miércoles, enero 05, 2005

Reyes Magos

Aún recuerdo cómo era la víspera del seis de enero en casa de mis padres. La ansiedad iba en crescendo a lo largo de todas las vacaciones decembrinas. Todo lo anterior hacía crisis desde el momento en el que mi padre decidió que en nuestro hogar tenían que prevalecer las tradiciones nacionales y que, literal, “el pinche Santa Clós sólo era un invento de los gringos para hacer gastar a la gente a lo pendejo”. Por lo cual, en mi casa sólo hacían parada, iniciando el año, los Santos Reyes Magos. Durante mucho tiempo fue una crisis existencial tratar de explicarnos por qué a mi hermano y a mí, el risueño y barbudo consumidor de carnitas en traje rojo no nos quería. El 25 de diciembre veíamos salir por todos lados a los niños que salían a presumir (y a disfrutar, ahora que lo veo sin amargura) los juguetes que les había traído “el Santa”. Nosotros veíamos con harto rencor patriótico nuestro arbolito vacío y no podíamos dejar de pensar que el hecho de que los demás niños tuvieran juguetes en ese día implicaba que algo muy raro pasaba con nosotros. No faltaba, sin embargo, el tío caritativo que, con el riesgo de enfrentarse al carácter explosivo de mi padre, siempre llegaba con algún objeto precioso que “Santa había dejado en su casa para nosotros”. Todo esto lo decían, y hacían, en un lugar en el que mi padre no se diera cuenta de la estratagema. Recuerdo, con mucho cariño, una carreta que mi tía Alejandra nos regaló a mi hermano y a mí. Era una carreta de vaqueros de regular tamaño que tenía una particularidad harto recordable: estaba llena de dulces. Mi madre siempre nos traía a raciones de campo de concentración con aquello de los dulces, en ese tiempo corría el rumor de que la ingesta excesiva de azúcar te picaba los dientes. Falsedad de falsedades. Los dientes no se picaban, sino que se caían sin remedio. Y de esto fue víctima el Kojac, uno de mis primos más odiados, en tanto era uno de los más consentidos. Hoy da pena, está convertido en un alcohólico sin remedio. Todo es culpa de su madre, de eso estoy convencido, ese vicio enfermizo por los dulces, al crecer, no podía más que arrastrarlo hacia otras manías y vicios mucho más peligrosos. Los hijos del Kojac, que en eso siempre ha sido prolífico (debe de tener unos doce, en distintas sucursales) siguen disfrutando de la permisividad con respecto a la glucosa. Pues en fin, que la carreta estaba llena de dulces y mira que ahí vamos el Güicho (mi hermano) y yo a atascarnos de dulce hasta, prácticamente, sentir que el estómago pedía esquina y que el hígado se retorcía de incapacidad para procesar tal cantidad de calorías. El resultado, una indigestión de azúcar que fue igual de insoportable que escuchar, en dvd special edition a todo color y en audio de cinco canales, los doscientos cuarenta y siete discursos sobre las mujeres, los niños y los pobrecitos pobrecitos que se aventó Martita Fotz antes de asegurar aquello de “no voy a ser candidata a la presidencia”. Más indigesto que un cuentito del Sup Marcos con Durito de protagonista. Casi casi, como una novela de Isabel Allende o nuestra Laura Esquivel. En fin. Que esa experiencia nos pareció el castigo que los dioses del universo navideño mandaban por no hacerle caso al jefe Rex y nomás conformarnos con lo que nos traían los reyes. Ese día sí que era disfrutable. En la víspera poníamos los zapatos con las cartitas (garabateadas e ininteligibles) en las que pedíamos un montón de cosas imposibles. Y no era la paz mundial, ni la encarcelación de los expresidentes. La lista: una espada de los Thundercats que sonara como el sable de Luke Skywalker; un auto a control remoto que hablara como KIT (o KID o Kitsch), “el auto increíble”; un balón autografiado por Hugo Sánchez, que en ese entonces era el chido del Real Madrid; una televisión a colores en la que nos dejaran ver puras caricaturas (mi madre nos aplicaba la sesión de telenovelas que comenzaba con “Quinceañera” y terminaba con “Cuna de lobos”); un Mazinger Z que lanzara hartos rayos X, gamma, alfa y hasta de bicicleta; una máscara de Santo, el enmascarado de plata; un helicóptero a control remoto; una motocicleta. El caso es que los Reyes eran medio analfabetos, o nosotros no teníamos buena ortografía, porque nunca nos trajeron aquellas cosas que pedíamos. Siempre llegaban pelotas que ponchábamos a los dos días, triciclos Apache, Avalanchas causantes de las primeras cicatrices (conservadas en perfecto estado hasta hoy), juegos de béisbol con manoplas y pelotas que, inevitablemente, terminaban en el patio del vecino más gruñón de la cuadra, y eso sí, harta ropa (estábamos en el Tercer Mundo, igual y los Reyes creían que andábamos descalzos y encueraditos por la vida). El día que unos gandallas más grandes que vivían en la misma calle nos dijeron quiénes eran los Reyes (aquí no repetiré las palabras malditas de la infancia, puede ser que algún lector se sienta desilusionado o todavía conserve la inocencia de la niñez), no hubo dramas. Miradas resignadas y ambivalentes (a la hora de la comida no sabía si mirar a mi padre con rencor por haberme engañado o con infinito agradecimiento por intentar conservar una de las mentiras más dulces de la infancia). El tiempo pasó y los Reyes quedaron en el olvido (llegaron las reinas, entre otras coas). Sin embargo, hoy que vi las calles llenas de juguetes chinos de contrabando, de juegos de video esquizofrénicos y de flamantes tenis Naik, creo que todo ese circo, es uno bueno y de tres pistas. Mañana los niños tendrán una razón para seguir creyendo que sería genial que los Reyes Magos fueran sus verdaderos papás (¡imagínate la de juguetes!). Una pequeña mentira a control remoto y con baterías no incluidas.

2 comentarios:

Capi Conejo dijo...

Hola, Adrián. ¿A qué hora, día y en qué salón vas a dar clase en la Ibero? Sólo me queda la semana que viene.

Saludos.

el Ácido dijo...

Hola tocayo!!!
Muy chido tu blog este de los reyes magos, de hecho me trajo enormes y gratos recuerdos a esta memoria que muy frecuentemente sufre de Alzheimer. Recuerdo igualitíto que tú (o tu personaje, no quiero confundir autor-personaje para que luego mis profes de teoría no piensen que cobran y gastan su saliva en vano), que en mi casa tampoco existía el tan nombrado (sólo cuando conviene) y conocido Pancho Clos.
De hecho mi madre tiene el mismo argumento que el del padre del personaje (o tú?), pero en mi caso sí recibía numerosos regalos el 25 porque la tradición decía que la familia se debía de dar presentes entre sí. Aunque eso siempre fue una lata, porque las tías, mi abuelo, etc siempre (como mencionas) pensaban que mi madre no me vestía correctamente y me plagaban de ropa (lo cual ahora, debo reconocer, sería una bendicón).
En fin, te seguiré leyendo.
Muchas gracias por tu comentario en mi blog. Te mando un abrazo y un saludote.
Adrianation, alias: el ácido ribonucléico.