miércoles, marzo 18, 2026

La generación de la ansiedad

 

Prozac Nation: Young and Depressed in America : Wurtzel, Elizabeth:  Amazon.com.mx: Libros
El libro fundacional de los testimonios sobre la depresión y sus tratamientos.

Somos la generación de la ansiedad, la generación del estrés, la generación que vive en el futuro al mismo tiempo que parece que no lo tiene. De un tiempo a esta parte me encuentro cada vez más con noticias de coetáneos que acusan los efectos de vivir en tensión constante por las exigencias que se han autoimpuesto, o que el sistema en conjunto nos ha impuesto. Cada vez se encuentran más “soluciones” a estos efectos: dejar trabajos agotadores en términos emocionales; terapia y medicamentos que ayudan a paliar los síntomas y efectos de vivir en estas condiciones; adhesión a formas alternativas de concebir el paso del tiempo y el lugar en el mundo (yoga, medicina alternativa, meditación); asumir el hedonismo como una forma de luchar contra la incertidumbre del futuro, entre muchas otras. Cada quien pelea su guerra con las herramientas que tiene a mano y que considera las adecuadas.

Si pensamos acerca de las razones que nos llevaron, generacionalmente, a este punto, las razones también son complejas, combinables y múltiples. La desaparición de políticas sociales que garantizaban una vejez digna para los trabajadores semiprofesionales y profesionales que se insertaban en el campo formal de la producción de riqueza; la aparición de la vida digital (sobre todo las redes sociales) como termómetro del deber ser, no ya en términos éticos, sino de ambiciones vitales y profesionales, sin reflexionar muchas veces en lo que hay de simulacro tras esa exposición; el abandono de los parámetros que planteó el modo de vida occidental tras la segunda posguerra: pocos eligieron la familia, casita, perro y camioneta utilitaria, sobre todo porque la adquisición de los mismos cada vez se aleja más para las mayorías; la desaparición, en el plano político, de opciones reales de transformación que garanticen la justicia social para todos, aunado a una completa desilusión por el modelo democrático y una polarización que pone de un lado el nihilismo y del otro el fascismo (la revolución desaparece como opción viable o siquiera pensable, desplazado por el miedo a la muerte o por el fracaso de sus procesos previos); la necesidad de autoexplotación en búsqueda del éxito, la forma más acabada de la autodefinición a partir de los parámetros establecidos por un capitalismo que de salvaje, se ha convertido en caníbal y estará destinado a ser zombi a partir de la imposibilidad de ser viable a largo plazo.

Se calcula que alrededor de un 4.4% de la población mundial está afectada por trastornos de ansiedad, esto representa unos 400 millones de personas en el mundo. Lo cual es engañoso en virtud de que las sociedades en donde se pueden hacer estos estudios de manera más o menos controlada y confiable son países desarrollados, de acceso abierto a información o con infraestructura para realizar el conteo y el diagnóstico. Quedan fuera muchas sociedades emergentes y los países sumidos en conflictos bélicos o en condiciones de pobreza extrema. Ahí la preocupación no es el futuro mediato o a largo plazo, sino la sobrevivencia en el día a día, lo cual dibuja condiciones de salud mental incluso más graves.

Nuestra generación, hablo desde la X, fue la primera en abrirse a la posibilidad de hablar de este tipo de temas, alejándose del estigma que siempre cargó sobre sí la cuestión de las enfermedades mentales. También fue la primera generación en ser consciente de que las condiciones de sobrevivencia habían cambiado (al menos en el Occidente dominado por el capitalismo que mudó en ese momento histórico a lo que hoy conocemos como neoliberalismo). Fuimos los primeros en verificar crisis económicas recurrentes en nuestros países, aquellos que se acomodaban al concierto mundial de producción trasnacional; en México, por ejemplo, estos grandes “ajustes” ocurrieron en 1982, 1987, 1994, 1997 y así de manera cada vez más normalizada. Somos la generación que identificó el cambio entre una sociedad “estable” (incluso en sus propias injusticias) y una sociedad que ya no podía asegurar las derivas de su futuro.

También fue la primera generación que reconoció los efectos de comportamiento que ese cambio de paradigma ocasionó a niveles individuales. Y los primeros que vimos cómo las farmacéuticas encontraron un nuevo filón de oro para obtener ganancias a costa del tratamiento de la enfermedad. Testimonio de esto es, por ejemplo, la aparición de Prozac Nation, el libro que Elizabeth Wurtzel publicó en 1994 y que relataba la manera en cómo lidió con la depresión, las adicciones y la ansiedad, sobre todo a partir de la aparición de fármacos como la fluoxetina (la sustancia activa del Prozac). El libro indicó un cambio también en la manera en cómo se hablaba desde la literatura de ese tipo de síntomas de su presente contemporáneo. En su momento se adujo que era el retrato de una niña mimada, egocéntrica e individualista que consideraba su experiencia como lo peor que podía pasar en el mundo cuando la evidencia marcaba que había cosas peores. Sí, los X fuimos la primera “generación de cristal” acusada de no tener el estoicismo o la fortaleza de sus predecesores. Es un libro profundamente individualista que, no obstante, generó una identificación con muchos de quienes leímos ese libro durante la última década del siglo XX.

A partir más o menos de ese momento, la ansiedad ha estado presente como un descriptor social prácticamente en todas las generaciones siguientes. Indica una crisis que es, al mismo tiempo, individual y social. Nos arrebata la posibilidad de tener certeza acerca del lugar que ocupamos en el mundo, pero también de la manera en cómo debemos relacionarnos con los demás. Se convierte también en la posibilidad de renunciar al mundo físico y de encontrar alivio en comunicaciones cada vez más despersonalizadas, menos exigentes en términos emocionales, pero a veces paradójicamente más dañinas.

Es importante el papel que el tratamiento profesional de esta enfermedad tiene actualmente, reconocida incluso como una epidemia silenciosa que mina las posibilidades de desarrollo personal y de inserción social. La terapia es importante, el diagnóstico médico es importante, el acceso a fármacos cada vez más eficaces y especializados lo es en la misma medida. Pero es igual de importante reconocer que más allá de una transformación biológica o neuronal de la naturaleza humana, muchos de los causantes de esta situación refieren al sistema de producción de riqueza que prevalece en el mundo. El capitalismo voraz nos ha convertido en máquinas que han llegado a un punto de agotamiento que no augura buenas cosas para el futuro. Las perspectivas abiertas por el desarrollo de tecnologías como la inteligencia artificial no parece que vayan a mejorar las cosas sino, probablemente por sus efectos, a empeorarlas.

Es un tema que tiene muchas aristas y cuya complejidad crece conforme son más los individuos que refieren tener este tipo de síntomas asociados al trastorno. Da para muchos textos, aunque siempre la información y el desarrollo científico nos dan un poco de esperanza. Incluso sin ser una certeza total, al menos ayuda a pensar en un futuro menos catastrófico. ¿Habremos llegado al punto del futuro presentido donde pediremos que nos suministren nuestra dosis de soma (a la manera de Brave New World) para no pensar más ni en el futuro, ni en casi cualquier cosa?

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Atrapadas en la escuela : Lavín Mónica, compiladora, Selector:  Amazon.com.mx: Libros

Leí Atrapadas en la escuela. Cuentos de escritoras mexicanas (Selector, 1999), una antología compilada por Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955) en donde se relatan en diversos tonos y con tratamientos variados historias que tienen como eje aglutinador las experiencias de mujeres adolescentes y cómo lidian con esa etapa de la vida. Es un volumen interesante que incluye nombres de autoras como María Luisa Puga, Beatriz Espejo, Ethel Krauze, Berta Hiriart, Anamari Gomís, Edmeé Pardo, María Armengol, Rosina Conde, Alejandra Rangel, Verónica Murguía y Ana García Bergua. Las temáticas abordadas incluyen la vida escolar, la experiencia del primer amor, la importancia de la amistad femenina, la perspectiva adolescente con respecto de la vida de los adultos, la experiencia traumática de la primera menstruación, la incomprensión de los profesores con respecto de la vida interior de sus estudiantes, el tedio que implica pasarse horas sentado en un salón de clases, etcétera. Los cuentos buscan sobre todo generar empatía y la identificación de los lectores con los personajes que los habitan. Es un volumen interesante aunque, debido a la temporalidad de producción de varios de estos, presiento que algunos sonarán rebasados temporalmente o que no conseguirán generar ese sentimiento de identificación. Finalmente, es un libro que ya tiene 27 años de publicado, y en lo que respecta a los hábitos y comportamientos de los adolescentes con respecto de la actualidad, ese periodo de tiempo suena a una eternidad.

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The Pitt. Sinopsis y crítica de The Pitt

Vi la primera temporada de The Pitt (R. Scott Gemmill, 2025; 15 episodios), la cual escenifica la vida al interior del Pittsburg Trauma Medical Center durante una jornada laboral en el departamento de Urgencias del mismo. Es una serie vertiginosa relatada en tiempo real que consigue atrapar al espectador en su tono y velocidad, al mismo tiempo que interesarlo por las historias entretejidas que se cuentan en esas 15 horas. A diferencia de otras series de ambiente médico, creo que en esta se logra construir una verosimilitud que se acerca más a la experiencia en lo que denominamos “realidad” con respecto de otras. El punto climático de la serie ocurre cuando el personal debe atender a los heridos en un atentado con armas de fuego (un tiroteo) realizado por una persona contra los asistentes a un festival de música cerca del nosocomio. Una de las cuestiones atractivas de la serie es la capacidad de construir personajes a partir de detalles mínimos de su personalidad, aunque en algunos casos esa construcción previa se vea cuestionada conforme avanzan las “horas” en que atestiguamos lo que ocurre. Personajes variopintos y un retrato muy honesto acerca de los problemas de atención sanitaria que los Estados Unidos tienen a partir de la privatización de los servicios de salud y la búsqueda de obtención del máximo beneficio económico. Además, el relato aborda las secuelas de salud mental, el estrés postraumático, que dejó como legado la experiencia de atención de la pandemia de Covid 19 en el personal médico. Está en HBO Max.

jueves, marzo 12, 2026

Andar como almas en pena

 

José Luis Saavedra.
Pintor de brocha gorda, óleo sobre madera de Jim Mendoza. (Pinacoteca Universidad de Concepción).

Recuerdo, no sé si con nostalgia o simplemente como algo que ocurrió en mi ya lejana adolescencia, los días cuando fui ayudante de pintor de brocha gorda. El maestro pintor era mi tío y yo tenía tiempo “libre” por las tardes después de la escuela o durante las vacaciones de verano o invierno, tiempo invertido en ganar dinero para aprender los mecanismos de la autonomía y el capitalismo. Eran los albores de la década de los noventa, estaba en la prepa y, junto con mi primo Pedro, nos dábamos a la tarea de sacar adelante un contrato, informal como la mayoría de contratos que se realizaban en un pueblo serrano hace ya tres décadas, que mi tío había realizado con los administradores de un hospital. Debíamos pintar e impermeabilizar el edificio, tanto en sus zonas comunes, de atención a pacientes, de quirófanos, como de bodegas, espacios de mantenimiento y de operación.

Fue un trabajo de varios meses, en cuanto el hospital, a pesar de ser pequeño, contenía una multitud de espacios que era necesario detallar con precisión. La demora también fue porque avanzábamos según la velocidad con que podían hacerlo dos adolescentes no muy entusiasmados por terminar y un profesional que combinaba las tareas de ese contrato con el de otras actividades que debía realizar de manera simultánea.

Tengo memoria, de manera más o menos clara, de toda esa temporada, pero lo que sí tengo muy-muy claro en mis recuerdos es la tarea de pintado del salón de revelado de rayos X, en el área de radiología. Era un espacio muy reducido, quizás dos por tres metros, aunque la memoria puede estar traicionándome; además, estaba oscuro por la naturaleza de la tarea que se llevaba a cabo ahí, el revelado de las placas de radiografía, y no contaba con un mínimo resquicio de ventilación. Las paredes se debían pintar de negro, por las razones de utilidad del espacio ya mencionado.

Los accidentes se sucedieron en cascada. Primero, la cubeta de pintura negra se contaminó con las paletas que utilizábamos para mezclar la pintura blanca que se utilizaba en la mayoría del resto de los espacios del hospital. Después, por no poder ajustar el presupuesto a lo que se estaba cobrando, mi tío decidió utilizar gasolina en lugar de thinner o aguarrás, para diluir la pintura y facilitar su extendido a pura brocha de cinco pulgadas. El resultado de esas dos acciones dio como resultado que la pintura que aplicaríamos no fuera negra, sino gris oscuro; creímos que se compraría otra cubeta de negra para que no se echara a perder, pero no fue así. El jefe confiaba en que la oscuridad del cuarto de revelado de placas disfrazaría el color real de las paredes que pintábamos, además de que la capa previa (negrísima como alma de político corrupto) ayudaría un poco a ensombrecer el trabajo final. Lo único malo es que en lugar de dar dos manos de pintura terminamos dando tres o cuatro, a fin de que en cada mano, se “oscureciera” más el aspecto de la pared.

Esa tarea nos fue encomendada a Pedro y a mí, era para realizarla en un día, comenzamos después del desayuno, a las nueve o diez de la mañana y terminamos sólo Dios sabe a qué hora. No guardo registro de la hora en qué concluimos con la tarea por la razón que narraré a continuación: el área donde estaba el cuarto que pintábamos estaba junto a otra área en la cual se seguían prestando los servicios que cotidianamente ofrecía el nosocomio por lo que, para no interrumpir esas tareas, debíamos trabajar a puerta cerrada.

El resultado de ese peculiar método de trabajo fue que, casi al finalizar la segunda mano de pintura, Pedro y yo tuvimos que salir hacia el pequeño jardín del hospital y tirarnos en el pasto porque estábamos experimentando un pasón atómico debido a la inhalación de solvente durante un tiempo prolongado. O sea, nos estábamos moneando sin pretender hacerlo. Recuerdo que el efecto era un sopor profundo, con una especie de dolor de cabeza muy leve y los ojos irritados por completo. Reposamos tirados como una hora, calculo, hasta que tuvimos que volver a entrar para concluir con la tarea encomendada, que debía quedar ese mismo día.

La verdad, no recuerdo cómo ni a qué hora terminamos, pero sí tengo presente que ha sido uno de los pasones más potentes que me he puesto en toda la vida. La resaca de esa experiencia fue terrible: dolor de cabeza intenso, náuseas recurrentes y la sensación intensa de picazón en los ojos. Después de eso, pasarnos todo el día extendiendo capas de impermeabilizante con una escoba en el techo del edificio nos parecía un premio comparado con la reclusión casi alucinógena que experimentamos en rayos X.

Recordé esta anécdota porque en los últimos días me ha dado por prestar atención a las personas que se dedican a realizar tareas de mantenimiento, vigilancia y limpieza de los espacios que suelo frecuentar. A la mayoría los hermana una cosa: la atención excesiva que prestan a sus teléfonos celulares. Sin embargo, me queda claro que sin las tareas que realizan, probablemente no podríamos realizar nuestras actividades en tales espacios.

Me parece que son como almas en pena que deambulan de un lado a otro de los edificios, en silencio, procurando pasar desapercibidos, tanto cuando realizan su labor como cuando sólo transitan por el espacio. La mayoría de estas personas tienen sueldos mínimos y algunos deben realizar una multitud de tareas que a veces ni siquiera coinciden con aquellas por las que fueron contratados: agentes de tránsito, cargadores, albañiles, recolectores de muestras, mensajeros, jardineros, receptores de catarsis espontáneas, etcétera.

Veía este domingo a una persona que trabaja en el estacionamiento de la alberca a la que acudo. Está encargado de vigilar los autos que se estacionan, ayudar a los conductores a salir de los cajones, dirigir el tránsito que se genera por algún incidente en las intersecciones y reacomodar los carritos de compras del supermercado que está en el mismo edificio. Ese día también le tocó prevenir a los peatones de las escaleras eléctricas de la presencia de una masa semisólida de queso y fruta extendida en uno de los extremos de la banda transportadora a fin de evitar algún accidente. En algún momento, seguramente, debería colaborar con la limpieza de la suciedad que se extendía conforme pasaba el tiempo y las personas no dejaban de transitar.

Todo esto para pedir que se piense en todo lo que algunas personas deben sufrir para poder ganar algunas monedas y llevar el pan a casa (además de pagar la renta, los servicios y demás). Pensar en que sin su andar silencioso (la mayoría no hacen ruido, ¿se han dado cuenta?) muchas de las cosas que damos por sentado no funcionarían como ocurre normalmente. Si eres una de estas personas, vaya mi sincero agradecimiento y un consejo: ten cuidado al pintar un cuarto pequeño sin ventilación con esmalte diluido con gasolina, te puedes dar un pasón de antología.

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Doce certezas mientras tanto

Leí Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular (Universidad Autónoma Metropolitana, 2025), un volumen de ensayos coordinado por Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) en donde una serie de escritores jóvenes plantean respuestas a preguntas que algunas veces nos hacemos, pero que olvidamos resolver. La mayoría de los escribientes nacieron entre finales de los ochenta y la década de los noventa, lo que establece una especie de delimitación preocupacional que responde a elementos propios de esa generación. Entre los temas que abordan estos textos breves están: la maldad de las impresoras, el arte de pelearse con desconocidos en internet, el destino mortal de los seres virtuales, las falaces promesas del yoga, la reiteración efectiva de las mismas historias y anécdotas en los grupos de amigos (sobre todo), la analogía de destino laboral-existencial de los humanos con respecto de los caballos del siglo XIX, el eterno retorno de las rebeliones juveniles hacia los padres, la obsesión meditativa asociada a las labores de limpieza, el desajuste identitario que imprimen las múltiples mudanzas de domicilio, la esperanza renovada de jugar al Melate como forma de soportar el tedio del presente, la posibilidad latente y eterna de no atender compromisos que nos niegan el placer. Son ensayos que tienen diversos tonos y grados de profundidad, que usan el humor (varios de ellos) con esa cualidad irónica que dice “es chiste, pero no es chiste” propia de esa generación (creadora también del “es broma, pero si quieres no es broma”), que plantean la crisis existencial de habitar un espacio degradado por siglos de capitalismo y narcisismos varios en curso. La apariencia superficial de algunos de los textos deja de serlo en cuanto las ideas quedan resonando en la cabeza del lector, es decir, en el momento en que se toma la experiencia propia para pensar el lugar que ocupamos en el mundo a través de identidades obligadas o adoptadas que no satisfacen por completo la aspiración creada en la infancia, en la primera juventud o al inicio de la vida profesional: oficinistas, escritores/as, místicos, cínicas, solitarios, inteligentes decididos a demostrarlo nomás porque sí. Los mecanismos utilizados para exponer sus ideas (y en eso son fieles a la esencia del género: presentar ideas) son múltiples y variados: la experiencia autobiográfica (que no es exclusiva de esta generación, pero cuyo uso es más frecuente), la observación atenta del entorno, la catarsis existencial, la posibilidad de auto-definición, la preocupación por un futuro (social en algunos textos, pero más personal en la mayoría), el sinsentido (o el totalsentido) de las tareas cotidianas, la no comprensión del Otro colectivo, la resistencia a asumir la homogeneidad que proviene de lo coetáneo, entre otros. Me parece que la antologadora ha realizado una excelente selección y cuidado de los textos incluidos, que permiten no sólo la reflexión sobre los temas mencionados, sino también el asomo a algunas de las preocupaciones de una generación que en estos momentos abandona el halo protector de la denominada “juventud” (ya no podrán participar en certámenes de “escritura joven”, por ejemplo) para insertarse en la vida adulta. La especulación al respecto se disfruta a lo largo de la mayoría de los textos conjuntados en este libro del cual también celebro que haya sido publicado por una universidad pública. Ojalá su distribución toque no sólo al “lector profesional”, sino también a los estudiantes que conforman el cuerpo humano de esas instituciones, población que muchas veces no es considerada al seleccionar los títulos que se financian con fondos públicos. Este no es el caso y es un gran acierto por parte de la UAM. Se los recomiendo mucho. (Anoto al margen que lo pedí por el sistema de compra en línea de la universidad y éste fue muy eficiente en la entrega).

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Kill Bill: The Whole Bloody Affair | Rotten Tomatoes

Vi Kill Bill: The Whole Bloody Affair (Quentin Tarantino, 2006) en pantalla grande y como su director la había planteado, antes de que la casa productora le exigiera dividirla en dos partes debido a la extensión. Resulta que la experiencia se modifica sensiblemente. Algo debe ocurrir mentalmente para que en esta nueva edición el mensaje se traduzca en otra cosa con respecto de la vista de la historia en dos partes. Acudimos a una historia de venganza que, hacia el acto final, trasmuta en una historia de amor. Una historia de amor al estilo Tarantino, se entiende. Lo que quiere decir que es una historia en donde la violencia es literal, hiperbólica y estrambótica. Funciona en diversos niveles: a nivel de historia que incluye los arcos de varios de los personajes (la historia de O-Ren Ishii en formato de anime es una de las mejores adiciones a esta versión, por ejemplo); también funciona el homenaje literal a las producciones de artes marciales de casas míticas de Hong Kong como la Golden Harvest y toda su propuesta de mezclar historia-ficcionada a través del misticismo de los maestros y monjes; se mantiene la excelente selección musical del director, con piezas que realzan y confirman la vocación coreográfica de muchas de las secuencias; ni qué decir de la puesta en escena de las peleas a cargo del ícono Yuen Woo-ping, que recuperan el espíritu de las cintas legendarias protagonizadas por Bruce Lee, Jackie Chan o Bolo Yeung. En fin, que la experiencia, a pesar de sus cuatro horas y media de duración, vale por completo la pena. Es un excelente plan para cualquier día de la semana.