lunes, mayo 10, 2021

I am your mother

 


La madre conduce por la avenida como si de un campeonato automovilístico se tratara. Los años detrás de ese volante le han hecho un piloto consumado. Gira el volante con la misma pericia con que lo haría el taxista más experimentado de la ciudad. Mira hacia el frente, mira los espejos, atenta al semáforo, una (otra) madre casi niña con dos hijos anudados a sus faldas y uno más en brazos alcanza a cruzar la calle antes de que la fatídica luz verde anuncie el arranque masivo de rugidos y revoluciones.

            —Irresponsable —murmura la madre entre dientes. La niña-madre alcanza el refugio de la otra acera y entonces la madre-piloto acelera hasta el fondo. El asfalto es como un río hirviendo, como la lava de un volcán que se derrumba apenas la Tracker pasa sobre el torrente. La rabia se le acumula en la garganta, serpentea por su estómago, intenta escaparse por sus ojos enrojecidos entre el smog y los antidepresivos que tiene que tomar desde hace cuatro meses.

            En el asiento trasero un niño manipula los controles de un videojuego portátil. Parece muy concentrado en las imágenes estroboscópicas que la pequeña pantalla refleja en sus pupilas. De vez en cuando se retuerce en su asiento, agita el pequeño artefacto y lanza una maldición que se pierde entre los ruidos de vendedores ambulantes, cláxones y la voz furiosa que le susurra al oído y que nadie más puede oír.

            La madre mira por el retrovisor. Mira a su pequeño abstraído por completo en su planeta de controles, palancas y ruidos bélicos. Se pregunta en qué momento dejó de hablar con su hijo. En qué desgraciado instante, ese pequeño le había dejado de preguntar cosas acerca de las imágenes que, como un gigantesco rotoscopio, se sucedían a través de la ventana. Ahora le resulta casi imposible acercarse a él. La televisión es su aliada y su enemiga. Los juegos de video su némesis. La madre se da cuenta, de improviso, que está pensando con las voces de un libro de sociología y sonríe por la broma que se ha hecho a sí misma. Las clases. Ésas que tuvo que abandonar cuando decidió casarse. Vivir junto y para siempre con uno de los empresarios más importantes de la ciudad. Abandonar la escuela, retrasar sus sueños profesionales, renunciar a una vida de aventuras. Abandonar también significó abandonarse, piensa sobre sí en tercera persona. El teléfono celular suena. Repiquetea con insistencia. Ve en la pantalla el nombre de su marido y con un gesto de fastidio decide no contestar. El ruido, que es un grito de exigencia, se extiende más allá del tiempo y, de repente, como un ladrón arrepentido o un asesino con cargo de conciencia, se deja de escuchar. La madre vuelve a mirar por el retrovisor. El hijo sigue perdido en su juego.

            Siente la tentación de prender un cigarrillo. De zafar de un tirón el encendedor de la camioneta y lanzar una línea de humo blanco y espeso por la ventanilla. Se contiene. Sabe que al padre no le gusta que sus hijos los vean fumar, beber, reír. Todo se ha reducido a la emisión de un ejemplo que tiene que darse en la experiencia. No tendremos argumentos para reclamarles cualquier vicio que se les ocurra tomar, cualquier día, si nos ven hacerlo a nosotros todo el tiempo. La voz del padre suena desde el fondo de un tonel vacío. Como la voz de Darth Vader, piensa la madre, que en un arranque de nostalgia e intento de recuperación de las emociones que había enterrado en el pasado había decidido acostarse a ver con su hijo, no éste autista de videojuegos, sino el otro de novelas de aventuras y documentales del National Geographic, la trilogía de Star Wars. La voz de Vader sonaba terrorífica en el sistema de sonido que el padre había tenido a bien adquirir en uno de sus múltiples viajes a Houston. Recordó con claridad el momento de revelación que la había sacudido en su asiento, muchos años atrás y cuando ni siquiera preveía la posibilidad de ser madre (“Creo que hasta era virgen”, dice la madre en voz alta, mientras esquiva al enésimo colectivo que se atraviesa en su camino), el momento cumbre de The Empire Strikes Back; un Luke Skywalker con una mano aferrándose a un barandal y la otra yéndose al fondo del reactor de la Estrella de la muerte: Luke, I'm your father. Recuerda que en ese momento volteó a ver a su hijo, a descifrar la reacción en su rostro, pero no pudo ver nada. El pequeño se había quedado dormido quién sabe desde qué escena. Sintió una rabia irracional, como si todo el esfuerzo que había hecho para que su hijo descubriera junto a ella los misterios de la pérdida, la resistencia, el triunfo del bien, hubieran sido en vano. Miró la cara completamente vencida sobre uno de los hombros del pequeño sabelotodo y sintió el impulso de poner sobre ese rostro angelical la almohada que estaba a un lado de su cuerpo flaco y huesudo. Se imaginó presionando con todo el peso de su cuerpo mientras trataba de dominar los últimos estertores de la muerte. Le dio un escalofrío pensar en una cosa así. Miró el pecho de su hijo subir y bajar al ritmo de su respiración y creyó que estaba realmente a unos pasos del abismo de la locura.

            Los cláxones resuenan en los oídos del hijo que levanta el rostro y mira a su madre inmóvil con la vista puesta en un punto indeterminado. Los pitidos de los automóviles consiguen hacerla regresar a la realidad. El motor de ocho cilindros se hace notar bajo ese cofre negro castigado por el sol que ya comienza a asomarse por en medio de los rascacielos que se alinean a uno y otro lado de la calle. El hijo regresa a su videojuego pero su mente está en otro lado. En esa voz que escucha dentro de su cabeza y que le pide matar a su madre. No sabe como acallarla, por lo que la escucha con atención. Sería fácil, un disparo en la cabeza y la maldita se muere de inmediato. Lo sabe, es lo más fácil, lo más visto. Pero no sabe dónde conseguir una pistola. Una de verdad. Una que mate de a de veras. Con un cuchillo, cuando esté dormida, vas y le cortas el cuello. La sangre correrá hasta que se muera. Un cuchillo, sí. Comienza a contestarle a la voz. Pero entonces ella sabrá que yo la he matado. Es posible que se salve y entonces ella me matará a mí. Si se muere, regresará como zombie para comerme el cerebro cuando esté durmiendo. GAME OVER. La pantalla parpadea. El hijo sabe que ha perdido porque no está concentrado. La voz le vuelve a susurrar en el oído. Aplícale una Mano de la Muerte. Como en el videojuego. Una oleada de energía que le arranque la cabeza con todo y cuello. Que sea un Vértigo de fuego. Que se queme de una sola vez y su ceniza se esparza con el viento. El hijo sonríe. Sabe que los trucos de los videojuegos sólo funcionan en los videojuegos. No puede olvidar todas las humillaciones que le ha hecho pasar. Las comparaciones interminables con su hermano. Los gritos a diario porque la escuela es algo que, francamente, no le interesa. Mandarlo con el psicólogo fue la cosa más horrible que pudieron haberle hecho. Un imbécil preguntándole acerca de si quería a sus papis. Así le dijo, “sus papis”. ¿Qué quería el menso ése que le contestara? Que su madre es una loca sin remedio que la mitad del día se la pasa durmiendo y la otra mitad drogada. Que su padre es el único que le cae bien, precisamente porque parece que no existe. Que ojalá su madre fuera como el papá que no se mete con él, ni le pide que se peine o que se limpie los zapatos enfrente de la gente. Claro que cuando estuvo frente al psicólogo fingió con el candor que los adultos creen que los niños tienen. Quiero a mis papás igual. A mi papi porque me compra lo que le pido los domingos y a mi mami porque me lleva todos los días a la escuela. Le hubiese gustado hacerle al doctor ése lo mismo que le hizo al gato de su madre. Aún hay noches en que lo escucha maullar al pie de su ventana. Sabe que se mueve como una serpiente alada por entre los árboles, hasta llegar al descanso de la ventana de su cuarto. Y entonces el gato fantasma, chamuscado, se pone a maullar para recordarle que está ahí, que no lo ha olvidado, que cuando sea el tiempo vendrá por él. En la casa fue un escándalo, la madre buscó por todos lados al asqueroso peludo, y como no lo encontró anduvo de un humor de los mil demonios. Tendría que buscar en el parque. O en las tripas del perro de la esquina. O en el descanso de la ventana del cuarto del hijo...

( e n f r e n ó n)

La camioneta emite un ruido chillón cuando las llantas se tienen que amarrar violentamente al pavimento. El claxon de la camioneta retumba en el aire poniendo a todos sobre alerta. Imbécil, fíjate por dónde caminas. La madre increpa a un joven que atraviesa la calle y, repentinamente, se ha puesto frente a la camioneta sin previo aviso. El hijo observa como el joven le hace una seña a su madre. Tenía que ser vieja, culera. El insulto atraviesa el grueso vidrio blindado y alcanza los oídos del hijo. Éste sonríe. No sabe cuánto daría porque el tipo comenzara a apedrear el vehículo o sacara un arma y despachara a su madre hacia otro mundo.  Como en el Hitman. Llegar corriendo, romper las ventanas de la camioneta y vaciarle la pistola en su cuerpo cansado y decadente.

            La madre mira por el retrovisor. Le dice al hijo que no se asuste, que fue sólo un menso que no se fijó al atravesar la calle. El hijo no contesta y finge estar concentrado en su videojuego. La madre respira y toma un trago de agua de una botellita que siempre trae en la guantera de la camioneta. Se toma una pastilla. El dolor de cabeza se hace cada vez más insoportable. En el alto, la madre se toma las sienes con las dos manos y presiona hasta que comienza a dolerle la presión de verdad. Entonces afloja. Justo a tiempo, el tráfico comienza a avanzar lenta pero continuamente. Suena el teléfono. Otra vez su marido. Contesta. El padre le pregunta si su hijo ya está en el colegio. Para allá vamos, responde ella. ¿Apenas van?, pero si es tardísimo; no vas a llegar. Es lo mismo todos los días. Siempre parece que la madre no llegará con su precioso cargamento hasta su destino. Y todas las mañanas cumple para después desayunar con alguna amiga y conversar acerca de cosas que olvida hacia la mitad del día. Después se mete a ver una película en cualquier cine. Le gustan las salas solitarias. Últimamente se ha dado cuenta que no le importa la película que estén proyectando. Lo que la anima a entrar es la soledad y el olor a desinfectante fresco. Algunas veces ni siquiera puede recordar los títulos de cintas, mucho menos las tramas. Pero no encuentra nada mejor que hacer. Intentó tomar algunas clases en la universidad. Terminar su carrera. Pero su marido fue terminante: estaba de acuerdo, siempre y cuando se siguiera haciendo cargo de la educación de sus hijos. El padre siempre hablaba así: sus hijos. Como si ella no hubiera tenido nada que ver en el proceso. A veces odiaba a su marido y la rutina de mierda en que la había sumergido. Odiaba a sus hijos. Sin embargo, nunca lo decía. No podía confesar ante otros que una de las cosas que más desearía en el mundo era poder echar el tiempo atrás y volver a ser la hija despreocupada que siempre había sido. Se imaginó estudiando periodismo. Viajando por países lejanos. Fotógrafa de guerra. Estar cerca de las balas, del peligro. Enfrentar a la muerte con la misma pasión y sacrificio con los que enfrentaba la vida. No pudo reprimir un estornudo y un escurrimiento de moco comenzó a desconcentrarla. Le pidió a su hijo que le pasara un pañuelo higiénico. El hijo se lo acercó de mala gana. Ella se limpió la nariz. No sabía por qué, pero nunca había podido reprimir ver sus propias excreciones. No podía dejar de ver todo aquello que salía de su cuerpo. Las manchas de la menstruación en las toallas sanitarias, los restos de excremento en el papel higiénico, la comida arrancada de la comisura de los labios en las servilletas. Fue por eso que pudo ver la sangre que salió junto con su estornudo. También sintió como se le había roto algo dentro de la nariz. La sensación de algo caliente que resbalaba por sus fosas nasales la urgieron a respirar por la boca y echar la cabeza hacia atrás. Un camión repartidor pasó a su lado peligrosamente cerca. Sintió el sabor a óxido en la garganta.  Puso la vista al frente para poner atención a la calle y los autos que circulaban en ella. Le pidió al hijo que le pasara más pañuelos estirando la mano.

            Cuando el hijo vio la mano manchada en algunos de sus dedos con una sangre que se secaba rápidamente sintió curiosidad por saber si lo que pensaba se traducía en hechos. Le alcanzó a la madre la caja completa de pañuelos. Un pañuelo envenenado no dejaría huellas, un veneno que le llegara al corazón y lo volviera de piedra. El hijo se asomó entre los dos asientos del frente y miró cómo su madre trataba de detener la hemorragia que comenzaba a ser insoportablemente incómoda. El hijo vio cómo iban cayendo uno a uno los pañuelos manchados de un púrpura que erizaba los vellos de los antebrazos. Probablemente se está muriendo de a poquito, alcanzó a pensar. La madre se dejó un pedazo de pañuelo en las fosas como si fuese un tapón. Al hijo le pareció grotesco. No devolvió la vista durante un rato a su videojuego y se quedó viendo a su madre que con ese tapón empapado en sangre parecía uno de los mutantes a los que destruía en la pantalla de cristal. La madre lo vio asomando su cabeza entre los dos asientos y lo creyó preocupado por lo que le estaba pasando.

            —No te preocupes, no es nada. Mira, ya llegamos a tu escuela. A tiempo.

            —Oye, mamá. ¿No podría faltar hoy a la escuela y pasar el día contigo?

            La madre lo miró por un momento. Nunca le había pedido algo así. Era probable que resultara una buena experiencia. Después se acordó del padre.

            —No, mi amor. A tu padre no le gustará saber que faltas a la escuela.

            —Pero papá no está aquí. Podríamos guardar el secreto e irnos a ver una película.

            Una película. La madre se imaginó sentada junto al hijo en una función de matinée en un cine desierto. Recordó al padre.

            —No. Tienes que ir a la escuela. Además ya estamos aquí. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

            —¿Por qué tengo que estar en la escuela, mamá?

            —Porque sí.

            —Pero por qué sí. Nadie puede obligarme.

            La madre sonrió. La pequeña bestia se estaba rebelando. Ese niño estaba haciendo lo que ella jamás se atrevería a hacer.

            —Claro que puedo obligarte. Es más, te ordeno que entres ya. Tu maestra está esperando en la puerta.

            —¿Y quién eres tú para ordenarme?

            La madre puso cara de circunstancia.

            —Lucas, porque I am your mother.

            Después comenzó a reír frente al hijo de una forma que no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. El hijo la miró durante un instante y después sólo le dio un beso en la mejilla.

            —Te quiero mucho, mami.

            —Yo también, hijo. Anda, entra a clases, al rato te llevo al cine.

La madre ve alejarse al pequeño, lo mira subir las escaleras de la entrada frontal de la escuela. De repente el hijo se detiene. Mira a la madre. Comienza a escuchar la voz. Pero claro, cómo no lo habías pensado antes. La Lluvia Mortal de Meteoritos. Sólo una cosa como ésa podría destruir al monstruo. En ese momento el cielo se oscurece y se puede ver la trayectoria perfecta de una roca encendida que atraviesa el cielo hasta caer justo sobre la camioneta. La aplasta por completo. El vehículo explota y miles de sus partes son arrojadas por todos lados. El fuego consume poco a poco la camioneta. Lluvia Mortal de Meteoritos. Entre los hierros retorcidos, el hijo mira la cara descompuesta de la madre y el tapón que a pesar del impacto no se ha salido de la nariz. Escucha la voz de la maestra a su espalda.

            —Entra, que vamos a cerrar.

         El hijo echa una última ojeada al desastre. Una ráfaga de viento lo despeina. Traspasa el umbral y se pierde en un laberinto de pasillos.



* Este cuento se encuentra incluido en Raza de víctimas (Vozed, 2010). 

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