miércoles, junio 03, 2009

Postales cubanas (3)


El mar de Cuba es un mar hermoso. Transparente. Casi casi como de película de Jacques Cousteau. Es decir como producto de efectos especiales y harta iluminación, más que como una maravilla de la naturaleza que nos estamos encargando consistentemente de destruir. Entre las transparencias del agua uno puede ver sin problemas a los peces que deambulan de un lado para otro. Y cuando digo que el mar es transparente, digo transparente en serio: uno se puede parar en lo alto de la muralla del Castillo del Morro, por decir algo, ver hacia abajo y verá no solamente el agua golpeando de manera consistente el muro de coral y cemento, sino que verá hacia abajo del agua como si de tal cosa se tratara. Como si con sólo estirar la mano se pudiese tocar el fondo lleno de peces multicolores, de corales distraídos, de cangrejos que huyen con una velocidad insospechada en su aparentemente inútil estructura.
          El mar es una de las cosas que más se disfrutan, aunque yo resulté alérgico al agua salada y me tuve que conformar con mirarlo. ¿Por qué por allá, me dijo una sirena hermosísima que sí se puso a competir con los peces, el mar se ve azul y más allá verde y más lejos azul oscuro? Misterio. Podría ser por el cielo. Podría ser por el fondo reflejado en la superficie. O una broma de nuestros ojos. No le pude explicar.
          Además de hermoso, el mar es proveedor. La gente pesca generosas langostas en sus aguas. De sabor exquisito, de precio prohibitivo debido a los altos aranceles que pagan los pocos locales privados de comida que existen.
          Sin embargo, algo que no podré olvidar del lugar en donde pasé una de las semanas más extrañas de mi vida es el mar. Confrontado con realidades apenas sospechadas, o dadas por ciertas y que no lo resultaron tanto. La brisa del mar saludaba cada tarde, cada crepúsculo, el pequeño balcón del cuarto. Ahí, deglutiendo (más que disfrutando, es una bebido demasiado estéril en términos de sabor) una cerveza Bucanero el viento paseaba ufano, no solamente entre los edificios semiderruidos y las lujosas residencias de las embajadas, sino también entre las miles de imágenes que me traje en la memoria.
          El mar está asociado al amor, sólo la "o" aparece intrusa en lo que sería un buen anagrama. No en balde aseguraba Jacinto Benavente: "Nada más parecido que el mar en calma y la sonrisa de una mujer. Dice el azul del mar: navega; y dice la sonrisa: ama; y no es más incierto el mar que la sonrisa". Uno puede tener las dos cosas alguna vez en la vida. O apenas sospecharlas.


(Nota: Se puede dar clic a las fotos para verlas más grandes.)

3 comentarios:

Victor Jurado Acevedo dijo...

Para los hombre de Mar, lo llamamos La Mar; por qué dirás,
No solo es agua con sal;sus olas como brazos te dan caricias o su vos te arrulla canto de mujer lejana en recuerdos pretéritos donde anémonas prehistorias escucharon el eco del Big bang...

Jolie dijo...

uno no puede tener las cosas asi inmediatas, me pregunto si he de tener que ir a cuba para descubrirlo

Anónimo dijo...

Hermoso ver tanto color azul, y como alguien alguna vez dijo: "jámas verás un color azul igual, ni en ese momento ni en otro lugar".