miércoles, junio 30, 2021

Mariposas amarillas, unicornios azules, hombres con colas de puerco y otras bestias fantásticas

 

Michi Strausfeld (Recklinghausen, Alemania, 1945) es una editora y estudiosa de la literatura latinoamericana, reconocida en múltiples países como una de las principales impulsoras de las obras de varios de los escritores de la región y de la traducción de las mismas. Como editora, además, apoyó la publicación en alemán, a través de la casa Suhrkamp/Insel, de las obras más representativas del boom latinoamericano y de algunos autores posteriores a ese seísmo dentro de las letras del subcontinente.

         En Mariposas amarillas y los señores dictadores. América Latina narra su historia (Debate, 2021) se propone una tarea con la que más de uno de quienes estudiamos a América Latina hemos fantaseado: la idea de contar la historia de la región a través de la literatura de la misma. Y Strausfeld consigue una obra entretenida, informada y sintética que logra, sobre todo para el lector europeo, dar un panorama de lo que es el objeto de estudio que denominamos a partir de esa delimitación que la Francia napoléonica estableció para los países americanos que no pertenecían al ámbito anglosajón.

         La autora comienza su periplo histórico-literario con la Conquista europea y los caballeros (anacrónicamente) medievales que consiguieron tal hazaña. Es sobresaliente la nómina de obras y autores que menciona como referentes de ese acto inaugural del Nuevo Mundo, así como los tratamientos que sobre el tema se han hecho. La estructura del libro es coherente y se constituye por un somero recuento histórico, descriptivo y general, que no subvierte los relatos hegemónicos acerca de los procesos vividos en nuestros países; después recupera la nómina de algunas obras literarias que han abordado cada uno de los periodos históricos en particular; y, como entremeses a cada una de esos recuentos, la crónica sobre el encuentro de la autora con los nombres de los autores cuyas obras describe (García Márquez, Cortázar, Isabel Allende, Elena Poniatowska, Paz, entre otros).

         Es un libro muy amable con el lector, con un tono accesible para quien se acerca sin la pretensión del especialista a este tipo de temas, bullente de anécdotas personales y pequeñas historias que dibujan el carácter de aquellos autores incluidos en la memoria y aprecio de la autora. Es interesante, por ejemplo, descubrir la valoración y la interpretación de Isabel Allende, a quien considera mucho más que una imitadora del estilo de García Márquez y que anima, sinceramente, a la revaloración de la obra de la chilena, más allá de su biografía y de lo que la crítica ha afirmado sobre varios de sus libros.

         Se nota en el libro un trabajo que fue fraguado durante toda una vida, que no es producto de una ocurrencia o de un proyecto necesario de presentar a la editorial para salvar el año en términos de producción literaria. Los textos en los cuales se basa Strausfeld reflejan una tarea consciente y consistente a lo largo de su vida. Además de una pasión que se refleja en los párrafos que entrega, quizás, como legado de esa vida de estudio y simpatía por los temas latinoamericanos.

         De manera personal, lo más rescatable del texto es el acercamiento a una bibliografía básica acerca de la literatura brasileña, esa manifestación desconocida por la mayoría de los lectores hispanohablantes, pero que tiene una vitalidad y una importancia fundamental para la construcción de la idea de lo latinoamericano desde fuera. Y, otro de los aciertos, es la inclusión de una bibliografía extensa que debería ser de referencia para cualquier persona que se interesa por América Latina como objeto de estudio; en esa lista de fuentes consultadas y referidas hay un curso completo de literatura latinoamericana que implica una dedicación de varios años para cubrirlo, pero que se adivina fascinante.

         Algo que podríamos anotar como desventaja del volumen es ajeno a los objetivos y posibilidades humanas de la autora: por un lado, la parcialidad con respecto del corpus elegido, en donde los títulos que tienen traducciones al alemán son los que predominan, y en donde la literatura del boom no deja de ser un fantasma omnipresente;  por otro, la falta de referentes contemporáneos con respecto de lo producido en nuestros días en los diversos países latinoamericanos, más allá de la nómina de representados por las diversas agencias literarias y los apadrinados por algún tótem cultural, la muestra de lo que hoy representa lo latinoamericano desde América Latina es incompleta. No hay mención alguna, por ejemplo, de las manifestaciones que la fantasía en sus diversas facetas (medieval, ciencia ficción, imaginación) tienen en la actualidad o de la manera en como los subgéneros (más allá de la literatura negra, de la cual los alemanes son voraces consumidores) están modificando el mapa de referencia del canon de lo que se lee desde el interior del propio continente. Esto último se debe, quizás, a la deriva realista-histórica que pretende el volumen (aunque la presencia tremenda de Borges lo cuestione).

         En conclusión, es un excelente libro que permite asomarnos al canon que la tradición europea (eso que se sigue llamando “literatura universal”) ha construido para entender y asomarse a los países latinoamericanos; es una visión sintética, práctica y útil de los procesos más representativos de la historia de nuestro continente; y, en última instancia, es una obra que no permitirá al lector abandonar su lectura, merced la experiencia que la autora ha vertido como editora de muchos éxitos de ventas en su propio país.

viernes, junio 11, 2021

Lo simultáneo y lo imposible

 



El principio de incertidumbre plantea, según una analogía para legos como yo, la imposibilidad de establecer la posición y dirección de una partícula cuántica en un momento determinado, entre otras cosas porque para poder “verla” se requiere de un fotón, lo cual modificaría los elementos que se intentan establecer con respecto de la partícula, generalmente un electrón. También leí en algún lado que esa incertidumbre abría asimismo la posibilidad de que se pudiera detectar la misma partícula en dos lugares simultáneos, una de las premisas para pensar en la idea de los universos paralelos, por ejemplo.

         Es a partir de imágenes y de conceptos como estos que Cecilia Magaña (Ciudad de México, 1978) construye una compleja trama en donde la incertidumbre muda de forma cuántica a cuestión metafísica. Principio de incertidumbre (Paraíso Perdido, 2020) narra la historia de Marta, una mujer que busca los motivos y las causas por las cuales su hermano Ulises se suicidó ahogándose en una alberca.

         A través de diarios, transcripciones de entrevistas, monólogos internos y un narrador omnisciente pendular, nos enteramos de la vida, en apariencia sin perspectivas positivas, del otrora estudiante de Física. Una serie de personajes bien delineados por la autora desfilan ante nuestros ojos otorgando elementos para desentrañar el misterio que envuelve la muerte de ese hermano que se adivina cercano pero que no lo es del todo.

         El misterio es una de las cuestiones presentes a lo largo del libro. Además de las proposiciones disparatadas que echan a andar la trama. Un experimento científico que implica necrofilia y universos paralelos, sumado a un embarazo posible en el trance es, además de inquietante, la pieza del rompecabezas que pone a girar la mente de Marta con respecto de los motivos que llevaron a su hermano a quitarse la vida.

         Escuchamos voces, leemos las notas del diario del muerto, atestiguamos el encuentro de Marta con aquellos que sospecha saben más de lo que aparentan. Y el lector lo llega a creer también. El título de la novela es exacto. Cada uno de los entrevistados da su versión, pone su mirada sobre los hechos que involucran a ese grupo “raro” de estudiantes entre los cuales está su hermano, una femme fatale y un oportunista que siempre busca sacar provecho de sus acciones y sus omisiones. Esa mirada modifica por completo la historia, la versión que Marta construye sobre el hecho. La misma mirada de Marta sobre los cuadernos, las personas, los cuerpos de los otros involucrados modifica también la historia.

         Y, de manera simultánea, la mirada del lector hace posible esa alegoría con respecto del principio físico: ¿es “real”, “cierta”, “verdadera” la versión que Marta cree estar construyendo? ¿O es sólo una forma de intentar darle sentido al dolor que implica la pérdida del hermano? ¿O acaso un pretexto para acercarse a las tentaciones eróticas, las posibilidades emanadas de su proceso de investigación? Nada hay verdadero, nada hay real. La propuesta del experimento necrofílico es igual de disparatada que buscar una explicación que satisfaga todas las dudas.

         Magaña ha creado una obra rica en mecanismos narrativos, en donde se nota una técnica depurada y una serie de instrumentos que hacen de esta narración algo completamente fuera de lo típico. Hay ecos de Bioy Casares, de Piglia, de Pablo de Santis. Una historia fantástica que genera la incertidumbre sobre su naturaleza: ¿dónde y cuándo ocurre? ¿Es posible saberlo? ¿Queremos saberlo?

viernes, mayo 28, 2021

El punk no tiene la culpa de lo que pasa aquí

 


¿Quién se imaginaría que esos jóvenes de ropas lustrosas y cabellos erizados contra el cielo terminarían escribiendo lemas comerciales para publicidad o buscando la manera de tener un trabajo fijo y con horarios? El punk envejeció al igual que sus representantes más rabiosos, más atascados, más violentos. O quizás no, quizás el punk no puede morir porque va más allá de la apariencia o de las reglas que valían para un mundo que ya no existe. Quizá revive en espíritu de los adolescentes que no se identifican con el reguetón, pero sí con pintarle dedo a la autoridad, a los maestros, a los carteles de los políticos. Misterio.

         En Tratado de ortografía. Una novela sobre el rock radical vasco (Resonancia, 2021), Patxi Iruruzun (Pamplona, 1969) relata la historia de uno de esos duros que entre vómitos, escupitajos y olor a rebeldía hicieron temblar las convenciones sociales en la época de la apertura española posterior a la caída de la dictadura franquista. El subtítulo es una trampa, si el lector busca alguna biografía o crónica sobre los grupos asociados a esa delimitación musical quizás sea defraudado. La sombra de Kortatu, de Negu Gorriak y otros básicos aparece de manera difuminada a lo largo de las páginas, sin ser el motivo principal de la historia contada.

         La trama aborda la vida del vocalista de Los Tampones, gloria del rock radical vasco, que en los días que corren sortea la depresión que viene junto a su reciente viudez de una chica de ensueño, Maider, con quien ha procreado a dos hijos: Silvio (por el cubano, aunque después lo niegue) y Janis (por la bruja cósmica), a quienes tiene que encaminar por la vida sin saber muy bien cómo hacerlo.

         En ese intento de comprensión acerca de la mejor manera de llevar a cabo su paternidad responsable, el narrador protagonista nos cuenta la historia de su grupo de punk, las causas de su celebridad, la manera en cómo conoció a su pareja fallecida, su formación como escritor de novelas históricas de público limitado. Todas las anécdotas aparecen como entradas en un diario que va de noviembre de 2018 a mayo de 2019, por lo que referencias a cuestiones cotidianas como la interacción en redes sociales y la precariedad alcanzada socialmente por el avance del capitalismo son parte del contexto en que se desarrolla la novela.

         Se agradece mucho el humor que desprende la descripción de diversas escenas cotidianas (como la obsesión por el cuerpo de algunos runners) o la manera en cómo se ha modificado el uso del tiempo libre por las nuevas generaciones. No es un libro tiranetas, sino una ventana que comparte con el lector su incomprensión del tiempo que ya no reconoce como propio. De ahí los cuestionamientos con respecto de temas como el éxito, la trascendencia o la misma paternidad.

No hay perfección ni receta, parece decir Irurzun a través de su personaje. La aparición de una guerrilla ortográfica que se dedica a corregir letreros de anuncios en la vía pública, una fantasía compartida por más de uno, se convierte en la posibilidad de acercamiento a los antiguos compañeros de aventuras musicales. La organización de un concierto para recaudar fondos a fin de mejorar las condiciones del colegio al que acuden sus hijos se convierte en el pretexto para la evocación de nuevas escenas del pasado. También es el motivo para una de las escenas más previsibles de la historia, pero no por eso menos entrañable, hacia el clímax y desenlace del relato.

Es un libro entretenido, crítico, que mira con ojos frescos y con cierto cinismo la sociedad que habitamos y la manera en cómo los principios que en algún momento defendimos envejecen de maneras diversas. A veces para convertirse en convicciones de vida y de dignidad ante un sistema que, parece, no cambia en su voracidad y ambición. Déjenlo sonar.

jueves, mayo 13, 2021

Gabo, maestro de la cumbia

 



En el artículo final del curso que doy en la universidad un estudiante mencionó un ejemplo de cómo la ficción que “interviene” la realidad (uno de nuestros tópicos recurrentes, sobre todo en el último módulo). No se sabe a ciencia cierta cuántos fueron los muertos de la represión del gobierno colombiano hacia los obreros agrícolas durante las huelgas bananeras de principios del siglo XX, pero se comenzó a dar por cierta la cifra que Gabriel García Márquez menciona en Cien años de soledad. De hecho, una de las características más recurrentes del Nobel colombiano fue, precisamente, ese proceso pendular entre ficción, fantasía y realidad que caracteriza su obra. Un proceso complejo que no se puede etiquetar y guardar en las vitrinas del canon si sólo se reduce a la idea del realismo mágico. 

         Gabo: la magia de lo real (España, Justin Webster, 2015) es un documental que aborda la biografía de García Márquez desde una mirada admirativa, pero que queda justificada al hurgar un poco en los testimonios y el relato que ofrece. Sobresale, por ejemplo, el contraste entre las situaciones particulares de éste y sus coetáneos del Boom, en particular Vargas Llosa y Fuentes, con respecto de la vida de los primeros años; García Márquez entre la pobreza, la orfandad relativa y la vida de la provincia rural y los otros dos en las misiones diplomáticas de los padres o el goce de la vida de clase media en sus países de origen. Porque, finalmente, ese es uno de los grandes misterios a develar: cómo un chiquillo pobre criado por la abuela en el ambiente selvático del Río Magdalena pudo remontar las alturas hasta llegar a ese momento, que también parece mágico realista, de recibir el Premio Nobel en 1982.

         “Lo de escribir es un hobbie, en realidad yo soy maestro de cumbia”, le dice a la reina de Suecia cuando ésta expresa su asombro y fascinación por la rumba que acompañó al proceso de recepción del premio. Frases de esas, anécdotas que conducen a la incredulidad o a la sonrisa se muestran de manera pródiga en el largometraje. Vemos desfilar a personajes familiares, a amigos cercanísimos del periodismo y la literatura, a escritores contemporáneos, al principal biógrafo del autor quien introduce la duda a ciertos episodios y revela lo que su trabajo de vida le ha deparado. Vemos su paso por diversos países, sus primeros pininos en Colombia, su juventud en París como corresponsal, su llegada a México.

         Gabo comparte con Fernando Vallejo la historia de exilio que los hace abandonar su patria merced la violencia y la virulencia política. Uno de los aspectos poco explorados en otros recuentos biográficos encuentra aquí un terreno fértil: la relación estrecha con Fidel Castro y su cercanía con la Revolución Cubana (una forma de ayudar a sus congéneres escritores y artistas, varios de ellos perseguidos por el régimen castrista, según algunas de las versiones presentadas), el testimonio del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán a unos metros del hotel en el que sobrevivía en Bogotá y la huida que emprendió cuando el gobierno de derechas de su país amenazó con encarcelarlo por apoyar, según su juicio, a la subversión guerrillera.

         Y, en medio de todo eso, las historias de inspiración que echaron a andar la escritura de libros como El coronel no tiene quien le escriba, relacionado con sus propias penurias económicas en Europa; El amor en los tiempos del cólera, una historia con final feliz (decía de manera juguetona: “Voy a poner de moda los finales felices”) que refleja la historia de sus propios padres; Crónica de una muerte anunciada, como la historia verdadera de la tragedia de uno de sus amigos de la juventud; Noticia de un secuestro, su aportación a la crónica periodística que aborda los años terribles de dominio del narco en su país.

         Es un documento que, sin ser magistral, revela diversos aspectos que para los neófitos o los enterados a medias serán sorpresivos. Es una muestra también de que la poética de García Márquez (esa que ha sobrevivido tantos parricidios) no es sino el reflejo de lo que fue su propia vida. Está en Netflix.

lunes, mayo 10, 2021

I am your mother

 


La madre conduce por la avenida como si de un campeonato automovilístico se tratara. Los años detrás de ese volante le han hecho un piloto consumado. Gira el volante con la misma pericia con que lo haría el taxista más experimentado de la ciudad. Mira hacia el frente, mira los espejos, atenta al semáforo, una (otra) madre casi niña con dos hijos anudados a sus faldas y uno más en brazos alcanza a cruzar la calle antes de que la fatídica luz verde anuncie el arranque masivo de rugidos y revoluciones.

            —Irresponsable —murmura la madre entre dientes. La niña-madre alcanza el refugio de la otra acera y entonces la madre-piloto acelera hasta el fondo. El asfalto es como un río hirviendo, como la lava de un volcán que se derrumba apenas la Tracker pasa sobre el torrente. La rabia se le acumula en la garganta, serpentea por su estómago, intenta escaparse por sus ojos enrojecidos entre el smog y los antidepresivos que tiene que tomar desde hace cuatro meses.

            En el asiento trasero un niño manipula los controles de un videojuego portátil. Parece muy concentrado en las imágenes estroboscópicas que la pequeña pantalla refleja en sus pupilas. De vez en cuando se retuerce en su asiento, agita el pequeño artefacto y lanza una maldición que se pierde entre los ruidos de vendedores ambulantes, cláxones y la voz furiosa que le susurra al oído y que nadie más puede oír.

            La madre mira por el retrovisor. Mira a su pequeño abstraído por completo en su planeta de controles, palancas y ruidos bélicos. Se pregunta en qué momento dejó de hablar con su hijo. En qué desgraciado instante, ese pequeño le había dejado de preguntar cosas acerca de las imágenes que, como un gigantesco rotoscopio, se sucedían a través de la ventana. Ahora le resulta casi imposible acercarse a él. La televisión es su aliada y su enemiga. Los juegos de video su némesis. La madre se da cuenta, de improviso, que está pensando con las voces de un libro de sociología y sonríe por la broma que se ha hecho a sí misma. Las clases. Ésas que tuvo que abandonar cuando decidió casarse. Vivir junto y para siempre con uno de los empresarios más importantes de la ciudad. Abandonar la escuela, retrasar sus sueños profesionales, renunciar a una vida de aventuras. Abandonar también significó abandonarse, piensa sobre sí en tercera persona. El teléfono celular suena. Repiquetea con insistencia. Ve en la pantalla el nombre de su marido y con un gesto de fastidio decide no contestar. El ruido, que es un grito de exigencia, se extiende más allá del tiempo y, de repente, como un ladrón arrepentido o un asesino con cargo de conciencia, se deja de escuchar. La madre vuelve a mirar por el retrovisor. El hijo sigue perdido en su juego.

            Siente la tentación de prender un cigarrillo. De zafar de un tirón el encendedor de la camioneta y lanzar una línea de humo blanco y espeso por la ventanilla. Se contiene. Sabe que al padre no le gusta que sus hijos los vean fumar, beber, reír. Todo se ha reducido a la emisión de un ejemplo que tiene que darse en la experiencia. No tendremos argumentos para reclamarles cualquier vicio que se les ocurra tomar, cualquier día, si nos ven hacerlo a nosotros todo el tiempo. La voz del padre suena desde el fondo de un tonel vacío. Como la voz de Darth Vader, piensa la madre, que en un arranque de nostalgia e intento de recuperación de las emociones que había enterrado en el pasado había decidido acostarse a ver con su hijo, no éste autista de videojuegos, sino el otro de novelas de aventuras y documentales del National Geographic, la trilogía de Star Wars. La voz de Vader sonaba terrorífica en el sistema de sonido que el padre había tenido a bien adquirir en uno de sus múltiples viajes a Houston. Recordó con claridad el momento de revelación que la había sacudido en su asiento, muchos años atrás y cuando ni siquiera preveía la posibilidad de ser madre (“Creo que hasta era virgen”, dice la madre en voz alta, mientras esquiva al enésimo colectivo que se atraviesa en su camino), el momento cumbre de The Empire Strikes Back; un Luke Skywalker con una mano aferrándose a un barandal y la otra yéndose al fondo del reactor de la Estrella de la muerte: Luke, I'm your father. Recuerda que en ese momento volteó a ver a su hijo, a descifrar la reacción en su rostro, pero no pudo ver nada. El pequeño se había quedado dormido quién sabe desde qué escena. Sintió una rabia irracional, como si todo el esfuerzo que había hecho para que su hijo descubriera junto a ella los misterios de la pérdida, la resistencia, el triunfo del bien, hubieran sido en vano. Miró la cara completamente vencida sobre uno de los hombros del pequeño sabelotodo y sintió el impulso de poner sobre ese rostro angelical la almohada que estaba a un lado de su cuerpo flaco y huesudo. Se imaginó presionando con todo el peso de su cuerpo mientras trataba de dominar los últimos estertores de la muerte. Le dio un escalofrío pensar en una cosa así. Miró el pecho de su hijo subir y bajar al ritmo de su respiración y creyó que estaba realmente a unos pasos del abismo de la locura.

            Los cláxones resuenan en los oídos del hijo que levanta el rostro y mira a su madre inmóvil con la vista puesta en un punto indeterminado. Los pitidos de los automóviles consiguen hacerla regresar a la realidad. El motor de ocho cilindros se hace notar bajo ese cofre negro castigado por el sol que ya comienza a asomarse por en medio de los rascacielos que se alinean a uno y otro lado de la calle. El hijo regresa a su videojuego pero su mente está en otro lado. En esa voz que escucha dentro de su cabeza y que le pide matar a su madre. No sabe como acallarla, por lo que la escucha con atención. Sería fácil, un disparo en la cabeza y la maldita se muere de inmediato. Lo sabe, es lo más fácil, lo más visto. Pero no sabe dónde conseguir una pistola. Una de verdad. Una que mate de a de veras. Con un cuchillo, cuando esté dormida, vas y le cortas el cuello. La sangre correrá hasta que se muera. Un cuchillo, sí. Comienza a contestarle a la voz. Pero entonces ella sabrá que yo la he matado. Es posible que se salve y entonces ella me matará a mí. Si se muere, regresará como zombie para comerme el cerebro cuando esté durmiendo. GAME OVER. La pantalla parpadea. El hijo sabe que ha perdido porque no está concentrado. La voz le vuelve a susurrar en el oído. Aplícale una Mano de la Muerte. Como en el videojuego. Una oleada de energía que le arranque la cabeza con todo y cuello. Que sea un Vértigo de fuego. Que se queme de una sola vez y su ceniza se esparza con el viento. El hijo sonríe. Sabe que los trucos de los videojuegos sólo funcionan en los videojuegos. No puede olvidar todas las humillaciones que le ha hecho pasar. Las comparaciones interminables con su hermano. Los gritos a diario porque la escuela es algo que, francamente, no le interesa. Mandarlo con el psicólogo fue la cosa más horrible que pudieron haberle hecho. Un imbécil preguntándole acerca de si quería a sus papis. Así le dijo, “sus papis”. ¿Qué quería el menso ése que le contestara? Que su madre es una loca sin remedio que la mitad del día se la pasa durmiendo y la otra mitad drogada. Que su padre es el único que le cae bien, precisamente porque parece que no existe. Que ojalá su madre fuera como el papá que no se mete con él, ni le pide que se peine o que se limpie los zapatos enfrente de la gente. Claro que cuando estuvo frente al psicólogo fingió con el candor que los adultos creen que los niños tienen. Quiero a mis papás igual. A mi papi porque me compra lo que le pido los domingos y a mi mami porque me lleva todos los días a la escuela. Le hubiese gustado hacerle al doctor ése lo mismo que le hizo al gato de su madre. Aún hay noches en que lo escucha maullar al pie de su ventana. Sabe que se mueve como una serpiente alada por entre los árboles, hasta llegar al descanso de la ventana de su cuarto. Y entonces el gato fantasma, chamuscado, se pone a maullar para recordarle que está ahí, que no lo ha olvidado, que cuando sea el tiempo vendrá por él. En la casa fue un escándalo, la madre buscó por todos lados al asqueroso peludo, y como no lo encontró anduvo de un humor de los mil demonios. Tendría que buscar en el parque. O en las tripas del perro de la esquina. O en el descanso de la ventana del cuarto del hijo...

( e n f r e n ó n)

La camioneta emite un ruido chillón cuando las llantas se tienen que amarrar violentamente al pavimento. El claxon de la camioneta retumba en el aire poniendo a todos sobre alerta. Imbécil, fíjate por dónde caminas. La madre increpa a un joven que atraviesa la calle y, repentinamente, se ha puesto frente a la camioneta sin previo aviso. El hijo observa como el joven le hace una seña a su madre. Tenía que ser vieja, culera. El insulto atraviesa el grueso vidrio blindado y alcanza los oídos del hijo. Éste sonríe. No sabe cuánto daría porque el tipo comenzara a apedrear el vehículo o sacara un arma y despachara a su madre hacia otro mundo.  Como en el Hitman. Llegar corriendo, romper las ventanas de la camioneta y vaciarle la pistola en su cuerpo cansado y decadente.

            La madre mira por el retrovisor. Le dice al hijo que no se asuste, que fue sólo un menso que no se fijó al atravesar la calle. El hijo no contesta y finge estar concentrado en su videojuego. La madre respira y toma un trago de agua de una botellita que siempre trae en la guantera de la camioneta. Se toma una pastilla. El dolor de cabeza se hace cada vez más insoportable. En el alto, la madre se toma las sienes con las dos manos y presiona hasta que comienza a dolerle la presión de verdad. Entonces afloja. Justo a tiempo, el tráfico comienza a avanzar lenta pero continuamente. Suena el teléfono. Otra vez su marido. Contesta. El padre le pregunta si su hijo ya está en el colegio. Para allá vamos, responde ella. ¿Apenas van?, pero si es tardísimo; no vas a llegar. Es lo mismo todos los días. Siempre parece que la madre no llegará con su precioso cargamento hasta su destino. Y todas las mañanas cumple para después desayunar con alguna amiga y conversar acerca de cosas que olvida hacia la mitad del día. Después se mete a ver una película en cualquier cine. Le gustan las salas solitarias. Últimamente se ha dado cuenta que no le importa la película que estén proyectando. Lo que la anima a entrar es la soledad y el olor a desinfectante fresco. Algunas veces ni siquiera puede recordar los títulos de cintas, mucho menos las tramas. Pero no encuentra nada mejor que hacer. Intentó tomar algunas clases en la universidad. Terminar su carrera. Pero su marido fue terminante: estaba de acuerdo, siempre y cuando se siguiera haciendo cargo de la educación de sus hijos. El padre siempre hablaba así: sus hijos. Como si ella no hubiera tenido nada que ver en el proceso. A veces odiaba a su marido y la rutina de mierda en que la había sumergido. Odiaba a sus hijos. Sin embargo, nunca lo decía. No podía confesar ante otros que una de las cosas que más desearía en el mundo era poder echar el tiempo atrás y volver a ser la hija despreocupada que siempre había sido. Se imaginó estudiando periodismo. Viajando por países lejanos. Fotógrafa de guerra. Estar cerca de las balas, del peligro. Enfrentar a la muerte con la misma pasión y sacrificio con los que enfrentaba la vida. No pudo reprimir un estornudo y un escurrimiento de moco comenzó a desconcentrarla. Le pidió a su hijo que le pasara un pañuelo higiénico. El hijo se lo acercó de mala gana. Ella se limpió la nariz. No sabía por qué, pero nunca había podido reprimir ver sus propias excreciones. No podía dejar de ver todo aquello que salía de su cuerpo. Las manchas de la menstruación en las toallas sanitarias, los restos de excremento en el papel higiénico, la comida arrancada de la comisura de los labios en las servilletas. Fue por eso que pudo ver la sangre que salió junto con su estornudo. También sintió como se le había roto algo dentro de la nariz. La sensación de algo caliente que resbalaba por sus fosas nasales la urgieron a respirar por la boca y echar la cabeza hacia atrás. Un camión repartidor pasó a su lado peligrosamente cerca. Sintió el sabor a óxido en la garganta.  Puso la vista al frente para poner atención a la calle y los autos que circulaban en ella. Le pidió al hijo que le pasara más pañuelos estirando la mano.

            Cuando el hijo vio la mano manchada en algunos de sus dedos con una sangre que se secaba rápidamente sintió curiosidad por saber si lo que pensaba se traducía en hechos. Le alcanzó a la madre la caja completa de pañuelos. Un pañuelo envenenado no dejaría huellas, un veneno que le llegara al corazón y lo volviera de piedra. El hijo se asomó entre los dos asientos del frente y miró cómo su madre trataba de detener la hemorragia que comenzaba a ser insoportablemente incómoda. El hijo vio cómo iban cayendo uno a uno los pañuelos manchados de un púrpura que erizaba los vellos de los antebrazos. Probablemente se está muriendo de a poquito, alcanzó a pensar. La madre se dejó un pedazo de pañuelo en las fosas como si fuese un tapón. Al hijo le pareció grotesco. No devolvió la vista durante un rato a su videojuego y se quedó viendo a su madre que con ese tapón empapado en sangre parecía uno de los mutantes a los que destruía en la pantalla de cristal. La madre lo vio asomando su cabeza entre los dos asientos y lo creyó preocupado por lo que le estaba pasando.

            —No te preocupes, no es nada. Mira, ya llegamos a tu escuela. A tiempo.

            —Oye, mamá. ¿No podría faltar hoy a la escuela y pasar el día contigo?

            La madre lo miró por un momento. Nunca le había pedido algo así. Era probable que resultara una buena experiencia. Después se acordó del padre.

            —No, mi amor. A tu padre no le gustará saber que faltas a la escuela.

            —Pero papá no está aquí. Podríamos guardar el secreto e irnos a ver una película.

            Una película. La madre se imaginó sentada junto al hijo en una función de matinée en un cine desierto. Recordó al padre.

            —No. Tienes que ir a la escuela. Además ya estamos aquí. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

            —¿Por qué tengo que estar en la escuela, mamá?

            —Porque sí.

            —Pero por qué sí. Nadie puede obligarme.

            La madre sonrió. La pequeña bestia se estaba rebelando. Ese niño estaba haciendo lo que ella jamás se atrevería a hacer.

            —Claro que puedo obligarte. Es más, te ordeno que entres ya. Tu maestra está esperando en la puerta.

            —¿Y quién eres tú para ordenarme?

            La madre puso cara de circunstancia.

            —Lucas, porque I am your mother.

            Después comenzó a reír frente al hijo de una forma que no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. El hijo la miró durante un instante y después sólo le dio un beso en la mejilla.

            —Te quiero mucho, mami.

            —Yo también, hijo. Anda, entra a clases, al rato te llevo al cine.

La madre ve alejarse al pequeño, lo mira subir las escaleras de la entrada frontal de la escuela. De repente el hijo se detiene. Mira a la madre. Comienza a escuchar la voz. Pero claro, cómo no lo habías pensado antes. La Lluvia Mortal de Meteoritos. Sólo una cosa como ésa podría destruir al monstruo. En ese momento el cielo se oscurece y se puede ver la trayectoria perfecta de una roca encendida que atraviesa el cielo hasta caer justo sobre la camioneta. La aplasta por completo. El vehículo explota y miles de sus partes son arrojadas por todos lados. El fuego consume poco a poco la camioneta. Lluvia Mortal de Meteoritos. Entre los hierros retorcidos, el hijo mira la cara descompuesta de la madre y el tapón que a pesar del impacto no se ha salido de la nariz. Escucha la voz de la maestra a su espalda.

            —Entra, que vamos a cerrar.

         El hijo echa una última ojeada al desastre. Una ráfaga de viento lo despeina. Traspasa el umbral y se pierde en un laberinto de pasillos.



* Este cuento se encuentra incluido en Raza de víctimas (Vozed, 2010).