jueves, julio 13, 2006

¿Dónde, dónde...?

Están en algún lado. Siempre están en algún lado. Parecen inmóviles, pero nunca se sabe. Conozco a personas que aseguran que todo el tiempo han tenido dudas de que no muden de lugar a la menor provocación. Se ven tan indefensas, tan niñas, tan sin chiste. Y sin embargo...

Su poder reside en la confianza de que todos creemos que son así. Tan inexistentes. Como el diablo. La prueba de que existe está en que ya casi nadie cree en él. Como en Usual suspects. Todos buscando al culpable y el güey estuvo sentado todo el tiempo frente a nosotros. Y éstas son igual de perversas, igual de sonrientes, igual de cascabeleras. No hacen caso de ellas hasta que su ausencia es evidente. Entonces ocurre todo. El día se jode irremediablemente.

Enerva pensar en sus dientecillos sin boca, en sus colmillos chuecos e imperfectos. Siempre están mostrándolos. Como hienas. A veces se dan codazos entre ellas, y es cuando sueltan la carcajada. Van emitiendo risas escondidas en algún bolsillo, colgadas de cualquier aro, agazapadas en muchos bolsos de mujer desesperada por no poder atraparlas. Los comensales miran a la mujer retorcerse, maldecir, romperse las uñas, azotar el bolso. Pero saldrán vencedoras. Casi al borde del llanto, pero podrán levantar por sobre las cabezas a las niñas despeinadas, a las lombrices ruidopendencieras. Seguirán sonrientes, qué les importa que las atrapen, si mañana podrán repetir la rutina, y al día siguiente también y así hasta la fatalidad.

Porque la fatalidad llega. Un día, sin más, no aparecerán. Se ocultarán definitivamente. Cansadas de jugar a las escondidillas, decidirán desintegrarse sin mayor explicación. ¡Fuzzz! y nada queda. De la sorpresa se pasa a la angustia. Porque ¿qué podemos hacer sin ellas? ¿quién nos protegerá en el futuro? ¿a quién le echaremos la culpa de nuestros retrasos? Más allá de eso, y pensando en la perfidia con que siempre se han comportado, ¿quién nos garantiza que en ese momento no están jugando en otros bolsillos, meciéndose en otro columpio, o, peor aún, alimentando otra imaginación?

Ellas tienen el poder. A pesar de su naturaleza femenina son ostentosas de una virilidad nunca negada. Firmes penetrantes, consiguen la mayoría de las veces abrir los obstáculos que se les pongan enfrente. Cuando se pierden de manera irremediable, crean la suficiente tristeza y angustia como para pensártela dos veces no dedicar una gran parte de tu atención a cuidarlas. Provocan insomnio. Malestar general. No es buena idea dejar que se pierdan.

Con el tiempo todas esas sensaciones pasan. Llega un buen hombre que te entrega, siempre sonrientes y ruidosas, a las nuevas inquilinas de tu bolsillo. Con el tiempo todo se recupera. Como el proceso de un amor roto. Con el paso de los días se evade por las rendijas de la memoria la sensación de inseguridad, la angustia ante lo previsible, los sobresaltos ante el “y que tal si ahora que no estoy en casa”. Con el tiempo todo se arregla. Pero mientras me pregunto, ya sin tanta paciencia, ¿dónde estarán las pinches llaves?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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