viernes, junio 11, 2021

Lo simultáneo y lo imposible

 



El principio de incertidumbre plantea, según una analogía para legos como yo, la imposibilidad de establecer la posición y dirección de una partícula cuántica en un momento determinado, entre otras cosas porque para poder “verla” se requiere de un fotón, lo cual modificaría los elementos que se intentan establecer con respecto de la partícula, generalmente un electrón. También leí en algún lado que esa incertidumbre abría asimismo la posibilidad de que se pudiera detectar la misma partícula en dos lugares simultáneos, una de las premisas para pensar en la idea de los universos paralelos, por ejemplo.

         Es a partir de imágenes y de conceptos como estos que Cecilia Magaña (Ciudad de México, 1978) construye una compleja trama en donde la incertidumbre muda de forma cuántica a cuestión metafísica. Principio de incertidumbre (Paraíso Perdido, 2020) narra la historia de Marta, una mujer que busca los motivos y las causas por las cuales su hermano Ulises se suicidó ahogándose en una alberca.

         A través de diarios, transcripciones de entrevistas, monólogos internos y un narrador omnisciente pendular, nos enteramos de la vida, en apariencia sin perspectivas positivas, del otrora estudiante de Física. Una serie de personajes bien delineados por la autora desfilan ante nuestros ojos otorgando elementos para desentrañar el misterio que envuelve la muerte de ese hermano que se adivina cercano pero que no lo es del todo.

         El misterio es una de las cuestiones presentes a lo largo del libro. Además de las proposiciones disparatadas que echan a andar la trama. Un experimento científico que implica necrofilia y universos paralelos, sumado a un embarazo posible en el trance es, además de inquietante, la pieza del rompecabezas que pone a girar la mente de Marta con respecto de los motivos que llevaron a su hermano a quitarse la vida.

         Escuchamos voces, leemos las notas del diario del muerto, atestiguamos el encuentro de Marta con aquellos que sospecha saben más de lo que aparentan. Y el lector lo llega a creer también. El título de la novela es exacto. Cada uno de los entrevistados da su versión, pone su mirada sobre los hechos que involucran a ese grupo “raro” de estudiantes entre los cuales está su hermano, una femme fatale y un oportunista que siempre busca sacar provecho de sus acciones y sus omisiones. Esa mirada modifica por completo la historia, la versión que Marta construye sobre el hecho. La misma mirada de Marta sobre los cuadernos, las personas, los cuerpos de los otros involucrados modifica también la historia.

         Y, de manera simultánea, la mirada del lector hace posible esa alegoría con respecto del principio físico: ¿es “real”, “cierta”, “verdadera” la versión que Marta cree estar construyendo? ¿O es sólo una forma de intentar darle sentido al dolor que implica la pérdida del hermano? ¿O acaso un pretexto para acercarse a las tentaciones eróticas, las posibilidades emanadas de su proceso de investigación? Nada hay verdadero, nada hay real. La propuesta del experimento necrofílico es igual de disparatada que buscar una explicación que satisfaga todas las dudas.

         Magaña ha creado una obra rica en mecanismos narrativos, en donde se nota una técnica depurada y una serie de instrumentos que hacen de esta narración algo completamente fuera de lo típico. Hay ecos de Bioy Casares, de Piglia, de Pablo de Santis. Una historia fantástica que genera la incertidumbre sobre su naturaleza: ¿dónde y cuándo ocurre? ¿Es posible saberlo? ¿Queremos saberlo?

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