jueves, abril 14, 2011

A propósito


Para Norma y Benjamín, hoy.

Ella había sido muchas cosas en sus otras vidas. Cosas sin alma y cosas con vida. Empezó como polvo estelar, después molécula de agua, bacteria acuática, pez dorado, dinosaurio rosado, ave rapaz volando por el cielo, nube viajera, las hojas de un árbol, la ola de un mar furioso, remolino de aire, luz atravesando el tiempo, primate volando de árbol en árbol, oráculo de fortunas, causante de guerras, poema inconcluso, planeta deshabitado, caja de sorpresas, café instantáneo, hojitas de té, caldito de pollo, oídos abiertos, consejera eficiente, martillo en carpintería, ojitos llorosos, vodka providencial, coleccionista de juguetes, mujer en resumen.
          Él fue también antes de ser. Electrón perdido, átomo de hidrógeno, virus simbiótico, calamar a propulsión, tiranosaurio rex, conejo de orejas largas, germinado sediento, colibrí de selva, barquito a la deriva, vaca en medio de tornado, segundo iluminado, antropoide bípedo, brujo medieval, soldado en las trincheras, teoría de la dialéctica, satélite artificial, cubo rubik, leche condensada, infusión oriental, cuchara sopera, silencios exactos, paciente impaciente, clavo en la cruz, lentes de contacto, cerveza espumosa, vaquero de tela, hombre al final.
          La evolución colisiona. Él ha dicho que sí y ella también. Sólo quedan ellos. Los dos. Y el universo a la distancia.

martes, abril 12, 2011

Estación soledad

(Fotografía de Pringarica)

—Nos dejaron solos.
          La voz de Iván me irrita cada vez más. Sólo abre la boca para quejarse. Para confirmar algo que los demás sabíamos. Los hijos de puta nos han olvidado.
          —Estación R467, transmitiendo. Si alguien escucha este mensaje, responda por favor.
          La voz de Giordano. Intenta encontrar a alguien que nos pueda sacar de este hoyo. Como si no hubiera sabido desde el principio que estábamos condenados a morir aquí. Que el precio de explorar este rincón del universo era precisamente perder todo lo que nuestra vida normal representaba.
          —Hoy tenemos pepinos, monstruos. Bueno, sobrecitos de pepino. ¿Quién va a querer que se los prepare?
          Diego. De todos, creo que es el más imbécil. Es el psicólogo de la misión y parece el más loco de todos. Trata de mostrarse alegre, optimista. Hace bromas a la tripulación y se ríe de sus chistes simplones. Funciona como una máquina. Una jodida máquina de juegos. Las más inútiles de todas.
          —Tendremos que salir, colegas. Es probable que si movemos el equipo de transmisión a una zona con menos incidencia de tormentas de arena, alguien nos pueda ubicar y baje a buscarnos. No arreglamos nada acá encerrados.
          El buen John. Siempre tiene un plan. Siempre sabe qué es lo que hay que hacer. Tiene calculado todo. Pero nunca se atreve a ir más allá de la punta de su lengua. Observa con atención si alguien secunda su idea. Todos le dirigen miradas de soslayo, pero nadie le contesta. Él retorna a una especie de mutismo que dura unas cuantas horas, antes de darle otra vez a la cantilena que los demás nos sabemos de memoria.
          —Las probabilidades de sobrevivir se han reducido en un 45/700 con respecto de la guardia de ayer. Tendremos que administrar oxígeno de manera tal que podamos garantizar un estado de lucidez por lo menos durante los siguientes once meses. Después no se puede hacer nada. Habrá que evacuar…
          Los cálculos de Wolf. Eficiente como la mejor computadora. Él y su tabletita llena de estadísticas y funciones de probabilidad son la pesadilla de cualquiera que se precie de ser un poco normal. Wolf vuelve a hacer sonar su aparatito y nos muestra la gráfica de riesgo. La pendiente ha disminuido dramáticamente durante los últimos cuatro meses.
          —Desátenme, hijos de puta. No pueden tenerme así, desgraciados. Si me logro soltar los mataré a todos, pueden estar seguros. Son unas mierdas. Cabrones. Malnacidos.
          Le arrojo un tornillo a Jorge. El loco. Unas semanas antes intentó degollar a John mientras éste dormía. Llevaba una espátula de las que utilizamos en las expediciones de campo. El musculoso Iván impidió que el homicidio se consumara. Con la muerte de Mariana, en la tercera salida programada, tuvimos más que suficiente. Las tormentas de arena son frecuentes. Azotan sin avisar y arrastran consigo piedras enormes. Mariana no tuvo oportunidad. Una roca rompió la visera del casco y la cabeza le explotó antes de que se enterara de lo que le había ocurrido. Probablemente fue lo mejor que le pudo ocurrir. No puedo pensar que le hubiera pasado de haber permanecido aquí, encerrada entre hombres. En medio de este calor y con la tensión rompiendo los límites de todos. El otro día sorprendí a Giordano, compartimos habitación, masturbándose mientras miraba uno de los manuales de montaje de las antenas exteriores. Se percató de mi presencia. Me mostró el pene y sonrió. Salí de ahí.
          Todos están volviéndose locos. Pareciera que las cosas marchan, pero no es así. En cualquier minuto alguno explotará y sus sesos salpicarán a los demás. Alguno tomará el boleto de ida y nos arrastrará por la escotilla. No estoy dispuesto a que otro decida mi destino. Sé que voy a morir. Lo tengo claro.
          —Nos dejaron solos.
          Otra vez la voz de Iván. Me ha irritado lo suficiente. Giordano mueve por enésima vez los controles de la radio. Diego me acerca un sobre con pepinos “preparados”; niego con la cabeza, sus enormes dientes me sacan de quicio. John se mueve hacia el interior de la estación, finge buscar su equipo de exploración. Entonces escucho la voz de Wolf, siempre en búsqueda de la eficiencia:
          —Marco, ¿dónde pusiste los explosivos que sobraron de la última salida?
          Lo miro fijamente.
          —Nos dejaron solos— le digo.
          Aprieto el botón.

martes, abril 05, 2011

Rueda y carrusel

(Imagen de Víctor Jurado)

En la ciudad de Jurega hay una rueda de la fortuna que sirve para que la gente desaparezca. No es ningún acto de magia, ni nada parecido. Las filas son enormes. Hombres apesadumbrados acuden en masa a subirse a la rueda. Ésta hace paradas cada diez minutos, cuando un operador que tiene sombrero de copa y un gato trepado en el hombro activa un interruptor. Entonces aparecen los asientos vacíos, balanceándose sin nadie dentro. Los suicidas se han sentido bendecidos. No quieren muertes violentas, ni dolorosas, ni pesares que heredar a su familia. Sólo desaparecer. Llegan, pagan un boleto que vale unas cuantas monedas, esperan en la fila, suben y desaparecen. La rueda pasa días funcionando. A su lado se han establecido puestos de algodón de azúcar rosa, tiros al blanco, vendedores con globos. El presidente municipal de Jurega devela una placa que dice “Ciudad de la rueda de la desfortuna”. Acuden muchos curiosos, los hoteles se llenan, la economía prospera. Físicos llegan para buscar hoyos negros, portales interdimensionales. No hallan nada. Se enojan. Piden más presupuesto a sus gobiernos. Vuelven a fallar. Son el hazmerreír.
            Lejos de ahí, en el pueblo de Orado, los habitantes anuncian sorprendidos que el zócalo de la ciudad se ha visto invadido por una serie de carruseles de caballitos que aparecen de la nada. Los carruseles dan vueltas a gran velocidad. Sobre los caballitos de cartón piedra se puede ver a muchas personas. La cara de terror es indescriptible. Algunos se quieren bajar de su carrusel, pero la velocidad de éste se los impide. Los habitantes del pequeño pueblo esperan, con paciencia, el momento en que el zócalo no tenga más espacio para los carruseles que siguen apareciendo. Nadie sabe qué pasará.

sábado, marzo 12, 2011

Lovely Rita


Santa Sabina tiene un significado especial en mi vida. Forma parte de la banda sonora que me acompañó durante mi travesía en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM en plena efervescencia neozapatista y rocanrolera mexicana. Los días en que Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Caifanes, La Lupita, La Castañeda, Tijuana No (con todas las limitaciones de sus contextos) conformaban un colectivo de expresión cultural en el que los jóvenes de la crisis neoliberal de los noventas nos podíamos identificar. 
          Y en medio de todos ellos estaba Santa Sabina. El grupo que se presentaba como el homenaje a la sacerdotisa de los hongos, María Sabina. Uno de las bandas con mayor respeto por la armonía, la melodía y la lírica. No era un grupo comercial. El impulso lo recibió por formar parte de un grupo más grande de bandas. Pero la complejidad de sus letras no los hacían parte de una propuesta digerible. Y, sin embargo, hacían cosas que les gustaban, que los volvían únicos dentro de un contexto donde la víscera y el grito prevalecían. Como el concierto acústico que organizaron en el bar El Hábito en Coyoacán en 1994, en el año que nos dio razones de lo que habíamos llegado a ser. Fuimos, Leonardo Frías y yo, a todos las presentaciones de ese concierto. Sin cansarnos de repetir la experiencia de una propuesta que nos entusiasmaba y nos hacía tener larguísimas pláticas sobre lo que era importante en ese momento: música. Escribí una crónica para una materia de la universidad que relataba mi experiencia en esa serie de conciertos. Eran seis páginas escritas en mi lettera 32. Llenas de entusiasmo y, en cierta medida, de amor adolescente producto de las revleaciones. Me gustó a mí. Le gustó a la profesora. Le gustó mucho a Leo y se la regalé. No me arrepiento, pero hoy me gustaría pasar la vista por esas líneas que escribí de manera, seguramente, idealista e ingenua.
          Es probable que la marca que dejó en mí asistir a esa serie de conciertos fue una de las cosas que me animaron a elegir al rock mexicano de los noventas como el tema de mi tesis de licenciatura en periodismo. En ésta, Santa Sabina tiene un papel protagonista. Pocos críticos o periodistas le pueden regatear falta de calidad o coherencia social y política. 
          En un plan más personal, durante cuatro años habité un departamentito de Murillo 89 en la colonia Mixcoac (conocido como "Lecumberri" por la disposición de las casas) en donde también vivían Poncho Figueroa y Patricio Iglesias. Fue una época de crisis donde el extraordinario baterista combatía a sus propios demonios en demedro de las actuaciones de la banda. Fueron días de pláticas fugaces con Poncho que, tras de sus serenos ojos claros, observaba y escuchaba con atención mientras conversábamos de cosas dispersas. 
          Hoy aparecen en mi memoria como retazos cubiertos de niebla. Como recuerdos que pertenecen al campo del sueño o al de la ficción. Como si uno negara la existencia de lo que alguna vez fuimos. Como si aquellos rostros casi infantiles de los noveles músicos en Ciudad de ciegos (México, Alberto Cortés, 1991) no se reconocieran en lo que llegaron a ser después.
          Por la mañana, mientras leo el diario, me entero de la muerte de Rita Guerrero. No puedo evitar un vuelco en el corazón. Una sensación de ausencia me invade. Uno entiende el duelo como la sensación de la ausencia de alguien cercano. Porque Santa Sabina y Rita Guerrero estuvieron siempre ahí. A la distancia de un CD, de una lista de reproducción, de un clic. Siempre dispuestos a hacer leve el tiempo que a veces se nos hace eterno. No puedo evitar cerrar los ojos y dar clic. Esperar la voz que traiga la calma. La voz de Lovely Rita.

domingo, febrero 20, 2011

Volver


He abandonado momentáneamente algunas cosas. Como este blog. Un espacio que quiero y que me ha dado satisfacciones, amigos, sorpresas y, también, algunos disgustos. Pero del cual no se me ocurriría renegar nunca. Mis preocupaciones han mudado de lugar y de contexto. He pensado en abandonar el sitio, en que quede ahí, a la deriva, como una botella lanzada al mar con sus mensajes ociosos, contradictorios otros, o simplemente, catárticos. Igual a alguien le sirven. Probablemente alguien pueda hacer algo con lo que quedaría flotando en este espacio cibernético casi infinito.
          Pero bueno, justo cuando estoy a punto de oprimir el botón descubro que me falta valor para hacerlo. Que borrar con un "accept" este rincón que cuenta su medio millar de entradas y su media década corta de posts esporádicos, a veces múltiples y otro tanto ausentes durante largos periodos de tiempo, me resulta poco más que difícil.
          Quiero regresar a publicar cosas por acá. A veces lo necesito. Así pues, los saludo de nuevo y acá parte un nuevo comienzo.