lunes, mayo 12, 2008

Por último, Malena




[...] Al llegar a mi casa pasé a la cocina para subir un cartón de leche cuando mi madre apareció de la nada, como era su costumbre y me hizo un anuncio que me dejó helado. Tienes visita. ¿Quién? Supongo que es una sorpresa así que supongo no debo de decírtelo. Subí a mi cuarto tranquilamente, no había ningún tipo de ansiedad o urgencia por descubrir quién me esperaba arriba en mi pequeño refugio. Además, tenía la seguridad de que nadie era lo suficientemente importante como para obligarme a acelerar una vida que ya desde tiempo atrás funcionaba solamente en stand by. Sin embargo, debo confesar que sí fue una sorpresa encontrarme con Malena sentada en mi sillón leyendo uno de los pocos libros que hay en ese lugar. Cuando escuchó que había entrado clavó sus ojos que en mí tenían un efecto radiactivo y me sonrió. Le devolví la sonrisa y caminé hacia ella. Ella saltó del sillón como si tuviera resortes. Estaba un poco más delgada y lucía bajo los ojos unas ojeras de reciente adquisición. Y las ojeras, pregunté, se te murió alguien o qué. Ella río discretamente, lo que quería decir que el comentario no había sido todo lo afortunado que se proponía. Me morí yo, dijo de repente, y me estoy guardando luto. Mi vida es una mierda. No sé que es lo que tengo que hacer. Me separé del vejete con el que mi padre me casó y ahora gozo de cierta holgura económica. Sin embargo, mis días pasan entre ir a vagar por lugares que no conozco, entrar a cines desiertos en las matinés de entre semana y pasear por los pasillos del supermercado por horas para terminar comprando un paquete de chicles. Ya no sé que hacer. De repente me di cuenta que los únicos momentos en los que siento que soy importante y que mi vida tiene un poco de tranquilidad es cuando estoy contigo. Sé que eso no ocurre muy seguido ni está cargado del significado que debería de tener, pero es lo que siento. Hoy desperté pensando en ti. En la última vez que nos vimos. Tiene entre sus manos un llavero de la torre Eiffel que se mueve escandaloso y que amenaza en cualquier momento con encenderse por completo. Nos miramos triste, largamente. Ella sonríe mientras yo busco una música que llene el vacío de palabras existente entre los dos. No encuentro ninguna que me acomode. Pongo el primer disco que aparece a mano y resulta que el azar es mucho más eficaz que la búsqueda consciente. Perdimos estabilidad. Malena pregunta cómo me va. Respondo lo que espera, una palabra solitaria, ambigua, perra entre todos los pensamientos que en este momento me asaltan. Bien. Nada más. Podemos palpar la distancia entre uno y otro. Los miles de kilómetros existentes entre mis labios y los suyos. Entre mi cuerpo y el suyo. Finjo buscar un libro en lo alto de la repisa cuando siento su abrazo. Me aprieta por la espalda, fuerte mientras su cabeza se recuesta contra mi cuerpo como si de un almohadón de plumas se tratara. Siento sus senos insinuados, ahora casi inexistentes. Cierro los ojos, trago saliva. No sé que decir. Ante Malena siempre se me acaban las palabras. Las sílabas se niegan a salir por mi boca mientras se apilan en mis ojos, en mis oídos, escapan por los orificios de mi nariz, pero nunca se atreven a salir por la boca. Podría matar por esta mujer si me lo pidiera en este mismo instante. Desde su última visita me he hecho el firme propósito de arrancármela del alma, sin embargo sus espinas, Malena siempre será un objeto precioso lleno de espinas, no me dejan avanzar en mi propósito. Día a día, minuto a minuto, un segundo tras otro regreso con ella. Le muerdo la memoria y corto en tajos cada una de las palabras que en mi presencia ha pronunciado. ¿Me quieres? Por supuesto. El abrazo termina. Volteo a verla y distingo unos ojos acuosos de cuales comienzan a manar las lágrimas. Eres lo único cierto que tengo, lo único realmente verdadero. Así es, no hay maldita forma de remediarlo. Las razones comienzan a escasear, a irse despacio por la coladera. ¿Cómo te aferras a algo que sabes es tu última salvación pero que está completamente cubierta de espinas? No hay forma. Aún cuando te aferres, terminarás con las manos destrozadas, con las muñecas sangrantes, con el dolor declarado como padecimiento incurable. Cáncer en el deseo, hemorragia en la posibilidad, trombosis en el futuro. El futuro. Eso es lo más aterrador, descubrir de repente que lo que impide que Malena y yo estemos juntos es precisamente el futuro, algo que no existe. “No tenemos futuro” quiere decir: tenemos miedo a las posibilidades que se abren con un encuentro en el que nuestra privacidad quede al descubierto. En que nuestra alma sea un contrato compartido de exclusividades y prohibiciones. La amo. Desde siempre. Con ese amor que es lo suficientemente fuerte como para ser evidente y que sin embargo permanece callado. Sé que todo esto suena cursi pero, de un tiempo a esta parte, esa es una cuestión que ya no me importa. Las palabras no significan por cómo suenan sino por cómo aprendemos a escucharlas. Nadie es inmune al poder embriagador de las palabras, pero también nadie las necesita para vivir. Podemos andar por el mundo sin que tengamos que abrir la boca a cada provocación. Malena se quita los zapatos y camina sobre la alfombra como si anduviera sobre la superficie de la alberca de su recién estrenada casa. Se pasea de un lado a otro como una gata que se aburre de estar encerrada todo el tiempo. Imaginándose solamente cómo será el mundo de allá afuera. Comienzo a buscar el sleeping bag en que pernoctaré hoy. La cama es de Malena, siempre le ha pertenecido. No quiero dormir junto a ella. El presagio del abandono inminente no me permitiría pegar un ojo en toda la noche. Malena ha quedado profundamente dormida sobre la alfombra. Como un medieval caballero andante la tomo entre mis brazos y la deposito en su altar de bella durmiente. Se acurruca entre las sábanas. Duerme profundamente. La miro un tiempo que no puede ser medido, después me meto en mi bolsa de dormir y espero que amanezca. A la mañana siguiente Malena despierta y se estira como si buscara que su cuerpo le creciera por los brazos y las piernas, intenta tocar el techo de la habitación sin conseguirlo pero logrando que las vértebras de su espalda truenen lo suficiente como para sosegarla. Después busca sus zapatos, entra al baño y se escucha como orina y después el agua dejada a la deriva por el jalón de la cadena. Regresa al cuarto y busca su bolsa de mano, una bolsa blanca pequeñita a la que llena de mil cosas inútiles pero que la hacen sentirse importante: un teléfono celular, una agenda repleta de teléfonos y tarjetas, un pastillero con la forma de un gato, maquillaje que nunca utiliza, la novedad es una pequeña bolsa de plástico con varios gramos de coca, un reloj con el extensible roto, una foto de sus padres, las llaves del auto estacionado frente a la puerta de mi casa. Toma las llaves y se prepara a partir. Yo finjo que finjo que duermo. Ella sabe que yo sé todo lo que está pasando afuera de mi refugio nocturno. De repente repara en la mesita al lado de la lámpara de pie. Mira y parece quedarse pensando. Me mira tirado en el suelo hecho un ovillo y mira la cubierta de la mesa. Sobre ésta hay una fotografía de periódico en el que se ve a un hombre colgado de una regadera completamente desnudo y encima de ella la pistola brillante que el abuelo me regaló hace tiempo. Observa un momento más la pistola y después la toma entre sus manos de niña y deja un beso sobre la culata. Sale sin hacer ruido aún sabiendo que la estoy escuchando con todos los poros de mi piel y con todos los sentidos de mi cuerpo. Sale. Un momento después escucho el motor de un coche que se aleja. Tomo la pistola de la mesa y la meto entre los pliegues de la bolsa de dormir. Aprisiono ese beso, el último, que Malena me ha regalado en su vida. Después de mucho tiempo, por fin puedo dormir profundamente. Entre sueños puedo escuchar mi respiración, una respiración tranquila, la de un hombre que empieza a apaciguar a sus demonios.

(Capítulo XXXII de Instantes)

1 comentario:

Jolie: Desde la Barandilla dijo...

algunas de las personas de nuestra historia personal
deberían de soltarse a tiempo o tener una fecha de caducidad
o guardadas dentro de una bala para despedirla fuera justo jalando el gatillo lejos porque en el presente nuestro no caben, pero siempre cuesta trabajo.... y hay que finjir

me recuerdas a alguien....