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jueves, julio 05, 2018

La vida es un riesgo, carnal

Foto: "San Juan Cholo" de Federico Gama.

En los años noventa leí un libro que me causó una profunda impresión. Se trata de Noticias de los chavos banda, una crónica más que entretenida  publicada por Emiliano Pérez Cruz en editorial Planeta, cuando esta casa tenía cierta claridad sobre lo que implicaba publicar para un público juvenil (en esa misma colección leí Camino a casa de Naief Yehya, novela a la que le guardo un cariño especial). El libro de Pérez Cruz hace un relato muy cercano acerca de la forma de vida, el origen, los sueños y los códigos de la colectividad que rodean a la vida en el barrio marginal de la zona metropolitana de la Ciudad de México. Es una mirada desprovista de asombro o de la mirada aleccionadora que algunos otros textos esgrimieron durante aquella época. Sólo he encontrado esa sensibilidad para describir lo cotidiano de la marginalidad, desde otro lenguaje, el del ensayo, en Carlos Monsiváis. Hay, en resumen, una mirada empática.
          La mirada policíaca de las regencias priistas de los años ochenta y los medios masivos convirtieron al chavo banda en la encarnación de la inseguridad y el delito que beneficiaba al statu quo para explicar el destino de estos jóvenes. De esta manera aparecieron películas y videohomes que construyeron un estereotipo del chavo banda que se resumía a lo que era más visible y espectacular: sexo, drogas y rocanrol. El sexo sólo podía concebirse a través de la violación, el chavo banda era un despojado de código moral y la única manera de ejercer su sexualidad era a través del abuso. Las drogas se reducían a las que tenían acceso, la eterna cannabis y los solventes; el consumo de tales sustancias los convertían en hulks del asfalto y las alcantarillas, en perros salvajes que buscaban saciar su necesidad de violencia de cualquier manera. El rocanrol lo producían ellos mismos y, por tanto, estaba por completo alejado de lo que los medios hegemónicos transmitían; esa autogestión de lo que musicalmente se consumía generó incluso sus propias manifestaciones: el rock urbano y el punk de los hoyos fonquis.
          De lo que no se hablaba en ese entonces era de las causas por las cuales estos jóvenes acudían a la tribu, a la banda, para poder sobrevivir. La mayoría migrantes o hijos de migrantes habían abandonado el campo porque éste ya no ofrecía los medios para sobrevivir de manera digna; la mecanización de grandes extensiones de tierra, el renacimiento del latifundio a partir de la derogación de leyes que protegían la propiedad colectiva y el estableciemiento de cacicazgos que se fundaron en el poder político los orilló a tomar camino. En la ciudad se enfrentaron a la resolución de cuestiones básicas: la alimentación, el techo, el vestido. Lo que se desvela de todo ese proceso es, sin lugar a dudas, la importancia que tuvieron los lazos comunitarios. Los primeros migrantes ayudaban a los que seguían y así de manera automática y consecutiva, lo que fue creando lazos de identidad que iban más allá de lo que reflejaban los grandes medios.
          Esa identidad se hizo manifiesta en momentos de emergencia en donde las cuadrillas de chavos banda se convirtieron en héroes de una sociedad que los había mantenido estigmatizados y que añadieron a la marginalidad económica la marginalidad social: el terremoto de 1985, por ejemplo. La explosión de los contenedores de combustible en Sanjuanico. No hay una identidad individual, son un colectivo que se mueven en bola, en montón, en banda. Por eso, cuando se menciona el término acude a la memoria nombres como Los Panchitos, Los Destroyers, Los Chufos. No hay caudillos aunque hay jefes. Eres de la banda y la banda te respalda. Te vas de la banda y te vuelves un re-negado.
          Otro de los elementos que se pasa por alto es la manera en cómo estos grupos han modificado el lenguaje de manera sensible con respecto de las normas. Retruécanos, dobles sentidos, resignificación. Hay una riqueza idiomática que es lenguaje vivo en el día a día de quien lo experimenta; los demás nos enteramos porque aparece en películas (Blood In, Blood Out [Taylor Hackford, 1993] es el epítome de esa asimilación), en parodias humorísticas, en canciones que alcanzan notoriedad a pesar de la censura y la falta de difusión (El Tri de Alex Lora como punta de lanza) y en obras literarias que intentan reproducir esa intervención lingüística (El gran preténder de Luis Humberto Crosthwaite una de las más logradas; Diario de un guacarróquer de Armando Vega-Gil [Armiados Gueva Vil] una de las más divertidas).
           Contra lo que pudiera pensarse, el chavo banda no es un elemento de museo. Es una manifestación viva de los arrabales, de la descendencia de la migración rural, de la multiplicación en las barrancas y en los barrios despojados de servicios públicos básicos. Los que antes eran chavos banda ahora son chacas, tepiteños. Y siguen confiando en la clica , en la banda, en el barrio. Las drogas siguen siendo las mismas, aunque con un deslizamiento hacia la piedra y la cocaína. El sexo es una forma de rebelión iracunda, irracional y hedonista en contra de las imposibilidades; situación agravante en cuanto a la reducción de la edad y al aumento del número de las adolescentes embarazadas. El rocanrol se ha cambiado por el reguetón, el rap, el hip hop, la banda sinaloense. Lo que persiste es el estigma y, de manera general, las condiciones de marginalidad económica y social.
          Siguen invocando el crimen porque éste se gesta en las entrañas de la falta de posibilidades, del no acceso a educación de calidad, de la discriminación por el aspecto en los puestos de trabajo, de la ausencia de voz en las decisiones públicas, de la vulnerabilidad del callejón cerrado que conduce a la distribución de droga, al sicariato, al asalto a mano armada.
          A nadie le gusta la vista de la pobreza que se expresa en sus posibilidades de violencia y capacidad de respuesta. Eso es lo que se ve a simple vista. Y no se va más allá. No nos importan las causas de esa pobreza, sino el "pero cómo es posible qué un analfabeto, jodido, delincuente, feo, pobre" intente ser parte de nuestra hermosa y simulada utopía aséptica.
          Y sí, todo esto lo escribí por El Mijis, un chavo banda elegido como diputado en San Luis Potosí. Me gustaría decirle que eleve su voz y no defraude a la banda. Su banda es mi banda. Cámara. 

miércoles, julio 04, 2018

El futuro no es nuestro

Ella es J.

¿Qué se siente al ser tan joven?
Dime qué se siente cuando no se ve el final.
¿Qué se siente al ser tan libre?
Dime qué se siente cuando vuelas sobre el mar.
Debe ser tan increíble.
No consigo recordar.

Lo olvidé entre proyectos de sublevación,
entre pobres achaques de sinceridad.
Lo perdí programando mi gran evasión,
entre altivos delirios de seguridad.
La casa azul, "¿Qué se siente al ser tan joven?"

J tiene dieciocho años. Los cumplió apenas. Es la edad que la ley mexicana marca como necesaria para alcanzar el estatus de ciudadano. Ha sido mi tutorada por tres años en la prepa. Este semestre egresa con la postulación de un trabajo que me hace muy feliz personalmente: la comparación de representaciones literarias y cinematográficas de las razas en El señor de los anillos, tanto en Tolkien como en Jackson. Algo que hizo también este año fue sacar su credencial de elector.
          En la jornada del pasado domingo fungió como escrutadora en la casilla que corresponde a su domicilio. Me contó cómo fue la jornada. "Regresé a mi casa a las tres de la mañana", me dijo. Y le creo, como bien ha apuntado el consejero presidente del INE, esta ha sido una de las jornadas más pesadas de la historia reciente. La compactación de las casillas para emitir los votos tanto federales como locales implican un esfuerzo titánico. Un trabajo no remunerado en suficiencia a los ciudadanos que se presentan a cumplir con el deber cívico de vigilar, al menos en las casillas, que el proceso se lleve con transparencia y legalidad.
          Lo que me llamó la atención fue atestiguar el entusiasmo con el cual me contó su experiencia. La manera en cómo, de manera voluntaria, decidió hacerse partícipe del proceso. Justo en el primer año de su recién estrenada ciudadanía. A cosas como estas me refiero cuando hablo de "ejercer la ciudadanía". A buscar la manera, dentro de la normatividad y los espacios existentes, de participar y hacerse entes políticos activos de la sociedad en la cual nos ha tocado vivir.
          "Mi mamá también participó como vocal", me cuenta. Y eso revela otra cuestión interesante: responder a las obligaciones ciudadanas tiene que ver, también, con el ejemplo. Quienes tienen descendencia tienen la obligación moral de buscar que sus hijos sean conscientes de lo que representa buscar salidas por medios democráticos. Sobre todo en un país donde la violencia se ha normalizado a tal grado que este proceso contabiliza, según cifras oficiales, más de un centenar de muertos por cuestiones electorales. El jefe del equipo de observadores de la OEA mencionaba ayer que esta es una situación inédita y atípica en la región. Somos, oficialmente, el país más violento del continente y de buena parte del mundo. La ejecución de candidatos, precandidatos y operadores políticos son un síntoma clarísimo de eso.
          El esfuerzo y entusiasmo de J tuvo un extra: en la casilla donde participó como escrutadora ganó el candidato de su preferencia para la presidencial. Eso disminuyó sensiblemente el cansancio que debió representar el hecho de haber tenido una sesión de trabajo de más de 19 horas continuas. Me relata el proceso de conteo, la emoción, el nerviosismo, la sorpresa que representa para los ciudadanos participantes hacer el recuento de las decisiones individuales de sus vecinos.
          Para mí, al menos, resulta imposible no emocionarme con este tipo de crónicas. Mi generación fue una generación activa políticamente en su nacimiento ciudadano. Animaron esa participación el fraude de 1988, el levantamiento del EZLN en 1994, la alternancia partidista del 2000. Después la desilusión y la inercia nos fueron sumergiendo a algunos en una apatía, antipatía o franca indiferencia con respecto de los procesos políticos. Recuerdo cómo, en ese entusiasmo juvenil como el de Jesi, y animado por una amiga de la facultad, acudimos como brigadistas de Alianza Cívica (una pionera de las ONG's en nuestro país) a platicar con la gente de los municipios rurales del Estado de México para orientarla acerca de cómo defender y ejercer su voto. Era 1999. El pulpo priista ejercía un control más férreo que el que hemos vivido en tiempos recientes en ese estado de la república.
          Me siento privilegiado de ver el despertar a la ciudadanía de una generación que se informa por medios múltiples (sobre todo internet), que tienen una opinión con respecto de lo que pasa en su entorno, que confrontan con acciones el prejuicio que ha convertido la etiqueta "millennial" en un insulto, que buscan contagiar a sus coetáneos de su entusiasmo.
          Ellos son el futuro de este país. Suena a lugar común, pero así es. Y yo me siento orgulloso y tranquilo de que así sea. Las generaciones precedentes, creo, no hemos hecho lo suficiente para que el ejercicio de la ciudadanía sea una cuestión cotidiana. Le toca a ellos y comienzan bien. Mantengan la ilusión y la dignidad. Respeto.

lunes, julio 02, 2018

Todo parece igual, pero no


En 1988 tenía doce años. Fue el año de la fractura del PRI. Cuauhtémoc Cárdenas encabezaba la oposición al candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari. Recuerdo que en aquellos días me interesó la elección por una razón, ingenua quizá, pero que reflejaba el triunfo de la educación de la historia oficial: era hijo del Tata. Dentro del imaginario nacional, Lázaro Cárdenas era reconocido como uno de los mejores presidentes que México había tenido. De hecho era tabla rasa con respecto de lo que implicó posteriormente el régimen revolucionario. En ese entonces no sabía, no podía saber,  que Cárdenas fue el responsable de construir la maquinaria corporativa que después sería la aplanadora electoral del PRI. Pero, con doce años y con los referentes que tenía, Cuauhtémoc Cárdenas era una opción a una sociedad que comenzaba a hacerse consciente de un empobrecimiento que alimentaba de manera continua y creciente la imposibilidad de sobrevivir en el entorno inmediato. Fueron años de migraciones internas intensivas (del campo a las ciudades) y el inicio del exilio masivo hacia los Estados Unidos.
          Recuerdo que en la madrugada siguiente cazaba, en un antiguo radio de transistores que mi padre nos había dado a mi hermano y a mí para tenerlo en nuestro cuarto, alguna estación de radio que diera noticia de quién había ganado las elecciones. Por fin, entre la estática de la amplitud modulada, se escuchó un reporte noticioso: contra todos los pronósticos, Cárdenas había perdido las elecciones; Carlos Salinas de Gortari se convertía así en el presidente que continuaría con las políticas de ajuste que el FMI y el BM habían echado a andar en la mayoría de los países latinoamericanos. Recuerdo la desazón. La tristeza. Aún en la ingenuidad de la adolescencia entendí que algo se había quebrado en la vida de nuestra república.
          Después, ya como ciudadano con derechos de elección, se me hizo costumbre votar a los candidatos con los cuales compartía más elementos de comprensión de la realidad nacional. En 1994, en plena efervescencia zapatista, voté por Cárdenas nuevamente, quien fue derrotado por el discurso del miedo que llevó a Ernesto Zedillo a la silla; en 2000, volví a votar por Cárdenas, en su campaña más desangelada e improbable, fue derrotado por un ocurrente y demagogo Vicente Fox, quien no supo responder a las expectativas que despertó el proceso de alternancia partidista.
          En 2006 vino el fraude electoral que le propinaba su primera derrota a Andrés Manuel López Obrador, un personaje que había demostrado vocación de hacer las cosas distintas desde el gobierno de la Ciudad de México. En 2006 se repitió la sensación que me había embargado dieciocho años antes, frente a aquel radio de transistores. Se había perdido una oportunidad histórica de que la alternancia de izquierda (o lo que se concibe como tal en nuestro país) tuviera la oportunidad de administrar una sociedad que reflejaba síntomas terribles de desigualdad, corrupción e injusticia. A esos males históricos, Felipe Calderón le añadió la muerte masiva de ciudadanos que cayeron en una guerra que buscaba la legitimación de un presidente a quien la mayoría de los mexicanos no queríamos.
          2012 fue una elección parecida a la del 2000. Voté por segunda vez a Andrés Manuel López Obrador con las mismas esperanzas que en aquel año de entresiglos, a sabiendas de que la derrota era más probable que la victoria. Y así ocurrió. El triunfo de Enrique Peña Nieto y su arribo a la presidencia agravó los problemas del país: corrupción galopante y cínica, impunidad rampante, crecimiento exponencial de las muertes asociadas al crimen organizado y normalización de términos como el de "desaparecidos" o "feminicidio".
          Estamos en 2018. Andrés Manuel López Obrador obtiene, según proyecciones oficiales, 53% de los votos emitidos en una de las elecciones más concurridas en la historia reciente del país. Es un índice de votación a favor y de consenso con respecto del fracaso del sistema vigente hasta el momento que no se esperaba casi por nadie. Quizá sólo por sus seguidores más entusiastas, que en muchos casos son también los más desesperados por su propia situación individual o familiar. Es difícil creerlo. La sensación es de júbilo y entusiasmo, pero también de compromiso con respecto de lo que el futuro reclamará a quienes han hecho posible tal hecho.
          A la mañana siguiente sólo puedo pensar en ese adolescente de 1988 que no podía creer que el sistema "se hubiera caído" y que la posibilidad de alternancia se retrasara por décadas. Me gustaría viajar en el tiempo y susurrarle al oído: llegará el tiempo, no todo está perdido. Hoy es el tiempo.