“Bestias”, segundo cuento incluido en el volumen Quiltras (Paraíso Perdido, 2020), me sacudió por completo. Es una historia simple: una chica narra en primera persona la manera en cómo observa el ataque de un pastor alemán a una perrita callejera recién parida y la intervención que realiza para evitar que el can siga maltratando a la que se encuentra en evidente desventaja. El final es uno de los más bonitos que he leído últimamente. Inesperado, pero que cierra de manera magistral la historia que se ha planteado en apenas cinco páginas. Arelis Uribe (Santiago de Chile, 1987) es la responsable de tal proeza.
Sus cuentos
son reflejo de lo que los románticos llamaron “espíritu de época” y no entiendo
cómo su literatura no es más conocida (y reconocida) en otros ámbitos. Entiendo,
al leer las historias de Uribe, que nos separa más de una década y que las experiencias
que narra a mí me parecerán ajenas o lejanas, pero que para muchos de sus
contemporáneos son cuestiones cotidianas, casi rituales de paso.
Dos cosas
sobresalen en su propuesta: el relato de la sororidad femenina y la aparición
de perros como una especie de leit motif que atraviesa la mayoría de los
textos. Así, en el relato familiar de la complicidad entre primas y la revelación
de secretos que aluden a abusos sexuales asoma la iniciación sexual y la reconciliación
familiar de las que se reconocen separadas injustamente; más adelante, acudimos
a la manera en cómo una amistad puede ser “intervenida” y cuestionada a partir
de la diferencia de clases sociales; luego, el relato de un romance virtual, a
distancia, cuyo desenlace cuestiona de manera frontal los prejuicios estéticos
y la manera en cómo la sociedad condiciona el “deber ser” de la idealidad en
términos de relaciones sentimentales; la disolución de las reuniones de amigos
por la presencia incómoda de esos otros que han sido desterrados al olvido,
pero que retornan del pasado para obligarnos a recordar cosas que no queremos.
La visión
crítica de las condiciones sociales de quienes habitan el territorio chileno tiene
una presencia protagonista en los relatos. Se ve la separación entre quienes
tienen y quienes no. En “El kiosko”, por ejemplo, acudimos a la reflexión
interna que una joven burócrata elabora para intentar disociar a las personas,
lo humano, de aquello que debe reportar como proyecto económico. “Quiltras”, la
historia que da nombre al volumen y que refiere a la manera en como se llama
coloquialmente a las perritas callejeras, narra nuevamente una amistad femenina
que se ve interrumpida por eventos que aluden a lo cotidiano adolescente, pero
cuyo recuerdo e influencia es imposible de pasar por alto.
Hay en las
letras de Arelis Uribe una seguridad y una claridad con respecto de lo narrado
a lo cual es necesario prestar atención. En ello radica mucha de la fortaleza
de las escasas páginas (el libro se termina de repente, dejando esa sensación
de querer más que caracteriza a las buenas obras) que conforman su propuesta.
Es una fortuna su edición en México y, también, seguramente, el destino que
tendrán sus letras en un futuro.
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