Aristóteles y Dante
descubren los secretos del universo (Planeta, 2015) es una novela que
todo mundo debería leer. Pero más los adolescentes, los padres de estos y los
profesores (sobre todo los de secundaria y prepa). Es una historia en
apariencia simple pero que, tras la prosa sencilla y directa, esconde una gran
cantidad de verdades acerca de lo que inquieta a todo el mundo en algún momento
de la vida.
Benjamín Alire Sáenz (Old Picacho, Nuevo México, 1954)
construye una historia en donde la voz de los clásicos suena, de ahí el nombre
de los protagonistas, pero cuyos ecos resuenan en lo contemporáneo de manera
evidente. El libro aborda de manera clara el tema de la identidad, entendida ésta
desde diversos frentes: la identidad cultural, la identidad sexual, la identidad
generacional, el autoconcepto. Esa pregunta iniciática de la filosofía griega,
¿qué somos?, alcanza aquí dimensiones de nuevo tratado mayéutico o comedia
renacentista.
Aristóteles y Dante son dos adolescentes que viven en El
Paso, Texas. Una ciudad que guarda en sí la herencia de lo mexicano desde lo
histórico y hasta lo cultural contemporáneo. A uno de los chicos no le gusta
identificarse con el origen mexicano de su madre, mientras el otro bulle de curiosidad
acerca de lo que ocurre allende el Río Bravo.
En pleno despertar sexual, la curiosidad los arrastra hacia
una amistad que les permite explorar campos minados en una sociedad donde la
intolerancia sigue siendo uno de sus elementos característicos. Besar chicas o
besar chicos parece una cuestión fundamental a resolver. Uno de ellos lo hace
antes que el otro, pero en aras de la amistad que han construido a lo largo de
las páginas se prodigan paciencia y cariño.
Capítulos que se leen rápidamente, diálogos vivaces que
parecen triviales pero que significan cuando los vemos en el contexto de lo que
ese viaje llamado vida están experimentando ambos jóvenes. Es un libro sobre la
amistad, sobre lo que significa estar/saberse/definirse solo/extraño/raro; y
sobre la felicidad que implica encontrar a un espíritu afín.
Antes que cualquier cosa, Ari y Dante son amigos. De las pláticas
en la alberca pública, a los actos simbólicos en la sala de un hospital, a la
revelación gozosa bajo la lluvia en medio del desierto, lo que late en medio de
esos dos jóvenes es un vínculo forjado en la confianza y la afinidad con
respecto del otro. Afinidad que, extrañamente, se construye a partir de las
visiones y comportamientos opuestos que tienen con respecto del mundo que los rodea.
Aristóteles reflexiona siempre acerca de lo que significa
ser mexicano, parecer mexicano, provenir de mexicanos en un ámbito en donde el
racismo es una presencia constante y, a veces, amenazadora. El rastro de sus
antepasados y de un oscuro secreto familiar le va revelando el propio ser, la
posibilidad de asumirse como alguien que cuya identidad está más allá del
adolescente amargado que siempre ha sido. Dante, por su lado, experimenta el
mundo de manera extrovertida, imprudente y en búsqueda de nuevos desafíos o
descubrimientos; vive menos angustiado que su amigo, pero no desprovisto de
dudas y necesidad de respuestas.
Es una novela, también, sobre la manera en cómo la
comunicación entre padres e hijos es una obra arquitectónica cuya construcción
no siempre es fácil. La relación de Ari con su padre es problemática porque los
silencios siempre terminan invadiéndolos. El progenitor, veterano de la guerra
de Vietnam, carga sus propios fantasmas, mismos que no se anima a compartir con
su hijo. Pero, cuando ocurre, la vida tiende a ser menos complicada, menos
apabullante.
De más está decir que se las recomiendo ampliamente. Y que
agradezco que mis estudiantes me hayan acercado a la lectura de esta propuesta;
quizás no hubiera llegado a ésta de ninguna otra forma.
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