Ha comenzado un nuevo año. No sin haber estado precedido por toda una suerte de rituales que emparentan la esperanza con el pensamiento mágico y a estos con la auténtica religiosidad. Nos encantan los rituales, aunque no sepamos dar cierre a muchas cosas, sobre todo porque no queremos.
El inicio del año está influido, sin duda, por el sentimiento de esperanza y buena vibra que deja flotando en el aire la idea de la Navidad. Esa noción de que el ser humano puede ser mejor si se lo propone, porque Jesús se sacrificó para que tuviéramos esa posibilidad. Es decir, el sacrificio en la cruz abrió la posibilidad no sólo de que todos fuéramos eximidos de la culpa del pecado original (la desobediencia, la cesión a la tentación del Mal), sino para recuperar la gracia originaria de la Creación: el libre albedrío. Y todo ello no sería posible sin el nacimiento del Salvador que se celebra el 25 de diciembre. Un inicio simbólico que se cierra, en el tiempo crístico, 33 años después con la muerte y resurrección del elegido. El proceso de Jesús es también, a su manera, un tiempo cíclico de inicios y cierres. La Navidad trae esperanza, la Pasión debería traer arrepentimiento y reflexión sobre lo que costó, en términos mítico-místicos, nuestra posibilidad de elección.
En la teoría de la historia se plantea que han existido diversas maneras de concebir el tiempo y de relacionarnos con éste, es decir, de cómo interpretamos la relación entre el pasado, el presente y el futuro. De manera general, podemos hablar de cuatro concepciones distintas del tiempo (a los cuales se les denomina regímenes de historicidad, pero bueh…): el tiempo antiguo o heroico (representado por la diosa Mnemosyne, la Memoria, la que canta todo lo que fue, lo que es y lo que será; prevalece una concepción del tiempo cíclico, la historia condenada a repetirse); el tiempo escatológico (a partir del judeocristianismo, prevalece la idea de un tiempo concebido como eternidad, como espera de lo que se sabe que será, la historia como designio divino); el tiempo nuevo (inaugurado por la idea de Revolución a partir del cisma francés que reunió caída de la monarquía y triunfo de la razón, la historia como movimiento constante hacia el progreso, el futuro como tiempo predominante); y el tiempo presente (un tiempo en construcción, inmediato, imposible de aprehender, la historia como urgencia y como escasez temporal, la ausencia de horizontes y expectativas). Todo esto sólo para decir que, desde cierta perspectiva, una parte de nosotros no ha podido desprenderse de la noción del tiempo antiguo o heroico. Nos gusta pensar el paso del tiempo como una sucesión de ciclos, quizá no en círculos, pero sí en una especie de espiral que idealmente se mueve hacia adelante (hacia un progreso también mítico [ucrónico/utópico] que ya no es social, sino pura individualidad); esta noción del Año Nuevo pareciera encarnar, de manera individual y a partir de la excesiva exposición del yo por medios públicos, en una especie de simbiosis entre concepciones antiguas y contemporáneas.
Deseamos que nos vaya mejor, que le vaya mejor a los demás (al menos eso es lo que dicen los múltiples mensajes de Whatsapp), que de manera casi mágica el 31 de diciembre se termine el mundo y comience otro en donde todo sea posible (y mejor). Como una especie de reseteo y de pérdida de memoria. Un anhelo de suspensión del tiempo, de corte y “a otra cosa”. De rehacer lo mal hecho como si nunca hubiera ocurrido. La cuestión es que tal aspiración resulta muchas veces frustrante y concluye en desengaños monumentales. El despertador puede ser el primer clic del primer día de volver a checar la tarjeta de asistencia laboral o el primer día que se decide abandonar las instalaciones del gimnasio que representaba el inicio de un nuevo ciclo para retornar a la continuidad de la pereza y la resignación. El tiempo fluye, el tiempo existe porque lo observamos, porque lo medimos, porque depositamos nuestras esperanzas en este (“el tiempo todo lo cura”).
No por cualquier cosa es que uno de los grandes mitos fundadores del universo es la aparición del Tiempo (Cronos que despedaza y se come a sus hijos, que los destruye y los conduce a la Muerte), es el origen y el fin. Ubicamos el nacimiento y la muerte en la misma noción. Cuando celebramos el Año Nuevo retornamos a ritualizar la concepción cíclica de la vida, a la escenificación de una muerte de algo que no da para más en beneficio de la esperanza de la renovación.
No es este un texto pesimista. O al menos no lo pretende. Lo que intento decir es que no deberíamos depositar tantas expectativas en el inicio de un año que no es sino la continuidad del tiempo que hemos estado viviendo de acuerdo con nuestro libre albedrío. Si las cosas cambian será porque nuestras decisiones sobre esas cosas han influido para que así ocurra, no porque el movimiento de traslación de la Tierra haya modificado el destino de cada uno. Es una dolorosa dosis de realidad, pero duele menos que la decepción de las expectativas traicionadas. Creo.
Lo que he leído
Leí Frankenstein, o el moderno Prometeo (Valdemar, 2025) de Mary Wollstonecraft (Londres, 1759) en mi ya no tan cercana adolescencia, cuando consumí sin medida y atragantándome una gran cantidad de obras provenientes del Romanticismo. Creo que ha sido mi etapa de lector más voraz y entusiasta. Lo volví a leer de pasada mientras desarrollaba materiales para mis cursos de literatura en la prepa, precisamente para abordar el tema de los románticos, pero no me entusiasmó demasiado como para incluirlo como texto obligatorio. Ahora lo leí porque me interesaba contrastar lo que hicieron diversas versiones cinematográficas con el texto de la autora británica. Es un texto fascinante, sin duda, que atrapa a fuerza de trama y de diversas estrategias en donde la mejor lograda es el cambio de voz narrativa y de perspectivas. Me parece, a riesgo de ser lapidado, que la parte que más se le ha celebrado, la idea de ser la fundadora de la ciencia ficción a partir de tener una premisa para crear a su monstruo, en el texto queda reducido a una serie accidentada de referencias dispersas de autores medievalistas y de menciones superficiales acerca de los descubrimientos en boga por los años de la escritura de la obra; es cierto, no obstante, el hecho de que no recurre a cuestiones sobrenaturales o mitológicas para justificar la existencia de su criatura. El conflicto de la paternidad, el significado de la creación, es uno de los motores más importantes, además del rechazo, la venganza, el aprendizaje de las experiencias de los demás. Es un texto que requiere atención debido a las implicaciones de las cuestiones existenciales que plantea, pero que también es una excelente novela de aventuras. La edición de Valdemar cuenta con un estudio preliminar de Antonio José Navarro que relata el contexto de la época y de la vida de las personas involucradas en la creación de la obra; una verdadera telenovela en donde la infidelidad, la rebelión, los viajes, la aventura, el sufrimiento, las traiciones, las conspiraciones, entre muchas otras cosas, permiten imaginar lo que rodeaba a M. Wollstonecraft cuando desarrolló la escritura de su obra más reconocida. Este estudio preliminar permite también el cuestionamiento de diversos mitos alrededor de su creación (como que fue escrita en una sola noche, p. e.) y poner en perspectiva que es en realidad un trabajo sometido a lecturas previas, sugerencias de cercanos y ediciones consecutivas a partir de su primera versión. Es, sin lugar a dudas, un clásico al cual asomarse con mirada renovada (la de la madurez o la del descubrimiento).
Lo que he visto
Vi One Battle After Another (Paul Thomas Anderson, 2025) en donde se narra la historia de la lucha revolucionaria de un grupo antisistema que son perseguidos de manera consistente por el gobierno de los EU y, en particular, por el ejército y grupos supremacistas. La historia se cuenta en dos tiempos distintos, uno en donde se teje la suerte de una particular familia de revolucionarios poco convencionales que tendrá como resultado el nacimiento de una hija que deberá crecer desvinculada de su madre y en un perpetuo estado de paranoia persecutoria por parte del padre. La cinta pone en pantalla situaciones que hoy son reconocibles y condenables por ser políticas vigentes del actual gobierno de Donald Trump: la persecución a los migrantes, la validación de los movimientos de ultraderecha supremacista, la ampliación de facultades a las fuerzas policiales, la negación de la diversidad que caracteriza al país, entre muchas otras cosas. Es entretenida como thriller y presenta a personajes que quedarán en la memoria del espectador como el encarnado por Benicio del Toro (que se roba la película) o la tensión constante que inspira la encarnación de un anabólico Sean Penn. De las cosas rescatables del año que recién concluyó.



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