miércoles, abril 08, 2026

¿Un sueño se desplaza en una sola dirección?


Sueños alcanzados (2021) - Fernando Barba
Sueños alcanzados (2021), pintura de Fernando Barba.

Soñé que me habían diagnosticado una enfermedad terrible, terminal, razón por la cual debían operarme. Fue un sueño raro que haría las delicias de cualquier psicoanalista: el hospital no era un hospital, sino una especie de cocina gigantesca. El médico encargado de dar las noticias fatales atendía en un consultorio completamente estereotípico, pero su sala de operaciones era una especie de antro steampunk que ponía los pelos de punta. No atestiguaba la operación, pero sabía que me habían operado. En cierta parte del sueño acudía a pedir noticias acerca de cómo había salido la operación. Me atendía un amigo escritor a quien quiero mucho, pero que en lugar de tener una ventanilla o un escritorio de informes, estaba en una especie de fregadero en donde se dedicaba a lavar trastos y diversos objetos. No recuerdo el diálogo que tuve con él, pero sí recuerdo que había un sentimiento de honda tristeza: la operación no había resultado exitosa y, al parecer, estaba condenado a la muerte de manera irremediable y próxima. Tal diagnóstico no me fue dado de manera oral por mi amigo escritor lavaplatos asistente médico, sino que lo hizo a través de la entrega de un objeto: una manzana a la cual le había brotado otro pequeño fruto en su cuerpo. Lo que denominamos frutos cuates (en relación a los gemelos) pero en donde uno de los frutos tiende a ser más grande que el otro. Recuerdo un gran pesar y una enorme tristeza. La manzana parecía, o eso interpreté posteriormente, en el caso de los sueños nunca se sabe, un corazón. Lo que apuntaba a que algo había pasado con mi músculo cardíaco. Estaba seguro de una muerte próxima y eso me causaba angustia. No por lo que pasaría conmigo, lo cual era inevitable, sino por las personas a quienes dejaría en el mundo. Visualicé, como en una especie de retrospectiva de entrega de premios a las personas cercanas y queridas de mi entorno, algunas que dependen en cierto grado de mí, y tengo claro que el miedo que experimenté en el sueño fue por la incertidumbre de lo que pasaría con ellos. Entonces desperté.

Sé que algunas de las imágenes evocadas en el sueño tienen que ver con el conocimiento de historias recientes, algunas de ficción, algunas reales, pero que se relacionan al mismo tiempo con la relación que he establecido con la idea de la muerte. No la mía, extrañamente. Es decir, no pienso con frecuencia, al menos no conscientemente, en mi fin. Sí lo hago con respecto a quienes me rodean.

Por ejemplo, de mi perrita que, si la lógica es lógica, partirá de este mundo antes que yo, por puro capricho biológico propio de su especie. También pienso en mi padre que lleva varios años lidiando con los efectos del Parkinson y de la neuropatía diabética, con efectos terribles en su ánimo y con un cambio radical en lo que había sido la vida para él. Pienso en mi madre, que se ha convertido en cuidadora con el agotamiento físico y mental que tal tarea impone, lidiando al mismo tiempo con la enfermedad cardíaca que la genética ha impuesto a la línea materna. Pienso en la muerte de aquellos que están presentes en mi vida y que son parte de lo cotidiano. En la manera en cómo afectará al universo su ausencia. Eso me causa angustia, me sume a veces en estados de reflexión fatalistas de los cuales, afortunadamente, salgo cada vez con mayor rapidez.

Un personaje de una serie que sigo, Shrinking, tuvo en la última temporada un evento cardíaco del cual salió victorioso. Su recuperación vino también acompañada de la revelación que implica sobrevivir a la muerte. “La vida es muy corta”, repite a la menor provocación y considera que el tiempo extra que ha recibido es un regalo que se debe aprovechar para hacer todas aquellas cosas que, por alguna razón, se había negado a hacer. Creo que algo parecido ocurrió en mi sueño, sólo que en sentido inverso. Al recibir la revelación de la muerte inminente por el fracaso de la operación, simbolizado en esa especie de tumor en la manzana, me di cuenta de que no podría hacer las cosas que hasta ese momento no había hecho. No había marcha atrás, no había lugar para el arrepentimiento, no había segunda oportunidad. Y quizás de ahí partió la sensación de miedo y de dolor que experimenté antes de despertar a la vida.

Aunque quizás todo el sueño quiera decir otra cosa, o simplemente no signifique nada. No obstante, al despertar no pude evitar quedarme pensando muchas cosas en medio de la oscuridad de la madrugada. Una especie de evaluación de lo vivido contra lo deseado y no materializado. Y también acerca de lo que no podrá ser, aunque se desee. O, quizás, ese sueño equivale a la segunda oportunidad que Derek recibe en Shrinking, una advertencia que anticipa que la muerte es inevitable (como ya Epicuro mencionaba en una cita de la semana pasada) y que será mejor no olvidarlo y hacer lo que se tenga que hacer. O, en todo caso, probablemente sólo sea un recordatorio de aquello que nos hace humanos a los humanos: la conciencia que tenemos de nuestra finitud.

Todo esto me trajo a la memoria uno de los poemas de Jaime Sabines que podría resumir todo este asunto. Se llama “Del mito”:

Mi madre me contó que yo lloré en su vientre.

A ella le dijeron: tendrá suerte.

Alguien me habló todos los días de mi vida

al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: ¡vive, vive, vive!

Era la muerte.

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The Essential Listening to Music (wit..., Wright, Craig - Foto 1 de 2

Leí The Essential Listening to Music (Cengage Learning, 2016) de Craig Wright (Fort Sill, Lawton, Oklahoma, Estados Unidos, 1944) un estudio básico pero minucioso acerca de los elementos que le dan sentido al arte de la música. Desde conceptos básicos (ritmo, melodía, armonía; color, textura, forma) hasta cuestiones relacionadas con el genio de los compositores de música académica, así como un recorrido bastante completo por la historia de la música occidental. Es un texto amable con los neófitos que no busca regodearse en los tecnicismos o informar en exclusiva a los estudiantes de música, sino que se presenta como un texto de difusión que nos ayude a ubicar históricamente la música que escuchamos, así como el origen de diversas formas de creación que hoy prevalecen tanto en la música académica como en la música pop. Con una curiosidad con respecto de qué es lo que hace posible la aparición de figuras como Mozart o Beethoven, el autor realiza reflexiones que relacionan el contexto sociohistórico, con la realidad económica de la época que se aborda y ese elemento elusivo de explicar: el genio. Es en este texto que se basa su exitoso curso en línea ofertado por la Universidad de Yale a través de la plataforma Coursera (el cual se los recomiendo de manera enfática). En fin, si son melómanos o simplemente les gusta saber de dónde vienen las cosas, este texto no los defraudará en lo absoluto. En Spotify hay una playlist que reúne las piezas que usa para explicar los elementos expuestos en su libro y su curso, que pueden escuchar dando clic acá: Introduction to Classical Music.

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Gone Baby Gone (2007) - IMDb

Vi Gone Baby Gone (Ben Affleck, 2007), una cinta que cuenta la historia de la desaparición de una niña de cuatro años que habita, junto con su madre drogadicta, en uno de los barrios más sórdidos de Boston. A medida que el metraje avanza, lo que parece un secuestro por una venganza de drogas se transforma en otra cosa. Basada en una novela de Dennis Lehane, la trama nos envuelve en un dilema moral que, trágicamente, resulta irresoluble. ¿Qué es mejor para los niños: crecer en un ambiente poco sano para ellos al lado de su familia o hacerlo en un ambiente privilegiado pero en la incertidumbre de su origen? Si bien la dirección del mayor de los Affleck muestra buenas aptitudes en esta su primera incursión detrás del megáfono de la orquestación de la cinta, cuestiones como el casting le restan un tanto de verosimilitud. La elección del hermano pequeño del director como protagonista se siente forzada y que no responde a las características de un personaje hecho en el barrio, acostumbrado a lidiar con la escoria de la sociedad. Además, la presencia de la coprotagonista se diluye hasta volverse irrelevante. Pero si algo salva a la cinta es, precisamente, el dilema moral que propone. En un mundo en donde la maldad y el destino de las personas que lo habitan está condicionado muchas veces por el origen de las mismas, no es cosa menor, ni en términos morales ni de sentido de la justicia práctica, plantearse este tipo de dilemas. Buena cinta, confusa a tramos pero que consigue su objetivo: dejar reflexionando al espectador a fin de cuestionarse la seguridad con respecto a ciertos temas. Sobre todo acerca de lo legítimo y lo legal, la distinción entre lo correcto y lo necesario, etc. Muy recomendable, además de que anota la novela de Lehane como un pendiente a resolver en días futuros.

¿A cuántas estrellas Michelin equivale pedir cuatro órdenes seguidas de buenos tacos?


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Cocina poblana, pintura de José Agustín Arrieta (1850).

Más allá del culto de celebridades que reciben muchos de los chefs más mediáticos, sobre todo a raíz de la explosión de programas de televisión o series donde encumbran el genio de estos profesionales, creo que uno de los sectores manuales a quienes no se les da la importancia que merecen es el de las personas que nos preparan la comida.

Esta categoría es amplísima. Abarca por igual a quien nos preparó/prepara los alimentos en casa (en caso de que no lo hagamos nosotros mismos), a la señora que nos vende el tamal en la esquina antes de llegar al trabajo, al adolescente que aporta en casa y se paga sus gastos escolares trabajando en un McDonalds o un KFC, a los atareados cocineros y mozos de las cocinas en hoteles y restaurantes a los que acudimos eventualmente, al taquero que con habilidad de malabarista prepara una orden de pastor con todo, al tortero de local de 24 horas que nos da a través de una ventanita minúscula la torta con la que podemos gestionar la borrachera a las tres de la mañana, entre muchos muchos más.

Preparar comida es un acto de amor y una vocación que no cualquiera lleva a buen puerto. De ahí que los lugares más exitosos sean aquellos en los cuales quienes trabajan con los ingredientes y los alimentos sean regularmente lugares festivos en donde la rutina y la sazón se convierten en una forma amable de llevar lo cotidiano al nivel de lo festivo. Aunque seguro habrá sus excepciones, como la del “nazi de la sopa” representado en la comedia Seinfeld. Comer es una fiesta casi siempre. Incluso si es la comida que se ingiere para mantenernos vivos y podamos llegar a la siguiente hora de manera consciente.

La mayor parte de las veces ingerimos nuestros alimentos y, sin más, pasamos a otra cosa. Y las manos que estuvieron detrás de esa proeza desaparecen de nuestro campo de consideración casi de manera inmediata. Trabajar en una cocina es de las cosas más agotadoras que pueda haber, y eso ya nos debería de generar cierta empatía con quienes se dedican a este noble arte. Estar ante el calor del fogón, al cuidado de una comida que no será para nosotros, vigilando que se cueza bien, que no se queme, que no se sale, etcétera, requiere un grado de concentración cuyas fallas pueden tener consecuencias catastróficas. El día de una persona se puede echar a perder sin mayor remedio debido a una mala comida. El mal sabor (esa imagen lindísima que adquiere nuevos significados al utilizarse para aludir a situaciones incómodas o desagradables) tiene su origen en las fallas que se presentaron al preparar los alimentos que consumimos.

Del otro lado, una comida bien preparada, con los elementos bien puestos, justo donde deben estar y con las proporciones adecuadas, nos genera un estado casi beatífico de paz con el mundo y con quienes nos rodean. La cuestión de las actitudes ante la vida suelen estar relacionadas con la comida: nadie puede ser amable o agradable en grado sumo cuando no ha comido. O peor: cuando ve a otros comer y no se puede hacer lo mismo. Esa situación es visible en los restaurantes que tienen a personas esperando su turno para degustar sus platillos, pero que pueden ver la manera en cómo los demás comen y disfrutan. Un ciego rencor crece contra esos comensales que no se apuran a terminar, que no son empáticos con el sufrimiento que, sin saberlo, están infringiendo a quienes comienzan a experimentar cólicos y salivaciones varias.

Si bien la romantización de la vida dentro de las cocinas (presente en The Bear, por ejemplo) ha creado como figura única de adoración la del geniecillo disciplinado cuya vida gira alrededor de la preparación de alimentos pero, sobre todo, alrededor del reconocimiento que puedan obtener por la tarea que realiza. Manifestaciones como las estrellas Michelin y las columnas de reseñas gastronómicas funcionan en un nivel casi de intelectualización extrema de la experiencia. El sabor, como elemento subjetivo, seguramente juega terribles sorpresas a quienes suponen que sus platillos son insuperables. Es posible que la búsqueda de reconocimiento tenga poco que ver con la vocación gastronómica y más con el ego. Quizás hay un nivel de satisfacción similar en el taquero que atestigua cómo un comensal pide su cuarta o quinta orden de tacos con el único fin de extender la experiencia del sabor que ha experimentado, comparado con el del chef que recibe su tercera estrella Michelin. No lo podemos saber porque no podemos estar en la cabeza y las emociones de ambos personajes, pero me gusta suponer que algo así ocurre.

Me gusta cocinar y me gusta comer lo que cocino. Pero creo que me gusta más corroborar las expresiones de gusto por aquello que he cocinado a quienes lo consumen. Por eso creo que esta actividad es un acto de amor propio y para con los demás y que quizás este acto sea el verdadero lenguaje universal de lo humano. Y no las matemáticas como algunos argumentan a la primera provocación. Sonó el timbre del temporizador del horno. Provecho y adiós.

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Onomazein 4 : Revista de Lingüística, filología y traducción 1999 -  Ecolectura

Leí Carta a Meneceo (Onomazein 4, 1999) de Epicuro (Samos, Grecia, 341 a. C.), considerada el documento principal en el cual el autor aborda la ética. La edición revisada fue publicada en la revista Onomazein acompañada con una generosa cantidad de notas e interpretaciones a cargo de Pablo Oyarzún. La carta es un texto en el cual se abordan cuestiones básicas asociadas a la filosofía estoica, tan aludida y mal referida en estos días. La carta es un documento breve que, en la edición revisada, merced a la gran cantidad de notas y comentarios se convierte en un texto cuyos cruces y consideraciones da un buen contexto para su comprensión de manera más asequible para los lectores contemporáneos. La estructura de la misma se divide en seis partes o divisiones: Proemio; La recta opinión sobre los dioses; La recta opinión sobre la muerte; La recta opinión sobre el placer, el dolor y sus límites; y la Conclusión. El tema alrededor del cual gira la disertación presentada por el filósofo es el de la felicidad y cómo conseguirla, en cuanto parece que ese es el núcleo de la existencia del ser humano: “meditar en las cosas que producen la felicidad, puesto que, presente ésta, lo tenemos todo, y, ausente, todo lo hacemos para tenerla”. En cierta medida, el tema también es el eterno sentimiento de incompletitud y disconformidad que pareciera seña inconfundible de lo que define lo humano. Con respecto de la muerte, la postura es de comprender la inevitabilidad de la misma, lo cual debería reducir la angustia frente a este hecho: “no hay nada temible en el vivir para aquel que ha comprendido rectamente que no hay nada temible en el no vivir”. La incertidumbre relacionada con el futuro es algo de lo que deberíamos desprendernos, en cuanto es misterio o está lejos de nuestro control: “el futuro ni es completamente nuestro ni completamente no nuestro, a fin de que no lo esperemos con total certeza como si tuviera que ser, ni desesperemos de él como si no tuviera que ser en absoluto”. Otra cuestión abordada remite a la relación en apariencia contradictoria entre el placer y el dolor, cuando el filósofo lo ve como un par de nociones que se condicionan mutuamente: “porque nos ha menester el placer cuando, por no estar presente padecemos dolor; pero cuando no padecemos dolor, no nos es preciso el placer”. Esta dualidad entre el placer y el dolor rompe también con la visión dualista de asociar uno con lo que está bien y lo otro con lo que está mal: “Todo placer, pues, por tener una naturaleza apropiada a la nuestra, es un bien; aunque no todo placer ha de ser elegido; así también todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser por naturaleza evitado siempre”; es necesaria la experiencia de ambas cosas y el discernimiento para comprender la utilidad de cada una de ellas. En fin, que es un documento interesante que arroja luz sobre los comportamientos no sólo de hace más de veintitrés siglos, sino también de los actuales. Recomendable porque siempre es importante retornar a los clásicos, esos que vieron el tiempo como algo más que lo ocurrido en su época, sino también como una posibilidad de expresión de lo humano en extenso.

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Good Fortune | Rotten Tomatoes

Vi Good Fortune (Aziz Ansari, 2025), una cinta que busca la reflexión a partir de situaciones humorísticas pero que, siento, se queda en un nivel de ingenuidad que no le permite romper con la necesidad de dejar una moraleja “disney” acerca de valorar aquello que nos ha tocado en la vida, aunque sea una vida llena de tribulaciones y carencias. La trama nos cuenta cómo un ángel de pocas luces intelectuales (encarnado por un Keanu Reeves que creo está en la edad ideal para encarnar alguna versión de Cristo) decide trascender su nivel de “angelidad” y busca que un humilde trabajador (Ansari) valore la vida llena de privaciones y sometimiento al capitalismo, a pesar de ser infeliz la mayor parte del tiempo. La cinta construye esa posibilidad al hacer que el ángel cambie de cuerpo (un cliché) con un millonario (Seth Rogen) que no es consciente del privilegio en el que nació y a partir del cual construyó su riqueza (que concibe como un logro personal, a pesar de la evidencia de que no fue así como ocurrieron las cosas). En pantalla vemos representada la mutua incomprensión entre los dos sectores socioeconómicos que privan en el capitalismo salvaje: la élite encerrada en una burbuja donde priva la superficialidad y la ignorancia; y las clases bajas que deben elegir entre sobrevivir u organizarse para cuestionar y confrontar de manera organizada su propia situación. Tiene buenos momentos y diálogos chispeantes (marca de Ansari en el guion) que colocan la cinta más allá de un divertimento de comedia insulso, pero que no se atreve a ir más allá en la provocación. Sobre todo en el desenlace. Es interesante también la manera en cómo es representado el ángel que, debido al caos que ha ocasionado con sus acciones, es condenado a ser humano mientras resuelve los problemas creados; hay una especie de pedagogía acerca de encontrar la felicidad más allá de lo material: en la familia, el amor, los amigos, la comida, las fiestas; sin embargo, desde otra lectura, pareciera un tanto reaccionario al plantear que la conformidad es una opción más deseable que la queja y la confrontación constante con el sistema. Recomiendo verla, ya sea como divertimento o de manera crítica, cada quién sabrá. Está en Prime Video.