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martes, julio 03, 2012

Saldo electoral



A mis saltamontes,
sobre todo a los menores 
de edad que no pudieron votar.

Después de la terrible jornada del 1 de julio (los años venideros darán las razones del porqué) quedan varias cosas necesarias de poner sobre la mesa de la reflexión, la autocrítica y la necesidad de proyectos a largo plazo.


Lo obvio
Existieron anomalías cuya referencia fueron a los años en los cuales el PRI conseguía refrendar su hegemonía de partido único: compra de votos, coacción, amenazas veladas, robo de urnas, validación de una estructura fundamentada en el reparto de prebendas y puestos menores, entre las más evidentes. El adelanto de resultados por parte de la autoridad electoral, el pronunciamiento triunfal del candidato del PRI, el refrendo de tal postura por parte de la Presidencia de la República. Esto si hablamos de lo ocurrido durante la jornada electoral de este domingo. Lo otro es más complejo y menos clandestino.
¿Y qué es lo otro? La falta de operatividad en lo que respecta a denuncias de exceso de topes para gasto de campaña, inequidad en los contenidos editoriales de los medios de comunicación, manipulación hoy aceptada de las encuestas de intención del voto. Estas denuncias corresponde solucionarlas tanto a la Fepade como al IFE. Sin embargo, la morosidad, omisión o desecho de la mayoría de estas denuncias (ojo, tanto en lo que respecta a la elección federal como a las locales) hizo que se pasaran por alto, de manera sistemática, la mayoría de éstas. La resolución de tales controversias se definirá hasta que el proceso electoral haya concluido. Y no hay que pasar por alto que esto incluye a las denuncias hechas incluso en contra del candidato de Movimiento Ciudadano.
Esto nos permite también hacer una reflexión con respecto de cómo se permitieron todas estas cuestiones, a todas luces incoherentes con una democracia consolidada. Hay una red de complicidades detrás de los acuerdos entre partidos. Algo que puede resumirse con un “si no te metes con nosotros, no lo hacemos contigo”. Máxima que funciona hasta que el control de daños empuja el reclamo de tales irregularidades mientras se ausenta la autocrítica.

La coyuntura
Existe en el momento actual un malestar evidente y justificado con el resultado del proceso, tal como se llevó a cabo y antes de la revisión de las actas distritales del día de mañana. Los ecos resuenan en las redes sociales, en las comidas familiares, en los centros de trabajo, en las discusiones de los “especialistas” de los medios. Las posturas van desde la revuelta armada, la revuelta civil, la necedad reeditada, la resistencia pacífica, el asalto al IFE, la manifestación desbordada.
         Y ese es el adjetivo que cabe para la situación actual: el desbordamiento. La catarsis inmediata por un resultado contrario; inesperado y desesperanzador con respecto de sus confianzas más íntimas. Es decir, campeaba un sentimiento de confianza esperanzada con respecto del proceso del domingo: la idea de que los resultados fueran distintos. Como no lo fueron, la indignación es enorme. Pero es una indignación matizada con un grito que resulta contradictorio: ¡ya sabíamos que iba a pasar! Es decir, se sabía que ocurriría, pero se tenía la esperanza de que a último momento no fuera así.
         Y ha comenzado un momento de crisis y de rompimiento del tejido social. Sobre todo en los espacios en los cuales esa indignación puede ser expresada: las redes sociales, las reuniones partidistas, el seno de los movimientos sociales de diverso signo, la estructura de base de los candidatos, etcétera. Esa expresión de inconformidad se manifiesta, sobre todo, en las capas medias y altas. El otro México, el México profundo de Bonfil Batalla para no dejar pasar la oportunidad del cliché, no se manifiesta ni parece sorprendido. Son los responsabilizados, también, de haber permitido el fraude al haber vendido su voto (y su dignidad, dicen los más encendidos).
         Paremos un poco aquí. En esas imágenes que muestran a indígenas que se tapan de la lluvia con paraguas tricolores con la impresión del rostro del candidatote. Pensemos en las mujeres que votaron porque éste era “el más guapo”. En los operadores que acarrearon y compraron el voto de ciudadanos esperanzados en la promesa de un pago inmediato y un compromiso a mediano plazo. ¿Qué es lo que ha permitido que esto ocurra? Por un lado, el sistema de partidos; por el otro, la ausencia de ciudadanía (regreso al final del texto a esto).
         Una cuestión más que anima la discusión tiene que ver con una precepción que se vuelve argumento: “toda la gente que conozco votó por AMLO, ¿cómo pudo ganar Peña Nieto?”. Una respuesta que suena a provocación es: “por toda la gente que uno no conoce”. Hay un fenómeno que deberá ser estudiado con respecto de los espacios de influencia y percepción que tejen tanto las redes sociales cerradas (como Facebook, donde uno decide con quién tener relaciones de intercambio de información) como las abiertas (como Twitter, que sería en todo caso parcialmente abierta: uno decide a quién seguir leyendo y a quién ignorar). La interacción en estos medios crea un espacio de seguridad para las creencias y gustos propios. Elementos a considerar en este sentido: la enorme cantidad de personas que no tienen acceso, ya no digamos a redes sociales o internet, sino a energía eléctrica o servicios básicos. Es en esos numerosos desconocidos en donde se fragua la compra, la coacción y el acarreo de votos. ¿Y cuáles son los elementos que permiten que los votos de esas personas sean comprados? Decir el hambre y la ignorancia suena políticamente incorrecto. Pero es eso: el hambre y la falta de educación. Los conspiracionistas del “al gobierno le conviene tener ignorante al pueblo” tendrían aquí un ejemplo para su argumentación.
         Una deriva de ese desconocimiento del otro lo representa el centralismo. Ya no el centralismo de la Ciudad de México, sino incluso el de los centros urbanos o los medianamente tecnificados (las ciudades de frontera, p. e.). Si uno revisa los resultados electorales del PREP en algunas zonas en donde la izquierda no tiene presencia nos daremos cuenta que sus números son muy pequeños; incluso que representan a la tercera fuerza electoral en pugna. A diferencia de las ciudades descritas al inicio de este párrafo en donde tienen porcentajes incluso por arriba del 50 % de los votos emitidos. Eso implica que la estructura de los partidos involucrados no tiene la misma fuerza ni estructura en todas las comunidades del país. En algunos, incluso, los partidos han echado mano del descontento de los tránsfugas de otros institutos políticos para tratar de tener presencia. No son casos aislados en donde esas provisionales alianzas son traicionadas de último momento.
         ¿Qué es lo que sigue a partir de esta coyuntura? Es difícil de predecir. Probablemente un litigio prolongado vía las instituciones que han mostrado su parcialidad pero que representan el único aparato de apelación por la vía legal; o una revuelta civil en donde el fantasma de la represión es una de las amenazas más dolorosas y simbólicas, tanto para los que se encargarían de ejecutarla (un gobierno que no es del partido electo) como por aquellos que la sufrirían (mos). Pronóstico reservado.

El futuro
Nadie puede negar que el conflicto poselectoral de 2006 trajo consigo reformas que intentaron corregir situaciones similares a las de aquel año. Es decir, que se previó que la historia no se repitiera de manera idéntica. En este sentido, la institución que tuvo mayor responsabilidad fue el IFE. Sin embargo, para el escenario actual no funcionó con la certeza suficiente como para evitar las sospechas de parcialidad. Es necesario pensar de qué manera se pueden eliminar esas sospechas, qué mecanismos se deben afinar para que las denuncias se atiendan y resuelvan de manera expedita. Esto, desde los aparatos de justicia “burgueses a conveniencia” como leí en algún post estos últimos días.
         Lo otro es más profundo. No podemos estar condicionados a la explosión de las pasiones partidistas o militantes sólo cada seis años. Esas pasiones, mientras no son conscientes y constantes como parte fundamental de nuestras obligaciones y derechos como ciudadanos no auguran que la situación cambie en procesos electorales futuros. Debemos crear ciudadanía y conciencia acerca de lo que tal cosa representa. Es decir, se debe romper con la visión de súbditos incondicionales, de manada sin control, de masa manipulable.
         El camino a todo esto es la educación de calidad. El reforzamiento del conocimiento del pasado y de lo que implica ejercer los derechos que se han ganado a lo largo de los años en esa persecución del ideal democrático. Esto resulta, ahora, misión más complicada debido a que, de consumarse la alternancia/retroceso del poder, el aparato educativo no cambiará de formas de operación, conservando la visión utilitarista y precaria que ha tenido hasta nuestros días. Educación de calidad para todos. Sobre todo para aquellos a los cuales hoy se acusa de haber sido seducidos por la satisfacción de la necesidad inmediata.
         ¿Qué acciones tomará la sociedad civil (en donde han surgido manifestaciones impresionantes, y que marcarán a una generación, como #YoSoy132) para garantizar que aquellos reciban una educación que los haga replantearse la decisión ética de rematar su voto? ¿De qué medios se valdrá para que los mecanismos que se ofrezcan no sean los mismos que se han planteado como simulación estatal en los últimos ochenta y dos años?
         Algunos dirán que los culpables son los medios. Los medios son eso: medios que permiten la transmisión de un mensaje que se pretende hegemónico a una masa y que busca una interpretación unívoca (generalmente inofensiva o inmovilizadora) de ese mensaje. Pero antes de los medios están los individuos, ésos que pueden convertirse en ciudadanos. ¿Cómo garantizar que esos mensajes que buscan implantar una visión del mundo unívoca y afín a los intereses de los dueños de tales medios no encuentren terreno fértil sino resistencia crítica? Con educación que fundamente precisamente eso: pensamiento crítico, exigencia del derecho a disentir y ejercicio feroz de su ciudadanía. Lo demás es seguir jugando con las mismas reglas que el sistema ha impuesto hasta ahora.
         En estos días he visto las manifestaciones de rabia e impotencia de varios de mis estudiantes de prepa. Muchos de ellos no pudieron votar porque no tienen edad para hacerlo. Pero tienen ya, a esta edad, elementos para leer de manera crítica lo que ocurre en su país. Para que les resulte incomprensible cómo, incluso sus padres, decidieron regresar a los tiempos de los cuales siempre se han quejado. Algunos han escrito en sus muros de Facebook que esperan con ansiedad el momento en que puedan votar para revertir algo en lo que no pudieron participar. Serán los electores de los próximos comicios. Ellos están listos. Pero son minoría. ¿Qué estamos dispuestos los demás a hacer para que el resto de esos ciudadanos en ciernes, y de aquellos que ni siquiera saben que lo son, puedan ejercer sus derechos de manera responsable? Sugiero una verdadera (eficaz) revuelta. Yo ya escogí mi trinchera. 

martes, junio 26, 2012

Mi voto no es secreto


La mañana del jueves 7 de julio de 1988 madrugué. Era el día en que ayudaba a mi padre a llevar su mercancía al mercado municipal, donde vendíamos al mayoreo los productos agrícolas que se habían recolectado durante la semana. Eran tiempos de ciruelas, aguacates, duraznos y los primeros higos. La razón de madrugar no fue, precisamente, ayudar a mi padre. Lo hice para escuchar la radio. Una radio de transistores que tenía en mi cuarto, que había visto mejores tiempos y que sólo captaba señales de AM. A mis once años esperaba escuchar una noticia que tenía que ver con las elecciones federales: la caída del PRI y el triunfo del Frente Democrático Nacional que lideraba el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas. La noticia no llegó. Fue un jueves triste. Más allá de que la venta no fue especialmente lucrativa (rara vez lo era), el ambiente que se respiraba era de derrota. El país había sido vencido por un sistema que se negó a abandonar el poder y que entró en la etapa más cruenta en términos de política económica. Entre 1988 y 2000 el país estuvo entre los países que remataron su propiedad pública a fin de unirse al mundo globalizado. También fueron los años del enriquecimiento ilícito, de la impunidad rampante, del cinismo elevado a rango de virtud (el famoso “más vale ser un pobre político que un político pobre” del patriarca Hank), de la pauperización acelerada, del exterminio de la clase media.
      Todo eso permitió que en el 2000 los ánimos estuvieran a punto para permitir la alternancia partidista. El depositario de tal encomienda: un político-empresario-disfrazado-de-ranchero que pretendía hacernos creer que provenir del mundo rural era sinónimo de honestidad y, también, de ignorancia orgullosa (algo así como “soy bueno porque no me gusta leer”, o la máxima del cine mexicano de la época de oro en su vertiente urbano marginal: “soy pobre pero honrado”). El gobierno de Vicente Fox fue un circo que refrendó la necesidad de pensar en un gobierno que tuviera, ante todo, integridad y capacidad para llevar a cabo las tareas que las diversas secretarías invocaban. En términos de libertades ciudadanas hubo tímidos avances (sobre todo en lo relativo a la libertad de expresión donde, incluso, los programas de la hoy cuestionada Televisa se permitieron hacer mofa de los tics del presidente), aunque otras fueron remitidas por la ideología retrógrada del partido que representaba (derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los indígenas). Visto a la distancia, el periodo de Fox no puede concebirse sino como una traición a la esperanza (jodido sentimiento) que los ciudadanos que le dieron su voto depositaron en él.
      La decepción se vio reflejada en 2006 cuando, y vía un fraude (no se puede calificar de otra manera un proceso electoral en el que elementos como la imparcialidad del IFE, la intervención descarada del Presidente saliente, la guerra sucia en contra de un candidato ajeno a sus intereses...), el PAN se vio obligado a asaltar el poder y a tratar de legitimarse por medio de la sangre. Más de 60 000 mexicanos (ciudadanos algunos, muchos sin la edad para ser considerados como tales) han sido las víctimas de esta “guerra contra el crimen” que no ha rendido los frutos que se habían previsto y que ha convertido a todo el país (incluso espacios para población privilegiada como el Aeropuerto Internacional) en terreno minado y en ciudadanos atemorizados por los excesos tanto de las células criminales como de las fuerzas del orden. Felipe Calderón no obtuvo la legitimación que buscaba y pasará a la historia como un presidente gris cuya administración está salpicada de sangre y de caos.
      Todo esto traemos hasta 2012. Año de elecciones. Y la posibilidad de elegir entre cuatro propuestas que, aparte de carentes de calidad en términos personales, reflejan el estado en el cual la clase política ha quedado a lo largo de los años.
Por un lado, el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, un producto higiénico y empaquetado al gusto del consumidor promedio de basura televisiva. Representa el clientelismo, la explotación de la ignorancia marginal, el enriquecimiento ilícito, la impunidad en todos los niveles, la tentación represora, los compromisos que atan su proyecto desde antes de asumir cargo alguno, la vida privilegiada de una clase alta para nada ilustrada, la expresión del desprecio clasista y racista de sus afectos más cercanos (su hija y su esposa). Un representante de todo aquello que nos convirtió en la dictadura perfecta (Vargas Llosa dixit): un país en donde la posibilidad de disentir estaba condicionada por la conciencia de ser reprimido por el sólo hecho de atreverse a levantar la voz; donde la posibilidad de crecimiento profesional o laboral estaba condicionado por la cercanía con el poder; donde los puestos no se ganan, se subastan (véanse si no los métodos de acceso prevalecientes en el magisterio nacional).
      En otro extremo, el candidato de Nueva Alianza, Gabriel Quadri. Un, como le gusta llamarse a él, académico. Un hombre con capacidades retóricas sobresalientes, con ideas acordes con el pensamiento liberal en boga en el mundo occidental. Pensamiento liberal no sólo en términos de libertades ciudadanas (derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, despenalización de las drogas, despenalización del aborto) sino también en términos de libertades económicas (dejar todo en manos del mercado, que ya la mano invisible se encargará de repartir la riqueza). Hay detrás de Quadri, sin embargo, la sombra del negocio familiar-gremial de Elba Esther Gordillo, la vitalicia (estatutos por delante) dirigente del sindicato más poderoso del país. Intereses económicos con los grandes capitales, de continuidad con el modelo de degradación de la calidad educativa, de alianzas incuestionables con el círculo del poder, de medidas cosméticas para problemas reales (hacer productiva la pobreza por medio de capacitación empresarial), de desconocimiento de la diversidad cultural del país (no todo es el Eje Polanco-Santa Fe-Condesa). En fin, una opción que no es opción. Una marioneta que sirve de comparsa para restar votantes dentro del espectro de los progres más impresionables y que, en la fragmentación de una realidad compleja, creen hallar soluciones a sus preocupaciones inmediatas disfrazadas de preocupaciones colectivas.
      Josefina Vázquez Mota, la candidata del PAN, arrastra tras de sí las experiencias de la incapacidad operativa del gobierno de Fox y del baño de sangre del sexenio calderonista. Resulta sintomático, por ejemplo, la manera en cómo personajes sobresalientes de su partido le han ido retirando apoyos en la previsión de cuidarse las espaldas o de deslindarse del autoritarismo que su partido ejerce desde el Ejecutivo. Su postura de continuar con los mismos métodos de combate al crimen augura resultados similares a los de este periodo; los saldos de continuar por ese camino estarán signados, entonces, por más familias enlutadas y comunidades secuestradas. Hay también la sensación de una constante improvisación a lo largo de su campaña, de acomodarse según las encuestas o la corriente de la opinión pública se lo demanden; de continuar la tradición de la guerra sucia como forma de comprensión de la política, de asumirse virtuosa al poner en evidencia los defectos de los demás. De pedir el voto femenino sólo por ser mujer, aunque no sea clara en la defensa de los derechos de esas mujeres. Nunca he simpatizado con la plataforma ideológica del PAN, no voté a Fox, menos a Calderón; y no pienso hacerlo en este punto del camino.
      Por último está Andrés Manuel López Obrador, un orador deficiente, un hombre desesperante al que se acusa de populista sin tener a ciencia cierta certeza sobre lo que tal concepto contiene, un político que carga sobre sus hombros el hecho de haber encabezado una resistencia pacífica en contra de lo que él consideró un fraude monumental (a diferencia de Cárdenas, por ejemplo, cuya reacción al fraude del '88 fue mesurada y olvidable). A mí me desesperan las formas de López Obrador. Su lentitud de expresión. Su manera de revolcar las ideas hasta hacerlas casi incomprensibles. Esas referencias constantes a conceptos propios de la retórica nacionalista que, en muchas ocasiones, sólo sirven para generar entusiasmo pero no para confrontar problemas reales: la idea de pueblo, de patria, de esperanza y demás (el equivalente al “¡Viva México, cabrones” de los conciertos de rock). Sin embargo, le reconozco capacidades que quedaron patentes en su gobierno al frente de la ciudad de México: nunca en toda su historia se había hecho tal inversión social en beneficio de las clases más desfavorecidas, ni siquiera durante las jefaturas de izquierda precedentes. Un énfasis en distribuir fondos públicos a través de construcción de infraestructura educativa (preparatorias, universidad), deportiva (reacondicionamiento de espacios públicos, parques, construcción de albercas), médica (hospitales, módulos itinerantes), de subsidios directos (desempleo, madres solteras, ancianos, discapacitados). No proviene de la nada el apoyo popular y el reconocimiento de honestidad a su gestión. En lo personal, no estoy de acuerdo en cómo funcionan algunos de esos mecanismos de atención social (las becas educativas sobre todo), pero el caso es que existen, que no son compromisos huecos de campaña. Y, sobre todo, que se han construido los elementos legales para darle continuidad a esas cuestiones que en otros casos sirven para reforzar el clientelismo electoral. Me atraen sobre todo tres aspectos de su plan de gobierno: la idea de revocamiento de mandato, la política social como alternativa en la lucha contra el crimen y la reducción de sueldos desproporcionados a los funcionarios federales. Me atrae también la inclusión en su gabinete de personas que han demostrado capacidad en las tareas que se les han encomendado (los casos de Juan Ramón de la Fuente en Educación, Marcelo Ebrard en Gobernación y de Cuauhtémoc Cárdenas al frente de PEMEX); aunque otros no me entusiasmen tanto (“Elenita” Poniatowska en Cultura y René Drucker en Ciencia, Tecnología e Innovación, p. e.).
      Como comentábamos con un compañero de debates: esta elección pasará a la historia como la elección en la que se votará por el menos peor. Pero también como la elección en la cual gran parte de la ciudadanía levantó su voz en contra de cuestiones evidentes e injustas como la falta de equidad informativa y la petición de réplica con respecto de los asuntos de interés nacional. Es la elección, también, de la participación juvenil, de la toma de conciencia de una generación que comprendió que las decisiones privadas inciden sobre la cosa pública. Esa es una ganancia mucho más valiosa que la que prometa o realice cualquiera de los candidatos electos.
      A todo esto, yo iré por Andrés Manuel López Obrador. Y, en caso de ser electo, estaré listo para vigilar y criticar las acciones que lleve a cabo. Porque en estas elecciones es algo que estamos en camino de aprender. Y a todo aprendizaje le llega el momento de ser evaluado.

martes, junio 19, 2012

La revolución no está musicalizada

Una de las cosas que más ha llamado la atención en el desarrollo de las recientes manifestaciones colectivas de protesta en el margen del proceso electoral que se está llevando a cabo en México, tiene que ver con los referentes musicales que se utilizan. Lo primero que se le ocurrió a un buen número de usuarios de las redes sociales al mirarse la capacidad de reacción de los estudiantes en el denominado movimiento #YoSoy132 fue postear “Me gustan los estudiantes” de Violeta Parra o alguna canción del denominado Canto Nuevo.
“Me gustan los estudiantes” de Violeta Parra en voz de Mercedes Sosa (1971).
El Canto Nuevo Latinoamericano fue una corriente musical de fuerte influencia durante los años de la euforia por la revolución cubana y la tradición de resistencia en contra de las diversas dictaduras militares que se dieron en cascada en la América Latina de los años setentas. Sus características variaban de país en país, pero entre sus elementos figuraban la recuperación de elementos de identidad nacional relacionado con la música (los folkloristas, en alguna de sus vertientes). El modelo más aventajado en ese sentido, porque lograba integrar elementos nacionalista-regionalistas y, al mismo tiempo, proponer una forma distinta de concebir a la música como parte de la militancia política de izquierda fue la Trova Cubana, que tuvo entre sus adalides a Pablo Milanés y, sobre todo, a Silvio Rodríguez.
Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en un concierto en Argentina en 1984, 
en la primavera del retorno a la democracia.
La sombra de esos referentes que incluye a compositores como Víctor Jara, Óscar Chávez y demás cantautores que sólo necesitaban una guitarra para expresarse, creó una escuela en donde la canción de protesta se asociaba a esa imagen del cantante marginalizado por su ideología y cuyas letras hablaban de injusticias sociales y posibles utopías. El modelo no se cuestionó durante mucho tiempo, creando inclusive parodias que fueron celebradas a partir de la conciencia de que tal modelo se había agotado.
“El valor de la unidad” de Les Luthiers, 
una parodia de la canción de protesta latinoamericana. 
Resulta paradójico entonces que una de las críticas más consistentes en referencia a este tema provenga de uno de los compositores que reproducía, en cierto sentido, la influencia de la trova cubana. Fernando Delgadillo en “De la canción de protesta” hace una crítica a los que critican la decadencia de la denominada canción de protesta. La conclusión de la letra reafirma la necesidad de contar con manifestaciones de crítica social dentro de la música popular. Sin embargo, los argumentos esgrimidos en este sentido se convierten también en argumentos en contra de lo que finalmente defiende.
“De la canción de protesta” de Fernando Delgadillo (1998).
Dentro de ese espectro aparece, en determinado momento, el rock como una de las maneras en las cuales la cultura de masas reconoce un espejo en el cual, dada las dinámicas sociales, era más fácil reconocerse. La recuperación de la memoria de las atrocidades realizadas durante las dictaduras militares marcaban, por ejemplo, esas tendencias hacia una crítica socio-política que se afincaba en la necesidad de la memoria.
“Los dinosaurios” de Charly García
 (escrita en 1983, en un recital de 1995).
Diversos movimientos sociales en los años noventas (levantamiento del EZLN [véase el disco Juntos por Chiapas de 1997], juicio a las juntas militares, movimientos en defensa de grupos de migrantes, defensa de los derechos humanos) supuso una reactivación de los temas que tenían un contenido político innegable. A la par aparecían grupos cuyos temas llegaban, vía la industria tradicional discográfica (la utopía de los archivos compartidos por internet resultaba un tanto lejana), incluían en sus discos melodías que hacían referencia a esa aparente movilidad que se vivía entre los jóvenes de esos agitados y complicados años noventas. Fabulosos Cadillacs, Mano Negra, Kortatu, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Divididos, Los Pericos, Illya Kuryaki & The Valderramas, Resorte, Santa Sabina, Aterciopelados, Fito Páez, el eterno Charly, Molotov. De hecho, una de las canciones más representativas en los tiempos actuales surge de aquellos en apariencia tumultuosos años: “Gimme the Power” de Molotov.
“Gimme the Power” de Molotov (1997).
De tal manera, tenemos que las referencias musicales de la revuelta colectiva siguen mirando a las canciones de los años sesentas y setentas, y de manera desconfiada a los noventas. Convendría preguntarse el porqué de esta situación. ¿Cuáles son los elementos que no han permitido la aparición de una épica de identidad musical de las juventudes posteriores a esos años? ¿Tendrá que ver con la explosión de contenidos? ¿Con la idea de que lo alternativo y lo diverso se oponen a la supuesta homogeneidad representada por los himnos? ¿Con que el discurso político fue repudiado por una juventud nihilista que pedía más evasión que realidad? ¿Cómo explicar entonces que esa juventud, con las etiquetas indie, hipster y demás colgadas son las que han salido a manifestarse en estos días recientes? ¿Son necesarios esos himnos, esa sensación de unidad bajo un discurso musical en el cual la mayoría de los manifestantes se identifica? ¿O simplemente no es necesario?
“Love” una de las canciones más exitosas de Zoé. 
El nombre del grupo dio lugar a un artículo polémico que abordaba
 la despolitización de la juventud contemporánea.
Cosas que me llaman la atención es que, por ejemplo, puede darse una combinación de épocas e intenciones políticas en este momento de la historia. Que existen grupos que retoman ese, en apariencia irrenunciable, reconocimiento de la identidad latinoamericana y fusionarla con el reclamo político. Quenas, guitarras eléctricas, ritmos andinos, letras de protesta. La identidad musical de esta generación que se manifiesta está en construcción. Disculpe las molestias.
“Sobran” de Arbolito (2007).

martes, junio 12, 2012

131, 132, 133...

Hace días una amiga me preguntaba si el movimiento “Yo Soy132” era solamente de estudiantes. Conviene en este punto del proceso hacer un recuento de lo que está detrás de esta organización.
         Todo comenzó el pasado mes de mayo, cuando Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI, se presentó en un encuentro ante estudiantes de la Universidad Iberoamericana, una escuela particular perteneciente al sistema jesuita de universidades y de gran prestigio. En ese encuentro se dio un desencuentro. Los estudiantes (muchos de los cuales participan de acciones de desarrollo en comunidades indígenas, son activistas en diversas ONG’s y testigos críticos de la historia de nuestro país) hicieron reclamos con respecto de diversas situaciones donde al PRI, y al mismo ex gobernador del Estado de México, se les achacaba responsabilidad.
         Cuando Peña Nieto intentó responder abrigándose en la abigarrada retórica del hablar mucho pero decir nada, perdió a la mayoría de los escuchas que interpretaron la respuesta como un insulto a su inteligencia. La gota que derramó el vaso fue la declaración del candidato, cuando fue increpado por las acciones, represivas y por completo desproporcionadas, que su gobierno llevó a cabo en la comunidad de San Salvador Atenco: "asumo la responsabilidad de lo que ocurrió ahí".
Atenco: romper el cerco (México, Nicolás Défossé y Mario Viveros, 2007)

En ese momento, Peña Nieto tenía comprometida una entrevista con la radiodifusora de la universidad, Ibero 90.9, sin embargo, los ánimos se encendieron y los gritos en contra del candidato comienzan a escucharse incluso hasta el interior de la cabina de radio.  Esto obliga al equipo de campaña a suspender la entrevista y a salir de la universidad, con una parada en uno de los baños de la institución (anécdota que generó la mayor cantidad de atención en redes sociales y medios no tradicionales). Enrique Peña Nieto sale por una puerta distinta a la principal en medio de gritos de repudio y muestras de rechazo.
La salida de Enrique Peña Nieto de la Universidad Iberoamericana.

En Ibero 90.9, mientras tanto, el presidente del partido, Pedro Joaquín Codwell, se lanza contra los estudiantes afirmando que eran acarreados y que la Ibero no era la universidad tolerante que hasta ese día había sido. Menciona que se investigará la responsabilidad de quienes estén involucrados en las protestas, lo que se interpreta como una amenaza velada.
         Ante esta situación, y después de una cobertura mínima de los medios tradicionales de comunicación (en algunos casos inclusive vergonzantes), un grupo de 131 estudiantes de la universidad deciden manifestarse a través de un video en internet en el cual manifiestan que no son porros ni acarreados. Ante la recepción de amenazas hacia algunos de los estudiantes que aparecen en el video, la rectoría de la universidad planta su postura en apoyo a sus estudiantes.
Los 131 estudiantes que se manifiestan en contra de  las descalificaciones 
del vocero del Partido Verde y el presidente del PRI. 

En apoyo a este video es que se constituye un grupo de apoyo, denominado #YoSoy132 debido a la manera en cómo se generan los hashtags en la red social Twitter. Este grupo, conformado por estudiantes de diversas universidades, tanto públicas como privadas, deciden manifestarse en el exterior de la Universidad Iberoamericana y de ahí marchar hacia las instalaciones que Televisa tiene en la zona de corporativos. Nace aquí uno de los primeros reclamos del movimiento: la necesidad de contar con un manejo equitativo de la información y terminar con la manipulación de los grandes medios, sobre todo electrónicos, que insistían en mantener su apoyo al candidato del PRI, en detrimento de la calidad de sus contenidos informativos.
La primera marcha "Yo soy 132" de la U. Iberoamericana a Televisa Santa Fe. 

“Yo soy 132” es la forma de decir que se apoya el derecho de réplica que los estudiantes habían ejercido a través de internet. Y de ahí, el movimiento comienza a crecer. Se configura como un movimiento estudiantil plural, multiclasista y con una variedad tremenda de tendencias en su interior. Discusiones como la visión partidista, el rechazo a un candidato determinado, la posibilidad de ser infiltrados por intereses ajenos, animan las primeras reuniones. Sin embargo, se construyen acuerdos y se da a conocer el Primer Manifiesto de los 132.
Primer manifiesto del movimiento "Yo soy 132". 

El respaldo de gran parte de la sociedad civil comienza a hacerse patente. Grupos de intelectuales, sindicatos, reconocidos defensores de derechos humanos y ciudadanos mexicanos en elextranjero. Es en este punto que #YoSoy132 se convierte en un movimiento que trasciende su campo de injerencia de movimiento estudiantil. El Segundo Manifiesto, como producto de las decisiones previas, se muestra más claro en sus exigencias y en el papel que han decidido tomar.
Segundo Manifiesto de "Yo soy 132". 

En este momento del proceso, la inclusión de más elementos a la discusión de lo que es y debe hacer el movimiento pasa por el aprendizaje de las maneras óptimas de organización y de la obtención de consensos. Sin embargo, la injerencia que ha tenido en el actual proceso electoral y en romper la apatía de los más jóvenes es algo que no puede ser negado.
Y esa injerencia ha llegado al punto de emocionar a los más jóvenes, a los que reconocen que, en determinado momento, tendrán también que reflexionar acerca del papel que tienen en el proceso de este país, de su país. Así es como nace #YoSoy133, un movimiento integrado por estudiantes de preparatoria y secundaria que se asumen como sujetos políticos y como el relevo de los que han echado a andar las conciencias y la curiosidad de un país.
Jóvenes menores de edad fundan el movimiento "Yo soy 133". 

Coda: resulta sintomático el hecho de que los primeros que han descalificado al movimiento sean aquellos que ven, repentinamente, amenazados sus intereses. Y toman la juventud y la inexperiencia como un signo de debilidad y de posibilidad de que el movimiento sea manipulado. El proceso está en construcción. Es imposible que todas las decisiones sean acertadas, habrá errores sin ninguna duda. Pero también es mezquino estar atento sólo a los errores. La juventud, hoy más que nunca, adquiere la mayoría de edad y se asume responsable por el destino que este país ha tomado en las últimas décadas. Esa energía es un combustible que arde generosamente, que ilumina a los otros, a los que se habían resignado a la oscuridad. Es un privilegio ser testigo de este momento de la historia. Es imposible no sentirse conmovido y emocionado.