lunes, abril 25, 2011

Eterno retorno

(Imagen de una parte del Sistema Solar, incluida la Tierra,
enviada por la sonda Messenger/ NASA)

El 25 de abril de 1942 la sonda espacial FNAHZ, enviada por el gobierno alemán al exterior, hizo contacto con habitantes más allá de nuestro sistema solar. Los registros revelados por Johann Bischoff demuestran que los alemanes sabían que serían derrotados en la guerra tres años después. A pesar de que la información resultaba inquietante, nadie puso en tela de juicio las afirmaciones provenientes de la transmisión, cuyo origen se situó en alguno de los sistemas cercanos a la estrella del Centauro. El Führer transmitió a la estructura del Ejército la orden tajante: “Ningún cambio en la estrategia de conquista territorial”.
          La derrota del Tercer Reich dejó claro que la información era fidedigna y podía ser utilizada con fines de recuperar el terreno perdido y la derrota infligida por los Aliados. Una misión se dirigió con los registros que se recuperaron del centro de investigación espacial hacia la ciudad de Montevideo en el Uruguay. Se consiguió restablecer un centro de investigaciones, similar al que tenían en la zona de Berchtesgaden, en unas amplias bodegas frigoríficas del puerto. La sonda seguía enviando informaciones que aludían a acontecimientos del futuro inmediato del mundo. Sin embargo, tales predicciones, siempre verdaderas, comenzaron a reducir su distancia en el tiempo. La primera que habían recibido hablaba de los acontecimientos que ocurrirían tres años después, la segunda de los siguientes treinta meses, la tercera de los dos años, y así consecuentemente. Los científicos encargados del proyecto fueron capturados en febrero de 1946 y llevados a juicio en Nuremberg pocas semanas después. Todos fueron condenados a muerte y la pena se ejecutó el 16 de octubre de 1946.
          Bischoff asegura que los norteamericanos consiguieron replicar el mecanismo de recepción de los alemanes y consiguieron ponerse en contacto con la sonda espacial. Hacia 1969 recibieron un mensaje que alertaba sobre la derrota de los EEUU en la disputa emprendida en Vietnam. El Ejército norteamericano miró con desconfianza el comunicado y lo tomó como una acción de los antibelicistas. Decidió no detener el envío de tropas al país asiático, lo que dio como resultado que medio millón de estadunidenses estuvieran destacamentados en acciones de guerra. En febrero de 1973, las tropas norteamericanas se retiran arrastrando la derrota y el desprestigio.
          A pesar de la poca atención que los medios del mundo le han prestado a estas declaraciones, Bischoff asegura que los residentes de la Estación Espacial Internacional han conseguido recibir nuevas noticias de la sonda alemana. Las dudas se plantean en términos de si los mensajes interceptados son emisiones recientes, lo cual plantearía que la sonda sigue activa, o son remanentes de transmisiones anteriores. Nadie sabe cuál es el contenido de los mensajes recibidos, ni a qué gobierno hacen alusión. No se han registrado cambios importantes en la política exterior de las potencias mundiales o de los países involucrados en la administración de la Estación Espacial. Los medios han incluido la noticia en las secciones de “curiosidades” y “tendencias”.
          Johann Bischoff regresa a su oficina en Buenos Aires, cerca del puerto. Enciende los aparatos que ha mantenido con vida desde hace más de sesenta años, cuando su padre fue capturado. Durante todo ese tiempo, ha recibido mensajes de la sonda enviada al espacio exterior. Se mesa los cabellos plateados cada vez más escasos. Mira la trascripción del último mensaje recibido. Anuncia que una avanzada de invasión ha salido hace treinta años del sistema del Centauro. Llegarán en menos de un año. Johann calienta un brandi en la copa que sostiene en la mano derecha. En la otra mano, la cápsula de cianuro brilla con la intermitencia de los leds del aparato receptor. La brisa del mar se filtra por la ventana abierta. Las estrellas brillan más que nunca.

jueves, abril 14, 2011

A propósito


Para Norma y Benjamín, hoy.

Ella había sido muchas cosas en sus otras vidas. Cosas sin alma y cosas con vida. Empezó como polvo estelar, después molécula de agua, bacteria acuática, pez dorado, dinosaurio rosado, ave rapaz volando por el cielo, nube viajera, las hojas de un árbol, la ola de un mar furioso, remolino de aire, luz atravesando el tiempo, primate volando de árbol en árbol, oráculo de fortunas, causante de guerras, poema inconcluso, planeta deshabitado, caja de sorpresas, café instantáneo, hojitas de té, caldito de pollo, oídos abiertos, consejera eficiente, martillo en carpintería, ojitos llorosos, vodka providencial, coleccionista de juguetes, mujer en resumen.
          Él fue también antes de ser. Electrón perdido, átomo de hidrógeno, virus simbiótico, calamar a propulsión, tiranosaurio rex, conejo de orejas largas, germinado sediento, colibrí de selva, barquito a la deriva, vaca en medio de tornado, segundo iluminado, antropoide bípedo, brujo medieval, soldado en las trincheras, teoría de la dialéctica, satélite artificial, cubo rubik, leche condensada, infusión oriental, cuchara sopera, silencios exactos, paciente impaciente, clavo en la cruz, lentes de contacto, cerveza espumosa, vaquero de tela, hombre al final.
          La evolución colisiona. Él ha dicho que sí y ella también. Sólo quedan ellos. Los dos. Y el universo a la distancia.

miércoles, abril 13, 2011

Tango

(Fotografía de Rodrigo Herrera)

Viniste. Te plantaste en las esquina y te volviste una estatua. Sentía tu mirada, la sombra de tu cuerpo embarrada en el empedrado. Hasta mí llegó el olor del tabaco oscuro, picante, que te gusta fumar. Pero no volteé. Ni siquiera me di por enterada. Tú ya estás muerto y no hay más que hablar. Aunque tuerzas la boca y entornes los ojos y me jures que no quisiste hacerlo. Ni así. Ya sé que te gusta alardear. Caminar a grandes zancadas, zancadas que se van achicando conforme te acercas a mi esquina. Y que se detienen de pronto. Como si se te hubiesen acabado las baterías. Y entonces, como en una escena repetida por siempre, sacas la cajetilla, tomas uno de los cigarrillos, humedeces los labios, llevas el pitillo a la boca, enciendes un fósforo y el humo se hace. Sacudes la pequeña llama y arrojas el pabilo muerto al suelo. Y te dedicas a mirar. Con esos ojos castaños que alguna vez fueron mi perdición. Esos ojos cansados de mirar, que se apagaban después de los míos, ojos con los que sueño a diario.
          ¿Por qué quieres volverme al pasado, si el pasado no quiere volver? Ya ves. Comencé a hablar en tangos. Musiquita de todos los días. Idioma que me acompaña en las noches en vela en que decido no salir a la calle. En las noches de llanto tremendo, de vueltas alrededor de la mesa, de botellas de vino díscolas, vacías a las primeras de cambio. ¿Te ríes? Parece que te ríes de mí. Sabes que eso me enfurece. Que es motivo suficiente para que monte en cólera y arroje sobre tu rostro la mano encendida y la explote en tu mejilla. Y que es pretexto para que me cojas de las muñecas y me acerques con fuerza a tu cuerpo. Y me sientas palpitar. Y entonces me beses con ternura, con lentitud, con ganas. Y me obligues a perdonarte todo. Las esperas nocturnas, los paseos a solas, los murmullos a baja voz de los demás. Y me obligues a vivir amarrado a tu querer. Otra vez el tango. Qué ganas de encontrarte después de tantas noches. Qué ganas, de veras. Qué ganas de besarte, qué ganas de abrazarte. Pensar en tangos te trae a mi cabeza. Ni cómo hacerle.
          De pronto todo quedó sin paisaje. Y ahora comienzas a moverte hacia acá. Sabes que escucho tus pasos, ahora cortos, acercándose a mi puesto. Lugar donde veo pasar la vida. Donde te vi pasar a diario. Donde supe que algún día te detendrías. Donde por siempre, desde siempre, te he esperado. Donde te sigo esperando. A pesar de saberte perdido. De haber mirado cómo te acuchillaban por deudas y por culpa de tu soberbia. Te tomé la cabeza y miré tus ojos castaños. No me duele lo que fui, ni lo soy, ni lo que vi. Nunca nos conocimos, pero siempre te había imaginado. Te vi morir y todas las noches te imagino venir hacia mí. Pero sólo será hasta esta noche. Nunca te dije “hola”, pero hoy te digo “adiós”. Porque, al final, adiós es la manera de decir “ya nunca”.

martes, abril 12, 2011

Estación soledad

(Fotografía de Pringarica)

—Nos dejaron solos.
          La voz de Iván me irrita cada vez más. Sólo abre la boca para quejarse. Para confirmar algo que los demás sabíamos. Los hijos de puta nos han olvidado.
          —Estación R467, transmitiendo. Si alguien escucha este mensaje, responda por favor.
          La voz de Giordano. Intenta encontrar a alguien que nos pueda sacar de este hoyo. Como si no hubiera sabido desde el principio que estábamos condenados a morir aquí. Que el precio de explorar este rincón del universo era precisamente perder todo lo que nuestra vida normal representaba.
          —Hoy tenemos pepinos, monstruos. Bueno, sobrecitos de pepino. ¿Quién va a querer que se los prepare?
          Diego. De todos, creo que es el más imbécil. Es el psicólogo de la misión y parece el más loco de todos. Trata de mostrarse alegre, optimista. Hace bromas a la tripulación y se ríe de sus chistes simplones. Funciona como una máquina. Una jodida máquina de juegos. Las más inútiles de todas.
          —Tendremos que salir, colegas. Es probable que si movemos el equipo de transmisión a una zona con menos incidencia de tormentas de arena, alguien nos pueda ubicar y baje a buscarnos. No arreglamos nada acá encerrados.
          El buen John. Siempre tiene un plan. Siempre sabe qué es lo que hay que hacer. Tiene calculado todo. Pero nunca se atreve a ir más allá de la punta de su lengua. Observa con atención si alguien secunda su idea. Todos le dirigen miradas de soslayo, pero nadie le contesta. Él retorna a una especie de mutismo que dura unas cuantas horas, antes de darle otra vez a la cantilena que los demás nos sabemos de memoria.
          —Las probabilidades de sobrevivir se han reducido en un 45/700 con respecto de la guardia de ayer. Tendremos que administrar oxígeno de manera tal que podamos garantizar un estado de lucidez por lo menos durante los siguientes once meses. Después no se puede hacer nada. Habrá que evacuar…
          Los cálculos de Wolf. Eficiente como la mejor computadora. Él y su tabletita llena de estadísticas y funciones de probabilidad son la pesadilla de cualquiera que se precie de ser un poco normal. Wolf vuelve a hacer sonar su aparatito y nos muestra la gráfica de riesgo. La pendiente ha disminuido dramáticamente durante los últimos cuatro meses.
          —Desátenme, hijos de puta. No pueden tenerme así, desgraciados. Si me logro soltar los mataré a todos, pueden estar seguros. Son unas mierdas. Cabrones. Malnacidos.
          Le arrojo un tornillo a Jorge. El loco. Unas semanas antes intentó degollar a John mientras éste dormía. Llevaba una espátula de las que utilizamos en las expediciones de campo. El musculoso Iván impidió que el homicidio se consumara. Con la muerte de Mariana, en la tercera salida programada, tuvimos más que suficiente. Las tormentas de arena son frecuentes. Azotan sin avisar y arrastran consigo piedras enormes. Mariana no tuvo oportunidad. Una roca rompió la visera del casco y la cabeza le explotó antes de que se enterara de lo que le había ocurrido. Probablemente fue lo mejor que le pudo ocurrir. No puedo pensar que le hubiera pasado de haber permanecido aquí, encerrada entre hombres. En medio de este calor y con la tensión rompiendo los límites de todos. El otro día sorprendí a Giordano, compartimos habitación, masturbándose mientras miraba uno de los manuales de montaje de las antenas exteriores. Se percató de mi presencia. Me mostró el pene y sonrió. Salí de ahí.
          Todos están volviéndose locos. Pareciera que las cosas marchan, pero no es así. En cualquier minuto alguno explotará y sus sesos salpicarán a los demás. Alguno tomará el boleto de ida y nos arrastrará por la escotilla. No estoy dispuesto a que otro decida mi destino. Sé que voy a morir. Lo tengo claro.
          —Nos dejaron solos.
          Otra vez la voz de Iván. Me ha irritado lo suficiente. Giordano mueve por enésima vez los controles de la radio. Diego me acerca un sobre con pepinos “preparados”; niego con la cabeza, sus enormes dientes me sacan de quicio. John se mueve hacia el interior de la estación, finge buscar su equipo de exploración. Entonces escucho la voz de Wolf, siempre en búsqueda de la eficiencia:
          —Marco, ¿dónde pusiste los explosivos que sobraron de la última salida?
          Lo miro fijamente.
          —Nos dejaron solos— le digo.
          Aprieto el botón.

lunes, abril 11, 2011

Apocalipsis

 (Fotografía de Pedro González Castillo)

La plaga había dejado unos cuantos sobrevivientes sobre la Tierra. Se refugiaron en lo que había sido un enorme centro comercial que había quedado intacto milagrosamente. Esperaban que, hasta que el sol volviera a asomarse en el cielo y la tierra pudiera ser cultivada otra vez, los enlatados de las tiendas les alcanzarían. Eran unas cuantas decenas los sobrevivientes, que no tenían más ocupación que vagar rutinariamente por los pasillos y cuartos de vidrio del centro comercial. No podían resistir mucho así, de tal manera que alguien encontró la forma de mantenerlos ocupados. Así nació la religión.
          Todos los días, tres veces, siempre antes de los alimentos, un ministro que sabía que nunca volvería a ver la luz del sol declaraba los principios a los que se sometería la singular sociedad. Después de pasear por las salas llenas de mercancía, el nuevo líder espiritual encontró el vestuario adecuado en la tienda de disfraces. Y fue así que se presentó ante su grey y comenzó a inventar la mitología que daría sentido a la espera y al miedo por el castigo. Durante horas contaba historias de dragones metálicos y de vírgenes de cabaret que otorgaban bienes o destrucción a los que creían en ellos. Historias de nubes moradas que descendían del cielo trayendo sobre su superficie a perros cubiertos de chocolate que movían sus colitas de placer al ver el buen comportamiento de sus fieles. Y el ministro anunciaba el día en que los cielos y el aire (ahora ensombrecidos por brumas oscuras) se abrirían e inundarían de luz la superficie de la tierra nuevamente. Y entonces todo era regocijo, alegría y batir de palmas.
          Pero esto duró poco tiempo. Un día el ministro supo que iba a morir. Así que se puso su traje oscuro, su peluca de enormes rizos negros, se maquilló la cara de color blanco y delineó una sonrisa gigantesca, se colocó su nariz roja de plástico como si fuera la cereza del pastel. Y salió al improvisado templo ubicado en lo que había sido la fuente del centro comercial. Inventó las historias más originales y dijo las cosas más inspiradoras que podían decirse momentos antes de la muerte. Miró a los fieles por última vez y después bajó del improvisado templete. Al bajar, su rebaño lo rodeó y comenzó a abrazarlo y a reír con él. Todos los fieles eran niños que lo miraban con arrobamiento y grandes sonrisas. Les había traído la esperanza y ésa era una cosa hermosa que podría hacerlos sobrevivir. Los más grandes ya adivinaban que, probablemente, todo se trataba de un truco, pero no decían nada por no arrebatarles la inocencia a los más pequeños.
          El ministro dijo entonces que tenía que irse. A un lugar muy lejano. Que no intentaran seguirlo porque no pensaba volver. Algunos se negaban a dejarlo partir. Otros se colgaban de su chaqueta con volados de cola de pingüino. Pero, al final, todos lo dejaron ir. Las puertas frontales del centro comercial se abrieron y el ministro se perdió en la bruma oscura que cubría al planeta. Dentro, en la fuente que sería por siempre templo, uno de los niños había garabateado sobre un pizarrón de la tienda de juguetes un dibujo del ministro con su peluca y su nariz roja de plástico. “Él volverá”, les dijo a los que lo veían con curiosidad. “Y el día que vuelva, las nubes se levantarán”. Todos los demás comenzaron a creer en lo que oían. Y se congregaron alrededor de la imagen. Y estaban convencidos del retorno del elegido y del fin de los malos días.

domingo, abril 10, 2011

Lluvias

(Fotografía del escribidor)

En Cuetzalan los voladores preparan el ritual. En el atrio de la iglesia que los franciscanos construyeron hace más de cuatro siglos está plantado el poste de madera que simboliza la unión del cielo y de la tierra. Los voladores lucen capas de terciopelo rojo rematadas con olanes de peluche. Sobre sus cabezas, los conos de cartón grueso están forrados de papel dorado o de satín amarillo. De las puntas de los gorros, tiras de listón multicolores saltan como si de caja de sorpresas se tratara. Cuando cuelgan boca abajo, mientras dan vueltas alrededor del eje que une lo celestial con lo terreno, los listones semejan arcoíris en persecución perpetua unos de otros. Dentro de la iglesia, el sacerdote ha terminado de oficiar la misa. La gente sale respetuosa y después de persignarse.
          Miran cómo los voladores caminan en círculos alrededor del palo enterrado en el suelo. Los turistas alistan las cámaras, las gradas de los escalones que descienden del parque comienzan a llenarse de curiosos. Los vendedores ofrecen bordados, macetas, joyas efímeras. Las campanas de la iglesia comienzan a repicar. Las palomas huyen en desbandada hasta los árboles del parque, a las lonas de los puestos del tianguis de domingo, al piso del quiosco municipal.
          Un volador comienza a ascender por los escalones del palo. Éste se balancea peligrosamente. Alguno de los voladores, en un repentino y momentáneo ataque de pánico, se abraza de la corteza rústica del tronco de ocote. Los que le siguen se detienen respetuosamente. Nadie se burla, nadie dice nada. El miedo es lo único que los une. Todos se han sentido temerosos alguna vez. Nadie ha escapado del escalofrío, del aire ausente, del encogimiento del mundo. Los cinco hombres llegan al fin al extremo del palo. Uno de ellos se pone de pie en el justo medio. Toma una flauta de carrizos de bambú y un pequeño tamborcito. Al tiempo que sopla y mueve los dedos de una mano para generar la melodía, con la otra golpea rítmicamente el tamborcito. La cruceta comienza a girar.
          Pero he aquí la maravilla. Los voladores, en lugar de ser atraídos hacia la tierra por la inclemente gravedad, comienzan a elevarse por los aires. Más allá del extremo del palo y más allá del campanario de la iglesia. Conforme se desenrollan las cuerdas que impiden la caída libre de los bailarines aéreos, se elevan como globos retacados de helio hacia las alturas. Todos miran pero nadie atina a decir algo. Algunos, tímidamente, comienzan a disparar sus cámaras fotográficas. Lo hacen con cierto temor, con la convicción de que están rompiendo la sacralidad de algo que no entienden.
          En determinado momento, las sogas dejan de desenredarse y se tensan con firmeza. Los voladores se doblan sobre sus propios cuerpos y desatan sus pies. Comienzan a elevarse hacia un mismo punto en el cielo. Sus listones revolotean con las corrientes de las alturas. Los espectadores siguen viendo hacia arriba en espera de que el truco se desvele. De que la broma termine. Nada ocurre. El músico de la cruceta comienza a descender por la escalera del palo. Por primera vez, todos los ojos se encuentran posados en él. Toca el suelo. Pone sus instrumentos al pie del tronco-puente. Se quita el gorro ritual y pone el extremo agudo hacia abajo. Se dirige al estupefacto público. Llueven las monedas y los aplausos. 

[Si no conoces el ritual de los Voladores, puedes verlo aquí].

jueves, abril 07, 2011

El árbol

(Fotografía de Mayarí Pascual)
Sus pueblos habían estado en guerra desde tiempos antiguos. La sangre de las tribus alimentó los pastizales y enrojeció la tierra. Pero a ellos no les importó. Se veían a escondidas de todos, en las riberas del río que quedaba justo en el medio de los dos pueblos. Al arrullo del agua construyeron el futuro. Aunque los dos sabían que éste nunca llegaría. Pensaron en huir lejos del mundo. Donde no los alcanzara ni los tambores de guerra, ni las lanzas afiladas. En esos días plantaron, en medio de la llanura, una semilla. Sus manos horadaron la tierra amorosamente. Cubrieron más con risas que con tierra el pequeño grano. Surgió un brote, una plantita que se estiraba cada mañana hacia el sol.
          Un día alguien los vio. Palpó la desnudez confundida de ambos. Y corrió a avisar a la tribu. Él fue condenado a ser azotado frente a todos y a proferir juramentos feroces contra sus enemigos. Le cortaron las orejas y la lengua; se las dieron de comer a los perros. Los viejos lo obligaron a vestir y a realizar tareas de mujer. Los demás guerreros hacían mofa de él. Le tocaban por detrás y reían estrepitosamente. Él cerraba los ojos y escuchaba más allá de las risas. Escuchaba el agua del río, el vuelo de las mariposas, el retumbar de las manadas de caza al huir de los leones.
          Ella fue castigada con el silencio. Nadie podría jamás volver a hablarle. Despojada de la palabra, comenzó a hablar sola. A imitar los sonidos de los animales y del viento entre los árboles. Los demás le llamaron La Loca. Le escupían el rostro y le tiraban del pelo. Pero ella seguía cantando en el idioma de los pájaros y de los rinocerontes.
          Envejecieron ambos en el oprobio. Pero nunca olvidaron lo que los había reunido en la orilla del río. Murieron el mismo día. Parece imposible, pero no lo fue. Él murió por la mañana, mientras cargaba un recipiente de agua del río, se desplomó sobre la tierra seca y no volvió a levantarse. Ella por la tarde, mientras intentaba imitar el sonido de las alas de un escarabajo obsesionado con el pulgar de su pie. Su última canción terminó con un largo suspiro.
          Esta historia se cuenta hoy entre los viejos. Las tribus ya no son las mismas. Incluso mantienen relaciones cordiales. En ambos pueblos se recuerda la historia de los amantes imposibles. Los más jóvenes se ríen por lo bajo o entre dientes. Les parece que los viejos exageran. Pero algunos, sólo algunos, han repetido la historia a sus hijos cuando, en los días más calurosos del verano, han tenido que reposar a la sombra de un árbol en medio de los dos pueblos. Dicen que ahí se escucha la canción más hermosa que los espíritus buenos pudieran concebir. Y que cuando la canción termina, una ráfaga de viento cruza con fuerza entre las hojas de la copa del árbol. El que lo ha vivido siente la paz anidada en su alma. Y cree en lo que los viejos siguen contando.

miércoles, abril 06, 2011

Misterios de la noche

(Fotografía de Verónica Alvarado)

Es el cuarto año de oscuridad. La luz del sol es apenas un rastro de lo que fue en sus épocas de esplendor. En el último piso de la torre, el consejo de hombres lobo sesiona. Han decidido salir a las calles y hacer pública su existencia. El contexto no ha sido nunca más favorable. La discusión se alarga. Algunos insisten en que el anonimato es lo más recomendable. En que la humanidad no está lista para una revelación de esta naturaleza. Pero la mayoría tiene otra opinión. Los más convencidos se han arrancado las camisas y lucen los pechos peludos, las uñas ennegrecidas. Los otros insisten en seguir camuflados en medio de la sociedad. En seguir usando ropa, en hablar civilizadamente, en cortejar a las mujeres antes de devorarlas, en fin, en que las cosas sigan como hasta ahora. El hombre lobo más viejo, calla. Mira la disputa mientras sus ojos enrojecidos van de un lado a otro de la sala. Es el único que puede tomar una determinación. El único al que nadie reclamará lo que decida. Han sido siglos de huídas, de ocultamientos, de vergüenza. Siglos de soportar la mofa de los otros, los humanos. Siglos de ser presentados como villanos, como adolescentes apestosos, como disfraces de noche de brujas. Y ahora que la luz no puede afectarlos, ahora que el sol se ha convertido en una luna engañando a su organismo, ahora puede ser el día. Los hombres lobo, niños lobo, disputan.
          Entonces levanta la mano. El viejo lobo hablará. He tomado una decisión, dice. Y nada más. En seguida las ventanas del último piso del búnker se cierran. Un olor nauseabundo comienza a expandirse a lo largo del salón. Gas venenoso. Los hombres lobo se dan cuenta. Serán sacrificados. Se revuelven en tropel desesperado hacia las puertas, algunos dan saltos sorprendentes sólo para chocar con los vidrios de las ventanas y caer al piso. En el último aullido desesperado alguno intentan alcanzar la garganta del gran lobo, pero es demasiado tarde. El gas actúa con velocidad inusitada. Uno a uno van pereciendo. El lobo viejo es el último en morir. Confirma el exterminio. Y entonces se entrega a la muerte en paz. Durante mucho tiempo añoró el tiempo en que los hombres lobo vivían en armonía. Eran solidarios. Se protegían unos a otros. Se otorgaban paz, consuelo, amistad. Cuando el sol murió y comenzaron las disputas, toda la armonía terminó. Las reuniones que antes eran para celebrar la existencia y el reconocimiento de sí mismos como algo único y sorprendente, se habían convertido en peleas desaforadas sobre la revelación de su naturaleza a los demás. El lobo viejo veía cómo esas disputas crecían en intensidad y sinsentido. Las reuniones terminaban en amistades rotas que habían durado siglos, en lobos resentidos que gruñían por lo bajo y salían enseñando los colmillos. Nos estábamos convirtiendo en humanos, se dice en su último suspiro, y así no vale la pena vivir.

martes, abril 05, 2011

Rueda y carrusel

(Imagen de Víctor Jurado)

En la ciudad de Jurega hay una rueda de la fortuna que sirve para que la gente desaparezca. No es ningún acto de magia, ni nada parecido. Las filas son enormes. Hombres apesadumbrados acuden en masa a subirse a la rueda. Ésta hace paradas cada diez minutos, cuando un operador que tiene sombrero de copa y un gato trepado en el hombro activa un interruptor. Entonces aparecen los asientos vacíos, balanceándose sin nadie dentro. Los suicidas se han sentido bendecidos. No quieren muertes violentas, ni dolorosas, ni pesares que heredar a su familia. Sólo desaparecer. Llegan, pagan un boleto que vale unas cuantas monedas, esperan en la fila, suben y desaparecen. La rueda pasa días funcionando. A su lado se han establecido puestos de algodón de azúcar rosa, tiros al blanco, vendedores con globos. El presidente municipal de Jurega devela una placa que dice “Ciudad de la rueda de la desfortuna”. Acuden muchos curiosos, los hoteles se llenan, la economía prospera. Físicos llegan para buscar hoyos negros, portales interdimensionales. No hallan nada. Se enojan. Piden más presupuesto a sus gobiernos. Vuelven a fallar. Son el hazmerreír.
            Lejos de ahí, en el pueblo de Orado, los habitantes anuncian sorprendidos que el zócalo de la ciudad se ha visto invadido por una serie de carruseles de caballitos que aparecen de la nada. Los carruseles dan vueltas a gran velocidad. Sobre los caballitos de cartón piedra se puede ver a muchas personas. La cara de terror es indescriptible. Algunos se quieren bajar de su carrusel, pero la velocidad de éste se los impide. Los habitantes del pequeño pueblo esperan, con paciencia, el momento en que el zócalo no tenga más espacio para los carruseles que siguen apareciendo. Nadie sabe qué pasará.

domingo, abril 03, 2011

Azul


 (Imagen de César Osorio)
El día que tomó la trompeta, el cielo se volvió azul. Porque el cielo, antes, era gris, casi negro. O amarillo en el verano. Pero él, un día, tomó la trompeta y tocó un solo prodigioso. Una serie de sonidos hicieron vibrar los mares, pusieron a girar al viento sobre sí mismo. Dicen que así nació la danza: con la imitación de las hojas arrastradas por los torbellinos. Los hombres tocaron sus pechos, sintieron que sus corazones buscaban salírseles del cuerpo. Y se golpearon a sí mismos. Todos al mismo tiempo. Y nació el ritmo. Todos al mismo tiempo golpeando sus pechos y los corazones de todos esquivando las manos torpes de los hombres. Y encima de todo eso, el sonido de su trompeta. Las mujeres alzaron sus voces, voces sin palabras, aullidos primigenios que se contraponían al golpeteo de los pechos masculinos. Y los viejos castañeaban los dientes y los huesos. Al caminar sus pies daban vida al suelo. Le otorgaron existencia. Los animales veían con extrañeza lo que estaba ocurriendo. Algún pájaro aventuró un graznido. Más allá se escuchó el croar de una rana. Pero se aburrieron pronto. En cambio los hombres seguían en medio del viento, a la orilla de los mares agitados, batiendo pechos y lanzando gritos. Y él seguía con su solo prodigioso. Y los niños comenzaron a girar persiguiendo las hojas que el viento hacía girar, y gritaban de regocijo. Entonces él dejó de tocar. Metió la trompeta en un estuche cuadrado, negro, sonaron los seguros al cerrarse; él se acomodó la chaqueta del inmaculado traje y bajó de la roca que le había servido de escenario. El silencio se enseñoreó del valle. No se oía nada, más que los pasos del hombre que tomaba hacia una barca amarrada en la orilla del río. El cielo volvió a ser gris. Comenzó a llover. Él se puso el estuche de la trompeta sobre su cabeza, para evitar mojarse. El aguacero arreció. Y entonces nació la palabra. Los hombres encontraron la manera de reclamar el retorno del cielo azul y la felicidad perdida de repente. ¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! La lluvia desapareció justo en el instante que los sonidos volvieron a surgir del instrumento prodigioso. Y el cielo volvió a ser azul.

viernes, abril 01, 2011

Diálogos

 
(Imagen de Pamela Zubillaga)

—Siempre quieres tener la razón, ése es el problema…
            —Para ti siempre es un problema, con lo acomplejada que eres.
            —No soy acomplejada, soy precavida. El mundo no está como para andarse revelando a la primera oportunidad.
            —Miedosa, eso es lo que eres. Si yo tuviera las oportunidades que tú tienes no me lo pensaría dos veces. Y aparte, mojigata. Mensa.
            —Oye, ya párale, ¿no? Uno decide lo que es y lo que hace. Aparte no tendría ni siquiera porqué estarte escuchando. Suficientes consejos tengo que oír de los demás para que aparte tú también pretendas sermonearme.
            —Es que, ¡mírate por Dios! Pareces una vaca echada. No pones ni tantito cuidado en tu arreglo. ¿A poco vas a salir así a la calle? ¿No te da vergüenza?
            —Vergüenza es robar…
            —Pero a ti no se te acercan ni para eso. De veras que no entiendes. Desde tu último fracaso sentimental estás en un plan que nadie te aguanta.
            —No me recuerdes eso. Eres una cabrona. Sabes cuánto me costó… me cuesta…
            —Perdóname. No era mi intención. Pero ya va siendo hora de que lo superes. De que te des cuenta de que el mundo es enorme y lleno de oportunidades. Y que muchas de esas oportunidades te están esperando. Nomás quieren que digas "sí".
            —Ay, párale. Pareces programa matutino de la radio. O libro de superación personal. "El mundo es tuyo, tómalo". Puras mamadas.
            —Cuando digo “mundo” me refiero a la cantidad de hombres que están allá fuera. Todos cachondos y con ganas de zamparse un atascón contigo. Pero tú insistiendo con encontrar a tu “príncipe azul”. Me das güeva, la verdad.
            —Eres una depravada. Siempre pensando en el sexo. Toqueteándote todo el tiempo. Mordiéndote los labios. Viéndoles el pito a todos en la calle. Soñando con los mamones del gimnasio. Si tantas ganas tienes, hazlo. Pero a mí no me metas en tus cochinadas…
            —Cochinadas. El otro día oí que los cochinos tienen orgasmos de media hora. No mames. ¿Te imaginas? ¡¡Media hora!! Anda, imagínatelo.
            —Te dije que te calles. Mejor guarda silencio. Así nunca vas a llegar lejos. Nunca te van a tomar en serio.
            —Pero, por favor, ¡escúchate! Pareces actriz chafa de telenovela. Te está haciendo daño ver tanto el canal de las estrellas. Deberías salir más. Ir al cine, a cenar rico a un restaurante, a una exposición los fines de semana. A visitar a tus amigas a las que no ves en años. Pero no. Prefieres pasártela encerrada, echadota en la cama viendo las telenovelas. Para qué le movemos, tú no tienes remedio…
            —[suspiro].
            —¿No te vas a planchar el cabello? Siquiera cepíllatelo. Parece que te agarró el aguacero. Te digo que como sigas así, no vas a agarrar ni un resfriado.
            —[…]
            —¡Qué infantil eres! Ahora no hablas conmigo. Pero regresarás. Por la noche te tendré otra vez aquí y me contarás de tu fracaso y de tu desilusión. Anda pues, no me hables. En este juego tú siempre sales perdiendo.
            —¿Qué hora es?
            —Para ti siempre es tarde. Siempre estás retrasada. Siempre andas corriendo. ¿Para qué preguntas?
            —¡¡Puta madre!! ¡¡Es tardísimo!!
            —No te digo… 

Se escucha un portazo. En la habitación sólo queda un espejo que podría sentirse solo. Si pudiera.