viernes, marzo 02, 2012

Día diez: un libro con una pésima adaptación cinematográfica

Las aventuras de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle
Resulta incluso paradójico que uno de los personajes mejor construidos (y que dio lugar a una serie de clichés alrededor de la figura del detective) no haya sido nunca favorecido por las versiones cinematográficas que han intentado acercarse a este célebre precursor de Dr. House.
         Porque ni siquiera el bodrio de Guy Ritchie (Sherlock Holmes, 2009) pudo captar la esencia entre melancólica, trágica y freak del personaje más célebre de Conan Doyle. Ya no hablemos del metrosexual Dr. Watson encarnado por un desangelado Jude Law. Con versiones anteriores tampoco ha corrido mejor suerte. Cabe preguntarse aquí cuál es la causa de tal desatino. ¿Tendrá que ver con la narrativa lineal y episódica de los casos del detective? Sería cierto, pero ni siquiera las versiones de El sabueso de los Baskerville, una obra de mediano aliento, han corrido con mejor suerte.
         Es este el caso de una obra que conviene más leerla que buscar su equivalente en el medio audiovisual. Es evidente, queridos Watson.

Arthur Conan Doyle, Aventuras de Sherlock Holmes (tres tomos), México, Porrúa, varias ediciones.

jueves, marzo 01, 2012

Día nueve: un libro con una excelente versión cinematográfica

La naranja mecánica de Anthony Burgess
Extraño caso en el cual dos textos (el literario y el cinematográfico) coinciden en una excelente puesta en escena. Tanto la exploración de la violencia y la exposición de una sociedad futurista en la cual las potencias protagonistas de la Guerra Fría han generado que un nuevo lenguaje emerja, el nadsat, una mezcla de inglés y ruso que utilizan las tribus urbanas que merodean en búsqueda de víctimas; como la combinación deslumbrante de vestuario, diseño de producción, música y actuaciones que consiguió Stanley Kubrick, consiguen transmitir las sensaciones que sólo las obras maestras pueden generar.
         La novela pone en relieve muchos de los temores que habitaban en el inconsciente de los seres humanos del siglo XX inmediatamente posterior a la segunda posguerra: la prolongación del conflicto político, el crecimiento demográfico, la pérdida de los valores tradicionales, la espiral de violencia y drogas en la que los jóvenes caen y se regocijan, el papel del Estado como institución obligada a solucionar “a como dé lugar” los problemas que afectan a su sociedad.
         El libro de Burgess consigue que el lector se enganche en los diálogos en apariencia incoherentes y faltos de sentido de estos jóvenes alienados que, sin embargo, escuchan música culta. Lo que queda en el fondo es la polémica que al autor parece interesarle por sobre lo demás: la idea de que el Estado tiene la obligación de “convertir” al buen comportamiento a los elementos que han torcido el camino. En esa pugna entre el libre albedrío y el fascismo, la novela consigue poner a pensar al lector en la conveniencia de conservar la libertad individual poniendo en riesgo el tejido social, o lo contrario. No se nota, ni siquiera, que esta novela haya sido producida en la época en la que Burgess estaba convencido de que moriría muy pronto. La intensidad con la cual está escrita esta obra contrasta con el título elegido para el texto: críptico pero poderoso. Para convencerse de una vez de leerla: el final de la cinta no es el mismo de la novela. Queda en ustedes decidir si eso fue bueno o no.

Anthony Burgess, La naranja mecánica, Madrid, El Mundo, 1999.

miércoles, febrero 29, 2012

Día ocho: un libro para leer por fragmentos


Días y noches de amor y de guerra de Eduardo Galeano
Casi todos los libros de Galeano se pueden leer por fragmentos, pensar en su monumental Historia del fuego, p. e. Sin embargo, la mayoría de esas obras responden a una lógica mayor, son el contrapunto de una obra más grande. Hay en este pequeño libro, por la brevedad de páginas que por lo demás es de mis libros favoritos, una cantidad enorme de reflexiones y pequeñas historias que se mueven en linderos diversos sin pertenecer a ninguno en específico. Está la anécdota, la historia, la minificción, el testimonio.
         A lo largo de sus páginas, fragmentadas a propósito, con historias que brincan de un país a otro, uno encuentra una gama enorme de emociones ante las cuales no se puede pasar de largo o ser indiferente: humor, el horror de la tortura, ternura, amor en múltiples registros, inocencia, idealismo, desilusión, esperanza. Todos los fragmentos cuentan una sola historia: la historia de la represión de las dictaduras latinoamericanas de los años setentas y de la amargura del exilio.
         Al caminar al lado de esos personajes que el uruguayo va dibujando con sus palabras, y que a veces resulta ser él mismo, uno puede comprender de manera más cercana la forma en cómo los conflictos políticos y la “lógica del sistema” afecta la vida de los individuos, de las personas, de esos seres que son más que estadística o “daños colaterales”. Sin mediar advertencia, Galeano nos lleva a lo más recóndito del alma humana, nos sumerge en su miseria o nos ilumina con su posibilidad de sobrevivir en medio de esa miseria. Es un libro del que no se sale inmune, a pesar del cinismo del que se presuma.

Eduardo Galeano, Días y noches de amor y de guerra, México, Era, 1996.

martes, febrero 28, 2012

Día siete: un libro muy divertido

Maten al león de Jorge Ibargüengoitia
No tuve que pensar demasiado en el autor que habría de poner aquí. Sí pensé, en cambio, la obra que hiciera justicia a la obra completa de este escritor. Porque Ibargüengoitia supo plasmar en sus libros aquello que contradice a gran parte de la producción literaria de América Latina: ésa que se asume solemne, trágica, “producto de su propio drama”. Ibargüengoitia toma esos presupuestos y los anula. Así, se permite hacer mofa de la política, la historia, la religión, la sexualidad, la academia, los héroes, los próceres, la corrección política, el discurso nacionalista, las falsas y temporales deidades simbólicas.
            En Maten al león uno se encuentra el contrarrelato de la novela de dictadores que autores como Vargas Llosa, Roa Bastos o Asturias llevaron al cúmulo de la exposición de horrores y tragedias. Ibargüengoitia también lo hace, pero para esto se vale de la parodia, la hipérbole y una capacidad tremenda de observar los elementos que caracterizan a esos caudillos eternizados en el poder. Resalta también la manera en la cual construye los nombres de sus escenarios y sus personajes: en este caso la historia ocurre en la República de Arepa, una isla circular en donde sobreviven mulatos e indios guarupas bajo el dominio de la aristocracia a la vez tirana que completamente patética. Incluida la oposición “progresista”.
            Es así como esta novela utiliza el humor para hablar de los métodos utilizados en todas las dictaduras latinoamericanas del siglo XX: la delación, la tortura, las componendas políticas al interior y la vendimia patria con interés personal hacia el exterior. También pone en evidencia la falta de proyecto que las fuerzas opositoras de esos regímenes solían tener, a saber, un pueblo de conspiradores que no saben a ciencia cierta que harán con el poder cuando lo adquieran. El final de la novela es uno de los más poéticos (sin dejar de ser cómico) de los que se han escrito en las historias de dictadores. Y sería una gran invención cómica, si no fuera porque está basado en el caso real del asesinato de uno de los más célebres tiranos centroamericanos. Una novela tan divertida no se merece esta reseña tan aburrida. En fin, que no todos nacen con el don. Ibargüengoitia sí, y mientras vivió lo compartió con creces.

Jorge Ibargüengoitia, Maten al león, México, Joaquín Mortiz, 1984.

lunes, febrero 27, 2012

Día seis: un libro de un Premio Nobel

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez
Suena a lugar común. A recurso de lector falto de referentes. Pero no. Creo que la decisión de hacer un posgrado en estudios latinoamericanos estuvo influido por la lectura de textos que hicieron que esa idea de una Patria Grande (idealismo, esencia y chovinismo desterrados) fuera una cuestión que se reflejaba más allá de la pura retórica. Y en esta obra de García Márquez quedan patentes algunas de las cuestiones asociadas a la historia compartida de América Latina.
         Por ahí pasa la explotación que la United Fruit ejerció en las bananeras durante gran parte del siglo XX, la descripción de la supuesta “vocación autoritaria” que hace que nuestros países rueguen porque los milicos lleguen “a poner orden” donde siempre ha habido caos (incluso cuando han gobernado los que se suponen iban a ordenar), la idea de la exuberancia vegetal-animal-erótica propia de la crónica de Indias y que García Márquez, no queda claro hasta qué punto de manera consciente, convierte en referente ineludible. Y también, de manera dolorosa, está la falta de memoria que nos orilla a cometer siempre los mismos errores.
         Que después poner a volar mujeres y hacer que la caca se convirtiera en mariposas amarillas se convirtiera en una moda, creo está más allá de la misma obra. Que se generó una pléyade de imitadores del “realismo mágico” que hizo que las descalificaciones tocaran incluso a esta novela, es otra historia. Yo me quedo con las imágenes, luminosas-nuevas-por-completo que se despertaron en mí la primera vez que lo leí. Lo demás será, ya verán, lo de menos.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, México, Diana, 1992.