Soñé que me habían diagnosticado una enfermedad terrible, terminal, razón por la cual debían operarme. Fue un sueño raro que haría las delicias de cualquier psicoanalista: el hospital no era un hospital, sino una especie de cocina gigantesca. El médico encargado de dar las noticias fatales atendía en un consultorio completamente estereotípico, pero su sala de operaciones era una especie de antro steampunk que ponía los pelos de punta. No atestiguaba la operación, pero sabía que me habían operado. En cierta parte del sueño acudía a pedir noticias acerca de cómo había salido la operación. Me atendía un amigo escritor a quien quiero mucho, pero que en lugar de tener una ventanilla o un escritorio de informes, estaba en una especie de fregadero en donde se dedicaba a lavar trastos y diversos objetos. No recuerdo el diálogo que tuve con él, pero sí recuerdo que había un sentimiento de honda tristeza: la operación no había resultado exitosa y, al parecer, estaba condenado a la muerte de manera irremediable y próxima. Tal diagnóstico no me fue dado de manera oral por mi amigo escritor lavaplatos asistente médico, sino que lo hizo a través de la entrega de un objeto: una manzana a la cual le había brotado otro pequeño fruto en su cuerpo. Lo que denominamos frutos cuates (en relación a los gemelos) pero en donde uno de los frutos tiende a ser más grande que el otro. Recuerdo un gran pesar y una enorme tristeza. La manzana parecía, o eso interpreté posteriormente, en el caso de los sueños nunca se sabe, un corazón. Lo que apuntaba a que algo había pasado con mi músculo cardíaco. Estaba seguro de una muerte próxima y eso me causaba angustia. No por lo que pasaría conmigo, lo cual era inevitable, sino por las personas a quienes dejaría en el mundo. Visualicé, como en una especie de retrospectiva de entrega de premios a las personas cercanas y queridas de mi entorno, algunas que dependen en cierto grado de mí, y tengo claro que el miedo que experimenté en el sueño fue por la incertidumbre de lo que pasaría con ellos. Entonces desperté.
Sé que algunas de las imágenes evocadas en el sueño tienen que ver con el conocimiento de historias recientes, algunas de ficción, algunas reales, pero que se relacionan al mismo tiempo con la relación que he establecido con la idea de la muerte. No la mía, extrañamente. Es decir, no pienso con frecuencia, al menos no conscientemente, en mi fin. Sí lo hago con respecto a quienes me rodean.
Por ejemplo, de mi perrita que, si la lógica es lógica, partirá de este mundo antes que yo, por puro capricho biológico propio de su especie. También pienso en mi padre que lleva varios años lidiando con los efectos del Parkinson y de la neuropatía diabética, con efectos terribles en su ánimo y con un cambio radical en lo que había sido la vida para él. Pienso en mi madre, que se ha convertido en cuidadora con el agotamiento físico y mental que tal tarea impone, lidiando al mismo tiempo con la enfermedad cardíaca que la genética ha impuesto a la línea materna. Pienso en la muerte de aquellos que están presentes en mi vida y que son parte de lo cotidiano. En la manera en cómo afectará al universo su ausencia. Eso me causa angustia, me sume a veces en estados de reflexión fatalistas de los cuales, afortunadamente, salgo cada vez con mayor rapidez.
Un personaje de una serie que sigo, Shrinking, tuvo en la última temporada un evento cardíaco del cual salió victorioso. Su recuperación vino también acompañada de la revelación que implica sobrevivir a la muerte. “La vida es muy corta”, repite a la menor provocación y considera que el tiempo extra que ha recibido es un regalo que se debe aprovechar para hacer todas aquellas cosas que, por alguna razón, se había negado a hacer. Creo que algo parecido ocurrió en mi sueño, sólo que en sentido inverso. Al recibir la revelación de la muerte inminente por el fracaso de la operación, simbolizado en esa especie de tumor en la manzana, me di cuenta de que no podría hacer las cosas que hasta ese momento no había hecho. No había marcha atrás, no había lugar para el arrepentimiento, no había segunda oportunidad. Y quizás de ahí partió la sensación de miedo y de dolor que experimenté antes de despertar a la vida.
Aunque quizás todo el sueño quiera decir otra cosa, o simplemente no signifique nada. No obstante, al despertar no pude evitar quedarme pensando muchas cosas en medio de la oscuridad de la madrugada. Una especie de evaluación de lo vivido contra lo deseado y no materializado. Y también acerca de lo que no podrá ser, aunque se desee. O, quizás, ese sueño equivale a la segunda oportunidad que Derek recibe en Shrinking, una advertencia que anticipa que la muerte es inevitable (como ya Epicuro mencionaba en una cita de la semana pasada) y que será mejor no olvidarlo y hacer lo que se tenga que hacer. O, en todo caso, probablemente sólo sea un recordatorio de aquello que nos hace humanos a los humanos: la conciencia que tenemos de nuestra finitud.
Todo esto me trajo a la memoria uno de los poemas de Jaime Sabines que podría resumir todo este asunto. Se llama “Del mito”:
Mi madre me contó que yo lloré en su vientre.
A ella le dijeron: tendrá suerte.
Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.
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Leí The Essential Listening to Music (Cengage Learning, 2016) de Craig Wright (Fort Sill, Lawton, Oklahoma, Estados Unidos, 1944) un estudio básico pero minucioso acerca de los elementos que le dan sentido al arte de la música. Desde conceptos básicos (ritmo, melodía, armonía; color, textura, forma) hasta cuestiones relacionadas con el genio de los compositores de música académica, así como un recorrido bastante completo por la historia de la música occidental. Es un texto amable con los neófitos que no busca regodearse en los tecnicismos o informar en exclusiva a los estudiantes de música, sino que se presenta como un texto de difusión que nos ayude a ubicar históricamente la música que escuchamos, así como el origen de diversas formas de creación que hoy prevalecen tanto en la música académica como en la música pop. Con una curiosidad con respecto de qué es lo que hace posible la aparición de figuras como Mozart o Beethoven, el autor realiza reflexiones que relacionan el contexto sociohistórico, con la realidad económica de la época que se aborda y ese elemento elusivo de explicar: el genio. Es en este texto que se basa su exitoso curso en línea ofertado por la Universidad de Yale a través de la plataforma Coursera (el cual se los recomiendo de manera enfática). En fin, si son melómanos o simplemente les gusta saber de dónde vienen las cosas, este texto no los defraudará en lo absoluto. En Spotify hay una playlist que reúne las piezas que usa para explicar los elementos expuestos en su libro y su curso, que pueden escuchar dando clic acá: Introduction to Classical Music.
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Vi Gone Baby Gone (Ben Affleck, 2007), una cinta que cuenta la historia de la desaparición de una niña de cuatro años que habita, junto con su madre drogadicta, en uno de los barrios más sórdidos de Boston. A medida que el metraje avanza, lo que parece un secuestro por una venganza de drogas se transforma en otra cosa. Basada en una novela de Dennis Lehane, la trama nos envuelve en un dilema moral que, trágicamente, resulta irresoluble. ¿Qué es mejor para los niños: crecer en un ambiente poco sano para ellos al lado de su familia o hacerlo en un ambiente privilegiado pero en la incertidumbre de su origen? Si bien la dirección del mayor de los Affleck muestra buenas aptitudes en esta su primera incursión detrás del megáfono de la orquestación de la cinta, cuestiones como el casting le restan un tanto de verosimilitud. La elección del hermano pequeño del director como protagonista se siente forzada y que no responde a las características de un personaje hecho en el barrio, acostumbrado a lidiar con la escoria de la sociedad. Además, la presencia de la coprotagonista se diluye hasta volverse irrelevante. Pero si algo salva a la cinta es, precisamente, el dilema moral que propone. En un mundo en donde la maldad y el destino de las personas que lo habitan está condicionado muchas veces por el origen de las mismas, no es cosa menor, ni en términos morales ni de sentido de la justicia práctica, plantearse este tipo de dilemas. Buena cinta, confusa a tramos pero que consigue su objetivo: dejar reflexionando al espectador a fin de cuestionarse la seguridad con respecto a ciertos temas. Sobre todo acerca de lo legítimo y lo legal, la distinción entre lo correcto y lo necesario, etc. Muy recomendable, además de que anota la novela de Lehane como un pendiente a resolver en días futuros.



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