
Recuerdo, no sé si con nostalgia o simplemente como algo que ocurrió en mi ya lejana adolescencia, los días cuando fui ayudante de pintor de brocha gorda. El maestro pintor era mi tío y yo tenía tiempo “libre” por las tardes después de la escuela o durante las vacaciones de verano o invierno, tiempo invertido en ganar dinero para aprender los mecanismos de la autonomía y el capitalismo. Eran los albores de la década de los noventa, estaba en la prepa y, junto con mi primo Pedro, nos dábamos a la tarea de sacar adelante un contrato, informal como la mayoría de contratos que se realizaban en un pueblo serrano hace ya tres décadas, que mi tío había realizado con los administradores de un hospital. Debíamos pintar e impermeabilizar el edificio, tanto en sus zonas comunes, de atención a pacientes, de quirófanos, como de bodegas, espacios de mantenimiento y de operación.
Fue un trabajo de varios meses, en cuanto el hospital, a pesar de ser pequeño, contenía una multitud de espacios que era necesario detallar con precisión. La demora también fue porque avanzábamos según la velocidad con que podían hacerlo dos adolescentes no muy entusiasmados por terminar y un profesional que combinaba las tareas de ese contrato con el de otras actividades que debía realizar de manera simultánea.
Tengo memoria, de manera más o menos clara, de toda esa temporada, pero lo que sí tengo muy-muy claro en mis recuerdos es la tarea de pintado del salón de revelado de rayos X, en el área de radiología. Era un espacio muy reducido, quizás dos por tres metros, aunque la memoria puede estar traicionándome; además, estaba oscuro por la naturaleza de la tarea que se llevaba a cabo ahí, el revelado de las placas de radiografía, y no contaba con un mínimo resquicio de ventilación. Las paredes se debían pintar de negro, por las razones de utilidad del espacio ya mencionado.
Los accidentes se sucedieron en cascada. Primero, la cubeta de pintura negra se contaminó con las paletas que utilizábamos para mezclar la pintura blanca que se utilizaba en la mayoría del resto de los espacios del hospital. Después, por no poder ajustar el presupuesto a lo que se estaba cobrando, mi tío decidió utilizar gasolina en lugar de thinner o aguarrás, para diluir la pintura y facilitar su extendido a pura brocha de cinco pulgadas. El resultado de esas dos acciones dio como resultado que la pintura que aplicaríamos no fuera negra, sino gris oscuro; creímos que se compraría otra cubeta de negra para que no se echara a perder, pero no fue así. El jefe confiaba en que la oscuridad del cuarto de revelado de placas disfrazaría el color real de las paredes que pintábamos, además de que la capa previa (negrísima como alma de político corrupto) ayudaría un poco a ensombrecer el trabajo final. Lo único malo es que en lugar de dar dos manos de pintura terminamos dando tres o cuatro, a fin de que en cada mano, se “oscureciera” más el aspecto de la pared.
Esa tarea nos fue encomendada a Pedro y a mí, era para realizarla en un día, comenzamos después del desayuno, a las nueve o diez de la mañana y terminamos sólo Dios sabe a qué hora. No guardo registro de la hora en qué concluimos con la tarea por la razón que narraré a continuación: el área donde estaba el cuarto que pintábamos estaba junto a otra área en la cual se seguían prestando los servicios que cotidianamente ofrecía el nosocomio por lo que, para no interrumpir esas tareas, debíamos trabajar a puerta cerrada.
El resultado de ese peculiar método de trabajo fue que, casi al finalizar la segunda mano de pintura, Pedro y yo tuvimos que salir hacia el pequeño jardín del hospital y tirarnos en el pasto porque estábamos experimentando un pasón atómico debido a la inhalación de solvente durante un tiempo prolongado. O sea, nos estábamos moneando sin pretender hacerlo. Recuerdo que el efecto era un sopor profundo, con una especie de dolor de cabeza muy leve y los ojos irritados por completo. Reposamos tirados como una hora, calculo, hasta que tuvimos que volver a entrar para concluir con la tarea encomendada, que debía quedar ese mismo día.
La verdad, no recuerdo cómo ni a qué hora terminamos, pero sí tengo presente que ha sido uno de los pasones más potentes que me he puesto en toda la vida. La resaca de esa experiencia fue terrible: dolor de cabeza intenso, náuseas recurrentes y la sensación intensa de picazón en los ojos. Después de eso, pasarnos todo el día extendiendo capas de impermeabilizante con una escoba en el techo del edificio nos parecía un premio comparado con la reclusión casi alucinógena que experimentamos en rayos X.
Recordé esta anécdota porque en los últimos días me ha dado por prestar atención a las personas que se dedican a realizar tareas de mantenimiento, vigilancia y limpieza de los espacios que suelo frecuentar. A la mayoría los hermana una cosa: la atención excesiva que prestan a sus teléfonos celulares. Sin embargo, me queda claro que sin las tareas que realizan, probablemente no podríamos realizar nuestras actividades en tales espacios.
Me parece que son como almas en pena que deambulan de un lado a otro de los edificios, en silencio, procurando pasar desapercibidos, tanto cuando realizan su labor como cuando sólo transitan por el espacio. La mayoría de estas personas tienen sueldos mínimos y algunos deben realizar una multitud de tareas que a veces ni siquiera coinciden con aquellas por las que fueron contratados: agentes de tránsito, cargadores, albañiles, recolectores de muestras, mensajeros, jardineros, receptores de catarsis espontáneas, etcétera.
Veía este domingo a una persona que trabaja en el estacionamiento de la alberca a la que acudo. Está encargado de vigilar los autos que se estacionan, ayudar a los conductores a salir de los cajones, dirigir el tránsito que se genera por algún incidente en las intersecciones y reacomodar los carritos de compras del supermercado que está en el mismo edificio. Ese día también le tocó prevenir a los peatones de las escaleras eléctricas de la presencia de una masa semisólida de queso y fruta extendida en uno de los extremos de la banda transportadora a fin de evitar algún accidente. En algún momento, seguramente, debería colaborar con la limpieza de la suciedad que se extendía conforme pasaba el tiempo y las personas no dejaban de transitar.
Todo esto para pedir que se piense en todo lo que algunas personas deben sufrir para poder ganar algunas monedas y llevar el pan a casa (además de pagar la renta, los servicios y demás). Pensar en que sin su andar silencioso (la mayoría no hacen ruido, ¿se han dado cuenta?) muchas de las cosas que damos por sentado no funcionarían como ocurre normalmente. Si eres una de estas personas, vaya mi sincero agradecimiento y un consejo: ten cuidado al pintar un cuarto pequeño sin ventilación con esmalte diluido con gasolina, te puedes dar un pasón de antología.
***
Leí Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular (Universidad Autónoma Metropolitana, 2025), un volumen de ensayos coordinado por Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) en donde una serie de escritores jóvenes plantean respuestas a preguntas que algunas veces nos hacemos, pero que olvidamos resolver. La mayoría de los escribientes nacieron entre finales de los ochenta y la década de los noventa, lo que establece una especie de delimitación preocupacional que responde a elementos propios de esa generación. Entre los temas que abordan estos textos breves están: la maldad de las impresoras, el arte de pelearse con desconocidos en internet, el destino mortal de los seres virtuales, las falaces promesas del yoga, la reiteración efectiva de las mismas historias y anécdotas en los grupos de amigos (sobre todo), la analogía de destino laboral-existencial de los humanos con respecto de los caballos del siglo XIX, el eterno retorno de las rebeliones juveniles hacia los padres, la obsesión meditativa asociada a las labores de limpieza, el desajuste identitario que imprimen las múltiples mudanzas de domicilio, la esperanza renovada de jugar al Melate como forma de soportar el tedio del presente, la posibilidad latente y eterna de no atender compromisos que nos niegan el placer. Son ensayos que tienen diversos tonos y grados de profundidad, que usan el humor (varios de ellos) con esa cualidad irónica que dice “es chiste, pero no es chiste” propia de esa generación (creadora también del “es broma, pero si quieres no es broma”), que plantean la crisis existencial de habitar un espacio degradado por siglos de capitalismo y narcisismos varios en curso. La apariencia superficial de algunos de los textos deja de serlo en cuanto las ideas quedan resonando en la cabeza del lector, es decir, en el momento en que se toma la experiencia propia para pensar el lugar que ocupamos en el mundo a través de identidades obligadas o adoptadas que no satisfacen por completo la aspiración creada en la infancia, en la primera juventud o al inicio de la vida profesional: oficinistas, escritores/as, místicos, cínicas, solitarios, inteligentes decididos a demostrarlo nomás porque sí. Los mecanismos utilizados para exponer sus ideas (y en eso son fieles a la esencia del género: presentar ideas) son múltiples y variados: la experiencia autobiográfica (que no es exclusiva de esta generación, pero cuyo uso es más frecuente), la observación atenta del entorno, la catarsis existencial, la posibilidad de auto-definición, la preocupación por un futuro (social en algunos textos, pero más personal en la mayoría), el sinsentido (o el totalsentido) de las tareas cotidianas, la no comprensión del Otro colectivo, la resistencia a asumir la homogeneidad que proviene de lo coetáneo, entre otros. Me parece que la antologadora ha realizado una excelente selección y cuidado de los textos incluidos, que permiten no sólo la reflexión sobre los temas mencionados, sino también el asomo a algunas de las preocupaciones de una generación que en estos momentos abandona el halo protector de la denominada “juventud” (ya no podrán participar en certámenes de “escritura joven”, por ejemplo) para insertarse en la vida adulta. La especulación al respecto se disfruta a lo largo de la mayoría de los textos conjuntados en este libro del cual también celebro que haya sido publicado por una universidad pública. Ojalá su distribución toque no sólo al “lector profesional”, sino también a los estudiantes que conforman el cuerpo humano de esas instituciones, población que muchas veces no es considerada al seleccionar los títulos que se financian con fondos públicos. Este no es el caso y es un gran acierto por parte de la UAM. Se los recomiendo mucho. (Anoto al margen que lo pedí por el sistema de compra en línea de la universidad y éste fue muy eficiente en la entrega).
***
Vi Kill Bill: The Whole Bloody Affair (Quentin Tarantino, 2006) en pantalla grande y como su director la había planteado, antes de que la casa productora le exigiera dividirla en dos partes debido a la extensión. Resulta que la experiencia se modifica sensiblemente. Algo debe ocurrir mentalmente para que en esta nueva edición el mensaje se traduzca en otra cosa con respecto de la vista de la historia en dos partes. Acudimos a una historia de venganza que, hacia el acto final, trasmuta en una historia de amor. Una historia de amor al estilo Tarantino, se entiende. Lo que quiere decir que es una historia en donde la violencia es literal, hiperbólica y estrambótica. Funciona en diversos niveles: a nivel de historia que incluye los arcos de varios de los personajes (la historia de O-Ren Ishii en formato de anime es una de las mejores adiciones a esta versión, por ejemplo); también funciona el homenaje literal a las producciones de artes marciales de casas míticas de Hong Kong como la Golden Harvest y toda su propuesta de mezclar historia-ficcionada a través del misticismo de los maestros y monjes; se mantiene la excelente selección musical del director, con piezas que realzan y confirman la vocación coreográfica de muchas de las secuencias; ni qué decir de la puesta en escena de las peleas a cargo del ícono Yuen Woo-ping, que recuperan el espíritu de las cintas legendarias protagonizadas por Bruce Lee, Jackie Chan o Bolo Yeung. En fin, que la experiencia, a pesar de sus cuatro horas y media de duración, vale por completo la pena. Es un excelente plan para cualquier día de la semana.



