lunes, octubre 23, 2006

¡La puta que los parió!


Yo entiendo muchas cosas. Entiendo que el sistema y la cultura en la que nos desenvolvemos es imperfecto. Que mucha de esa imperfección tiene que ver con el papel que como ciudadanos hemos adoptado. Que la enorme cantidad de gente pobre que habita en esta ciudad, en este país y en este mundo, tiene que volvernos precavidos a la hora de emitir cualquier juicio. Que en nuestro Mexiquito existe una taza de desempleo que no es la que nos muestran las cifras maquilladas del INEGI y que el presidente del empleo nomás no va a poder exterminar. Que la inseguridad en esta ciudad está cabrona. Entiendo todas esas cosas. Pero a pesar de entenderlas, no puedo más que maldecir a los hijos de su reputísima madre que me abrieron el auto la madrugada del sábado rompiendo los cristales, saqueando mis documentos, robándome libros y discos que traigo ahí para una emergencia de tráfico, pero sobre y ante todo, dejándome sin estéreo. No puedo vivir sin música. Es horrible manejar oyendo el ronroneo intermitente del motor del auto. Yo no puedo hacerlo. Me deprime. Creo que una de las cosas que hace que el tráfico sea llevadero y los autos no se estrellen unos contra otros en las calles es la música. La música que sea. Imagínense a un microbusero sin oír sus cumbias cholombianas o su reguetón, a un taxista sin su dosis de nostalgia vía Universal Stéreo, a una señora gorda con niños sin sus canciones de la D'Alessio (¿así se escribe?), a un oficinista sin sus dosis diarias de Ricardo Arjona, a un junior sin sus acordes de lo que sea. Nomás es impensable. Yo por eso el domingo me compré (y me instalé) un autoestéreo nuevo que pagaré en cómodas mensualidades sin intereses. En el súper me encontré a uno de los alumnos de la prepa "en zona de riesgo" en la que trabajo y me dijo con cara de desconcierto: "¿Y por qué no me dijo, profe? Le hubiera conseguido uno igual que el que tenía con la rata?". Guardé silencio. Sellé la garantía en Servicios al Cliente y me fui con un nudo que de la garganta bajaba al estómago y así alternativamente. Como una náusea nada sartreana. No hay duda de que la economía subterránea, como Dios, tiene sus propios (e infalibles) mecanismos de sobrevivencia.

1 comentario:

Neonidas dijo...

¡Puta inseguridad de mierda! Nos unimos a vuestra queja camarada, lo que esta patria necesita es una policía imperial, con perros mecánicos que muerdan con la fuerza de una Olivetti 84, métodos intransigentes de castigo, punición...