Más allá del culto de celebridades que reciben muchos de los chefs más mediáticos, sobre todo a raíz de la explosión de programas de televisión o series donde encumbran el genio de estos profesionales, creo que uno de los sectores manuales a quienes no se les da la importancia que merecen es el de las personas que nos preparan la comida.
Esta categoría es amplísima. Abarca por igual a quien nos preparó/prepara los alimentos en casa (en caso de que no lo hagamos nosotros mismos), a la señora que nos vende el tamal en la esquina antes de llegar al trabajo, al adolescente que aporta en casa y se paga sus gastos escolares trabajando en un McDonalds o un KFC, a los atareados cocineros y mozos de las cocinas en hoteles y restaurantes a los que acudimos eventualmente, al taquero que con habilidad de malabarista prepara una orden de pastor con todo, al tortero de local de 24 horas que nos da a través de una ventanita minúscula la torta con la que podemos gestionar la borrachera a las tres de la mañana, entre muchos muchos más.
Preparar comida es un acto de amor y una vocación que no cualquiera lleva a buen puerto. De ahí que los lugares más exitosos sean aquellos en los cuales quienes trabajan con los ingredientes y los alimentos sean regularmente lugares festivos en donde la rutina y la sazón se convierten en una forma amable de llevar lo cotidiano al nivel de lo festivo. Aunque seguro habrá sus excepciones, como la del “nazi de la sopa” representado en la comedia Seinfeld. Comer es una fiesta casi siempre. Incluso si es la comida que se ingiere para mantenernos vivos y podamos llegar a la siguiente hora de manera consciente.
La mayor parte de las veces ingerimos nuestros alimentos y, sin más, pasamos a otra cosa. Y las manos que estuvieron detrás de esa proeza desaparecen de nuestro campo de consideración casi de manera inmediata. Trabajar en una cocina es de las cosas más agotadoras que pueda haber, y eso ya nos debería de generar cierta empatía con quienes se dedican a este noble arte. Estar ante el calor del fogón, al cuidado de una comida que no será para nosotros, vigilando que se cueza bien, que no se queme, que no se sale, etcétera, requiere un grado de concentración cuyas fallas pueden tener consecuencias catastróficas. El día de una persona se puede echar a perder sin mayor remedio debido a una mala comida. El mal sabor (esa imagen lindísima que adquiere nuevos significados al utilizarse para aludir a situaciones incómodas o desagradables) tiene su origen en las fallas que se presentaron al preparar los alimentos que consumimos.
Del otro lado, una comida bien preparada, con los elementos bien puestos, justo donde deben estar y con las proporciones adecuadas, nos genera un estado casi beatífico de paz con el mundo y con quienes nos rodean. La cuestión de las actitudes ante la vida suelen estar relacionadas con la comida: nadie puede ser amable o agradable en grado sumo cuando no ha comido. O peor: cuando ve a otros comer y no se puede hacer lo mismo. Esa situación es visible en los restaurantes que tienen a personas esperando su turno para degustar sus platillos, pero que pueden ver la manera en cómo los demás comen y disfrutan. Un ciego rencor crece contra esos comensales que no se apuran a terminar, que no son empáticos con el sufrimiento que, sin saberlo, están infringiendo a quienes comienzan a experimentar cólicos y salivaciones varias.
Si bien la romantización de la vida dentro de las cocinas (presente en The Bear, por ejemplo) ha creado como figura única de adoración la del geniecillo disciplinado cuya vida gira alrededor de la preparación de alimentos pero, sobre todo, alrededor del reconocimiento que puedan obtener por la tarea que realiza. Manifestaciones como las estrellas Michelin y las columnas de reseñas gastronómicas funcionan en un nivel casi de intelectualización extrema de la experiencia. El sabor, como elemento subjetivo, seguramente juega terribles sorpresas a quienes suponen que sus platillos son insuperables. Es posible que la búsqueda de reconocimiento tenga poco que ver con la vocación gastronómica y más con el ego. Quizás hay un nivel de satisfacción similar en el taquero que atestigua cómo un comensal pide su cuarta o quinta orden de tacos con el único fin de extender la experiencia del sabor que ha experimentado, comparado con el del chef que recibe su tercera estrella Michelin. No lo podemos saber porque no podemos estar en la cabeza y las emociones de ambos personajes, pero me gusta suponer que algo así ocurre.
Me gusta cocinar y me gusta comer lo que cocino. Pero creo que me gusta más corroborar las expresiones de gusto por aquello que he cocinado a quienes lo consumen. Por eso creo que esta actividad es un acto de amor propio y para con los demás y que quizás este acto sea el verdadero lenguaje universal de lo humano. Y no las matemáticas como algunos argumentan a la primera provocación. Sonó el timbre del temporizador del horno. Provecho y adiós.
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Leí Carta a Meneceo (Onomazein 4, 1999) de Epicuro (Samos, Grecia, 341 a. C.), considerada el documento principal en el cual el autor aborda la ética. La edición revisada fue publicada en la revista Onomazein acompañada con una generosa cantidad de notas e interpretaciones a cargo de Pablo Oyarzún. La carta es un texto en el cual se abordan cuestiones básicas asociadas a la filosofía estoica, tan aludida y mal referida en estos días. La carta es un documento breve que, en la edición revisada, merced a la gran cantidad de notas y comentarios se convierte en un texto cuyos cruces y consideraciones da un buen contexto para su comprensión de manera más asequible para los lectores contemporáneos. La estructura de la misma se divide en seis partes o divisiones: Proemio; La recta opinión sobre los dioses; La recta opinión sobre la muerte; La recta opinión sobre el placer, el dolor y sus límites; y la Conclusión. El tema alrededor del cual gira la disertación presentada por el filósofo es el de la felicidad y cómo conseguirla, en cuanto parece que ese es el núcleo de la existencia del ser humano: “meditar en las cosas que producen la felicidad, puesto que, presente ésta, lo tenemos todo, y, ausente, todo lo hacemos para tenerla”. En cierta medida, el tema también es el eterno sentimiento de incompletitud y disconformidad que pareciera seña inconfundible de lo que define lo humano. Con respecto de la muerte, la postura es de comprender la inevitabilidad de la misma, lo cual debería reducir la angustia frente a este hecho: “no hay nada temible en el vivir para aquel que ha comprendido rectamente que no hay nada temible en el no vivir”. La incertidumbre relacionada con el futuro es algo de lo que deberíamos desprendernos, en cuanto es misterio o está lejos de nuestro control: “el futuro ni es completamente nuestro ni completamente no nuestro, a fin de que no lo esperemos con total certeza como si tuviera que ser, ni desesperemos de él como si no tuviera que ser en absoluto”. Otra cuestión abordada remite a la relación en apariencia contradictoria entre el placer y el dolor, cuando el filósofo lo ve como un par de nociones que se condicionan mutuamente: “porque nos ha menester el placer cuando, por no estar presente padecemos dolor; pero cuando no padecemos dolor, no nos es preciso el placer”. Esta dualidad entre el placer y el dolor rompe también con la visión dualista de asociar uno con lo que está bien y lo otro con lo que está mal: “Todo placer, pues, por tener una naturaleza apropiada a la nuestra, es un bien; aunque no todo placer ha de ser elegido; así también todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser por naturaleza evitado siempre”; es necesaria la experiencia de ambas cosas y el discernimiento para comprender la utilidad de cada una de ellas. En fin, que es un documento interesante que arroja luz sobre los comportamientos no sólo de hace más de veintitrés siglos, sino también de los actuales. Recomendable porque siempre es importante retornar a los clásicos, esos que vieron el tiempo como algo más que lo ocurrido en su época, sino también como una posibilidad de expresión de lo humano en extenso.
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Vi Good Fortune (Aziz Ansari, 2025), una cinta que busca la reflexión a partir de situaciones humorísticas pero que, siento, se queda en un nivel de ingenuidad que no le permite romper con la necesidad de dejar una moraleja “disney” acerca de valorar aquello que nos ha tocado en la vida, aunque sea una vida llena de tribulaciones y carencias. La trama nos cuenta cómo un ángel de pocas luces intelectuales (encarnado por un Keanu Reeves que creo está en la edad ideal para encarnar alguna versión de Cristo) decide trascender su nivel de “angelidad” y busca que un humilde trabajador (Ansari) valore la vida llena de privaciones y sometimiento al capitalismo, a pesar de ser infeliz la mayor parte del tiempo. La cinta construye esa posibilidad al hacer que el ángel cambie de cuerpo (un cliché) con un millonario (Seth Rogen) que no es consciente del privilegio en el que nació y a partir del cual construyó su riqueza (que concibe como un logro personal, a pesar de la evidencia de que no fue así como ocurrieron las cosas). En pantalla vemos representada la mutua incomprensión entre los dos sectores socioeconómicos que privan en el capitalismo salvaje: la élite encerrada en una burbuja donde priva la superficialidad y la ignorancia; y las clases bajas que deben elegir entre sobrevivir u organizarse para cuestionar y confrontar de manera organizada su propia situación. Tiene buenos momentos y diálogos chispeantes (marca de Ansari en el guion) que colocan la cinta más allá de un divertimento de comedia insulso, pero que no se atreve a ir más allá en la provocación. Sobre todo en el desenlace. Es interesante también la manera en cómo es representado el ángel que, debido al caos que ha ocasionado con sus acciones, es condenado a ser humano mientras resuelve los problemas creados; hay una especie de pedagogía acerca de encontrar la felicidad más allá de lo material: en la familia, el amor, los amigos, la comida, las fiestas; sin embargo, desde otra lectura, pareciera un tanto reaccionario al plantear que la conformidad es una opción más deseable que la queja y la confrontación constante con el sistema. Recomiendo verla, ya sea como divertimento o de manera crítica, cada quién sabrá. Está en Prime Video.



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