miércoles, junio 27, 2012

Padre Nuestro que estás en los huevos... de alien


El mito de Prometeo plantea la idea de un titán que se rebela ante los designios de los dioses, en específico de Zeus, en beneficio de los hombres. Roba el fuego del carro de Helios y lo entrega a los humanos después de que el padre de los dioses se los arrebató como venganza por un engaño relacionado con las ganancias de un holocausto. Por estas mañas, Prometeo es condenado a vivir eternamente atado a una roca del Cáucaso mientras las aves de rapiña le devoran las entrañas que milagrosamente retoñan para perpetuar su sufrimiento.
      En interpretaciones posteriores, Prometeo es considerado como el dios que convirtió al hombre en tal, es decir, que el fuego (“esa flor civilizadora” en la versión de Alfonso Reyes), como metáfora del conocimiento, convirtió al hombre en alguien que podía cuestionar y acercarse a los dioses.
      Esta es probablemente la premisa de la que parte Prometheus (EU, Ridley Scott, 2012). Una odisea espacial que rinde parcial homenaje a los ambientes asépticos que Stanley Kubrick usó como escenario para su 2001 (1968), y que intenta bucear, también, en cuestiones metafísicas, pero que naufraga al transformarse en un blockbuster en absoluto predecible.


Nos encontramos ante una cinta que plantea la existencia de la vida en la Tierra como el designio de una especie extraterrestre superior. La cinta inicia con una secuencia en la cual vemos a uno de estos humanoides extraterrestres inmolarse en una cascada de aguas turbulentas para permitir que la vida “se abra paso” a través del tiempo y de la evolución. Para los que afirman que la cinta reafirma la postura creacionista y niega las teorías darwinianas cabría reparar en el hecho de que lo planteado en la cinta, más bien, reafirma las ideas evolucionistas con una acotación: la vida vino de fuera de nuestro planeta.
      A finales del siglo XXI, una nave tripulada (la Prometheus del título) vaga por el espacio en búsqueda de esa civilización que se supone dio origen a la vida en nuestro planeta. En la tripulación caben todos: androides con complejo de Pinocho, científicos que se aferran a sus crucifijos, operadores calenturientos, locos de atar, narcisistas insufribles y una comandante de misión en uniforme ajustado y brillante. Lo que anima el viaje y la historia misma radica en la posibilidad de preguntar de manera directa a los “ingenieros” de la vida humana el propósito de su creación. O es al menos el pretexto. 
 
Los silbidos, ¿se escucharán en el espacio?

Como en toda buena cinta palomera que se respete, aparece pronto el verdadero motivo del viaje: el financiador de la travesía busca la vida eterna; su decadente humanidad aparece hacia la mitad de la película pidiendo hablar con sus creadores para solicitar la gracia de la longevidad ilimitada. Como buen villano, recibe su cometido y es escarmentado.
      A todo esto, lo que parecía un templo extraterrestre resulta una nave espacial que se dirigía a la Tierra con un cargamento de bombas biológicas destinadas a terminar con la vida. Y la pregunta muda de sentido, ya no es la búsqueda del porqué de la creación sino el porqué de la intención de exterminio. Los ingenieros se dirigían a la Tierra a poner el marcha el Apocalipsis en forma de huevos de alien cuando una providencial tragedia a bordo los extermina. Adivinaron: su propia creación se vuelve contra ellos. El arsenal, en forma de gigantesca incubadora de aliens, ha acusado una fuga que se tradujo en determinado momento en cuestión mortal y en la razón de la muerte de los tripulantes de la nave de los “ingenieros”. 
 
La nueva versión de Ripley, justo después de una "alien-extracción".

A pesar de plantear una mitología distinta con respecto de su referente inmediato, Alien (Scott, 1979), el director no se resiste a plantear algunos motivos que aparecían en las cintas precedentes/consecuentes: una protagonista con capacidades sobrehumanas que tiene, al mismo tiempo, la capacidad de recuperarse de una cirugía mayor en unos cuantos segundos y tener sentimientos relacionados con el instinto maternal: una reinterpretación matizada de la teniente Ripley de Jean Pierre Jeunet en Alien: Resurrection (1997) que no llega a los delirios de la versión del francés; una recurrencia a los motivos de los androides y sus maneras de mimetizarse en un mundo de humanos, cuestión abordada por demás en toda la serie del octavo pasajero y, de manera específica, en Blade Runner (1982) del mismo Scott; los motivos ocultos y egoístas de las corporaciones; entre otros. 
 
El ingeniero inmolado, antes de echarse el drink desintegrador. 

Lo que parecía un alegato en favor de una tesis nada descabellada (el origen extraterrestre de la vida) muda en una cinta de entretenimiento con todo y explosión espectacular final. Los resultados obtenidos por la película traicionan por igual las expectativas del espectador aficionado a la ciencia ficción como del fanático incondicional de la serie.
      El mejor consejo sería ése: vaya a verla despojado de expectativas. O se verá bostezando como alien a la mitad de la película.

martes, junio 26, 2012

Mi voto no es secreto


La mañana del jueves 7 de julio de 1988 madrugué. Era el día en que ayudaba a mi padre a llevar su mercancía al mercado municipal, donde vendíamos al mayoreo los productos agrícolas que se habían recolectado durante la semana. Eran tiempos de ciruelas, aguacates, duraznos y los primeros higos. La razón de madrugar no fue, precisamente, ayudar a mi padre. Lo hice para escuchar la radio. Una radio de transistores que tenía en mi cuarto, que había visto mejores tiempos y que sólo captaba señales de AM. A mis once años esperaba escuchar una noticia que tenía que ver con las elecciones federales: la caída del PRI y el triunfo del Frente Democrático Nacional que lideraba el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas. La noticia no llegó. Fue un jueves triste. Más allá de que la venta no fue especialmente lucrativa (rara vez lo era), el ambiente que se respiraba era de derrota. El país había sido vencido por un sistema que se negó a abandonar el poder y que entró en la etapa más cruenta en términos de política económica. Entre 1988 y 2000 el país estuvo entre los países que remataron su propiedad pública a fin de unirse al mundo globalizado. También fueron los años del enriquecimiento ilícito, de la impunidad rampante, del cinismo elevado a rango de virtud (el famoso “más vale ser un pobre político que un político pobre” del patriarca Hank), de la pauperización acelerada, del exterminio de la clase media.
      Todo eso permitió que en el 2000 los ánimos estuvieran a punto para permitir la alternancia partidista. El depositario de tal encomienda: un político-empresario-disfrazado-de-ranchero que pretendía hacernos creer que provenir del mundo rural era sinónimo de honestidad y, también, de ignorancia orgullosa (algo así como “soy bueno porque no me gusta leer”, o la máxima del cine mexicano de la época de oro en su vertiente urbano marginal: “soy pobre pero honrado”). El gobierno de Vicente Fox fue un circo que refrendó la necesidad de pensar en un gobierno que tuviera, ante todo, integridad y capacidad para llevar a cabo las tareas que las diversas secretarías invocaban. En términos de libertades ciudadanas hubo tímidos avances (sobre todo en lo relativo a la libertad de expresión donde, incluso, los programas de la hoy cuestionada Televisa se permitieron hacer mofa de los tics del presidente), aunque otras fueron remitidas por la ideología retrógrada del partido que representaba (derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los indígenas). Visto a la distancia, el periodo de Fox no puede concebirse sino como una traición a la esperanza (jodido sentimiento) que los ciudadanos que le dieron su voto depositaron en él.
      La decepción se vio reflejada en 2006 cuando, y vía un fraude (no se puede calificar de otra manera un proceso electoral en el que elementos como la imparcialidad del IFE, la intervención descarada del Presidente saliente, la guerra sucia en contra de un candidato ajeno a sus intereses...), el PAN se vio obligado a asaltar el poder y a tratar de legitimarse por medio de la sangre. Más de 60 000 mexicanos (ciudadanos algunos, muchos sin la edad para ser considerados como tales) han sido las víctimas de esta “guerra contra el crimen” que no ha rendido los frutos que se habían previsto y que ha convertido a todo el país (incluso espacios para población privilegiada como el Aeropuerto Internacional) en terreno minado y en ciudadanos atemorizados por los excesos tanto de las células criminales como de las fuerzas del orden. Felipe Calderón no obtuvo la legitimación que buscaba y pasará a la historia como un presidente gris cuya administración está salpicada de sangre y de caos.
      Todo esto traemos hasta 2012. Año de elecciones. Y la posibilidad de elegir entre cuatro propuestas que, aparte de carentes de calidad en términos personales, reflejan el estado en el cual la clase política ha quedado a lo largo de los años.
Por un lado, el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, un producto higiénico y empaquetado al gusto del consumidor promedio de basura televisiva. Representa el clientelismo, la explotación de la ignorancia marginal, el enriquecimiento ilícito, la impunidad en todos los niveles, la tentación represora, los compromisos que atan su proyecto desde antes de asumir cargo alguno, la vida privilegiada de una clase alta para nada ilustrada, la expresión del desprecio clasista y racista de sus afectos más cercanos (su hija y su esposa). Un representante de todo aquello que nos convirtió en la dictadura perfecta (Vargas Llosa dixit): un país en donde la posibilidad de disentir estaba condicionada por la conciencia de ser reprimido por el sólo hecho de atreverse a levantar la voz; donde la posibilidad de crecimiento profesional o laboral estaba condicionado por la cercanía con el poder; donde los puestos no se ganan, se subastan (véanse si no los métodos de acceso prevalecientes en el magisterio nacional).
      En otro extremo, el candidato de Nueva Alianza, Gabriel Quadri. Un, como le gusta llamarse a él, académico. Un hombre con capacidades retóricas sobresalientes, con ideas acordes con el pensamiento liberal en boga en el mundo occidental. Pensamiento liberal no sólo en términos de libertades ciudadanas (derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, despenalización de las drogas, despenalización del aborto) sino también en términos de libertades económicas (dejar todo en manos del mercado, que ya la mano invisible se encargará de repartir la riqueza). Hay detrás de Quadri, sin embargo, la sombra del negocio familiar-gremial de Elba Esther Gordillo, la vitalicia (estatutos por delante) dirigente del sindicato más poderoso del país. Intereses económicos con los grandes capitales, de continuidad con el modelo de degradación de la calidad educativa, de alianzas incuestionables con el círculo del poder, de medidas cosméticas para problemas reales (hacer productiva la pobreza por medio de capacitación empresarial), de desconocimiento de la diversidad cultural del país (no todo es el Eje Polanco-Santa Fe-Condesa). En fin, una opción que no es opción. Una marioneta que sirve de comparsa para restar votantes dentro del espectro de los progres más impresionables y que, en la fragmentación de una realidad compleja, creen hallar soluciones a sus preocupaciones inmediatas disfrazadas de preocupaciones colectivas.
      Josefina Vázquez Mota, la candidata del PAN, arrastra tras de sí las experiencias de la incapacidad operativa del gobierno de Fox y del baño de sangre del sexenio calderonista. Resulta sintomático, por ejemplo, la manera en cómo personajes sobresalientes de su partido le han ido retirando apoyos en la previsión de cuidarse las espaldas o de deslindarse del autoritarismo que su partido ejerce desde el Ejecutivo. Su postura de continuar con los mismos métodos de combate al crimen augura resultados similares a los de este periodo; los saldos de continuar por ese camino estarán signados, entonces, por más familias enlutadas y comunidades secuestradas. Hay también la sensación de una constante improvisación a lo largo de su campaña, de acomodarse según las encuestas o la corriente de la opinión pública se lo demanden; de continuar la tradición de la guerra sucia como forma de comprensión de la política, de asumirse virtuosa al poner en evidencia los defectos de los demás. De pedir el voto femenino sólo por ser mujer, aunque no sea clara en la defensa de los derechos de esas mujeres. Nunca he simpatizado con la plataforma ideológica del PAN, no voté a Fox, menos a Calderón; y no pienso hacerlo en este punto del camino.
      Por último está Andrés Manuel López Obrador, un orador deficiente, un hombre desesperante al que se acusa de populista sin tener a ciencia cierta certeza sobre lo que tal concepto contiene, un político que carga sobre sus hombros el hecho de haber encabezado una resistencia pacífica en contra de lo que él consideró un fraude monumental (a diferencia de Cárdenas, por ejemplo, cuya reacción al fraude del '88 fue mesurada y olvidable). A mí me desesperan las formas de López Obrador. Su lentitud de expresión. Su manera de revolcar las ideas hasta hacerlas casi incomprensibles. Esas referencias constantes a conceptos propios de la retórica nacionalista que, en muchas ocasiones, sólo sirven para generar entusiasmo pero no para confrontar problemas reales: la idea de pueblo, de patria, de esperanza y demás (el equivalente al “¡Viva México, cabrones” de los conciertos de rock). Sin embargo, le reconozco capacidades que quedaron patentes en su gobierno al frente de la ciudad de México: nunca en toda su historia se había hecho tal inversión social en beneficio de las clases más desfavorecidas, ni siquiera durante las jefaturas de izquierda precedentes. Un énfasis en distribuir fondos públicos a través de construcción de infraestructura educativa (preparatorias, universidad), deportiva (reacondicionamiento de espacios públicos, parques, construcción de albercas), médica (hospitales, módulos itinerantes), de subsidios directos (desempleo, madres solteras, ancianos, discapacitados). No proviene de la nada el apoyo popular y el reconocimiento de honestidad a su gestión. En lo personal, no estoy de acuerdo en cómo funcionan algunos de esos mecanismos de atención social (las becas educativas sobre todo), pero el caso es que existen, que no son compromisos huecos de campaña. Y, sobre todo, que se han construido los elementos legales para darle continuidad a esas cuestiones que en otros casos sirven para reforzar el clientelismo electoral. Me atraen sobre todo tres aspectos de su plan de gobierno: la idea de revocamiento de mandato, la política social como alternativa en la lucha contra el crimen y la reducción de sueldos desproporcionados a los funcionarios federales. Me atrae también la inclusión en su gabinete de personas que han demostrado capacidad en las tareas que se les han encomendado (los casos de Juan Ramón de la Fuente en Educación, Marcelo Ebrard en Gobernación y de Cuauhtémoc Cárdenas al frente de PEMEX); aunque otros no me entusiasmen tanto (“Elenita” Poniatowska en Cultura y René Drucker en Ciencia, Tecnología e Innovación, p. e.).
      Como comentábamos con un compañero de debates: esta elección pasará a la historia como la elección en la que se votará por el menos peor. Pero también como la elección en la cual gran parte de la ciudadanía levantó su voz en contra de cuestiones evidentes e injustas como la falta de equidad informativa y la petición de réplica con respecto de los asuntos de interés nacional. Es la elección, también, de la participación juvenil, de la toma de conciencia de una generación que comprendió que las decisiones privadas inciden sobre la cosa pública. Esa es una ganancia mucho más valiosa que la que prometa o realice cualquiera de los candidatos electos.
      A todo esto, yo iré por Andrés Manuel López Obrador. Y, en caso de ser electo, estaré listo para vigilar y criticar las acciones que lleve a cabo. Porque en estas elecciones es algo que estamos en camino de aprender. Y a todo aprendizaje le llega el momento de ser evaluado.

lunes, junio 25, 2012

Los besos que me diste, mi amor...


Durante los años noventa la discusión interminable acerca de la existencia o inexistencia del llamado “rock mexicano” trajo consigo en uno de sus exabruptos la declaración de que el rock mexicano se estaba haciendo en los Estados Unidos, y que los responsables de esto eran Los Lobos. Para ese momento, los músicos angelinos ya habían alcanzado la celebridad a partir de su participación en La Bamba (1987), la película dirigida por Luis Valdez sobre la fugaz vida musical de Ricardo Valenzuela (Ritchie Valens). 
 
La Bamba, la película que los lanzó a la fama.
 En el soundtrack de la cinta, Los Lobos ya habían mostrado lo versátiles que podían ser. Esa mezcla de estilos que recorre un espectro amplísimo: del rockabilly al cajún, de los sones jarochos al swing, del blues al bolero ranchero. Hay detrás de toda su propuesta, sin embargo, una constante que los pone aparte de todos los grupos a los que se encajona como “música americana” producto del mestizaje de las tradiciones que reconocen como influencia en su trabajo: una raíz profunda en la música mexicana, desasida por completo de temporalidades o contextos de época. 

 La banda en un recital en la Casa Blanca (13 de octubre de 2009). 
Es la música de Los Lobos música sin más adjetivos. Uno puede escuchar su versión de “La Bamba”, p. e., y no detenerse a pensar en la época en que fue escrita o grabada. Esa sensación de intemporalidad está más que presente en el que es, probablemente, su disco “más mexicano”: La pistola y el corazón (Slash Records/ Warner, 1987).
     Grabado en 1988, sus 9 tracks y poco más de 25 minutos son suficientes para crear un ambiente que se escapa de la escenografía folklórica que rodea a muchas producciones de música “nacionalista”, y para insertarlo en la discografía de un grupo que no puede ser clasificado fácilmente. Está fuera del tiempo, a pesar de que refiere a imágenes asociadas con la identidad mexicana de diversas formas: la nostalgia por el universo rural, la odisea de la migración, la sobrevivencia en la barra de la cantina, la vida amorosa en lejanía...
 El tema que da título al disco, mi preferida.
Así que, para iniciar la semana con la expresión de emociones que van de la nostalgia y la melancolía más pura hasta la euforia y la fiesta desbordada, no estaría de más echarle oído a estos músicos y, en especial, a este disco.
 
Tracks:
  1. La Guacamaya – 2:05
  2. Las Amarillas – 3:04
  3. Si Yo Quisiera – 2:42
  4. (Sonajas) Mañanitas Michoacanas – 2:23
  5. Estoy Sentado Aquí – 2:28
  6. El Gusto – 2:58
  7. Que Nadie Sepa Mi Sufrir – 2:30
  8. El Canelo – 3:27
  9. La Pistola y El Corazón – 3:27

viernes, junio 22, 2012

El instante (fragmento)


Dos semanas después del receso de Semana Santa, el candidato se presentó en una de las ciudades fronterizas más importantes del país. En ese lugar el discurso no había cambiado significativamente con respecto a lo ocurrido en ocasiones anteriores. Me estaba cansando de repetir la misma crónica todos los días sin que variara un ápice la estructura o el contenido de los eventos partidistas. Lo que era sorprendente en esa ocasión era la cantidad de gente que había concurrido. Tratándose, como se trataba, de un acto partidista en una colonia marginada (eufemismo utilizado generalmente para no decir jodida o miserable) la cantidad de personas era considerable. Los operadores del partido estaban haciendo muy bien su labor.
      Tenía varios días pensando acerca de muchas cosas. Mi mente se había convertido en una suerte de galimatías en el que a las ideas les daba por mezclarse entre ellas y hacer de las suyas. Pensaba en Malena, quien al irse aquella mañana había dejado un vacío inmenso en alguna parte de mi vida. No sabía exactamente dónde, pero sí tenía la seguridad y el entendimiento de que algo me faltaba. Pensaba en Basilio Kozak. Era obvio que no había creído la versión oficial del suicidio. Algo muy oscuro se ocultaba tras la muerte del argentino. Alguien que había descubierto y asumido su vocación por la muerte de los que no eran él, no podría haber sentido la supuesta culpa que lo orilló a quitarse la vida. "Muerto el perro se acabó la rabia", era una forma bastante frecuente de pensar para la policía, lo que quería decir: si se extinguió el objeto criminal ya no hay ningún crimen que perseguir.
      Pensaba en Pedro y su padre. En cómo era posible que dos hijos de puta con doctorado en chingarse a los demás pudieran tener la confianza de que se iban a zafar de todas las que debían. Pensaba en Elías, otro hijo de puta que diariamente aprendía a ser feliz creyendo que lo que hacía era la literatura más extraordinaria del mundo. Y en cierto sentido, lo era. Un tipo que creía que la ética tenía que ver más con un sistema de lealtades interesadas que con una verdadera vocación, no podía tener una visión demasiado amplia de las cosas. Elías, cabrón de mierda, créeme que no estás destinado al olvido.
      Pensaba en el Amo de la Trova, mi jefecito del periódico. Destinado a morir de una enfermedad incomprensible pero fatal. En una renuncia a la vida, una claudicación por adelantado. No debe existir mayor desesperación que la de aguardar la muerte de manera consciente. Ver correr el segundero del reloj puesto en la pared sabiendo que cada pulso significa un avance inexorable hacia la propia extinción. Como esas fogatas que dejamos encendidas en las noches durante los campamentos. La leña se consume chisporroteando alegremente, y, al día siguiente, no quedan más que restos que se esfuerzan por sobrevivir, que con cada soplo del viento parecen renacer pero que, al poco tiempo, se ven irremediablemente consumidas. Un montón de cenizas a las que el propio viento que había prometido revivirlas, las arrastraba hacia un destino no calculado.
      Pensaba en el abuelo feliz de poder disfrutar de su vida al lado de su nueva familia. Sin pensar en nada más que en aprovechar el tiempo de la mejor manera. Dispuesto a dejar ganar a sus nietos sin que ello le significara ningún remordimiento. De buzo por la vida con un esnórquel fabricado del material más resistente: la seguridad de que la muerte es algo inevitable. El abuelo. Desde hace dos semanas lo recuerdo con mayor intensidad. No te la doy para que la uses, me había dicho. Pero el metal frío cada vez cosquilleaba más en mis manos. Había sopesado el arma varias veces para acostumbrarme a su forma, para llenarme un poco de la naturaleza metálica con la que estaba hecha. Lo mejor del asunto es que, después de tenerla tanto tiempo entre las manos de repente me había topado con un deseo irrefrenable de utilizarla. De sentir la emoción de jalar del gatillo y volverme al mismo tiempo rayo y trueno, dueño incuestionable del destino ajeno. La traía entre mis cosas desde dos semanas atrás sabiendo que en cualquier momento podría ver satisfecho mi deseo de usarla. De necesitarlo. Tenía la certeza de que en el momento en que emitiera el primer disparo de mi vida, éste tendría que ser necesario, un instante que no cabría en ninguna otra vida ni en ningún otro lugar.
      Ahora mismo, mientras el candidato lanza por los altavoces las últimas palabras de su discurso, la pistola comienza a cobrar vida dentro de mi maleta. Comienza a retorcerse, me llama de mil maneras distintas. Mi mano cosquillea. El candidato baja de la improvisada tarima que representa el templete (o sea, como un lugar de adoración devaluado y no reconocido: un templete). Se junta con la gente. Se deja tocar. Todos gritan. En las bocinas ya no se oye su voz. Una música popular comienza a resonar, el suelo se mueve al ritmo de esa música. Y retiemble en tus centros la tierra.
      Mis colegas se acercan al candidato. Por rutina. Como un ballet ensayado miles de veces. Lo retratan. Le preguntan. El candidato contesta. Alguien lo apura.
      ― Nos queda un evento todavía, licenciado.
     El Licenciado. El Licenciadote. El Elegido. Sigue caminando entre la multitud. En los límites la gente comienza a dispersarse. Como una gota de aceite arrojada a un recipiente de agua caliente. Afinidades electivas. Todos tras sus intereses. La mano me cosquillea. Un mar de gente. El candidato sigue avanzando en medio de la turba. La gente se arremolina alrededor. Le entregan cartas escritas con temor, reverencia, coraje, rabia. Él las toma todas y las pasa a sus asistentes. Viene sonriendo. A pesar del jaleo, a pesar del calor, a pesar de la música horrenda que se escucha por los altavoces. Sonríe. Cada vez está más cerca. Ahora mismo es necesario.
      Este es el instante. Me integro al cortejo del caos. Me mezclo a la carambola múltiple de los cuerpos. Me confundo. Ahora soy Nadie. Nadie, el reportero de Nada. Calmo el cosquilleo de la palma de mi mano. Tengo el arma apretada. La siento latir. Sé cuánto pesa. No sé cómo se escuchará el primer disparo. El candidato sigue caminando, y sonriendo. Está a mi alcance, saco la pistola. A mi lado una señora de mandil comienza a gritar casi en mi oído:
      ― ¡Tiene una pistola! ¡Lo va a matar!
      El instante.
      El arma va directo a un costado del candidato. Aprieto el gatillo. El tiro hace más ruido del que esperaba. Suena como un eco de otro disparo. El candidato se desploma. Se oyen gritos, la gente tropieza, ya sea en la huída o en el intento por acercarse y saber qué ha ocurrido. Caigo. En el suelo siento cómo pasan dos, tres personas, sobre mi cuerpo. Oculto la pistola. Con el sol debe resplandecer más que el mismo astro que ahora nos cocina a fuego lento.
     ― ¡Ya lo agarramos! ¡Aquí está! ¡Fue él! ¡Fue él!
      Me repliego sobre mí mismo en el suelo. Espero lo peor. Lo peor nunca llega. Un policía uniformado me toma por la pretina del pantalón, me levanta casi en vilo. Me mira a la cara, me arroja su aliento fétido. Su aliento de coraje ancestral y torta de milanesa. De repente baja su vista y ve el gafete de prensa. Vuelve a mirarme a la cara y, al final, sólo al final, me suelta. Corre hacia donde un grupo de policías y gorilas profesionales, golpean a un hombre.
      ― ¡En la cabeza no! ¡No le peguen en la cabeza!
      Todos los reporteros corren, los fotógrafos hacen su trabajo. Placas al cadáver, placas al asesino capturado. Yo me quedo plantado en el mismo lugar en donde el policía me ha levantado. La señora que hace unos momentos gritaba en mi oído me está viendo. Le sostengo la mirada. Se santigua y voltea hacia todos lados como calculando cuál será la mejor vía para escapar. Después desaparece de mi vista. Algún piadoso quita la música que hasta ese momento cubría como una nata desagradable todo el lugar. Queda entonces, para mí, el silencio. Ya no hay nada que hacer. Sigo pensando que el disparo hizo más ruido del que debería. Pero ahora no hay más respuestas. Sólo el silencio. Un silencio incómodo que no presagia el vuelo pausado de ningún ángel.
[...]

*Fragmento de la tercera parte, "Silencios incómodos", de mi novela El instante (Premio de Narrativa Joven María Luisa Puga), aún inédita. 

jueves, junio 21, 2012

El mundo es un teatro en el que cada quien representa su papel


La primera vez que leí El mercader de Venecia de William Shakespeare fue en una atípica clase de Teoría social en la Facultad de Ciencias Políticas. El profesor, cuyo nombre se ha perdido en las brumas de la memoria reciente, nos hacía leer en voz alta, diez minutos antes de que terminara cada clase, una escena de la obra. El objetivo que perseguía tenía que ver con cuestiones prácticas: explicar el nacimiento del capitalismo durante el periodo renacentista.
      De esa manera, a partir de la inversión de riesgo que implicaba la aventura mercantil de Antonio y sus barcos en ruta de comercio hacia las Indias y el Oriente, y desde la multiplicación de la plusvalía del crédito representado por la usura llevada a cabo por Shylock es que mi profesor, cuyo nombre he olvidado injustamente, nos enseñaba historia de la economía política. Shakespeare era utilizado como el medio para entender cómo la Edad Media quedaba atrás y la burguesía comenzaba a apoderarse de los medios de producción.
William Shakespeare, según Neil Gaiman.

Esto no es más que una anécdota acerca de cómo llegué a esta maravillosa obra de Shakespeare. Las relecturas posteriores me pusieron ante una obra que es muchas cosas a la vez. Primero, es una historia de amor: la de Bassanio y Porcia; un amor concebido todavía con los parámetros del amor cortés que la Edad Media había convertido en manual de comportamiento con referencia de los hábitos del cortejo de la época.
      Es la historia de la amistad entre Antonio y Bassanio, una amistad que tiene una carga homoerótica propia de la recuperación de los ideales del amor fraterno de los griegos que el Renacimiento impulsó. Antonio está dispuesto a enfrentar la muerte (con ofrenda carnal incluida: una libra de carne de la zona más próxima al corazón) con tal de que Bassanio pueda ser feliz. La idea de un sacrificio crístico interrumpido por la oportuna intervención de una Porcia masculinizada.
Porcia y Nerissa (juez y escribiente), disfrazadas de hombre.

Porque la historia también es la del cuestionamiento de los roles de género en la sociedad de fines del siglo XVI; en donde una mujer no podía tener voz, sin importar la inteligencia o el conocimiento que poseyera, si no era a través de una operación trasvestista en la que el mensaje era claro: el conocimiento era propiedad de los varones, las mujeres debían abstenerse de buscarlo y, más aún, de utilizarlo. Porcia se disfraza de juez, Nerissa de su escribiente, y así consiguen doblegar las intenciones de un acreedor feroz. Por medio de una interpretación ventajosa de la ley, Porcia libra a Antonio de una muerte segura. Sin embargo, lo debe hacer detrás de un disfraz, porque el hecho de que se reconociera su naturaleza femenina detrás de su elocuencia retórica, invalidaría todas las maravillas que la convierten en la protagonista de la historia.
      Ese acreedor feroz es, también, uno de los personajes más atractivos de la obra. Shylock es el judío estereotipado por los prejuicios que aún hoy persisten, pero que tuvieron su origen en esa naciente sociedad mercantil en la cual se prohibía a los descendientes de Abraham tener propiedades. Y que sólo a través de la usura pudieron forjarse un patrimonio en esas épocas oscuras. Es también el padre traicionado por una hija que no sólo atenta contra la riqueza del padre, sino que comete un acto de maldad inmensurable al convertirse al cristianismo con tal de poder realizar su amor con Lorenzo, su pretendiente. Es difícil, desde la perspectiva actual, pensar en Shylock como el villano estereotipado que encarna al mal; representa, en cambio, la humanidad de un personaje al que se le escatiman virtudes y se exageran defectos. Shylock defiende, con las herramientas que tiene a la mano, lo que considera un acto de justicia. Una justicia que se alimenta de la sed de venganza alimentada, sobre todo, por el rapto/huída de su hija, más que por el resentimiento hacia Antonio.
      Sin duda, es uno de los trabajos más valiosos del bardo inglés. Y de lectura más que obligada.
The Merchant of Venice 
(versión cinematográfica de la obra de Shakespeare,
EU, Michael Radford, 2004).
[Un fragmento:
Salarino: De seguro que si [Antonio] no cumple el contrato, no por eso te has de quedar con su carne. ¿Para qué te sirve?
Shylock: Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millón: él se ha reído de mis ganancias y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y mi linaje, ha dado calor a mis enemigos y ha desalentado a mis amigos. Y todo ¿por qué? Porque soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene manos ni órganos ni alma, ni sentido ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican, ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demás somos tan semejantes, ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano, ¿no se venga éste, a pesar de su cristiana caridad? Y si un cristiano ofende a un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no supero a mis maestros.].

William Shakespeare, El mercader de Venecia, muchas, muchas ediciones.
Lo pueden leer gratis aquí.