento como pasan dos, tres personas sobre mi cuerpo. Oculto la pistola. Con el sol debe resplandecer más que el mismo astro que ahora nos cocina a fuego lento.
―¡Ya lo agarramos! ¡Aquí está! ¡Fue él! ¡Fue él!
Me repliego sobre mí mismo en el suelo. Espero lo peor. Lo peor nunca llega. Un policía uniformado me toma por la pretina del pantalón, me levanta casi en vilo. Me mira a la cara, me arroja su aliento fétido. Su aliento de coraje ancestral y torta de milanesa. De repente baja su vista y ve el gafete de prensa. Vuelve a mirarme a la cara y, al final, sólo al final, me suelta. Corre hacia donde un grupo de policías y gorilas profesionales golpean a un hombre.
―¡En la cabeza no! ¡No le peguen en la cabeza!
Todos los reporteros corren, los fotógrafos hacen su trabajo. Placas al cadáver, placas al asesino capturado. Yo me quedo plantado en el mismo lugar en el que el policía me ha levantado. La señora que hace unos momentos gritaba en mi oído me está viendo. Le sostengo la mirada. Se santigua y voltea hacia todos lados como calculando cuál será la mejor vía para escapar. Después desaparece de mi vista. Algún piadoso quita la música que hasta ese momento cubría como una nata desagradable todo el sitio. Queda entonces, para mí, el silencio. Ya no hay nada que hacer. Sigo pensando en que el disparo hizo más ruido del que debería. Pero ahora no hay más respuestas. Sólo el silencio. Un silencio incómodo que no presagia el vuelo pausado de ningún ángel.