martes, julio 12, 2005

El discreto encanto de la biografía

Viaje a través de lo improbable o la Odisea de Ramón Álvarez—Buylla.

Un mundo le es dado al hombre;
su gloria no es soportar o despreciar este mundo,
sino enriquecerlo construyendo otros universos.
Mario Bunge

Desde muy joven me han fascinado las películas de seres con trastornos mentales y asesinos psicópatas. No podía resistir observar con una atención desmesurada la forma metódica en la que estos hombres llevaban a cabo sus planes, me parecían más brillantes e inteligentes que los detectives que al final lograban atraparlos. Mi fascinación por todos esos personajes me llevó a plantearme dos opciones profesionales: por un lado podría seguir el camino de la psicología con sus teorías del comportamiento y la justificación de las acciones de los hombres a partir de la convivencia con sus semejantes; por el otro, podía intentar escudriñar los misterios del órgano rector de las emociones y del complejo sistema que daba forma a las acciones que ocurrían en la realidad, esto es, involucrarme en la fisiología médica.
Al final elegí ésta última y no tardé en darme cuenta de que la misión encomendada a esa parte de la ciencia no estaba dirigida exclusivamente a elaborar complicadas teorías dirigidas a explicar el comportamiento criminal, esto es, mi interés particular. La misión de esta particular forma de conocimiento estaba dirigida a salvar vidas y a intentar reducir o eliminar el dolor de las personas. Con el tiempo, los videos didácticos de operaciones fisiológicas y las explicaciones de maestros excepcionales, me parecieron igual de apasionantes que las cintas de detectives y los monstruos humanos retratados en pantalla. Hice de la fisiología y de la práctica médica, una auténtica vocación.
Vocación que me llevaba, a mi mediana edad, a frecuentar los congresos científicos que se realizaban acerca de nuestro campo de conocimiento con cierta regularidad. En uno de esos congresos nacionales fue donde conocí a uno de los hombres que más han modificado mi forma de ver la vida: don Ramón Álvarez—Buylla. El encuentro fue por completo fortuito y para nada carente de ese azar con el que los misteriosos manejos del universo suelen sorprendernos a menudo. Más aún, ni siquiera hubo contacto directo, esto es verbal o físico, con el genial científico, fue, como dije anteriormente, una obra maestra del azar y una evidencia de las acciones que se manifiestan en los caminos que no podemos discernir y que cruzan constantemente nuestra vida.
Caminaba por uno de los pasillos de aquél encierro que nos imponía el desarrollo del congreso, por momentos placentero y por momentos una miserable pérdida de tiempo, cuando vi a un hombre alto y con un acento intermedio entre el habla ibérica y el acento mexicano. Es decir, una forma de hablar que revelaba un origen hispano pero que también dejaba en evidencia un largo tiempo de vida en México. Discutía con otro hombre, al que había visto momentos antes en una mesa redonda y que formaba parte del comité científico gubernamental que se encargaba de elegir las opciones de financiamiento de las investigaciones en nuestro país. El miembro del comité le estaba diciendo que había sido degradado de su nivel como investigador, que de no ser por su intervención como miembro del comité, la sanción habría sido mayor.
El hombre se mostró en principio anonadado, completamente sorprendido, para después lanzarse en improperios contra aquella decisión. No podía entender cómo había ocurrido aquello y cómo el comité no había tomado en cuenta todo el trabajo de organización que había tenido que realizar a su llegada a la universidad que ahora representaba, la Universidad de Colima, ni del trabajo de orientación que estaba realizando con un grupo de jóvenes que se perfilaban como la nueva sangre de la investigación médica en el país. El miembro del comité argumentó que la reducción de nivel en el Sistema Nacional de Investigadores se debía a que tenía algún tiempo que no publicaba los avances que tenía en sus trabajos. Al oír esto, simplemente se dio vuelta y comenzó a caminar con una mujer que debía ser, sin lugar a dudas, su esposa y con otro participante del congreso.
Picado por la curiosidad decidí seguir al trío que para este momento llevaban una animada plática. El hombre aseguraba que se daría de baja en el SNI mientras su esposa y el otro hombre trataban de calmarlo y de persuadirlo de tal decisión. El científico movía la cabeza de un lado para otro y profería palabras ininteligibles desde el lugar en el que yo estaba. De repente, el hombre reparó en mi presencia y en la atención que prestaba a su plática. Pillado en mi actitud de chismoso ocasional intenté sonreír sin conseguirlo. El hombre relajó su rostro pero me lanzó una mirada que, sin lugar a dudas, quería decir algo como “¿qué chingados está mirando?” Lo vi dirigir unas cuantas palabras a su esposa y a su amigo para, acto siguiente, dirigirse al sanitario.
Me pareció excesivo en ese momento seguirlo y pedirle disculpas por mi intromisión tan poco discreta en su plática, así que regresé al auditorio en donde estaba a punto de iniciar nuevamente las conferencias. En el camino me encontré a un compañero de profesión que tenía dos años impartiendo cátedra en los Estados Unidos y le conté, intentando poner un poco de humor, la escena que recién había atestiguado. Le dije que me parecía excesiva la reacción del investigador y que no se podía justificar. En ese momento, el trío que se había quedado en el pasillo ingresaba al auditorio. Le señalé a mi amigo la figura del científico. Volteó a verme sorprendido.
— Lo degradaron de nivel ¿a él?
— Sí, ¿por qué te sorprende?
— Pero si es don Ramón Álvarez—Buylla.
Mi rostro no se inmutó, era evidente que el nombre no me era familiar. En ese momento mi amigo comenzó a enlistar una serie de frases de las que yo sólo logré atrapar palabras sueltas porque los encargados del sonido dentro de la sala hacían gala de su incapacidad. La muchedumbre que entró al auditorio al escuchar que la actividad se reiniciaba nos separó totalmente. Además de las palabras sueltas que después recordé: exilio, Asturias, URSS, Rosenblueth, entre otras, se me quedó marcada la última frase de mi amigo.
— ¿Sabes algo de la preparación del corpúsculo de Pacini?
— Por supuesto, Werner Lowenstein escribió bastante sobre eso.
— No fue Lowenstein en principio, fue él.
Mi amigo señalaba al interior de la sala en donde a duras penas se distinguía la figura del científico que momentos antes se encontraba fuera de sí al conocer la decisión del comité científico y que ahora prestaba una total atención a la exposición que se llevaba a cabo en ese instante. Su rostro mostraba una concentración total, un ansia de comprender los conceptos que los altavoces expandían sobre el público presente, a intervalos asentía con su cabeza que aún conservaba bastante cabellos y a ratos fruncía el ceño como un gesto de evidente desacuerdo. Una voz me sacó de tal observación, mi ponencia se había adelantado por la ausencia de otro investigador. Volteé a mirar nuevamente al científico que acomodaba sus gafas sobre el puente de la nariz y leía atentamente la versión escrita de la conferencia en la que se encontraba. Fue la última imagen, y la única en vida, que tuve de él. Lancé un suspiro y me dirigí a preparar mi participación.

Todo lo anterior no significaría más que una anécdota destinada a quedar sepultada en el olvido sino fuera porque algunos años después me habló mi amigo de Estados Unidos para decirme que llegaba a México y que esperaba que nos viéramos. Le dije que sería un placer hacerlo y me ofrecí a recogerlo en el aeropuerto. Al llegar y después de los abrazos y de las preguntas obligadas acerca de la familia y el destino de conocidos comunes, le pregunté del por qué de su visita tan intempestiva. Me dijo que iba a participar en un homenaje póstumo que el Ateneo Español le ofrecía a Don Ramón Álvarez—Buylla. Tuve que hacer un esfuerzo para relacionar el nombre con la imagen del científico que había conocido azarosamente en aquél congreso. En esa ocasión no perdí oportunidad de preguntarle algunas cosas acerca de la vida de tal personaje. Me sorprendió su respuesta.
—No puedo responder a todas tus dudas por completo. Tengo casi todas las referencias de sus trabajos y conozco a grandes rasgos las aportaciones que realizó en su campo de estudios. Pero de su vida privada conozco muy poco: palabras sueltas, anécdotas sin contexto, en fin. Sé que nació en España y que vivió algún tiempo en la antigua URSS. Que trabajó en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del Politécnico y en el Instituto Nacional de Cardiología con el Dr. Rosenblueth. Creí que por tu trabajo de tesis acerca de la regulación de la glucosa habías consultado alguno de sus trabajos.
— Pues, de hecho, no lo hice.
— No importa, aquí traigo una copia de uno de sus textos referidos al tema. Creí que podría interesarte.
Tomé el legajo de fotostáticas que mi amigo me ofrecía y lo hojeé despreocupadamente. Dejé a mi colega en el hotel ante su negativa de acudir a mi casa. Dentro de un taxi y de camino a mi departamento comencé a leer el trabajo del maestro. A pesar del año en el que había sido publicado (1951), contenía grandiosas intuiciones y descubrimientos interesantísimos. Llegué hasta mi escritorio y devoré con deleite las páginas de apretada tipografía que iluminaban con sus razonamientos algunos huecos que yo no había podido resolver en mi tesis. La madrugada me sorprendió releyendo el texto y comparando las tesis expuestas con otros trabajos posteriores. No cabía duda, Álvarez—Buylla había sido pionero y constructor de nuevas formas de entender la manera en como el cuerpo humano reacciona. A pesar de tener mis recelos con respecto a las teorías pavlovianas, los experimentos de don Ramón me parecían de una claridad espeluznante.
Por la pasión con la que había abordado el texto, casi se me olvida que había prometido recoger a mi amigo y acompañarlo a su conferencia. Cuando pasé por él ya estaba desayunando en el restaurante del hotel y me pidió que lo acompañara. No podía ocultar mi emoción por el descubrimiento del trabajo del homenajeado. Mi amigo solamente sonreía.
— Pues si te parece interesante su trabajo como científico, más apasionante te parecerá su vida. Dicen que hay material para escribir unas cuantas novelas basadas en sus aventuras.
— ¿Y sería una buena novela?
— Sería excelente.
Salimos con el tiempo suficiente para llegar al Ateneo caminando. Mi amigo me contó que su sorpresa ante los descubrimientos de don Ramón habían sido similares.
— Lo conocí mientras tomaba mis clases de maestría en lo que hoy es el Cinvestav (Centro de Investigación y de Estudios Avanzados). Era uno de los maestros más respetado por la rigidez con la que conducía su clase y por la brillantez con que transmitía sus conocimientos. Nunca se desesperó ante una pregunta de sus alumnos ni creyó que alguna duda en nosotros se derivara de la necedad o la falta de entendimiento. Todas las dudas tenían validez, algunas podían dirigir la atención hacia elementos que no habían sido considerados. Era un cirujano sorprendente, de una limpieza en los cortes y de una inventiva capaz de transformar aparatos anodinos en herramientas capaces de convertirse en una fuente de datos impresionante. Creo que como maestro fue uno de los mejores, sino el mejor, que he tenido. Mira, hemos llegado.
La vista del edificio era magnífica en ese día. Sería por la cantidad de gente que se juntaba, se reconocía, se recordaba mutuamente. El evento resultó una serie de reconocimientos sinceros hacia la obra del maestro muerto hacía poco tiempo y de la recuperación de los recuerdos que le garantizaban al singular científico un lugar en el corazón de los ahí reunidos. Pasear por los pasillos y las escaleras del edificio, era estar expuesto a una cantidad de elogios que, por el tono y la vehemencia con que eran expresados, no podían ser gratuitos o fingidos. Los fragmentos de las conversaciones quedaban retumbando en la cabeza el tiempo suficiente como para que no pareciera distinta de la que le seguía:
— Era un hombre con una visión enorme, que igual podía poner atención a un problema en conjunto que detenerse en los detalles que cuestionaban las observaciones generales. Era lo que podría decirse, un descubridor, es decir, no un continuador redundante de campos ya estudiados, sino un impulsor de nuevas soluciones a problemas planteados...
— Es una pena todo esto. Ramón siempre fue un buscador incansable de la verdad y un generador y transmisor de conocimiento. Siempre creyó que los logros científicos individuales no eran más que aportaciones al saber colectivo. Nunca se pensó a sí mismo como un ser egoísta cerrado a exponer opiniones o a contradecir supuestos. Mostraba sin recelo los avances que había logrado en sus estudios, no importándole que después esas intuiciones le fueran arteramente plagiadas...
—Amaba su historia, sus orígenes, su identidad. Probablemente hubiera alcanzado la fama si no hubiera dado preponderancia a las revistas en las que publicó sus trabajos. Revistas latinoamericanas por sobre las solicitudes de revistas extranjeras que le pedían los avances de sus investigaciones. En ese sentido, siempre fue un hombre orgulloso del conocimiento generado en esta tierra...
— Es cierto que tenía su carácter, quién lo puede negar. Pero sin ese carácter y esa disciplina impuesta a sí mismo para realizar sus experimentos científicos, tal vez no hubiera obtenido los resultados que obtuvo. A pesar de su genio, nunca perdía la oportunidad de establecer una buena conversación con quien estuviera interesado en sostenerla, igual con sus colegas que con el vendedor de periódicos o con el conserje del instituto. Nada le parecía insignificante, ni indigno de atención...
— No se le conoció militancia política. Siempre se andaba riendo de las tarugadas que los políticos hacían en nombre del bien común, risa que se transformaba en coraje porque la candidez de los funcionarios se transformaba la mayoría de las veces en cinismo expreso. Sin embargo, nadie le puede colgar ninguna etiqueta más allá que la de hombre cabal, sin militancias, sin compromisos más que con el conocimiento...
— Fue un buen padre y un buen marido, atento, amoroso. Mucho más que eso, o por eso mismo, fue más que un maestro y científico genial, un excelente ser humano...
La voz me parecía conocida, al volver el rostro miré a la mujer que años atrás acompañaba al científico en el mencionado congreso. Era su esposa, Elena Roces. Parecía haberse llenado con la vitalidad de su marido, atendía a todos y para todos tenía alguna palabra o algún gesto que delataba el afecto que las personas que la saludaban habían tenido para su esposo y para la familia en general. Parecía como si desde el fondo de la mirada serena de Elena, don Ramón mandara parabienes a todos los que aún lo recordaban.
Estaba en estos pensamientos cuando la mano de mi amigo sobre el hombro me avisó que nos teníamos que marchar. El camino hacia su hotel fue un apasionante diálogo acerca de los temas médicos que Álvarez—Buylla había tratado. Además de su trabajo sobre la regulación de la glucosa en el cuerpo había trabajado con el corpúsculo de Pacini, un mecanorreceptor encapsulado, mismo que don Ramón había ubicado en el mesenterio del gato; pero lo que más le impresionaba a mi interlocutor era el trabajo desarrollado por el maestro para sustituir la hipófisis por glándula salival, un logro que no le fue reconocido sino después de mucho tiempo y que, aún así, era visto con recelo a pesar de las demostraciones contundentes.
Conversando animadamente llegamos a la puerta del hotel y nos despedimos. Un fuerte abrazo y deseos sinceros sellaron nuestro encuentro en aquél nuevo descubrimiento para mí. Él prometió enviarme todo el material que tuviera de don Ramón y yo le prometí tener una correspondencia continua para informarle de las nuevas que ocurrían en este país. No le aseguré buenas noticias, pero si le aseguré que lo mantendría al tanto. Lo vi subir al ascensor para llegar a su cuarto, las puertas corredizas se sellaron y yo metí mis manos en el saco que en ese momento era inútil ante el frío inclemente de la noche. Me introduje en el mismo taxi que nos había traído y desaparecimos al doblar la esquina en el intrincado laberinto de la ciudad de México.

En busca del pasado perdido: los primeros años.
Algunos meses después del homenaje a don Ramón ya había devorado toda la literatura que sus trabajos sobre fisiología me habían ofrecido. Mi amigo había cumplido su promesa y ahora tenía sobre mi escritorio una cantidad de textos esparcidos, subrayados y releídos que habían salido mágicamente de un paquete de correo. Mi colega tenía razón, sus investigaciones médicas me habían impresionado y dejado un agradable sabor de boca y una refrescante contribución al cerebro. Lo que me intrigaba ahora, eran otras cosas. ¿Cómo era posible que un hombre cosechara tantos buenos recuerdos y elogios en personas tan dispares? ¿Quién había sido ese hombre que ocasionaba que hombres duros en apariencia se les quebrara la voz al hablar de él? ¿Cómo había sido la vida del hombre, más que del científico?
Todas las preguntas rebotaban en mi cabeza y la curiosidad crecía a cada momento. Decidí investigar por mi cuenta con resultados desastrosos: no pude encontrar más que fichas técnicas donde se mencionaba los lugares en los que había trabajado en México, algunos de sus textos publicados y, cuando más, su fecha de nacimiento. Me parecía una pérdida de tiempo todo aquello. Tal vez el pasado de aquél hombre estaba condenado a quedar para siempre oculto. Entonces tuve una idea. Sabía que don Ramón había llegado a México procedente del extranjero. En alguna oficina gubernamental tenían que existir datos de aquél arribo. Me comuniqué con un amigo que tenía en Migración para pedir si podía revisar sus archivos en busca del nombre que le pedía. Me dijo que tal vez le llevaría algún tiempo. Esperé con impaciencia durante tres días y, cuando pensaba que todo había sido en vano, el teléfono sonó y escuché la voz de mi contacto decirme que había encontrado las referencias que le pedía pero que estaban en los archivos viejos, esto es, que no estaban en el sistema electrónico, por lo que tendría que consultar el expediente en papel. Salí casi corriendo hacia las oficinas en las que estaban los libros, saludé con impaciencia a mi amigo a pesar de no haberlo visto en mucho tiempo y con manos temblorosas tomé el fólder viejo de cartulina amarillenta y hojas escritas a máquina y con olor a rancio. Mi amigo me pidió un café y me dejó su oficina en lo que revisaba el expediente. El expediente constaba de dos hojas con información miserable. De lo rescatable, decía que había nacido el 22 de junio de 1919 en Oviedo, Asturias, donde había recibido el nombre de Ramón Álvarez—Buylla de Aldana. Los nombres de sus padres: Arturo Álvarez—Buylla Godino y Blanca de Aldana. Llegó a América a través de Baltimore y Nueva York en los Estados Unidos. Asimismo, solicitaba radicar en México por cuestiones políticas. La fecha del documento, además, estaba borrosa, marcaba algún día de enero de 1947, esto es, tiempo después de haber finalizado la Segunda Guerra.
Le di vueltas al documento intentando encontrar alguna cosa más. Mi insistencia se vio recompensada con un nombre y una dirección. En el espacio que señalaba “Persona conocida en el país”, estaba el nombre de un tal Pablo E., un número telefónico de cinco cifras y una dirección en la colonia Roma. Anoté sin gran convicción la dirección esperanzado de que Pablo E. continuara vivo. Salí de la oficina dejando el fólder sobre el escritorio de mi amigo y avisándole a su secretaria que no lo podía esperar. Salí del edificio federal con menos entusiasmo que con el que había entrado.
Tenía toda esa tarde libre, así que decidí darme una vuelta por la dirección de 1947 de Pablo E. como una forma de confirmar que era imposible que siguiera habitando el mismo sitio. La vida le reserva a uno sorpresas, al llegar a la casa enunciada en la dirección, pude ver que estaba lo suficientemente vieja y descuidada como para que tuviera más de cincuenta años. Jalé la campanilla y esperé, después de casi diez minutos, volví a mover el cordón. Justo cuando me disponía a retirarme convencido de la inutilidad de tal espera, los goznes de la puerta rechinaron y le abrieron paso a un anciano que entrecerrando los ojos por la luz que le pegaba de frente trataba de ver quién estaba en el quicio de su puerta. Cuando sus pupilas se acostumbraron a la luz de la calle, se atrevió a preguntar.
— ¿Quién es?
Me pareció inútil decirle mi nombre.
— Un amigo de don Ramón Álvarez—Buylla.
El viejo pareció desconcertarse un momento, después siguió avanzando hacia la puerta exterior y fijó sus ojos cafés en mi persona.
— Eres muy joven para ser amigo de Ramón.
— En realidad, soy un estudiante de fisiología y estoy haciendo un trabajo sobre el doctor y creí que usted podría ayudarme.
— No soy médico, además, tiene muchos colegas que podrían explicarte mejor lo que quieres saber.
— Es que no es sobre su trabajo, sino sobre su vida.
— Y qué voy a saber yo de su vida. Pregúntale a él.
— No puedo. Ha muerto.
Hasta ese momento me di cuenta de lo que había hecho. Aquél anciano creía que su amigo (si es que lo era) seguía vivo y le estaba fastidiando la merienda. Cuando escuchó la noticia emitida con tan poca diplomacia, pareció estremecerse para después sólo abrir la puerta y darse la vuelta. Me quedé parado sin saber qué hacer.
— ¿Vas a pasar o te vas a quedar allí como idiota?
La respuesta era obvia. En el interior de la casa flotaba un olor a rancio, como si la luz del sol no hubiera entrado ahí hacía mucho tiempo. Traté de ubicar la presencia de alguna otra persona en aquella casa pero parecía que aquél hombre vivía solo. Me señaló un sillón de diseño antiguo que se conservaba bastante bien. Desapareció tras de una puerta y regresó trayendo en sus manos una botella de anís y dos vasos. Mientras tanto, yo husmeaba con mi vista todos los rincones del cuarto, en la penumbra pude distinguir un bodegón que colgaba sobre un comedor que parecía no había sido utilizado en mucho tiempo; más allá un altar con dos veladoras prendidas cuyo humo había llenado el techo de un negro que se veía imposible de desaparecer; fotografías que no decían nada hasta que mi vista topó con una que parecía haber salido de algún libro de texto: Francisco Franco Bahamonde mirando a la cámara desde un punto indefinible en el tiempo y abrazando al que parecía un cadete recién graduado de la academia. El viejo miraba divertido mi curiosidad.
— Es mi padre.
Mis ojos se fijaron estupefactos sobre su rostro surcado de arrugas. El acento era inconfundiblemente ibérico.
— Franco no, el que está a su lado. Se llamaba Rubén Etchegaray. Pero eso fue hace mucho tiempo. ¿Cómo supo dónde vivía o qué le hace creer que yo sé algo de la vida de Ramón?
— Porque cuando el doctor llegó a México dio su dirección como referencia personal. Está en los archivos de Migración.
— Debí suponerlo, a esos cabrones no se les escapa nada. Está bien. ¿Qué quiere saber sobre Ramón?
¿Qué quería saber sobre Ramón Álvarez? Era una pregunta que me había hecho muchas veces pero que nunca había podido contestar a cabalidad. Quería saber cómo había sido su niñez, cuál era la razón por la que salió de España, cómo llegó a México. En fin, todo lo que pudiera averiguar.
— No lo sé a ciencia cierta. Tal vez podríamos empezar por cómo lo conoció.
El viejo lanzó un suspiro hondo, como si se dispusiera a hacer un largo viaje hacia lugares en el tiempo de los cuales había decidido desterrarse voluntariamente.
— Conocí a Ramón en Oviedo. Cuando niños. Los niños de la escuela le hacíamos burla porque era hijo único y sus padres lo consentían bastante. Don Arturo, su padre, me estimaba aunque no tuviera las mismas ideas que el mío. Nuestros padres eran amigos aunque la política los distanció durante algún tiempo. El padre de Ramón abrazó la causa equivocada en ese momento. A Ramón le gustaba mucho el fútbol ¿sabe?, era buen jugador y se enorgullecía de eso. El caso es que sólo pudimos convivir durante poco tiempo, ya que sus padres se mudaron, primero a Madrid y después a Tetúan, en el África. Don Arturo era un hombre liberal que se había unido al proyecto de la República, su compromiso era tal que estuvo como alto comisario en Marruecos. Mientras tanto, Ramón crecía de manera normal, como cualquier chico español. Estudios en colegios católicos. Cuando terminó la preparatoria aseguraba que ingresaría a la facultad de medicina en Madrid. Sin embargo, siempre tenía tiempo para regresar a su tierrina. Volvía a Asturias como si la tierra le enviara un mensaje cifrado en el viento que él siempre atendía. Era un buen país, una buena tierra llena de buena gente. Sin aquello, todo habría sido distinto para nosotros.
— ¿Sin aquello?
— La guerra, muchacho, siempre la maldita guerra. A Ramón le sorprendió la guerra civil en Tetúan junto con su familia. El Tercio, franquistas por supuesto, los pusieron presos a mediados del 36. Los franquistas, que sabían del valor de don Arturo, le ofrecieron colaborar con ellos. Obviamente se negó. Así que lo encarcelaron en la prisión del Monte Hacho, en Ceuta y a doña Blanca la recluyeron en un convento. Todo esto lo supimos porque mi padre intentó que su amigo no corriera con tan mala suerte.
— ¿Lo logró?
— No, a don Arturo lo fusilaron casi un año después de su aprehensión, el 16 de marzo de 1937. Allí mismo en la cárcel.
— ¿Cómo es que recuerda la fecha?
— Fue un día antes del día de San Patricio... un día antes de que mi padre muriera en las trincheras de la ciudad.
Guardé silencio ante la revelación, don Pablo le dio un trago grueso a su anís y levantó la vista. No pude evitar la pregunta.
— ¿Y doña Blanca?
— Corrió una suerte diferente. Gracias a la intermediación de la Cruz Roja Internacional logró ser canjeada por otros prisioneras y llegar a México.
— Con Ramón.
— No, Ramón logró escapar antes a Tánger, una ciudad con estatuto de puerto internacional desde 1923. No se sabe cómo llega a España y se enrola en la columna de Galán, la leyenda del Quinto Regimiento. Sin embargo, no permanece en el frente mucho tiempo, a pesar de sus deseos. Los amigos de su padre, saldando la deuda de su pérdida, lo retiran del campo de batalla.
— ¿Y ya no combatió?
— Era difícil imponerle algo a aquél muchacho. Entonces tenía solamente 17 años. Se unió al grupo de adiestramiento para aviación, quería seguir los pasos de su padre. Miente sobre su edad al médico a cargo, don Dionisio Nieto, que también estuvo en México, para ser aceptado en el grupo. Como así ocurre, pasa un tiempo en Sabadell en Cataluña aprendiendo a pilotear aviones soviéticos con maestros soviéticos. Debió ser difícil para él tener todas esas responsabilidades a tan corta edad.
— ¿Y después?
— ¿Después? Después nada. No volví a saber de él hasta que llegó a México. De hecho aquí nunca nos vimos. Supongo que por una decisión acertada. Sabíamos que si nos volvíamos a ver tendríamos el impulso de reprocharnos mutuamente lo que había sucedido, y sin razón. Nadie tenía la capacidad de parar aquella locura desde el momento en que se desató. Ni nosotros, ni nuestros padres, nadie.
El anciano guardó silencio por un momento y después apuró lo que restaba del anís que se calentaba en sus manos. Sacó un reloj reluciente del bolsillo de su chaleco de lana y volteó a mirarme. Era tiempo de irme. Le agradecí todo lo que me había dicho y le estreché la mano. Estaba fría, como la de un muerto.
— Espera —me dijo mientras se introducía a uno de los cuartos de la casa y se oía que abría un cajón— si quieres saber qué es lo que pasó con Ramón después, esta persona te puede ayudar. Vino hace algunos años a preguntar cosas sobre Ramón, igual que tú. Aunque supongo que con distintas razones.
Me extendió una tarjeta amarillenta en la que se veía un nombre impronunciable junto a un teléfono, sin ninguna dirección.
— Y ten cuidado muchacho. Si persigues fantasmas, ten bien claro qué hacer cuando los encuentres.
Volví a agradecerle a don Pablo y salí de su casa. El airecillo helado hizo que un escalofrío recorriera toda mi espina dorsal enervando los poros de mi piel. Al llegar a la primera lámpara con luz decente volví a sacar la tarjeta y a intentar leer el nombre: Alikoshka Goliadkin. Era un buen nombre para cualquier fantasma.

Como no ser comunista y no morir en el intento: los años en Rusia.
De regreso en casa, y después de una noche de sueño inquieto, decidí revisar lo que había en el teléfono de la tarjeta que don Pablo me había entregado, pero cada vez que lo marcaba, una voz femenina indicaba en una grabación que el número estaba mal marcado o no existía. Decidí recurrir nuevamente a mi contacto en Migración. Después de disculparme por la salida violenta de la vez anterior y una vez asegurándome de que podía pedirle un nuevo favor, le planteé el asunto que me llevaba a llamarlo por segunda vez en tan corto tiempo. Había un tipo, ruso seguramente, que vivía o había vivido en México. Necesitaba saber cómo contactarlo. Mi amigo me pidió el nombre, se lo di y dijo que me llamaría en cuanto tuviera alguna información. Le agradecí y me dispuse a esperar otros cuantos días en lo que se encontraba alguna información.
Grande fue mi sorpresa cuando escuché que el teléfono sonaba a los veinte minutos y escuché la voz de mi cómplice en aquella búsqueda desenfrenada.
— Lo tengo. Este fue más fácil. Es un pez grande al que hemos estado vigilando lo menos desde hace unos quince años. Llegó después de lo de Gorvachov y lo de la independencia de las repúblicas que formaban la URSS. Por mucho tiempo hemos sospechado que realiza tareas de espionaje con los ciudadanos ex—soviéticos asilados en nuestro país. Tiene buenas referencias como agente de la KGB antes de que se disolviera en 1991. Aquí trabaja como traductor en la embajada rusa y como profesor de historia contemporánea en la Universidad Hispanoamericana. Tengo aquí su dirección y su número telefónico. ¿Los quieres?
— Por supuesto.
El hombre que podía seguir desentrañando los misterios de la vida de Álvarez—Buylla, vivía acompañado de una chica cubana en un departamento amplio de la colonia del Valle. Cuando le solicité la cita, lo traté como maestro, a fin de que creyera, sin que yo tuviera necesidad de aclarárselo, que el asunto era académico. Nos vimos una viernes por la tarde en un edificio desde el cual podíamos ver el reloj del Parque Hundido, los corredores acompañados de sus perros y los besos furtivos de los novios que se creían a salvo de miradas indiscretas.
— Y ¿cuál es el asunto acerca del cual desea consultarme?
— Acerca de la vida en la Unión Soviética del doctor Ramón Álvarez—Buylla.
— ¿Perdón?
— Un exiliado español que llegó a México en 1947, al cual su país entrenó como piloto de guerra, pero que terminó como médico. ¿Paradójico verdad? En fin, un hombre al que ustedes siguieron vigilando durante su estancia en este país.
El hombre de constitución gruesa, ojos café claros, cabello inexistente y dueño de un acento inconfundible, me miró de arriba abajo por un momento y después se puso de pie, mientras encendía un puro cuyo olor siempre me ha parecido nauseabundo.
— Discúlpeme señor. Mi campo es el de la historia contemporánea, no el de las novelas de espionaje. Ahora, si su visita no tiene nada que ver con algún requerimiento académico, le pediré que se retire de mi casa. No recuerdo el nombre que menciona, porque, de hecho, no tendría porque recordarlo.
No sería fácil hacer hablar a aquél tipo. En lo que diplomáticamente me echaba de su casa, seguramente había catalogado y explorado todas las posibilidades acerca de mi identidad. Decidí ser un poco más abierto, sólo un poco más.
— Discúlpeme profesor Goliadkin, no quise molestarlo de esa manera. Verá, soy un estudiante de doctorado en fisiología de la UNAM. El doctor que le he mencionado es uno de los científicos más brillantes en lo que se refiere a mi área. He decidido hacer una investigación biográfica acerca de él. Como pasó algún tiempo en la antigua URSS, creí que una persona como usted, esto es, un observador crítico de la historia contemporánea podría ayudarme.
— ¿Y quién le dijo que yo era la persona adecuada?
— Su embajada nos lo recomendó ampliamente, según ellos es usted un excelente historiador y uno de los mejores traductores con que cuentan.
Sonreí, era mejor parar con los elogios antes de que sonaran falsos e interesados. Alikoshka me miró con curiosidad disimulada, su esposa estaba en el marco de la puerta y lo veía, él le hizo una señal y ella desapareció.
— ¿Cómo dijo que se llamaba este hombre?
— Álvarez—Buylla. Perdón, Ramón Álvarez—Buylla de Aldana.
— Bulanov Roman.
— ¿Qué?
— En Rusia su nombre era Bulanov Roman. Después de que tuvimos que salir de España, los camaradas ahí destacados llevamos con nosotros a un grupo de jóvenes que estaban aprendiendo a pilotar aviones. Bulanov estaba con ellos. En ese entonces era asistente de un instructor de vuelo, era joven pero recuerdo todo lo que sucedió. Fue una de las experiencias más agobiantes que conozco. Para franquear las fronteras, los españoles tenían que declarar un nombre ruso y mantener la boca cerrada a fin de que todos pudiéramos estar a salvo. Salimos de Sabadell en España secretamente e iniciamos un recorrido para nada turístico por todo el este europeo. Llegamos a El Havre, en la desembocadura del Sena, de esos astilleros nos embarcamos hacia Leningrado, hoy San Petersburgo. Para llegar hasta ahí cruzamos los gélidos mares del norte de Europa. Pero no era nuestro destino final, de Leningrado recorrimos en ferrocarril, toda la llanura del Don hasta llegar a Rostov, otro puerto en el Mar Negro. De Rostov, recorrimos por tierra hasta el puerto de Majachkala y de ahí, a Bakú, en las playas del Mar Caspio. De Bakú nos movimos hacia Kirovabad, hoy Vjatka, donde nos establecimos permanentemente. El pueblo de Kirov era sumamente pintoresco, no parecía para nada un campo de entrenamiento. La naturaleza lo rodeaba todo, montañas, llanuras, vegetación, todo parecía ser perfecto. Sin embargo, la disciplina del cuartel era rígida: levantarse a las cuatro de la mañana para estar dos horas después en los campos de entrenamiento. Bulanov, o Ramón si lo prefiere, llegó a volar en aviones de combate. Pero era demasiado tarde para él y para su causa. En ese año, 1938, la guerra civil en su patria ya se había decidido, por desgracia en contra de sus ideales. Los 150 nuevos pilotos que la república soviética había entrenado ya no tenía fines prácticos que perseguir. Al menos no en el frente de batalla español.
— ¿Qué pasó entonces? ¿Regresó a España?
— No, no lo hizo. Por su mente pasaron varias posibilidades, entre ellas alcanzar a su madre aquí en México. Pero si regresar a España era bastante difícil, llegar a México en medio de la situación en la que se encontraba, resultaba todavía peor. No sólo se necesitaba dinero, las imposibilidades tenían que ver con fines más prácticos como el férreo control de los puertos y las ciudades.
— Entonces su gobierno lo mandó a estudiar medicina.
— No exactamente. Al ver que el entrenamiento ofrecido a estos jóvenes entusiastas no tiene un fin inmediato, los altos mandos militares deciden integrar a este grupo con entrenamiento previo a un grupo de investigación y reacción revolucionaria.
— ¿Qué era eso?
— Básicamente academias de espionaje y sabotaje militar. Sin tomar en cuenta la opinión de los muchachos y, peor aún, sin avisarles, son transportados repentina y secretamente hasta la ciudad de Jarkovo en plena estepa siberiana. Disfrazados de técnicos mineros, los llevan a campos de entrenamiento militar.
— Debe haber sido algo sumamente emocionante.
— Para Bulanov no lo fue. Al darse cuenta de lo que tramaban aquellos militares se rebela y enfrenta al comandante en jefe del escuadrón de nuevos reclutas. Fue una suerte que aquél veterano de la lucha revolucionaria no tuviera conocimiento cabal de los insultos castellanos. Como a duras penas entendía algunas palabras españolas no hizo más que retirar a Ramón del grupo y enviarlo, como castigo, a laborar en una fábrica de camiones en las estepas del Don. Es decir, de regreso a Rostov.
— No entiendo, ¿por qué motivo decidió salir de ese ambiente? Más aún, ¿por qué aceptó recluirse en una fábrica automotriz?
— Bulanov era un hombre de ideales. Algo que usted, en estos cínicos tiempos, tal vez no entienda. Él había decidido tomar el entrenamiento militar para rescatar a su patria de lo que a él le parecía una tragedia inminente. Toda el tiempo dentro de los entrenamientos se mostró como un hombre decidido a luchar frente a frente, esto es en igualdad de condiciones, con el enemigo. Él creía en lo que su padre había creído y por lo que había muerto. Bulanov estaba decidido a morir por esos ideales. Y eso no era atribuible solamente a su juventud, tenía que ver con sentimientos profundos, con una fortaleza de carácter que no cualquiera puede presumir. Formar parte de un grupo dedicado a la hipocresía y la simulación como forma de vida no representaba ninguna opción.
— ¿Qué pasó entonces?
— Pues llegó hasta la desembocadura del Don, a las orillas del mar de Azov y se dedicó a trabajar con ahínco. Entre rusos y ucranianos principalmente, pero reunido también con compañeros españoles que después de sufrir la derrota de la república se encontraban reunidos en ese lugar, trabaja como conductor de pruebas, como repartidor, hasta como cargador. Transportaba su carácter a todas las actividades que desempeñaba, así fue como recibió el nombramiento de primer estajanovista, esto es, de trabajador sobresaliente.
— Pero entonces, ¿cómo fue que estudió medicina?
— Eso ocurrió después. Dentro del tedio que suponía la cotidianeidad de la fábrica, Bulanov encontraba otras distracciones. Esas distracciones consistían, básicamente, en enamorar a las lugareñas. Claro que para lograr ese cometido tenía que tener tiempo libre, y el único que encontró fue aquél que estaba destinado al estudio del ruso y a la revisión de los textos marxistas. Sus constantes ausencias y sus cuestionamientos continuos, hicieron que sus compañeros del colectivo lo acusen de contrarrevolucionario. En asamblea se decide mandar una notificación al Partido Comunista Español.
— ¿En esas condiciones tenía alguna influencia el PCE? Se suponía que estaban dispersos.
— Gran parte de los integrantes se encontraban en Moscú y se encargaban de regular las actividades y de observar a los refugiados españoles. Lo que hacen es enviar inspectores desde Moscú a fin de vigilar a este tipo que prefiere pasearse con las chicas a tener un compromiso férreo con el Partido. No hubieran conseguido tal cosa, Bulanov nunca se afilió a ningún partido. Era una convicción que mantendría durante toda su vida, o al menos durante el tiempo que conviví con él. Decía que no le debía nada a ningún partido, entonces no tenía porque afiliarse a algo en lo que no creía. Los inspectores llegan a Rostov y comienzan a investigar las acciones del renegado.
— Debieron de castigarlo severamente.
— De ninguna manera. De hecho parecía que su destino ya había sido trazado de antemano, y ese destino no era recibir un reconocimiento de treinta años como ejemplo obrero de manos de José Stalin. Bulanov se hace amigo de uno de los inspectores de PCE, un tipo jovial que se llamaba Antonio Montero, pero que todo el mundo conocía como “Popeye”. Cuando los inspectores revisan el historial y los antecedentes académicos de Bulanov, deciden que si éste no está dispuesto a ser un difusor de los ideales del comunismo, debería de tener un sitio desde el cual ayudar a la causa. Lo mandan a estudiar medicina al Instituto Médico de Rostov. Tal vez por la naciente amistad o porque el partido le encarga que vigile de cerca al rebelde, Popeye se inscribe en los mismos cursos. Probablemente, los inspectores creían que, una vez dentro de la escuela y en espera de un fracaso inminente, aquél jovenzuelo volvería al buen camino de la ortodoxia y el compromiso político.
— ¿Y no fue así?
— Pos supuesto que no. Los profesores del Instituto, entre los que se encontraban gente como el anatomista Yatsuta, el histólogo Laurov y el fisiólogo Rashanski, se admiran de que el exiliado español se matricula en la escuela con calificaciones de honor en todas las asignaturas. Era un excelente estudiante y un tipo comprometido con el conocimiento. Además era una persona que sabía agradecer lo que recibía. Siempre predicó la ayuda que mi país le brindó y se admiró de que los sindicatos soviéticos, en una práctica común, le otorgaban el doble de recursos a los estudiantes extranjeros con respecto de los estudiantes de la Unión.
— Entonces fue en ese lugar donde obtuvo su doctorado en Fisiología.
— No, eso fue varios años más tarde en Moscú. En Rostov no pudimos permanecer más que unos cuantos meses en paz.
— ¿Pudimos?
— En ese momento, yo era delegado estudiantil del partido en la ciudad. Por eso sé todo lo que le estoy contando. Tuvimos que salir de las llanuras del Don.
— ¿Por qué?
— Porque la historia no perdona ni a los médicos, mi estimado. El 22 de junio de 1941, Vjacheslav Mihailovich Skrjabin, mejor conocido como el canciller Molotov, anunciaba en la radio que por la madrugada los nazis estaban avanzando sobre las ciudades soviéticas y habían comenzado los bombardeos. Fue una conmoción en toda la ciudad, pero aún así, los alemanes no arribaron a Rostov sino hasta el 16 de octubre. Ese día, alrededor de las tres de la mañana, escuché los gritos de Bulanov y de Popeye, a unas puertas de mi dormitorio en los aposentos estudiantiles. Golpeaban la puerta de otro de sus compatriotas, Fernando Puig, que salió con el rostro desencajado y en calzoncillos. Le dijeron que los alemanes estaban a las puertas de la ciudad y que la guardia no iba a resistir mucho tiempo. Una hora después el Comité Central me comisionaba por telégrafo la misión de evacuar al personal médico y a los estudiantes extranjeros, y de guiarlos hasta un lugar seguro. Se me asignó una estación militar más adelante en las vías para recibir instrucciones. Las despedidas fueron tristes y apresuradas. Los estudiantes rusos deberían quedarse a defender la ciudad, a pesar de que algunos extranjeros pedían quedarse, las órdenes eran terminantes, teníamos que partir de inmediato. De Rostov trasladamos a los maestros y alumnos a Omsk, en el Suroeste de la llanura siberiana. El profesor Yatsuta, que les prodigaba un cariño especial a sus tres estudiantes españoles, les aconseja que se dirijan a Ashabad, capital de Turkmenistán, cerca de la frontera persa. Les da todo el dinero que trae consigo, un frasco lleno de miel para el viaje y regresa a Rostov. Después nos enteraríamos que el médico había muerto en la defensa de la ciudad. La tristeza se apoderó de los tres estudiantes y con las lágrimas reacias a brotar de sus ojos, observan en el diario oficial ruso el puente de Rostov sobre el Don destruido por los aviones alemanes.

Y las puertas de Alejandría se abrieron: la escuela en Ashabad.
Las lágrimas que Alikoshka refería en los ojos de los tres exiliados españoles parecían haberse trasladado a sus propios ojos. Ya en plena noche terminó aquella plática, el ex—agente del Comité de Seguridad del Estado Soviético tenía que dar una clase por la mañana en la universidad y no estaba acostumbrado a desvelarse. “Ya no más” me dijo con un guiño que no supe como interpretar. Sin embargo, prometió contarme el resto de las piezas del rompecabezas en una comida para el fin de semana. Fue una de las semanas más largas que recuerdo. A pesar de haberme reintegrado a mis actividades en la Universidad Nacional, no podía ocultar la ansiedad que me producía acabar de armar el crucigrama que representaba la vida de Ramón Álvarez—Buylla o Bulanov Roman. Me comuniqué con mi amigo en Estados Unidos para agradecerle el envío del paquete de correo y para contarle mis descubrimientos. Se mostró igual de interesado que yo en la información y me rogó que le contara cómo acababa todo. Así fue como, lentamente, llegó la tarde del sábado y la cita con Goliadkin.
Cuando llegué al departamento, pude detenerme un poco más a observar el departamento del ahora profesor universitario. Por doquier había libros de los más diversos temas: desde las obras completas de Marx hasta una colección de libros de esoterismo y ciencias ocultas. Había una pintura, muy mala por cierto, de un guerrillero que igual podía ser el Ché, Fidel, Sandino o hasta Marcos, si uno forzaba un poco la imaginación. En esta ocasión, Alikoshka me presentó a su esposa, Lina, la cual me dijo que se dedicaba a asesorar políticamente a un senador de la república famoso por sus posturas reaccionarias. La comida fue un híbrido cubano—mexicano excelente: cerdo con una salsa de plátano, aguacate y chiles manzanos, frijoles con tocino y epazote, arroz con pedazos verdes de una verdura cuya identidad no logré descifrar pero de muy buen sabor. Después de la comida, y mientras saboreaba una cerveza, Alikoshka volvió a hacer gala de su vicio nauseabundo. Mientras el humo del habano se esparcía entre nosotros como una metáfora excelente de la excursión hacia recuerdos borrosos, mi anfitrión continuó con el relato suspendido en mi anterior visita.
— Después de nuestra salida intempestiva de Omsk, acompañé al trío de españoles hasta el destino sugerido por Yatsuta: Ashabad. El nombre de la ciudad quiere decir “ciudad del amor” en árabe, nos parecía un buen presagio en medio de toda la violencia y de todo el desorden que estábamos viviendo en esos días. No les pareció tan bueno a las autoridades del Instituto Médico de la ciudad. Nos presentamos en principio con el decano Danilov, un médico que había sido alumno de Yatsuta, éste nos llevó con el director, Frenkel me parece. Total que el ambiente era bastante tenso, tomando en cuenta que la guerra estaba más cerca de lo que estaba dos años atrás. Frenkel no disimuló para nada su recelo cuando vio al grupo de supuestos estudiantes de medicina, dijo “¿quién me garantiza que ustedes no son paracaidistas lanzados por el enemigo?”, Popeye fue el primero en explotar ante aquella paranoia injustificada a juzgar por nuestro aspecto y nuestras credenciales: “¿y quién nos garantiza que usted no es un auténtico hijo de puta?” A pesar del exabrupto, todos son admitidos en la escuela. Yo regreso a Moscú para ponerme a disposición del Partido, pero durante mucho tiempo sigo la trayectoria de los nuevos inquilinos del Turkestán.
— Entonces, ¿nunca más volvió a verlo?
— Lo vi dos años más tarde, me parece que en Moscú, en una fiesta de la Universidad.
— Pero entonces, ¿qué hizo en Ashabad?
— Se graduó con honores. Verás, cuando Ramón llegó a la escuela, la situación era desesperada. Tanto económica como académicamente. Para resarcir los daños que la guerra estaba causando en el frente ruso, los cursos se habían intensificado, las vacaciones se habían suprimido y las actividades cotidianas se habían convertido en esfuerzos sobrehumanos. Durante esa época, Bulanov tiene que estudiar y trabajar al mismo tiempo que la urgencia bélica raciona la comida. En ese entonces el futuro médico llega a pesar menos de 50 kilogramos. La situación es tan mala que sus compañeros, Popeye y Puig, abandonan la ciudad en busca de mejores cosas. Él no se rinde, como le dije la vez pasada, Bulanov era de un carácter difícil de doblegar. Se gradúa el mismo día que los franceses celebran el inicio de su revolución burguesa, el 14 de julio, pero de 1943. Frenkel organiza un banquete para festejarlo, le ofrece un puesto en el Instituto...
— Y no lo acepta...
— No, no lo acepta. A finales de ese mismo año de 43 compite junto con 300 aspirantes para obtener una beca a fin de hacer el doctorado en la Academia de Ciencias Médicas.
— ¿Y obtiene la beca?
— Por supuesto. Al año siguiente ingresa al Departamento de Fisiología del Sistema Nervioso en Moscú. En esos días, la Academia estaba a cargo de Piotr Kusmich Anokhin, uno de los alumnos más aventajados de Pavlov. Los tres años que duran sus estudios, Ramón demuestra una disciplina y un talento académico fuera de lo común. Su tesis es reconocida por Anokhin a tal punto que éste redacta más de una vez diversas cartas recomendando a Bulanov con los investigadores de fisiología más importantes del momento como Gasser, Weiss, Gelhorn, Izquierdo.
— Pero, si consigue todo esto en la Unión Soviética, ¿cómo es que llega a México?
Goliadkin le dio una larga chupada a su puro. Guardó silencio por unos instantes, como tomando fuerzas para seguir recordando, y continuó con la historia de Ramón Álvarez—Buylla.
— Poco antes de que Bulanov terminara su doctorado en fisiología, la guerra estaba casi decidida. El 9 de mayo de 1945, tres meses antes de la bomba de Hiroshima, el mariscal Wilhelm Keitel, jefe supremo de las fuerzas armadas alemanas, firmó la capitulación germana en Berlín ante el general Georgij Konstantinovich Zhukov, principal artífice de la ofensiva militar rusa. Lo demás es historia. En lo que respecta a Ramón, a principios de 1946, el embajador mexicano en la URSS, don Narciso Bassols, le ofrece al aún doctorante la posibilidad de viajar a México para reencontrase con su madre. Cuando le doy la noticia creyendo que no pensará en otra cosa más que en aceptar la oferta del gobierno mexicano, se encuentra en una encrucijada: encontrarse por fin con su madre o terminar su doctorado. Opta por lo segundo con una lógica apabullante: si pudo estar lejos de su madre durante todos esos años, un poco más no representa gran sacrificio. Cuando lo termina, le notifica a su maestro Anokhin su partida, éste le da cartas de recomendación para su colega en México, el Dr. José Joaquín Izquierdo. Antes de su partida, se reúne con su amigo de Rostov, Fernando Puig y deciden realizar el viaje hacia México juntos. Se despide de mí de manera efusiva, a pesar de que nuestro trato siempre había sido un poco, digamos, burocrático. Me hace prometer que algún día lo visitaré en su nuevo hogar y nos despedimos. A mediados de noviembre de 1946, toman los dos amigos un tren en Moscú que deberá llevarlos hasta Poti, un puerto a orillas del Mar Negro. Nunca más lo volví a ver. Cuando él regresó a la URSS, específicamente al Instituto Anhokin muchos años más tarde para dar una serie de conferencias en honor del que había sido su maestro, yo estaba destacado en Sofía y no lo pude ver. Cuando llegué a México hace unos diez años intenté buscarlo por las referencias que había dejado en las agencias gubernamentales, pero nunca logré encontrarme con él. Después me enteré que había muerto, fue como un certero golpe que me sacudió por completo. Bulanov era parte de mi vida, de una parte que cada día me esfuerzo en no olvidar. De un momento en el cual creí que lo que hacía era lo correcto. Pero en fin. Eso es todo lo que recuerdo de su maestro, digo, aparte de que era un buen hombre. Espero que le haya servido de algo.
— De mucho Alikoshka, pero ¿qué pasó con usted después? ¿por qué ese tono de desacuerdo con su memoria?
— Después me enrolé en la Komited Gosudarstvennoj Bezopasnosti, la KGB, como usted debe de saber. He hecho muchas cosas de las que no me enorgullezco, pero al final espero haber tomado la decisión correcta. De todos modos, creo que no sería de gran utilidad reprocharme por todo esto. ¿No cree?
Goliadkin me miraba como esperando que mi respuesta le diera algún alivio a su alma atormentada. Asentí torpemente con la cabeza y apuré el último sorbo de cerveza que, debido al calor de mis manos y al tiempo que pasó oxidándose, me supo horrible. El reloj del Parque Hundido estaba atrasado diez minutos y yo, después de un viaje en el tiempo, había regresado a salvo.

Próxima parada, la Ítaca americana: la vida en México.
Después de mi entrevista con Goliadkin pasé algún tiempo ordenando los datos que tenía acerca de la vida de Ramón Álvarez—Buylla y de su obra científica. Algunos meses más tarde presenté una ponencia en un congreso del CONACYT en el que hacia mención de las aportaciones y geniales intuiciones del científico ovetense. Al final de la ponencia se me acercó un hombre que, sin yo esperarlo, me estrechó fuertemente la mano y me invitó una copa en el bar del hotel donde se llevaba a cabo el congreso.
— Fui un alumno de don Ramón. Además de haber sido mi maestro y guía en la investigación médica, fue un excelente amigo. Me han llenado de satisfacción todas las palabras que hoy ha pronunciado. Creo que él estaría apenado por tanto elogio.
— Dice que fue amigo de don Ramón, ¿qué tan bien llegó a conocerlo?
— Lo suficiente como para frecuentar de vez en cuando su casa y comer algún fin de semana alguna delicia cocinada por su esposa doña Elena. Lo suficiente como para ser buen amigo de sus hijos. No sé como podría medir la cercanía que tenía con don Pablo.
— ¿Sabe como vino a parar a México?
— Era una de las pláticas preferidas del doctor Álvarez. Su vida es digna de emular cualquier odisea conocida.
Parecía que el destino me preparaba nuevas sorpresas. Pedí una mesa tranquila en aquél lugar y le pedí al bienaventurado discípulo que me resolviera algunas dudas biográficas sobre don Ramón.
— Bueno, le tocó vivir la guerra civil española de manera poco afortunada, ya que en ella perdió a su padre...
— Sí, eso lo tengo claro, lo que no logro descifrar es cómo llegó a México después de haberse doctorado en la antigua Unión Soviética. ¿Sabe usted algo acerca de eso?
— Algo, sí. Sé que se embarcó con Fernando Puig en un barco llamado “Kuzma Minin” en algún puerto del Mar Negro. Este barco era un carguero que transportaba minerales de níquel y cromo hacia los Estados Unidos. Atravesaron los mares interiores europeos haciendo escalas casi en cada puerto, eran los años de la estructuración del Plan Marshall, así que los barcos americanos llevaban consigo también información acerca de las ciudades y puertos del interior. Según los relatos de don Ramón, la travesía fue angustiosa y lenta, ya que los marinos trataban de localizar a tiempo las minas marinas que habían sobrevivido a la guerra y que causaban estragos en los barcos que se atrevían a cruzar el Mediterráneo como si nada. La nostalgia invadió a los dos peregrinos al franquear el estrecho de Gibraltar y sentirse tan cerca de su patria. Los cargadores de los muelles les informan de la tragedia en la que está sumida España. El desencanto los acompaña en los poco más de cinco mil kilómetros del Atlántico hasta su llegada al puerto estadounidense en la víspera de navidad de 1946. Se separa de Puig y emprende el viaje hacia Nueva York para entregarle algunas cartas, libros y saludos de su maestro ruso, Anokhin, a Herbert Spencer Gasser, el flamante ganador del premio Nobel de medicina de 1944. Sus estudios sobre los actos reflejos era un tema que apasionaba tanto a Ramón como a su maestro ruso. Acude a algunas conferencias en la ciudad, donde conoce el enfoque analítico por el que sintió tan pocas simpatías, pero que siempre se esforzó por comprender y por tratar de obtener alguna luz para sus estudios.
— Entonces llega a México...
— Así es, en enero de 1947 se reencuentra por fin con su madre doña Blanca. A pesar de la felicidad por el reencuentro, Ramón tiene que enfrentar situaciones prácticas, como los de la supervivencia. Sin embargo, no le es difícil conseguir trabajo en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Ahí se reencuentra con compañeros que ya estaban colaborando como profesores e investigadores del instituto y que, como él, compartían la triste aventura del exilio. Su paso por la Escuela Nacional es memorable. En aquellos tiempos, la idea de subsidio gubernamental para investigación científica era cosa de ficción. Ramón, trayendo consigo la tradición de investigación directa de su estancia en la Unión Soviética, se convierte en un investigador independiente cobijado por las autoridades del politécnico. Lo que la falta de dinero traía consigo para sus investigaciones era resuelto con inventiva y entusiasmo. Junto con los hermanos Carlos y Juan Beckwith, construye una serie de aparatos: estimuladores, amplificadores, osciloscopios, en fin, todo un catálogo de instrumentos necesarios para sus investigaciones.
— Y desde entonces se dedica a la ciencia...
— A la ciencia y a su familia. En 1953, esto es seis años después de haber llegado, conoce a una compatriota más joven que él pero con los mismos intereses y con experiencias vitales muy cercanas. Elena Roces también había sufrido el exilio político, había estado en la Unión Soviética y era una apasionada de la fisiología. Le rendía una admiración a Ramón que éste supo capitalizar tres años más tarde, cuando le pidió matrimonio. Ramón Álvarez—Buylla había sido atrapado. De ese matrimonio nacieron sus hijos Arturo, Elena, Carmen y Blanca. Finalmente, el recuerdo de sus padres sobrevivía en sus propios hijos. Era un placer verlo pasear con ellos, andar husmeando en los charcos de los parques alguna desventurada rana que les fuera útil para desarrollar algún experimento. Ramón le inyectó a sus hijos el amor por el conocimiento y la investigación. Todos siguieron, de una u otra forma, los pasos de su padre: Arturo estudió neurología en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM; Elena, biología en la Facultad de Ciencias; Carmen, veterinaria; Blanca, medicina familiar. Todos egresados de la Universidad Nacional y todos brillantes en sus respectivos campos.
— Entonces, tuvo una vida feliz...
— Tranquila, tal vez alejado de las sacudidas que experimentó más joven, pero lleno del mismo entusiasmo por la investigación fisiológica. No fue un ser egoísta que buscara la fama como un objetivo vital. Le interesaba conocer, descubrir. Por eso fue un excelente maestro. A pesar de tener un genio del demonio, alumnos suyos como Pablo Rudomín, Mauricio Russek, Joaquín Remolina, y otros, se acercaron a él para obtener guía y conocimiento. Con ellos hizo excelentes migas y, más que sus alumnos, todos fueron sus amigos, a pesar de las diferencias que muchas veces llegaron a tener.
— ¿Y después?
— Después el reconocimiento que ya se había ganado a pulso. Después el trabajo rudo. Don Ramón trabajaba al mismo tiempo en la ENCB del Poli y, por las tardes, en el Instituto Nacional de Cardiología invitado por el Dr. Arturo Rosenblueth. Sigue cultivando dudas, certezas, discípulos, ciencia. Trabaja hombro con hombro con algunos de sus alumnos. Por ejemplo, en 1961, el año en que se funda el Cinvestav, se encuentran trabajando, en el Departamento de Fisiología y Biofísica, un equipo de lujo: Arturo Rosenblueth, el mismo don Ramón, Joaquín Remolina, Pablo Rudomín. Fue una lástima que don Ramón tuviera que dejar el centro en 1980, pero él supuso que podría hacer más cosas como jefe de la División de Investigación Básica del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias.
— Un investigador de toda la vida.
— Y un gran ser humano, eso no lo olvide. Todavía lo recuerdo entusiasmado por la noticia de su traslado al Centro Universitario de Investigaciones Biomédicas en la Universidad de Colima en 1991. Alguna vez le pregunté si no extrañaría el movimiento de la ciudad, las posibilidades de cercanía con más facilidades para su trabajo. Me miró fijamente y me dijo: “el conocimiento no escoge su lugar de nacimiento, lo escoge aquél que lo descubre”. Desde esa mañana de 1991, lo vi algunas veces, siempre con el mismo gusto. Cuando murió yo estaba en Suiza. No lo podía creer cuando me lo dijeron. Sin embargo, creo que su desaparición física no es más que una transitoriedad. Él sigue vivo en gentes que, como usted, siguen tomando en cuenta sus esfuerzos para que cada día que pasa nos sigamos dando cuenta de lo poco que sabemos. Eso le gustaría a él bastante.
El hombre se quitó las gruesas gafas y pasó el dorso de la mano sobre la humedad evidente de sus ojos. Después me sonrió y se encogió de hombros. Se puso de pie y comenzó a caminar lentamente hacia la puerta, meneando su bastón de cristal como si buscara encontrar en el aire al fantasma de don Ramón Álvarez—Buylla.
Por su conducto, algunos meses después conocí a varios de los personajes que forman parte de este relato, a su esposa Elena, a su hijo Arturo, a Pablo Rudomín y a muchas personas más que confirmaron la información que yo había obtenido en mis accidentados encuentros. Ninguno desmintió lo que ya sabía, de hecho, algunos datos que les mencionaba eran nuevas noticias acerca del doctor. Todo había ocurrido. En realidad, la Odisea de Ramón Álvarez—Buylla de Aldana era cierta y la Ítaca a la que había arribado era la memoria de todos aquellos que le recordaban.

Epilógico nostálgico.
Nunca dejé de revisar los textos de don Ramón. Hoy mismo me preparo a demostrar la participación del sistema nervioso en las funciones cardiovasculares. Lo haré a través de la preparación del nervio depresor en el gato, de la misma forma en cómo Álvarez—Buylla lo hizo. Al exponer el motivo de la clase frente a mi grupo, uno de los alumnos que se precia de ser de los más intuitivos me interrumpe:
— Pero profesor, ¿cómo pretende comprobar eso? El gato no tiene nervio depresor. Los axones que forman este nervio en otros animales, en el gato forman parte del nervio vago y, por lo tanto, es imposible distinguirlos.
Sonrío. En algún lugar, seguramente, don Ramón Álvarez—Buylla comparte el motivo de esa sonrisa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tuve la fortuna de conocer fisicamente a Ramón, y a toda su familia, en su casa de Tlalpan, al inicio de los ochenta. Según yo sabía sobre su vida, pero al leer este articulo tan fascinante, me complementa la historia de este gran hombre. Aunque no he identificado al autor, le agradezco infinitamente esta agradable lectura, y si le interesa tengo algunas anecdotas que no menciona, mismas que con gusto compartaría.

Rafael Solis Ibarra
solisibarra@gmail.com

Juan Carlos Hernández Barrios dijo...

Increíble relato, y qué apasionante persona. Existe una relativa relación entre el dr. Ramón y yo, mi trabajo doctoral exige que revise uno de los trabajos más importantes de su hija Elena, además de que mi asesor trabajó directamente con ella. De cierta improbable forma pertenezco al legado. Se siente bien.

miss fatima dijo...

Buenos días estoy tan feliz y no sé qué más puedo decir en esta vida? ¿Cómo voy a agradecer a gran hechicero lo suficiente por el buen trabajo que acaba de hacer por mí. He estado buscando un hechizo de caster por mucho tiempo, porque quiero que mi marido vuelva, pero muchas personas me dicen que son hechizos, pero no lo son. Cansado de mirar, entonces visité a un vecino y me presentó a este hombre llamado un gran hechicero DR EBHOSE y lo contacté y me hizo un hechizo por la noche y luego El hechizo me dice qué hacer y lo hice y de inmediato se convirtió en la cosa Que me dio la seguridad de que mi marido comenzará a buscarme y suplicándole que la acepte de vuelta y no estaba seguro y lo que me hace sorprender me dijo que sólo 3 días después de eso es cuando vendrá y como estoy hablando con usted ahora Mi marido volvió a mí exactamente El tercer día como él dijo y ahora estoy muy feliz. ¡El gran hechicero es muy poderoso !!!! Puede ponerse en contacto con el gran hechicero a través de este correo electrónico, ebhodaghespell@gmail.com.
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