lunes, marzo 25, 2019

El instante (fragmento)


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1994 fue un año crepuscular para el siglo XX. O al menos así lo concibió mi generación. O, quizás, sólo así lo pensé yo. Fue el año cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional despertó en la conciencia del país y el mundo la manera en cómo la desigualdad era algo con lo cual habíamos convivido de manera cotidiana, a pesar de los cacareos que anunciaban nuestra entrada al Primer Mundo. Fue el año de la muerte de Kurt Cobain, patrono del grunge, que había venido a revitalizar la escena de un rock que se había estancado en los sonidos asépticos del pop y las cabelleras prófugas de estéticas de lujo. Fue el año en donde los festivales de rock en español, donde grupos mexicanos interpretaban desde sus posibilidades la realidad simulada que los medios habían maquilado a placer. Y fue el año de los asesinatos políticos. Magnicidios, dijeron los diarios. El presidente del partido oficial y el candidato presidencial del PRI. Cuando ocurrió el último, yo era vigilante en la Biblioteca Nacional de México. Cuidaba una puerta que nunca se abría, a decir de uno de mis amigos. Cuando se supo de la muerte, hubo primero incredulidad y después el escándalo de aparatos de radio y TV intentando explicar qué había pasado. A mí los hechos ocurridos en ese 1994 me dejaron una marca profunda. Fue el año también que decidí que estudiar Ingeniería no me hacía feliz y me cambié a Comunicación en mi adorada UNAM. Cinco años después, durante una crisis emocional y de la edad muy fuerte, escribí el primer borrador de una novela que tomaba el asesinato de Luis Donaldo Colosio como el pretexto para hablar de algunas cosas que sentía como miembro de una generación que se concebía sin futuro. Nosotros, los X. Casi diez años después, un tratamiento posterior de esa novela ganó el Premio Nacional de Narrativa Joven “María Luisa Puga”. Más de veinte años después de escribirla decidí retirarla como proyecto de publicación en una editorial porque me convencí de que quien había escrito eso y quien soy ahora no tenemos ya mucho que ver. En fin, el pasado sábado se cumplieron 25 años de aquel día en que la nación se cimbró a ritmo de Banda Machos. Y yo les quiero compartir un fragmento de esa novela que ya no será; justo el momento en el cual el candidato es asesinado.

***
[…] Dos semanas después del receso de Semana Santa, el candidato se presentó en una de las ciudades fronterizas más importantes del país. En ese lugar el discurso no había cambiado con respecto de lo que había ocurrido en ocasiones anteriores. Me había cansando de repetir la misma crónica todos los días sin que variara un ápice la estructura o el contenido de los eventos partidistas. Lo que era sorprendente en esa ocasión era la cantidad de gente que había concurrido. Tratándose, como se trataba, de un acto partidista en una colonia marginada (eufemismo utilizado generalmente para no decir jodida o miserable) la cantidad de personas era enorme. Los operadores del partido estaban haciendo muy bien su labor.
Tenía varios días pensando acerca de muchas cosas. Mi mente se había convertido en una suerte de galimatías en el que a las ideas les daba por mezclarse entre sí y hacer de las suyas. Pensaba en Malena  que al irse aquella mañana había dejado un vacío inmenso en alguna parte de mi vida. No sabía exactamente dónde, pero sí tenía la seguridad y el entendimiento de que algo me faltaba. Pensaba en Basilio Kozek. Obviamente no había creído la versión oficial del suicidio. Algo muy oscuro se ocultaba tras la muerte del argentino. Alguien que había descubierto y asumido su vocación por la muerte de los que no eran él, no podría haber sentido la supuesta culpa que lo orilló a quitarse la vida. Muerto el perro se acabó la rabia, era una forma bastante frecuente de pensar para la policía, lo que quería decir: si se extinguió el objeto criminal, ya no hay  crimen que perseguir.
Pensaba en Pedro y su padre. En cómo era posible que dos cabrones con doctorado en chingarse a los demás pudieran tener la confianza de que se iban a zafar fácilmente de todas las que debían. Pensaba en Elías, otro imbécil que a diario aprendía a ser feliz creyendo que lo que hacía era la literatura más extraordinaria del mundo. Y en cierto sentido, lo era. Un tipo que creía que la ética tenía que ver más con un sistema de lealtades interesadas que con una verdadera vocación, no podía tener una visión demasiado amplia de las cosas. Elías, cabrón de mierda, créeme que no estás destinado al olvido.
Pensaba en el Amo de la Trova, mi jefecito del periódico. Destinado a morir de una enfermedad incomprensible pero fatal. En una renuncia a la vida, una claudicación por adelantado. No debe existir mayor desesperación que la de aguardar la muerte de manera consciente. Ver correr el segundero del reloj puesto en la pared sabiendo que cada pulso significa un avance inexorable hacia la propia extinción. Como esas fogatas que dejamos encendidas en las noches durante los campamentos. La leña se consume chisporroteando alegremente, y, al día siguiente, no quedan más que restos que se esfuerzan por sobrevivir, que con cada soplo del viento parecen renacer pero que, después, se ven consumidas sin remedio. Un montón de cenizas a las que el propio viento que había prometido revivirlas, las arrastraba hacia un destino para nada claro.
Pensaba en el abuelo feliz de poder disfrutar de su vida al lado de su nueva familia. Sin pensar en nada más que en aprovechar el tiempo de la mejor manera. Dispuesto a dejar ganar a sus nietos sin que ello le significara ningún remordimiento. Buceando por la vida con un esnórquel fabricado del material más resistente: la seguridad de que la muerte es algo inevitable. El abuelo. Desde hace dos semanas lo recuerdo con mayor intensidad. No te la doy para que la uses, me había dicho. Pero el metal frío cada vez cosquilleaba más en mis manos. Había sopesado el arma varias veces para acostumbrarme a su forma, para llenarme un poco de la naturaleza metálica con la que estaba hecha. Lo mejor del asunto es que, después de tenerla tanto tiempo entre las manos de repente me había topado con un deseo irrefrenable de utilizarla. De sentir la emoción de jalar del gatillo y volverme al mismo tiempo rayo y trueno, dueño incuestionable del destino ajeno. La traía entre mis cosas desde dos semanas atrás sabiendo que en cualquier momento podría ver satisfecho mi deseo de usarla. De necesitarlo. Tenía la certeza de que en el momento en que emitiera el primer disparo de mi vida, éste tendría que ser necesario, un instante que no cabría en ninguna otra vida ni en ningún otro lugar.
Ahora mismo, mientras el candidato lanza por los altavoces las últimas palabras de su discurso, la pistola comienza a cobrar vida dentro de mi maleta. Comienza a retorcerse, me llama de mil maneras distintas. Mi mano cosquillea. El candidato baja de la improvisada tarima que representa el templete (o sea, como un lugar de adoración devaluado y no reconocido: un templete). Se junta con la gente. Se deja tocar. Todos gritan. En las bocinas ya no se oye su voz. Una música popular comienza a resonar, el suelo se mueve al ritmo de esa música. Y retiemble en tus centros la tierra.
Mis colegas se acercan al candidato. Por rutina. Como un ballet ensayado miles de veces. Lo retratan. Le preguntan. El candidato contesta. Alguien lo apura.
―Nos queda un evento todavía, licenciado.
El Licenciado. El Licenciadote. El Elegido. Sigue caminando entre la multitud. En los límites la gente comienza a dispersarse. Como una gota de aceite arrojada a un recipiente de agua caliente. Afinidades electivas. Todos tras sus intereses. La mano me cosquillea. Un mar de gente. El candidato sigue avanzando en medio de la turba. La gente se arremolina alrededor. Le entregan cartas escritas con temor, reverencia, coraje, rabia. Él las toma todas y las pasa a sus asistentes. Viene sonriendo. A pesar del jaleo, a pesar del calor, a pesar de la música horrenda que se escucha por los altavoces. Sonríe. Cada vez está más cerca. Ahora mismo es necesario. Este es el instante. Me integro al cortejo del caos. Me mezclo a la carambola múltiple de los cuerpos. Me confundo. Ahora soy Nadie. Nadie, el reportero de Nada. Calmo el cosquilleo de la palma de mi mano. Tengo el arma apretada. La siento latir. Sé cuánto pesa. No sé cómo se escuchará el primer disparo. El candidato sigue caminando, y sonriendo. Está a mi alcance, saco la pistola. A mi lado una señora de mandil comienza a gritar casi en mi oído:
―¡Tiene una pistola! ¡Lo va a matar!
El instante.
El arma va directo a un costado del candidato. Aprieto el gatillo. El tiro hace más ruido del que esperaba. Suena como un eco de otro disparo. El candidato se desploma. Se oyen gritos, la gente tropieza, ya sea en la huida o en el intento por acercarse y saber qué ha ocurrido. Caigo. En el suelo siento como pasan dos, tres personas sobre mi cuerpo. Oculto la pistola. Con el sol debe resplandecer más que el mismo astro que ahora nos cocina a fuego lento.
―¡Ya lo agarramos! ¡Aquí está! ¡Fue él! ¡Fue él!
Me repliego sobre mí mismo en el suelo. Espero lo peor. Lo peor nunca llega. Un policía uniformado me toma por la pretina del pantalón, me levanta casi en vilo. Me mira a la cara, me arroja su aliento fétido. Su aliento de coraje ancestral y torta de milanesa. De repente baja su vista y ve el gafete de prensa. Vuelve a mirarme a la cara y, al final, sólo al final, me suelta. Corre hacia donde un grupo de policías y gorilas profesionales golpean a un hombre.
―¡En la cabeza no! ¡No le peguen en la cabeza!
Todos los reporteros corren, los fotógrafos hacen su trabajo. Placas al cadáver, placas al asesino capturado. Yo me quedo plantado en el mismo lugar en el que el policía me ha levantado. La señora que hace unos momentos gritaba en mi oído me está viendo. Le sostengo la mirada. Se santigua y voltea hacia todos lados como calculando cuál será la mejor vía para escapar. Después desaparece de mi vista. Algún piadoso quita la música que hasta ese momento cubría como una nata desagradable todo el sitio. Queda entonces, para mí, el silencio. Ya no hay nada que hacer. Sigo pensando en que el disparo hizo más ruido del que debería. Pero ahora no hay más respuestas. Sólo el silencio. Un silencio incómodo que no presagia el vuelo pausado de ningún ángel.


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