martes, julio 03, 2018

Allende y AMLO, ¿caminos paralelos?


Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los detalles. [...] Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. [...]Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación.
Pablo Neruda 
El ejemplo del presidente Allende marcó mi vida. Él fue un dirigente con dimensión social y con vocación democrática. Un hombre bueno. Es un apóstol de la democracia. Como nuestro apóstol Francisco I. Madero, él padeció un golpe militar.
AMLO
 
Para los interesados en la historia de América Latina, resulta hasta cierto punto inevitable pensar en una relación paralela de las formas de acceso al poder de Andrés Manuel López Obrador en México y Salvador Allende en Chile. Si soy sincero, personalmente creía que AMLO no repetiría el camino de Allende en el sentido de llegar a la silla presidencial. A partir sobre todo de los resultados obtenidos en la elección de 2012, el camino pintaba más bien como una reedición del proceso vivido por Cuauhtémoc Cárdenas en las tres elecciones anteriores al final del siglo XX. 2018 sería la confirmación, desde mi perspectiva y la de varios, del destino manifiesto de los líderes de izquierda en países timoratos y conservadores como el nuestro: su fuerza menguaría antes que fortalecerse.
          Sin embargo, no fue así. AMLO se convirtió en presidente con una popularidad tremenda entre sus seguidores, con el beneficio de la duda entre una capa de la sociedad (entre la que me incluyo) y, ojo, con un odio irracional de otra parte del electorado que esgrime argumentos desde muy distintos frentes: el clasismo, la amenaza de pérdida de privilegios, la compra de tesis catastrofistas emitidas por los grandes medios durante los doce años anteriores y, en algunos casos, la ceguera que les impide ver más allá de su nariz: este país está en proceso de demolición y remate desde hace ya algún tiempo. Quizá quienes más hayan beneficiado su triunfo sean, sin lugar a dudas, los gobiernos priistas de la rapiña y las administraciones panistas del cochupo y la asociación para delinquir mediante los negocios negros.
          Allende generó la misma división de opiniones en su país. Ante un movimiento de masas (la Unidad Popular) que lo apoyó de manera incondicional la mayor parte de su mandato, se encontró la otra parte del país que rogaba por el fracaso de la vía chilena al socialismo. En el documental de Patricio Guzmán, Salvador Allende (2004) y en esa obra titánica que es La batalla de Chile (1975-1979), se muestra la manera en cómo la clase media acomodada y las clases altas impulsaron el boicot económico y el sabotaje en contra del gobierno del único presidente latinoamericano que en la etapa más álgida de la Guerra Fría había llegado al poder mediante la democracia.
          Llegar a la presidencia chilena le llevó a Allende doce años, los mismos que necesitó AMLO para conseguirlo. Para que ese anhelo se concretara, ambos tuvieron que hacer, conforma pasaba el tiempo de sus campañas, concesiones y alianzas que en los primeros tiempos de su militancia hubieran resultado impensables. En la Unidad Popular confluían comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas, librepensadores y demócratas cristianos; en Juntos Haremos Historia (la alianza de Obrador): organizaciones sociales de base, gremios sindicales, movimientos cristianos de ultraderecha, representantes magisteriales, intelectuales y algunos miembros de la clase empresarial. La gran diferencia entre uno y otro, más allá de los contextos obvios, es que las bases de la UP tenía una organización y una solidez en cada uno de los grupos que la integraban que los simpatizantes de AMLO no tienen (más allá, quizá, de los representantes del magisterio disidente al oficialismo).
          El fracaso del proyecto de Allende se fincó en la imposibilidad de acuerdos entre los miembros de la UP aunado al sabotaje económico y político de los grupos nacionales y la intervención de los Estados Unidos. Entre la UP, al final del proceso, se discutía la opción de hacer una defensa armada del proceso mientras otros insistían en el respeto a la normatividad democrática y constitucional, el eterno debate entre la izquierda revolucionaria y la izquierda reformista. Los primeros, al advenimiento de la dictadura, se convirtieron en guerrillas armadas que, en muchos casos, fueron abatidos por las fuerzas de tarea pinochetistas; los segundos salieron al exilio o corrieron la misma suerte que sus compatriotas.
          El riesgo de la falta de acuerdos es algo latente en el gobierno de AMLO. El Frankenstein que es Juntos Haremos Historia tendrá que confrontarse en algún momento más allá de la euforia del triunfo. En este caso, el enfrentamiento se finca en las plataformas ideológicas de una parte del movimiento que es fundamentalemente de izquierda liberal y otro que parte de la derecha religiosa. Temas como la despenalización del aborto, la legalización de la mariguana, el matrimonio igualitario y la adopción de niños por parte de familias homosexuales serán un polvorín que, quizá, detonará en la conformación de un Congreso en donde lo que aparenta un camino aterciopelado se convierta en una pesadilla. La promesa de refrendo de mandato cada tres años serán momentos claves en el sexenio.
          A pesar de las similitudes en cuanto a los caminos de acceso al poder, las diferencias son obvias. El contexto económico impide pensar en el inicio de una república socialista o bolivariana (ni Venezuela lo consiguió, por cierto); el país seguirá dentro del capitalismo con una pretendida mayor rectoría del Estado en términos económicos y de incidencia en la distribución de la riqueza. López Obrador es un nacionalista antes que un latinoamericanista, su mirada está un tanto ensimismada hacia dentro de México (de ahí sus declaraciones de que se reducirán los viajes al extranjero del Presidente) más que en tejer alianzas en el plano internacional.
          La oposición de los Estados Unidos es de distinta naturaleza en ambos casos. Allende enfrentó a la CIA en los mejores momentos de Kissinger y de los operativos "quirúrgicos" de la guerra económica y de baja intensidad; AMLO llega cauteloso al encuentro de Trump cuya máxima preocupación es la protección de sus fronteras, el rechazo beligerante de la migración hacia el Norte y la cancelación de los acuerdos de libre comercio. El enfrentamiento de Allende con los norteamericanos llevaría, a la larga, al golpe de Estado en 1973 (ese otro 11 de septiembre) y a su muerte durante la defensa del palacio presidencial. En México, quizá derive en una guerra comercial no deseada y en un endurecimiento de las políticas migratorias en la frontera.
          En fin. Que por donde se vea, el camino que afronta el nuevo gobierno de la república no está empedrado ni desbrozado por completo. Sólo esperemos que el final no sea otra similitud; que la violencia interna o externa no requiera de aparecer para manifestar su desacuerdo. En aquel entonces la lucha contra el comunismo justificó el asalto al Palacio de La Moneda, que en estos días la guerra contra el narco o el terrorismo no justifiquen el ataque al, según parece, rehabilitado Palacio Nacional. Salud y esperanza.

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