miércoles, enero 24, 2007

Por una cabeza

Había llegado a la estación por la noche y no tuvo reparos en quedarse a dormir en una de las bancas de concreto que había en la estación de autobuses. No supo, más bien no tenía conciencia, del tiempo que había pasado entre que tomó ese autobús sin fijarse a dónde lo llevaba y el arribo del dragón domado a los corrales de la central.
          La había visto. Fisgoneando por en medio de las cortinas había atestiguado que la mujer que suponía única y propia (su mente no la concebía en otra situación más que en la de pertenencia) estaba en brazos de otro hombre. Miraban juntos la televisión echados sobre un sofá al que ya se le veían varios lustros encima. Se veía cómoda.
          Él la había abordado en la oficina en la que laboraba redactando versiones estenográficas de entrevistas de gentes a las que ni conocía. La veía pasar a diario con su vaso lleno de café caliente. El vapor que se desprendía del vaso de unicel se quedaba durante algunos instantes flotando por encima de los cubículos, confundido con su perfume. No pasaba desapercibida. Nunca. Siempre había un instante para ver pasar al objeto del deseo.
          Su curiosidad, a la par que la atracción, hizo que se decidiera a hablarle. La esperó a la salida del trabajo. La abordó diciéndole que no se asustara. Obviamente se asustó. No puedes acercarte a alguien y decirle que no se asuste. Después del sobresalto, le explicó que trabajaba en el mismo sitio y le invitó a un café. Ella dudó. Pero, después de un instante de ésos que se miden en eternidades, aceptó la invitación.
          Así fue como comenzó a conocerla. O a creer conocerla. Cada tarde tomaban un café (ella era una fanática de los expressos concentrados), platicaban de las nimiedades que ocurrían en las oficinas, chismorreaban sutilmente sobre algunos de los habitantes de ese laberinto de cubículos, y, sólo algunas veces, deslizaban comentarios sobre su vida privada.
          El día que se atrevió a preguntarle si era casada, las manos le sudaban de manera copiosa. Rogaba al cielo que ella no se diera cuenta de su nerviosismo, por lo que seguramente sobreactúo o se comportó de manera exagerada. Ella le dijo que no, que no estaba casada. Él dijo “yo tampoco”, con una naturalidad que no fue fingida pero sí apresurada. “Y bueno, tenemos algo en común”, dijo ella. Después se despidió con un beso en la mejilla que él sintió mucho más cerca que nunca. Cuando se recuperó de la sorpresa, ella se había ido y él se estaba metiendo a uno de los vagones del metro. Repetía inconscientemente el mismo camino de todos los días. Directo a su casa. Entró y cerró la puerta tras de sí.

Se había jurado, en un primer momento, que esperaría hasta el otro día para proponerle que tuvieran una relación más cercana. En realidad nunca encontró las palabras para proponerle algo que no sabía qué era. Pensó que era una cuestión en la que ya no se reflexionaba, un ritual que había perdido adeptos: encontrar las palabras exactas. La ansiedad lo consumió decidió que no tenía que esperar al siguiente día para decirle... lo que se le ocurriera en el momento en que tuviese que decir algo. Sabía donde estaba la casa de ella. Llegó en un taxi que no tardó demasiado debido a la hora y a la tranquilidad de la zona. Fantaseó incluso con la posibilidad de no volver a su casa esa noche. Se bajó y echó a andar hacia donde suponía se daría una de las escenas más recurridas en las comedias románticas del cine. Hasta había una escalera. Y también unas cortinas. Y entonces vio a través de las cortinas. Y el rumor de un autobús llenó la noche...

No era la mentira lo que le jodía la cabeza. Era su propia condición incompleta. Su proyecto de vida fragmentado. Hasta donde llegaba su memoria (y solía llegar muy lejos), todo se reducía a una serie de fracasos que se iban anudando en un rosario que le podía garantizar la paz divina sin ningún problema. Era una vida de “ya merito”, una vida de “casis” repetidos al infinito. Eso era lo que realmente le molestaba. Ver cómo otra vez se había encontrado a las puertas de lo que suponía la felicidad y perderlo todo. Así nomás. [Una mujer se acerca por el pasillo cargando una maleta]. Todo se reducía a pensar en ese nudo en el estómago que a partir de ese momento no lo dejaría vivir en paz. [La mujer se deja caer en el otro extremo de la banca frente al hombre, lleva una maleta pequeñita. Lanza un suspiro]. Se había lanzado al vacío sin preguntar, se lo repetía en la cabeza una y otra vez y ya no le pareció más un lugar común: la gente se aventaba al vacío, a algunos alguien los rescataba, y otros simplemente se hacían mierda contra el pavimento. [La mujer saca un cigarrillo de una caja maltrecha. Se lo pone entre los labios e intenta encenderlo. La chispa del mechero no enciende. Lo intenta una vez más y se rinde. Con el cigarrillo en los labios lanza una mirada retadora a lo largo y ancho de la amplia sala de espera. Sólo hay otra alma en el lugar. Otro extraviado]. Seguir buscando por toda la eternidad. Perder el rumbo y la meta a escasos metros. Saberlo de antemano...
                                                            Miradas que se cruzan. Mira los labios más que el cigarrillo. En el bolsillo de él hay un mechero que sí enciende. Se acerca y sin decir palabra ofrece el fuego. Ella deja salir un hilo largo y sinuoso de humo que huye avergonzado hacia el techo de la terminal. Van hacia el mismo lugar. O eso afirman.

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Se disfruta mejor si al mismo tiempo escuchan:

POR UNA CABEZA

Por una cabeza de un noble potrillo
que justo en la raya afloja al llegar
y que al regresar parece decir:
no olvides, hermano,
vos sabés, no hay que jugar...

Por una cabeza, metejón de un dia,
de aquella coqueta y risueña mujer
que al jurar sonriendo,
el amor que está mintiendo
quema en una hoguera todo mi querer.

Por una cabeza
todas las locuras
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.

Por una cabeza
si ella me olvida
que importa perderme,
mil veces la vida
para qué vivir...

Cuántos desengaños, por una cabeza,
yo juré mil veces no vuelvo a insistir
pero si un mirar me hiere al pasar,
su boca de fuego, otra vez, quiero besar.

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.

martes, enero 23, 2007

Pedir las nalgas

Ayer fui a la Librería del Sótano (la que está frente a la Alameda) y salí con una impresión más que mala. El personal que labora ahí tiene un insano sentido de la paranoia, ya que piensan que los que acudimos a ese lugar tenemos más intenciones de robarnos un libro que de comprarlo, por lo que tenemos que soportar la vista más que pesada de un señor pelón con camiseta negra e intercomunicador como de guardaespaldas gringo que nos ve y se hace pendejo... nos ve y se hace pendejo... El tipo del "guardarropa" (que guarda todo, menos ropa) con una jeta del tamaño del huevo derecho de Dios, con un mal humor digno de mejores causas. Y los güeyes que atienden, no mames, parece que les estás pidiendo las nalgas en lugar de orientación para encontrar los libros que buscas.
          Por lo regular opto por buscar por mí mismo los libros que me interesan, pero en esta ocasión no aparecían por ningún lado. Cuando pregunté el tipo hizo una jeta como si en vez de decirle que me ayudara a buscar La santa de San Luis de David Ojeda, le hubiera comunicado que me andaba cogiendo a su mamá (o peor, a su papá). De los dos textos que le pedí uno (el que más me interesaba) se encontraba agotado; y el otro (el referido de Ojeda) fue el único que pasé a pagar a la caja. Y sí. La cajera compartía el humor de mierda del resto del personal. Creo que es considerable la cantidad de personas que atienden, la naturaleza del trabajo que realizan (en contra de todas sus expectativas, seguramente); pero aún así, creo que la atención puede ser mucho mejor. No estoy diciendo que tengan que tratar a los lectores como si fueran el pachá de Persia (si es que en Persia hay un pachá); pero sí creo que, al menos, podrían ser neutrales y no agobiarnos a los demás con su mal humor.
          Regularmente salgo molesto de las librerías porque no me alcanzó para comprar lo que quería comprar, esta vez no fue el caso. Eso me pasa, pienso después al descelofanear mi adquisición, por no ir a mi proveedor habitual: la librería del FCE de Universidad, ahí el sistema de clasificación de sus estantes permiten al lector el placer íntimo, pero placer al fin, de hallar el libro buscado entre todos los demás. Necesito una limpia de karma.

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Por cierto, el libro de Ojeda está resultando una buena sorpresa.

jueves, enero 18, 2007

Quiero escribir, pero...

¡Traigo una sequía literaria! Por más que intento nomás no. Me siento completamente cercado. De repente se me ocurre algo, o me acuerdo que se me había ocurrido, y cuando intento escribirlo sobre la pantallita nomás no. A veces tengo unos sueños fenomenales, de best seller o de Premio Nobel, y cuando despierto la historia ha partido a terrenos más lejanos. Intento habitar en la memoria y me doy cuenta que soy un paranoico al que no le gusta hablar de su vida privada. Intento hablar de la vida privada de mis familiares, amigos, conocidos; y me doy cuenta que sus historias me parecen tan buenas que desearía haberlas vivido yo, y entonces prefiero esperar a que me pasen a mí. Intento hablar de la vida cotidiana, de los gatos dándole en la madre a mis sillones, del café que hoy sabe más amargo que de costumbre, de la basura que se está acumulando junto al fregadero; y descubro que lo cotidiano es tan aburrido que seguramente no vale la pena ni contarlo.
Entonces me pongo a leer y me doy cuenta lo lejos que está la Ítaca que he elegido. Sé que lo que me gusta está muy lejos de lo que yo podría hacer y entonces quiero escribir, pero...
De los lejanos, por ejemplo, éste:

Intensidad y altura

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay toz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
Vámonos a beber lo ya bebido,
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.


Vayamos pues...


Más poemas de César Vallejo acá.

miércoles, enero 17, 2007

Inventario de los primeros días


Ahora que se está haciendo un dizque recuento de los logros del nuevo gobierno, yo quiero hacer un recuento personal a partir de lo que, como humilde observador y ciudadano de este barco percibo:
          1. Aumento de los precios de las tortillas, los huevos, las autopistas, el pollo, la leche... (más lo que se acumule en la siguiente media hora). Estos aumentos parecieran nimios o insignificantes para un buen número de ciudadanos. Lo es para aquellos con empleo y un salario más o menos digno. Para los que sobreviven con el mínimo, seguramente es un golpe que influirá fuertemente en su deteriorada economía. ¿No será un castigo porque todos los jodidos de este país votaron por el otro aspirante a dueño del circo?
          2. Asesinatos políticos (de y para...). Lo que deja claro que la lucha por los puestos de poder en este país están tan peleados que inclusive el hecho de asesinar a los demás justifica el fin. Mientras se cacarea a todo pulmón la dizque cruzada contra el crimen.
          3. Militarización excesiva. Veo al chaparrito de lentes decir en El Salvador que aguas con los regímenes dictatoriales (ya sean de derecha o izquierda), aludiendo seguramente a las dictaduras militares, y me pongo a pensar si no se mordió la lengua. Pienso en Argentina, en Uruguay, en Brasil. Todos estos casos de violencia de Estado comenzaron con el arribo del ejército al poder de facto de sus respectivos países. Pero no le puede uno pedir memoria histórica a quien carece de sentido común.
          4. Asesinatos de migrantes. Que se reducirá finalmente a una nota diplomática con el mismo peso del papel higiénico que se usa en cualquier garito de la patrulla fronteriza.
          5. Reducción del presupuesto a la educación pública. Lógica estrategia de los organismos internacionales que rigen la economía para impedir el crecimiento económico y social de una nación sumida en los atrasos tecnológicos y en la dependencia impuesta en los hidrocarburos, las materias primas y la fuerza de trabajo. Mientras no se vea a la educación como el camino más firme para el desarrollo de un pueblo, nunca podremos salir de la situación en la que nos encontramos.
          6. Censura y autocensura en los medios. Se prohíbe la transmisión de programas tipo El privilegio de mandar por "lesionar la imagen de la institución presidencial" (como si hiciera falta un programa de televisión para eso).
          6. Depresión. Y lo que viene...