lunes, mayo 07, 2007

Vida de perros


Sobre la carretera que va de Tlatlauquitepec, Puebla (la ciudad donde viven mis padres alejados del mundanal ruido del DF) y el Distrito Federal conté once perros muertos. No estoy contando a dos tlacuaches y un gato. Once perros en un tramo que debe ser de alrededor de 400 kilómetros. En ese sentido un perro cada 36.36 kilómetros. Es un crimen.
          Los perros estaban en distintas posiciones, en variadas orientaciones, en múltiples estados de transportación. Es interesante ver cómo los perros atropellados en la carretera prácticamente son repartidos en un sinfín de lugares a través de las llantas de los autos que sin ninguna consideración pasan sobre los restos. Animales destripados, con el cráneo deshecho, con el estómago reventado. Las visiones de todo esto es algo que siempre me ha conmovido profundamente. Así como me admira la valemadrez con que un canino se cruza una calle en la ciudad obligando a todos los automovilistas a pararse para permitir el cruce del can, así también me parece imposible que esos once perros hayan tenido que morir.
          Yo nunca he atropellado a uno. Lo más cercano fue en la recta interminable que une León con Guanajuato. Iba con la santa y un perro se nos atravesó, así sin más. Alcancé a dar un volantazo y frenar a duras penas. Para mi buena suerte, el carril hacia el que viré el auto estaba vacío. Y digo para mi buena suerte, porque antepuse mi seguridad a la del perro que agazapado en el suelo en el último instante, esperaba el golpe de gracia que finalmente no vino. Ahora que lo pienso, probablemente crea que fue una estupidez ponerme en un peligro de muerte por no matar a un perro. En el fondo creo que no es así. ¿Quién o qué es lo que determina que mi vida vale más que la de aquel pulgoso que sin más se atravesó la autopista sin detenerse a agradecer la vida repentinamente recuperada?
          Supongo que lo volvería a hacer. Eso lo supe cuando ayer, en uno de los carriles de alta velocidad de la México – Puebla vi a uno de estos perros agonizando. Estaba con la mitad trasera del cuerpo deshecha; así, prácticamente deshecha, pero aún respiraba y sus ojillos buscaban algo más allá de lo que es dable ver para los humanos. Estaba erguido, como un antiguo guerrero que sabe que va a morir, pero que no pierde la dignidad hasta el último momento. Un hilo de sangre semicoagulada escurría de sus colmillos ensangrentados. Al verlo medité un largo rato sobre lo aparentemente insignificante, pero eternamente complejo que es esa cosa que llamamos vida.

3 comentarios:

Mary Carmen San Vicente dijo...

Yo soy del club, ¡qué horror! pobres animales pero no me vas a creer lo que encontré a un lado de la carretera el año pasado, peluuuudo peluuudo pero no era perro atropellado, ¡era un chango!, supongo que alguien lo fue a tirar ahí iuuuu qué cosa!

Un saludo,

fabricadepolvo dijo...

Mary Carmen,

bienvenida por estos lares y sí, un crimen lo que ocurre con los animales. Oye, el chango no habrá sido alguno escapado del Planeta de los simios que llegó a nuestro planeta de los humanos y fue sacrificado. Ok, demasiado debraye.

Mis palabras me delatan dijo...

Es increíble como la imagen de un perro atropeyado puede convertirse en una vorágine de pensamientos que ponen en peligro la estabilidad de un individuo. Alguien que tiene un sentido común tan desarrollado tiene, creo yo, una mayor facilidad para encontrar las expresiones artísticas (lo que sea que eso signifique). Me sorprende, sin embargo, el escuchar lo que provocan cosas como estas en una mente pragmática. Cada vez que regreso al pueblo donde me crié (un catalizador a mi imaginación), me encuentro con mi hermano que, a pesar de haber heredado varios cientos de héctareas, decidió ser, en sentido literal, un trailero. Me cuenta, sin remordimiento alguno, el cómo es el miedo el que, según su experiencia, causa la mayoría de los accidentes de carretera. Me cuenta de los coches que, al salir de una curva y ver su trailer enfrente, dan un giro a la derecha y se van "al voladero". Yo creía que mi hermano era un idiota, sin embargo luego me dí cuenta que simplemente es su forma de sobrevivir. Los conductores de aquellos autos y tus perros no sobrevivieron. ¡Qué bueno que no te accidentaste al evitar atropeyar al perro, mano! Me divirtió mucho este debraye.