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miércoles, julio 04, 2018

El futuro no es nuestro

Ella es J.

¿Qué se siente al ser tan joven?
Dime qué se siente cuando no se ve el final.
¿Qué se siente al ser tan libre?
Dime qué se siente cuando vuelas sobre el mar.
Debe ser tan increíble.
No consigo recordar.

Lo olvidé entre proyectos de sublevación,
entre pobres achaques de sinceridad.
Lo perdí programando mi gran evasión,
entre altivos delirios de seguridad.
La casa azul, "¿Qué se siente al ser tan joven?"

J tiene dieciocho años. Los cumplió apenas. Es la edad que la ley mexicana marca como necesaria para alcanzar el estatus de ciudadano. Ha sido mi tutorada por tres años en la prepa. Este semestre egresa con la postulación de un trabajo que me hace muy feliz personalmente: la comparación de representaciones literarias y cinematográficas de las razas en El señor de los anillos, tanto en Tolkien como en Jackson. Algo que hizo también este año fue sacar su credencial de elector.
          En la jornada del pasado domingo fungió como escrutadora en la casilla que corresponde a su domicilio. Me contó cómo fue la jornada. "Regresé a mi casa a las tres de la mañana", me dijo. Y le creo, como bien ha apuntado el consejero presidente del INE, esta ha sido una de las jornadas más pesadas de la historia reciente. La compactación de las casillas para emitir los votos tanto federales como locales implican un esfuerzo titánico. Un trabajo no remunerado en suficiencia a los ciudadanos que se presentan a cumplir con el deber cívico de vigilar, al menos en las casillas, que el proceso se lleve con transparencia y legalidad.
          Lo que me llamó la atención fue atestiguar el entusiasmo con el cual me contó su experiencia. La manera en cómo, de manera voluntaria, decidió hacerse partícipe del proceso. Justo en el primer año de su recién estrenada ciudadanía. A cosas como estas me refiero cuando hablo de "ejercer la ciudadanía". A buscar la manera, dentro de la normatividad y los espacios existentes, de participar y hacerse entes políticos activos de la sociedad en la cual nos ha tocado vivir.
          "Mi mamá también participó como vocal", me cuenta. Y eso revela otra cuestión interesante: responder a las obligaciones ciudadanas tiene que ver, también, con el ejemplo. Quienes tienen descendencia tienen la obligación moral de buscar que sus hijos sean conscientes de lo que representa buscar salidas por medios democráticos. Sobre todo en un país donde la violencia se ha normalizado a tal grado que este proceso contabiliza, según cifras oficiales, más de un centenar de muertos por cuestiones electorales. El jefe del equipo de observadores de la OEA mencionaba ayer que esta es una situación inédita y atípica en la región. Somos, oficialmente, el país más violento del continente y de buena parte del mundo. La ejecución de candidatos, precandidatos y operadores políticos son un síntoma clarísimo de eso.
          El esfuerzo y entusiasmo de J tuvo un extra: en la casilla donde participó como escrutadora ganó el candidato de su preferencia para la presidencial. Eso disminuyó sensiblemente el cansancio que debió representar el hecho de haber tenido una sesión de trabajo de más de 19 horas continuas. Me relata el proceso de conteo, la emoción, el nerviosismo, la sorpresa que representa para los ciudadanos participantes hacer el recuento de las decisiones individuales de sus vecinos.
          Para mí, al menos, resulta imposible no emocionarme con este tipo de crónicas. Mi generación fue una generación activa políticamente en su nacimiento ciudadano. Animaron esa participación el fraude de 1988, el levantamiento del EZLN en 1994, la alternancia partidista del 2000. Después la desilusión y la inercia nos fueron sumergiendo a algunos en una apatía, antipatía o franca indiferencia con respecto de los procesos políticos. Recuerdo cómo, en ese entusiasmo juvenil como el de Jesi, y animado por una amiga de la facultad, acudimos como brigadistas de Alianza Cívica (una pionera de las ONG's en nuestro país) a platicar con la gente de los municipios rurales del Estado de México para orientarla acerca de cómo defender y ejercer su voto. Era 1999. El pulpo priista ejercía un control más férreo que el que hemos vivido en tiempos recientes en ese estado de la república.
          Me siento privilegiado de ver el despertar a la ciudadanía de una generación que se informa por medios múltiples (sobre todo internet), que tienen una opinión con respecto de lo que pasa en su entorno, que confrontan con acciones el prejuicio que ha convertido la etiqueta "millennial" en un insulto, que buscan contagiar a sus coetáneos de su entusiasmo.
          Ellos son el futuro de este país. Suena a lugar común, pero así es. Y yo me siento orgulloso y tranquilo de que así sea. Las generaciones precedentes, creo, no hemos hecho lo suficiente para que el ejercicio de la ciudadanía sea una cuestión cotidiana. Le toca a ellos y comienzan bien. Mantengan la ilusión y la dignidad. Respeto.

lunes, julio 02, 2018

Todo parece igual, pero no


En 1988 tenía doce años. Fue el año de la fractura del PRI. Cuauhtémoc Cárdenas encabezaba la oposición al candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari. Recuerdo que en aquellos días me interesó la elección por una razón, ingenua quizá, pero que reflejaba el triunfo de la educación de la historia oficial: era hijo del Tata. Dentro del imaginario nacional, Lázaro Cárdenas era reconocido como uno de los mejores presidentes que México había tenido. De hecho era tabla rasa con respecto de lo que implicó posteriormente el régimen revolucionario. En ese entonces no sabía, no podía saber,  que Cárdenas fue el responsable de construir la maquinaria corporativa que después sería la aplanadora electoral del PRI. Pero, con doce años y con los referentes que tenía, Cuauhtémoc Cárdenas era una opción a una sociedad que comenzaba a hacerse consciente de un empobrecimiento que alimentaba de manera continua y creciente la imposibilidad de sobrevivir en el entorno inmediato. Fueron años de migraciones internas intensivas (del campo a las ciudades) y el inicio del exilio masivo hacia los Estados Unidos.
          Recuerdo que en la madrugada siguiente cazaba, en un antiguo radio de transistores que mi padre nos había dado a mi hermano y a mí para tenerlo en nuestro cuarto, alguna estación de radio que diera noticia de quién había ganado las elecciones. Por fin, entre la estática de la amplitud modulada, se escuchó un reporte noticioso: contra todos los pronósticos, Cárdenas había perdido las elecciones; Carlos Salinas de Gortari se convertía así en el presidente que continuaría con las políticas de ajuste que el FMI y el BM habían echado a andar en la mayoría de los países latinoamericanos. Recuerdo la desazón. La tristeza. Aún en la ingenuidad de la adolescencia entendí que algo se había quebrado en la vida de nuestra república.
          Después, ya como ciudadano con derechos de elección, se me hizo costumbre votar a los candidatos con los cuales compartía más elementos de comprensión de la realidad nacional. En 1994, en plena efervescencia zapatista, voté por Cárdenas nuevamente, quien fue derrotado por el discurso del miedo que llevó a Ernesto Zedillo a la silla; en 2000, volví a votar por Cárdenas, en su campaña más desangelada e improbable, fue derrotado por un ocurrente y demagogo Vicente Fox, quien no supo responder a las expectativas que despertó el proceso de alternancia partidista.
          En 2006 vino el fraude electoral que le propinaba su primera derrota a Andrés Manuel López Obrador, un personaje que había demostrado vocación de hacer las cosas distintas desde el gobierno de la Ciudad de México. En 2006 se repitió la sensación que me había embargado dieciocho años antes, frente a aquel radio de transistores. Se había perdido una oportunidad histórica de que la alternancia de izquierda (o lo que se concibe como tal en nuestro país) tuviera la oportunidad de administrar una sociedad que reflejaba síntomas terribles de desigualdad, corrupción e injusticia. A esos males históricos, Felipe Calderón le añadió la muerte masiva de ciudadanos que cayeron en una guerra que buscaba la legitimación de un presidente a quien la mayoría de los mexicanos no queríamos.
          2012 fue una elección parecida a la del 2000. Voté por segunda vez a Andrés Manuel López Obrador con las mismas esperanzas que en aquel año de entresiglos, a sabiendas de que la derrota era más probable que la victoria. Y así ocurrió. El triunfo de Enrique Peña Nieto y su arribo a la presidencia agravó los problemas del país: corrupción galopante y cínica, impunidad rampante, crecimiento exponencial de las muertes asociadas al crimen organizado y normalización de términos como el de "desaparecidos" o "feminicidio".
          Estamos en 2018. Andrés Manuel López Obrador obtiene, según proyecciones oficiales, 53% de los votos emitidos en una de las elecciones más concurridas en la historia reciente del país. Es un índice de votación a favor y de consenso con respecto del fracaso del sistema vigente hasta el momento que no se esperaba casi por nadie. Quizá sólo por sus seguidores más entusiastas, que en muchos casos son también los más desesperados por su propia situación individual o familiar. Es difícil creerlo. La sensación es de júbilo y entusiasmo, pero también de compromiso con respecto de lo que el futuro reclamará a quienes han hecho posible tal hecho.
          A la mañana siguiente sólo puedo pensar en ese adolescente de 1988 que no podía creer que el sistema "se hubiera caído" y que la posibilidad de alternancia se retrasara por décadas. Me gustaría viajar en el tiempo y susurrarle al oído: llegará el tiempo, no todo está perdido. Hoy es el tiempo.