La semana pasada me llamaron la atención dos escenas que vi en un par de películas pertenecientes a países que están alejados geográficamente y en términos culturales pero que, básicamente, abordan lo mismo: la manera en cómo la IA modificará de manera radical la relación que tenemos con respecto del campo de trabajo. Y modificar es, hasta cierto punto, un eufemismo para decir: sustituirá.
La primera escena pertenece a la película coreana La única opción (Park Chan-wook, 2025) y tiene que ver con la manera en cómo la proyectada industria 4.0 es echada a andar en campos de producción material de manufacturas y transformación, lo que deja(rá) en la calle a una gran parte de los trabajadores manuales (obreros) que hacen funcionar esas industrias. Y si bien, al principio se plantea una transición gradual, lo que vemos conforme avanza la historia particular de Park Chan-wook es que la ambición es prescindir por completo de la intervención humana en esos procesos. El tema principal de la cinta es el desempleo y las consecuencias particulares que tiene para un obrero especializado, pero cuya historia individual puede ser proyectada a niveles colectivos; lo que se deja entrever es la enorme posibilidad de una tragedia humanitaria, financiera y económica a nivel mundial. Es decir, ¿cómo se va a sostener un sistema que reduce sus costos de producción al prescindir de los salarios pagados a los trabajadores si buena parte de esos salarios hacen posible el consumo de lo que se produce?
La otra película tiene un tono e intenciones totalmente distintas. Se trata de Parque Lezama (Juan José Campanella, 2026), una cinta argentina que aborda la improbable amistad, forjada en una banca del parque que da título a la historia, entre dos personas de la tercera edad (ya ni sé si esta descripción es adecuada o si también ya la declararon políticamente incorrecta). En una escena de la misma, Antonio Cardozo (interpretado por Eduardo Blanco) recibe la noticia de que será despedido de su trabajo como encargado de vigilancia y mantenimiento de un conjunto de departamentos después de 52 años de servir en ese mismo puesto, con una indemnización a todas luces ofensiva. Él alude que no lo pueden despedir porque es el único que conoce los secretos para mantener andando la vieja caldera de calefacción que se utiliza en el edificio. Pero el administrador le informa que la caldera será sustituida por un nuevo sistema más eficiente y que no requiere de la intervención humana. Un sistema que es por completo automático y que se puede monitorear con una app desde cualquier teléfono celular. Lo cual vuelve prescindible tanto el puesto del trabajador como la tecnología que se había utilizado hasta ese momento.
Aunque ambas cintas recalan en la manera en cómo la pérdida de los medios de manutención afecta de manera trágica la vida de las personas, en distintos niveles y con consecuencias y resoluciones distintas, lo interesante de esa coincidencia en las escenas descritas es atestiguar cómo la tecnología, impulsada por la inteligencia artificial, está generando condiciones para despidos masivos en prácticamente todas las áreas de ocupación humana. El objetivo: ahorrarle costos a los dueños de los medios de producción, a los señores del capital, y precarizar más a las clases que sólo cuentan con su trabajo (manual o intelectual) para poder mantenerse o mantener a su familia.
En el campo de las manufacturas se habla de la industria 4.0, una forma de referirse a lo que se concibe como una cuarta revolución industrial (recordar: la primera: la máquina de vapor; la segunda: la electricidad y el motor de combustión interna; la tercera: la revolución informática). Esta nueva revolución, en el sentido de cambio, estará caracterizada por la automatización total de la mayoría de los procesos productivos (con visos a convertirlo en una situación generalizada).
El término fue acuñado por Karl Schwab en 2016 y remite a un estado de cosas en el cual, según Wikipedia, se: “crea lo que se conoce como «fábricas inteligentes». Dentro de la estructura modular de una fábrica de este tipo, los sistemas ciberfísicos controlan los procesos físicos, crean una copia virtual del mundo físico y toman decisiones descentralizadas. En el internet de las cosas los sistemas ciberfísicos se comunican y cooperan entre sí al mismo tiempo que lo hacen con los humanos en tiempo real y vía internet. Ambos servicios internos y de organización se ofrecen y se utilizan por los participantes de la cadena de valor”.
A pesar de que varios teóricos aluden que dicho término es inexacto y se presta sólo a fines mercadológicos, la realidad es que sus efectos se comienzan a sentir en diversos campos de la vida y el quehacer cotidianos, por ejemplo, la desaparición de las casetas de cobro en los estacionamientos o la proliferación de las cajas de autocobro en los grandes supermercados.
¿Será este el inicio de la disputa por el control del mundo material entre la especie humana y los entes digitales? ¿Qué futuro tendrá el hecho de convivir en un mundo que prescinde de los servicios materiales y corporales de las personas? ¿Alcanzaremos a ver la colisión de ese sistema o, simplemente, estaremos destinados a perecer de manera resignada ante el avance del progreso y la tecnología? Muchas preguntas que, hasta ahora, no tienen respuestas más allá de la especulación. Sobre todo si tomamos en cuenta una de las cosas que la ciencia social y las máquinas no han podido controlar: la siempre impredecible reacción y capacidad de adaptación de los seres humanos.
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Leí X-Men: Endangered Species (Marvel México, 2016) de Mike Carey (Liverpool, 1959) que narra cómo, después de un evento en donde Scarlet Witch pronuncia la frase fatal “No more mutants”, desaparecen los poderes del 98% de los mutantes de la tierra, mientras algunos mueren y sólo unos cuantos conservan sus capacidades. Entre estos últimos está Beast, quien desde su obsesión como científico buscará la cura para esta situación y para revertir los efectos que la acción de Wanda Maximoff creó en esa versión del mundo. La tarea autoimpuesta por el doctor Hank McCoy lo llevará a un viaje en el cual deberá enfrentarse a sus recuerdos, generar alianzas con enemigos y contemplar la posibilidad de que las soluciones y las explicaciones no siempre se encuentran en los terrenos de lo científico. Es también una reflexión acerca del miedo a la soledad y a la intrascendencia, además de un retrato de la manera en cómo se afronta, desde la primera persona, ser testigo de la desaparición lenta pero inevitable de tu especie. Claro, sólo en las posibilidades del universo desde el cual se cuenta esta historia.
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Vi Emergência Radioativa (Emergencia radioactiva, Fernando Coimbra, 2026; 5 episodios), una serie que narra cómo una fuente radioactiva abandonada en las ruinas de lo que fuera una clínica de radiología se convierte en el foco de una emergencia de salud comparable a lo ocurrido en la central nuclear de Chernobyl. Las diferencias, no obstante, estriban en la naturaleza de la fuente de contaminación, así como en los días de exposición que las personas afectadas tuvieron para desarrollar los síntomas derivados de ese contacto. La serie gravita alrededor de diversos focos: las historias familiares, la desigualdad social, la irresponsabilidad de los cuerpos y agencias gubernamentales encargados de la regulación de este tipo de actividades, la búsqueda de los políticos por salir bien librados de la crisis, el pánico y la irracionalidad de las personas con respecto de las cosas de las que carecen de información, la necesidad de regulación a través de leyes de la disposición de residuos radiactivos, entre muchas más. Es una historia entretenida, que engancha y que, a pesar de varios momentos telenoveleros dignos de la tradición audiovisual brasileña, deja en reflexión profunda al espectador. Adictiva, a pesar de que los registros históricos indican cuál fue el desenlace de la crisis. Está basado en el hecho ocurrido en Goiânia en 1987, al darse la contaminación por Cesio-137. Está disponible en la plataforma Netflix.



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