miércoles, enero 31, 2007

De capacidades

Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.
          Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
          No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "cómo se escribe un cuento".
          Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.
          Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
          Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.
          En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.

Fragmento de "El arte del cuento", por Flannery O'Connor

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Hoy a las 16.00 hrs. transmiten parte de una entrevista que me hicieron en relación a Memoria del polvo. En el 660 de AM, Radio Ciudadana.

sábado, enero 27, 2007

Segunda Jornada

El día de ayer fue agotador. Terminé echado (así, como vaca babosa) a las diez de la noche sin disfrutar de los paraísos alcohólicos que San Luis ofrece al mundo. Hemos revisado al menos un texto de cada uno de los escritores de la disciplina de cuento. Las observaciones han sido amables, algunas fuertes, pero amables; el tutor se ha mostrado abierto a reconocer cuestiones valiosas en los textos y ha dirigido las sesiones de manera bastante ordenada. Hoy nos espera una sesión un tanto más pesada. Tenemos que revisar doce textos en tres sesiones de dos horas cada uno.
          Algunos de los asistentes ya muestran su cansancio, unos por las jornadas de trabajo y otros porque la fiesta les ha tocado en dosis más concentradas y prolongadas. Yo me descubro con una actitud un tanto indiferente a esas cuestiones. Es probable que a pesar de que el encuentro es de "jóvenes" en realidad me esté poniendo un tanto viejo. En el camino al encuentro terminé de leer el libro del que ahora es mi tutor en este proyecto y me pareció una muy buena historia. Desarrolla de manera densa el papel de la religión en una sociedad conservadora como la de San Luis. El pretexto es la biogradía de la madre Conchita. Sí, aquella que junto con el padre Agustín Pro, han sido consagrados como mártires católicos, e incluso beatificados. En fin, eso amerita otro post.
         Me voy, que ya se me hizo tarde. Again.

viernes, enero 26, 2007

Crónica de los primeros días

Ayer comenzó el Primer Encuentro de Jóvenes Creadores 2006-2007 en la Ciudad de San Luis Potosí, Encuentro en el que asisto como integrante de la pléyade de nuevos talentos artísticos que le darán vida a la anquilosada vida cultural mexicana. (¡Ah, verdad! Ya quiten esa cara de "y ahora este mamón qué pedo", conseguí su atención y era lo único que me interesaba). Comienzo mi crónica diciendo que el viajecito fue pesado: seis horas en un camión de segunda disfrazado de primera (y que me hizo lanzar una mentada de madre cuando vi el slogan de la empresa: "La línea más cómoda de México", la concha e sú...).
          Nos presentaron a nuestro tutor (David Ojeda), un potosino cuya primera actividad curricular fue introducirnos en las delicias del mezcal de la región en una cantina de ésas tradicionales que cada vez están teniendo más adeptos. Mezcal apurado con prisa, pero que resbaló como por su casa hasta el fonde del estómago.
          Después vino una plática por parte del tutor acerca de la literatura, del papel del autor, de las características del cuento, en fin, de cosas que, a pesar de que se cree saberlas desde siempre, nunca está de más que alguien te las recuerde con tanta pasión y claridad.
          David Ojeda es una persona amable. Hasta ahora se ha mostrado como un escritor que toma en cuenta cosas que se alejan de la visión de un burócrata cultural (que no lo es) y lo acercan más a un ser humano sensible y atento con sus pupilos. Hoy comienza la revisión densa de los textos, a ver qué es lo que pasa.
          Por la tarde casi noche nos dirigimos a lo que se llaman "sesiones plenarias" en los que cada uno de los becarios tienen que exponer la naturaleza de sus proyectos. Me extenderé más en un post que estoy pensandop para describirle la de joyitas que se dejan apreciar (oración mitad irónica, mitad en serio).
Por la noche unos rones en la cantina de Don Pedro con la Banda Cuisillos y Ana Gabriel a todo volumen. Y a dormir.
           Está a punto de empezar la segunda jornada. Seguiremos informando.

miércoles, enero 24, 2007

Por una cabeza

Había llegado a la estación por la noche y no tuvo reparos en quedarse a dormir en una de las bancas de concreto que había en la estación de autobuses. No supo, más bien no tenía conciencia, del tiempo que había pasado entre que tomó ese autobús sin fijarse a dónde lo llevaba y el arribo del dragón domado a los corrales de la central.
          La había visto. Fisgoneando por en medio de las cortinas había atestiguado que la mujer que suponía única y propia (su mente no la concebía en otra situación más que en la de pertenencia) estaba en brazos de otro hombre. Miraban juntos la televisión echados sobre un sofá al que ya se le veían varios lustros encima. Se veía cómoda.
          Él la había abordado en la oficina en la que laboraba redactando versiones estenográficas de entrevistas de gentes a las que ni conocía. La veía pasar a diario con su vaso lleno de café caliente. El vapor que se desprendía del vaso de unicel se quedaba durante algunos instantes flotando por encima de los cubículos, confundido con su perfume. No pasaba desapercibida. Nunca. Siempre había un instante para ver pasar al objeto del deseo.
          Su curiosidad, a la par que la atracción, hizo que se decidiera a hablarle. La esperó a la salida del trabajo. La abordó diciéndole que no se asustara. Obviamente se asustó. No puedes acercarte a alguien y decirle que no se asuste. Después del sobresalto, le explicó que trabajaba en el mismo sitio y le invitó a un café. Ella dudó. Pero, después de un instante de ésos que se miden en eternidades, aceptó la invitación.
          Así fue como comenzó a conocerla. O a creer conocerla. Cada tarde tomaban un café (ella era una fanática de los expressos concentrados), platicaban de las nimiedades que ocurrían en las oficinas, chismorreaban sutilmente sobre algunos de los habitantes de ese laberinto de cubículos, y, sólo algunas veces, deslizaban comentarios sobre su vida privada.
          El día que se atrevió a preguntarle si era casada, las manos le sudaban de manera copiosa. Rogaba al cielo que ella no se diera cuenta de su nerviosismo, por lo que seguramente sobreactúo o se comportó de manera exagerada. Ella le dijo que no, que no estaba casada. Él dijo “yo tampoco”, con una naturalidad que no fue fingida pero sí apresurada. “Y bueno, tenemos algo en común”, dijo ella. Después se despidió con un beso en la mejilla que él sintió mucho más cerca que nunca. Cuando se recuperó de la sorpresa, ella se había ido y él se estaba metiendo a uno de los vagones del metro. Repetía inconscientemente el mismo camino de todos los días. Directo a su casa. Entró y cerró la puerta tras de sí.

Se había jurado, en un primer momento, que esperaría hasta el otro día para proponerle que tuvieran una relación más cercana. En realidad nunca encontró las palabras para proponerle algo que no sabía qué era. Pensó que era una cuestión en la que ya no se reflexionaba, un ritual que había perdido adeptos: encontrar las palabras exactas. La ansiedad lo consumió decidió que no tenía que esperar al siguiente día para decirle... lo que se le ocurriera en el momento en que tuviese que decir algo. Sabía donde estaba la casa de ella. Llegó en un taxi que no tardó demasiado debido a la hora y a la tranquilidad de la zona. Fantaseó incluso con la posibilidad de no volver a su casa esa noche. Se bajó y echó a andar hacia donde suponía se daría una de las escenas más recurridas en las comedias románticas del cine. Hasta había una escalera. Y también unas cortinas. Y entonces vio a través de las cortinas. Y el rumor de un autobús llenó la noche...

No era la mentira lo que le jodía la cabeza. Era su propia condición incompleta. Su proyecto de vida fragmentado. Hasta donde llegaba su memoria (y solía llegar muy lejos), todo se reducía a una serie de fracasos que se iban anudando en un rosario que le podía garantizar la paz divina sin ningún problema. Era una vida de “ya merito”, una vida de “casis” repetidos al infinito. Eso era lo que realmente le molestaba. Ver cómo otra vez se había encontrado a las puertas de lo que suponía la felicidad y perderlo todo. Así nomás. [Una mujer se acerca por el pasillo cargando una maleta]. Todo se reducía a pensar en ese nudo en el estómago que a partir de ese momento no lo dejaría vivir en paz. [La mujer se deja caer en el otro extremo de la banca frente al hombre, lleva una maleta pequeñita. Lanza un suspiro]. Se había lanzado al vacío sin preguntar, se lo repetía en la cabeza una y otra vez y ya no le pareció más un lugar común: la gente se aventaba al vacío, a algunos alguien los rescataba, y otros simplemente se hacían mierda contra el pavimento. [La mujer saca un cigarrillo de una caja maltrecha. Se lo pone entre los labios e intenta encenderlo. La chispa del mechero no enciende. Lo intenta una vez más y se rinde. Con el cigarrillo en los labios lanza una mirada retadora a lo largo y ancho de la amplia sala de espera. Sólo hay otra alma en el lugar. Otro extraviado]. Seguir buscando por toda la eternidad. Perder el rumbo y la meta a escasos metros. Saberlo de antemano...
                                                            Miradas que se cruzan. Mira los labios más que el cigarrillo. En el bolsillo de él hay un mechero que sí enciende. Se acerca y sin decir palabra ofrece el fuego. Ella deja salir un hilo largo y sinuoso de humo que huye avergonzado hacia el techo de la terminal. Van hacia el mismo lugar. O eso afirman.

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Se disfruta mejor si al mismo tiempo escuchan:

POR UNA CABEZA

Por una cabeza de un noble potrillo
que justo en la raya afloja al llegar
y que al regresar parece decir:
no olvides, hermano,
vos sabés, no hay que jugar...

Por una cabeza, metejón de un dia,
de aquella coqueta y risueña mujer
que al jurar sonriendo,
el amor que está mintiendo
quema en una hoguera todo mi querer.

Por una cabeza
todas las locuras
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.

Por una cabeza
si ella me olvida
que importa perderme,
mil veces la vida
para qué vivir...

Cuántos desengaños, por una cabeza,
yo juré mil veces no vuelvo a insistir
pero si un mirar me hiere al pasar,
su boca de fuego, otra vez, quiero besar.

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.

martes, enero 23, 2007

Pedir las nalgas

Ayer fui a la Librería del Sótano (la que está frente a la Alameda) y salí con una impresión más que mala. El personal que labora ahí tiene un insano sentido de la paranoia, ya que piensan que los que acudimos a ese lugar tenemos más intenciones de robarnos un libro que de comprarlo, por lo que tenemos que soportar la vista más que pesada de un señor pelón con camiseta negra e intercomunicador como de guardaespaldas gringo que nos ve y se hace pendejo... nos ve y se hace pendejo... El tipo del "guardarropa" (que guarda todo, menos ropa) con una jeta del tamaño del huevo derecho de Dios, con un mal humor digno de mejores causas. Y los güeyes que atienden, no mames, parece que les estás pidiendo las nalgas en lugar de orientación para encontrar los libros que buscas.
          Por lo regular opto por buscar por mí mismo los libros que me interesan, pero en esta ocasión no aparecían por ningún lado. Cuando pregunté el tipo hizo una jeta como si en vez de decirle que me ayudara a buscar La santa de San Luis de David Ojeda, le hubiera comunicado que me andaba cogiendo a su mamá (o peor, a su papá). De los dos textos que le pedí uno (el que más me interesaba) se encontraba agotado; y el otro (el referido de Ojeda) fue el único que pasé a pagar a la caja. Y sí. La cajera compartía el humor de mierda del resto del personal. Creo que es considerable la cantidad de personas que atienden, la naturaleza del trabajo que realizan (en contra de todas sus expectativas, seguramente); pero aún así, creo que la atención puede ser mucho mejor. No estoy diciendo que tengan que tratar a los lectores como si fueran el pachá de Persia (si es que en Persia hay un pachá); pero sí creo que, al menos, podrían ser neutrales y no agobiarnos a los demás con su mal humor.
          Regularmente salgo molesto de las librerías porque no me alcanzó para comprar lo que quería comprar, esta vez no fue el caso. Eso me pasa, pienso después al descelofanear mi adquisición, por no ir a mi proveedor habitual: la librería del FCE de Universidad, ahí el sistema de clasificación de sus estantes permiten al lector el placer íntimo, pero placer al fin, de hallar el libro buscado entre todos los demás. Necesito una limpia de karma.

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Por cierto, el libro de Ojeda está resultando una buena sorpresa.