jueves, mayo 21, 2009

El café


Tomo café desde que era pequeñito. En mi casa nunca fue tabú eso de darle café a los niños. En casa de mi abuela se tomaba café negro, hervido con azúcar. Terror de los puristas que afirman que hervir el café le quita todo su sabor. El café de mi abuela tenía un sabor característico. Un sabor que aún hoy me persigue. Cuando la visito, no hay que preguntar que me puede ofrecer, siempre la humeante, confortante taza de café negro con pan dulce.
          La última vez que vi a mi abuela, el pasado 10 de mayo, no tomé su cafecito. Mi abue es diabética y se había caído tres días antes. No estaba postrada, pero sus preocupaciones iban más allá de tener que preparar café negro para su nieto. Así que hoy que salí de la casa sin tomarme la tacita de café, me acordé de la ausencia del café de mi abuela.
           La familia de mi padre tenía cafetales por allá de los años sesenta. Cuando llegó el auge del producto en los ochenta, las fincas del abuelo se habían vendido y sólo quedaba la nostalgia del dinero que no nos embolsamos a partir del auge cafetalero. Mi padre siempre conservó esa nostalgia por los granos rojos y aromáticos. Cuando yo estaba en la preparatoria, compró un rancho cafetalero y lo trabajó con ahínco y disciplina (mi padre no conoce otra manera de hacer las cosas). El primer año tuvimos una cosecha mediana. Mi padre sembró una buena cantidad de plantas nuevas que ayudarían a aumentar la producción de las pocas matas que había en el momento de la compra. El precio se había desplomado, pero todavía era competitivo. Es decir, guardábamos la esperanza de que la fortuna sí nos tocara esta vez.
           Al año siguiente de la compra de la finca, nevó en la sierra. Charcos congelados, rocío sólido sobre el pasto, hielo y nieve sobre las hojas finas y los frutos rojos del café. El efecto fue desastroso, cuando el sol volvió a iluminar el rancho las hojas se habían marchitado y los frutos se habían convertido en arrugados y quemados testículos viejos colgados de las ramas, tal vez, por miedo al suelo. Acompañé a mi padre ese día. Llevábamos una sierra. Tiramos alrededor de doscientas plantas grandes de cafeto. Las plantas estaban calcinadas hasta el corazón del tronco. No podía salvarse gran cosa, aparte de la madera. La desilusión se dibujó en el rostro de mi padre. El café no era nuestro destino. Un año después vendió la finca en un precio ridículo y nunca volvió a hablarse de la fortuna perdida.
           Mi madre sirve el café con leche. Tiene la arraigada creencia de que el café negro genera daños irreversibles en los riñones, los nervios y el sueño. Y la leche es antídoto para todos esos daños. El día de hoy tiene un lechero que representa la joya de la corona. De todos los que todavía entregan en camionetas y recipientes de metal galvanizado el níveo líquido, es el único que le garantiza una gruesa nata en el momento de hervirlo. De esa leche le añade al café y el sabor es, también, memorable. Acompañado de un cuernito de manteca, no tiene rival para animar el inicio del día.
           Con esa tradición cafetera. En esta ciudad llena de pequeños esfuerzos empresariales y de exitosos gigantes trasnacionales, para mí el café es artículo de primera necesidad. Aunque con el tiempo le he añadido un nuevo ingrediente al cafecito: la compañía. Es como mejorar el aroma o el cuerpo del líquido. Cuando uno toma el café en soledad, resulta, la mayoría de las veces, con la mitad del sabor que tiene hacerlo acompañado. Y sin embargo, nada se le compara en estas mañanas frías de lluvias intermitentes.

4 comentarios:

Gabo dijo...

que onda
como vas?
pasaba a saludr
te e enviado unos mails
pero no sè si te han llegado

DIOS dijo...

Sin duda tienes razón y en este momento me prepararé no uno sino dos....

Jolie dijo...

:/ no bebeo café ahora si me siento fuera de sitio, solo añoro esos que huelen a canela o el de grano que preparaban en casa de mi padre pero nunca le hallé el gusto

si seguro que tendré dedicada mas de una mirada ajena pensando "como es posible que no le guste"

Anónimo dijo...

Del cafe solo recuerdo la sierra por donde camine contigo, hacia frio y estaba nublado y el olor a le;a de la cocina de tu mama.
Ahora hago cafe muy seguido pero pocas veces lo pruebo, solo con leche. Me sale muy bueno por cierto.
R