La escritura del libro de cuentos dirigido a jóvenes del que les hablaba en boletines anteriores me ha obligado a revisar temas y aprender cosas que ignoraba por completo. Una de las cuestiones sobre las cuales he tenido que investigar y actualizarme es acerca de los videojuegos. Nunca he sido un gamer, ni siquiera como principiante. Mis proezas en los videojuegos datan de los años noventa y consisten en terminar, en las viejas maquinitas de tienda de mi infancia, dos títulos: Street Fighter II y Bad Dudes vs Dragon Ninja. No di seguimiento a aquella afición, por lo que al intentar escribir acerca del mundo de los videojuegos que consumen los jóvenes actuales resultó en un bloqueo escritural bastante serio como para obligarme a revisar videos y algunos materiales relacionados con el tema. También leí una novela que reproduce un tanto la ambientación de los juegos de combate y de rol que se llama All You Need is Kill de Hiroshi Sakurazaka, la cual, me enteré el día que fui al cine a ver la versión total de Kill Bill, tiene versión cinematográfica que está actualmente en carteleras. Pero, bueno, sobre esto último escribiré próximamente. Quizás.
Así que, en la búsqueda de inspiración e información acerca del tema, encontré un documental que me dejó una fuerte impresión. Se trata de The Remarkable Life of Ibelin (Benjamin Ree, 2024). La cinta cuenta la historia de Mats Steen, un joven noruego que padeció la enfermedad de distrofia muscular de Duchenne, lo cual le impedirá, conforme avance en su vida, tener las relaciones personales cotidianas y realizar actividades físicas debido a su confinamiento a una silla de ruedas. Para sobrellevar esa situación, Mats se convierte en un jugador de la plataforma World of Warcraft, un videojuego de rol que ejecuta en su computadora y en cuyo entorno crea la identidad de su personaje: Ibelin Redmoore. Cerca de su fallecimiento, a los 25 años, Mats comienza a escribir un blog en internet en donde cuenta su experiencia con la enfermedad y la manera en cómo lidió con la misma a lo largo del tiempo. Cuando fallece, sus padres, ignorantes de la vida virtual de su hijo en el ambiente del juego, escriben una breve entrada para avisar del fallecimiento de Mats a los seguidores de su sitio web. La respuesta es inesperada y abrumadora: Ibelin Redmoore, la identidad creada por Mats, era uno de los personajes más queridos y respetados dentro de cierta comunidad transnacional de jugadores de WoW. La cinta está contada en dos partes: la primera parte cuenta de manera somera la vida de Mats en el mundo real, con grabaciones familiares y testimonios que daban cuenta del paso del chico por el plano terrenal; la segunda, dramatizada a partir de animaciones según el estilo del videojuego, cuentan la manera en cómo una persona impedida físicamente consiguió, a través de su avatar virtual, construir una vida en donde elementos como la amistad, la fraternidad, el amor romántico, el valor y la empatía le hicieron un ser valioso para quien lo conoció en ese entorno. Las historias de una chica crónicamente deprimida que consigue encontrar un oído atento en otro país se mezcla con el de una madre desesperada por no poder conectar con su hijo autista y quien, siguiendo el consejo de Mats-Ibelin, consigue hacerlo a través del mundo virtual.
La vida virtual del personaje tiene todos los elementos de las vidas reales de quienes no estamos atados a una silla de ruedas: buenos y malos momentos, comportamientos llenos de positividad, pero también se manifiestan otros sentimientos como la envidia, los celos, la desesperación y la posibilidad de lastimar a otras personas reales que se encuentran a miles de kilómetros de distancia. La escena del funeral, en donde se juntan los dos planos de existencia del protagonista, es muy emotiva. Cinco de sus mejores amigos del juego de rol acuden a la iglesia en donde se le rinde homenaje y cargan el ataúd que contiene su cuerpo “real” cubierto con la bandera de su hermandad en la ficción: Starlight. Al mismo tiempo, su padre confiesa su total ignorancia acerca de la doble vida de su hijo y su sorpresa al saber la manera en cómo había tocado y transformado la vida de muchas personas.
Todo esto nos lleva a pensar un poco acerca de cómo estamos construyendo la identidad en estos tiempos de simulacros simultáneos en donde la realidad física convive con entornos en donde la personalidad se transforma a conveniencia. No hay una coincidencia total entre la manera en cómo nos conducimos con el mundo material y cómo lo hacemos en redes sociales, por ejemplo. O como autores de blogs en internet, si es el caso. O como jugadores en línea. Más aún, esa identidad trastocada y múltiple se potencia cuando la posibilidad del anonimato permite la expresión de comportamientos, actitudes y opiniones sin el filtro de la censura social.
En 1969, el checo Milan Kundera publicó un libro que se titula La vida está en otra parte, en donde cuenta la historia de un poeta llamado Jaromil, de sus desventuras, su mediocridad y la necesidad de crear un alter ego a quien pone el nombre de Xavier para enmascarar un poco sus escasas habilidades vitales, literarias, románticas y sexuales. Parece, por tanto, que la idea no es del todo original, que en todas las épocas ha existido ese impulso de doblarse y crear identidades nuevas que cuestionen o confronten su propia realidad material. Al final de todas esas experiencias y decisiones convendría preguntarse cosas como: ¿cuál es la identidad verdadera? ¿Qué plano de existencia refleja mejor aquello que soy? ¿Es válido fugarse de una realidad material que no nos satisface para construir un mundo a modo en cualquier otra parte? ¿Esa otra dimensión de lo real es el actual mundo digital con su múltiple oferta de entornos?
Preguntas cuyas respuestas nunca son definitivas. Porque somos todo eso, combinado incluso en sus propias contradicciones y condenados a reconocerlo, aunque para muchos de quienes conviven con nosotros en el mundo material representen secretos de identidades ajenas a lo que los demás ven y creen conocer. La vida y la identidad están en otras (muchas) partes.
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Vi Train Dreams (Clint Bentley, 2025) que relata la historia de Robert Grainier, un humilde trabajador del oeste norteamericano que se gana la vida como leñador al servicio de las empresas que construyeron la red ferroviaria de los Estados Unidos. La cinta se cuenta en varios tiempos que recorren la vida del protagonista desde su infancia huérfana hasta su vejez. Es una historia sencilla de un hombre sencillo que mostraba un estoicismo práctico y que, no obstante, se permitía la expresión del dolor por la pérdida, de los remordimientos por las acciones no ejecutadas y del reconocimiento de su incapacidad para relacionarse con la mayoría de las personas. En la época más feliz de su vida, Robert pierde en un incendio forestal a su esposa e hija y eso marcará por completo el resto de su existencia. La cinta tiene grandes momentos visuales y contiene imágenes cargadas de una belleza que está al servicio de la historia. Muestra, por ejemplo, la manera en cómo unas botas clavadas en el árbol de un tronco joven al morir su dueño en un accidente laboral, se unen y se encarnan al árbol que se nos muestra posteriormente como un árbol adulto. La imagen, bella por sí misma, implica también una interpretación metafórica acerca de cómo las experiencias, todas, dejan una marca indeleble en nosotros, confundiéndose con lo que terminamos siendo. Estamos hechos de historias y de experiencias. De aquellas cosas que escuchamos con atención tanto como de aquellas situaciones que vivimos y que no recordamos en su totalidad. Es una cinta a ratos contemplativa que nos permite reflexionar acerca del valor que las cosas tienen en lo contemporáneo, comparado con la sobriedad de las necesidades de aquellos habitantes de los bosques y de las primigenias comunidades rurales que existen en todos los países del mundo. Es extraño que haya pasado tan desapercibida, a pesar de su nominación al Oscar hollywoodense y la solvencia de todo su cuerpo actoral. Está en Netflix, por si la quieren ver.
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Leí El futuro recordado (Debate, 2022) de Irene Vallejo (Zaragoza, España, 1979), autora con la que tengo un intenso crush intelectual desde que su libro El infinito en un junco me dejó completamente deslumbrado. En este título, la autora retorna a las historias e ideas proveniente del mundo clásico en mayor medida para reflexionar acerca de las cosas que hoy nos siguen preocupando. Los textos son ensayos breves que aparecieron publicados en su mayoría en la columna semanal que la autora tiene en el Heraldo de Aragón, lo cual permite que la lectura se pueda hacer pausada y que se recupere información en forma de cápsulas culturales que, no obstante, dejan honda impresión por la erudición que muchos de estos escritos reflejan. Hay reflexiones que parten de la etimología de determinadas palabras y conceptos, reflexiones biográficas sobre autores de las antiguas Grecia y Roma, además de posturas críticas con respecto del papel que tienen los medios digitales, la gestión política y la vida moderna. Fue durante algunas semanas mi lectura para antes de dormir, lo cual tenía ciertos inconvenientes, ya que a veces costaba soltar el libro para finalmente concentrarme en el sueño. La brevedad de las reflexiones eran al mismo tiempo aliciente y obstáculo que podría resumirse en la frase “sólo uno más”. En fin, que obvio que se los recomiendo, así como el resto del trabajo de esta autora que encuentra las evidencias de que la frase “no hay nada nuevo bajo el sol” se sigue cumpliendo después de siglos de supuesta novedad, aceleración y progreso.



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