En un lugar de La Mancha... urbana de cuyo nombre no puedo acordarme, pero que para más señas estaba por el metro Tacubaya, cayó del cielo un caballero llamado Don Alonso Quijano, cuya cabeza estaba lo suficientemente mal como para creerse el ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Fue tal el golpe que recibió en la cabeza que durante un momento estuvo sumamente aturdido. En cuanto recuperó algo de compostura, se dio a la tarea de ubicar el lugar exacto en el que se encontraba. Volteó hacia todos lados pero por ninguno pudo encontrar a su amigo Sancho.
-¡Sancho! ¡Sancho! ¿Dónde os habéis metido?
Y fue tanto su gritar y tan grande el alboroto que causaba, que uno de los dueños de los puestos de discos piratas procedió a amonestarlo.
-¿Pus qué onda, ruco? Lléguele a gritar a otro lado. Si está buscando a un “sancho”, pus nomás déme la dirección y atendemos su pedido.
-¿Pero qué extraña lengua es esa que estáis hablando? Pongo a Dios por testigo de que no os entiendo nada de lo que me decís.
-¡Chale! ¿Y este güey de donde salió? Habla como en los programas del “Nachional Yiografic”.
-¡Calla! Gente soez y de baja calaña, que si no me dais noticias de en qué lugar me encuentro y que diabólico hechizo habéis puesto sobre mí, os juro por la memoria de Amadís de Gaula y de mi dama Dulcinea del Toboso, que os haré pagar tamaña insolencia.
Y diciendo esto, nuestro extraviado caballero procedió a tomar la ruinosa lanza que tenía en sus manos y a señalar con el desgastado filo la nariz prominente y llena de barros del, ya a estas alturas, harto comerciante de música de similares (“lo mismo, pero más barato”).
-¡Pus qué tranza! Aliviánese ruquito, que si se pone tan acá, orito llamo a la bandera para que se lo abarate. ¡No se pase de lanza!
-Mi única bandera es la que trabaja para que los débiles y puros de corazón tengan justicia. Para que los abusos de los poderosos sean puntualmente castigados. Para que las damas princesas en peligro tengan en mi brazo a su principal defensor. Para que el nombre de mi dama, Dulcinea del Toboso, resuene en las cuatro partes conocidas del mundo, de éste y el Nuevo allende los mares atlánticos. ¿Que no traspase mi lanza? Sólo traspasará tan abultada tripa de caballero tan necio y falto de respeto por las leyes de caballería.
Y sucedió entonces que, justo cuando el enflaquecido caballero se disponía a asestar un feroz golpe, vino una turba de gente que, sin previo aviso, comenzó a arrastrarlo hacia dentro de un agujero abierto en la tierra. El caballero se retorcía sin poder detener el empuje de tan insolentes personas. Empujaban como si estuvieran poseídos de una fuerza sobrehumana.
-¡Deténganse! No se interpongan en mi camino, que he de dar puntual castigo a ese villano. Seguro tiene de aliado a mi enemigo Frestón. Malhalla villano más escurridizo y poderoso. Sólo espero algún día verlo frente a frente para asestarle un mortal golpe con esta mi espada justiciera. Pero, ¿es que estas escaleras no tienen fin? Seguro conducen al mismísimo infierno. ¡Preséntense demonios que no os temo ni por un momento! ¡Señora Dulcinea, asístame en esta aciaga hora!
Y así fue como el ingenioso hidalgo fue arrastrado hasta el interior de esa cueva y llevado ante lo que parecía el foso seco de algún castillo. Una multitud se apiñaba frente al foso, como entre dudando de arrojarse a aquel cauce seco o permanecer en la orilla mirando las fauces de una cueva que se perdía en su propia oscuridad. Todo estaba en silencio, por eso fue que el rugido se escuchó gigantesco, amenazador. Un sonido que obligó a todos los que estaban en el andén a voltear hacia una de las orillas de la cueva iluminada. Entonces fue que lo vio.
-¡Por todos los hechiceros del mundo!- gritó don Quijote- ¡así que es verdad que existen! Malhalla la hora en que te habéis topado conmigo, indómito dragón, que yo tomaré vuestra cabeza, deshojaré una a una tus escamas y me haré una armadura que me haga invulnerable. Anda demonio alado, ¡aquí os espero!
Y diciendo esto, echó mano a la espada y se puso en condición de combate. Fue entonces que el que él llamaba dragón se paró justo frente a sus ojos, se abrieron sus entrañas y de él comenzaron a salir gentes de todos tamaños y semblantes. Después de esto, la gente que había estado en la orilla del foso comenzaron a introducirse en los estómagos del monstruo. Fue tal la indignación del anciano y flaco caballero, que enseguida arremetió con golpes de espada en uno de los costados de la bestia.
-¡Vamos, dragón endemoniado! Dejad libre a esta pobre gente. Arrojádlas hacia afuera. Tu interminable apetito acabará por dejar deshabitada toda la faz de la tierra.
Y así fue que, mientras más atacaba a la bestia, más podía ver como entre agua las caras llenas de asombro de los que habían terminado en la panza del dragón. Y con más fuerza era que el caballero atacaba. El monstruo entonces cedió. Las puertas se abrieron ante la algarabía de don Quijote, pero, ante su sorpresa, ninguno de los pobres seres atrapados dentro del dragón se atrevían a dar un paso fuera. Antes alguno, incluso lo llenó de palabras que parecían inconformes.
-¡Pinche mariguano! Deja que la gente se vaya a trabajar.
-Que alguien se lleve al loquito para el maniquiur.
-Pobre hombre, seguro que acaba de perder su empleo.
-¡Futa! Lo que me faltaba.
-Mira vieja, se parece a tu papá.
-Llégale a darte un baño, carnalito. Hasta acá se huele tu presencia.
Al mismo tiempo que don Quijote trataba de entender aquello que le estaban diciendo, cuatro brazos fuertes lo asieron por las axilas y comenzaron a arrastrarlo hacia fuera de la cueva. El caballero de la triste figura se revolvía como si fuera un tlaconete con sal, pero sus captores no parecían estar dispuestos a dejarlo ir.
-A Central, A Central, tenemos un 45. Lo llevamos a la sala de interrogatorio. Cambio.
-No, pareja. Estamos a punto de ir por las tortas, no nos queda tiempo para interrogar a nadien. Sáquenlo pa’ fuera y nomás fíjensen que no se vuelva a meter pa’ dentro. Nosotros estamos 25. Repito 25. Cambio.
-Copiado, pareja, copiado. Lo dejamos en 32 y le llegamos a las de chorizo con huevo. Cambio.
-¡Soeces!, ¡malandrines!, ¡baja ralea!, ¡chusma inmunda!- don Quijote se desgañitaba tratando de que los guardias lo dejaran en paz. Sólo consiguió hacerse rasguños y dislocarse un brazo.
La humanidad del Quijote dio contra el suelo de atroz manera. Fue tal su mala suerte que cayó dentro de un desagüe apestoso mal llamado coladera. En ese malhadado trance estaba, cuando se dio cuenta que de su espada no había señal y que todos sus pertrechos marciales habían resultado inútiles ante la embestida de los agentes del mal que lo habían sacado de aquella tremenda cueva y que le habían arrancado el triunfo de su investidura contra el dragón naranja que a punto estuvo de rendirse.
-Ni siquiera el Caballero de la Blanca Luna hubiese podido derrotar a tan horrorosa y malvada criatura como yo estuve a punto de hacerlo. ¡Maldito Frestón! ¡Me habéis arrebatado el triunfo que por mis propios merecimientos había ganado! ¡Dios quiera que nunca te vea a los ojos porque entonces usaré tu capa para lavarme las narices y tu rostro para pulir mis sandalias!
Dicho esto y saliendo de la coladera en la que había caído, Don Quijote comenzó a mirar a su alrededor y quedó en una estupefacción insólita, es decir, quedó completamente apantallado.
-Juro a Dios que debo estar soñando. Por donde quiera miro castillos con ventanas de hielo y carrozas que avanzan sin bestias que los tiren. Hechizados deben de estar por cuanto arrojan humo por el trasero y rugen horriblemente en sus escapadas. ¡Señora Dulcinea, por cuanto si esto no es sueño, te pido que me asistas y que si muriera buena sepultura me dispusieses!
-Te puedo asegurar que soñando no estás. Esto es tan real como que tanto tú como yo no tenemos ni en qué caernos muertos. Tan real como que a nadie le importa y, sobre todo, tan real como que yo te estoy viendo y tú a mí. Acércate y toma de esta botella que su contenido en algo habrá de apaciguar tu dolor.
El Quijote revolvióse hacia su espalda, justo de donde había oído partir la voz. Tuvo que bajar los ojos para encontrar los ojos del dueño de aquella reflexión medianamente entendible y a todas luces, lúcida. Y entonces fue que vio a un hombre viejo que se acurrucaba contra la pared y que despedía un olor que al Quijote le pareció que no desentonaría en ninguno de los establos que había conocido. El rostro lleno de largas barbas blancas en donde podía adivinarse lo que podría ser, según don Quijote, algún tipo de alubias. La cara quemada por el sol dejaba observar unos ojos que aún entrecerrados adivinaban una mente saludable. El cuerpo lo tenía cubierto con un sarape de Saltillo que don Quijote confundió con la armadura del mismísimo Lanzarote. En sus pies cohabitaban un tenis de marca reconocida con un huarache de suela de llanta. El Caballero de la Triste Figura lo reconoció enseguida como compañero de armas. Así que sin pensarlo más, extendió la mano y tomó la botella que aquel hombre le ofrecía.
-Alborozado me siento, muy señor mío, de encontrar en este sitio un compañero de armas y del noble oficio de la caballería andante. Porque caballero tenéis que ser para ofrecerme así, sin más dilación, el bálsamo de su charla cuando todos los demás me la niegan ostensiblemente. Hechizados deben de estar para ignorar así a sus semejantes, pero no os preocupéis, que ya veré la manera de romper tal hechizo.
-Caballero soy, mi estimado amigo, aunque he visto mejores tiempos. Andante también, más por necesidad que por gusto. Los policías me corren de cualquier lugar en el que establezco mi residencia. Y mi charla la ofrezco a quien me quiera escuchar, que tiempo y disposición es lo que me sobra. Hasta ahora sólo los perros me escuchaban.
-Pues mal harán aquellos que os nieguen su oído que a pesar de tener un raro acento, las cosas que dice están llenas de claridad. ¿Qué es lo que lo ha traído a tan lamentable estado?
-La macroeconomía, la globalización y las malas administraciones gubernamentales. Por ellos no tengo casa, ni trabajo, ni comida.
-Poderosos contrincantes deben ser, cuando os han puesto en penitencia y ayuno. Pero eso es algo que, a larga vista, no nos importa a nosotros los caballeros andantes. Cuénteme su historia, que así yo tendré el honor de compartir mis experiencias y aventuras ante su merced.
-Mi historia comienza con el catorceavo error de diciembre, en ese entonces era un reconocido profesor de literatura que laboraba en una escuela de reconocido prestigio que tuvo que cerrar porque se pensó que la educación nomás producía gente sin oficio ni beneficio que lo único que aprendía era a pensar. Cuestión muy peligrosa para los poderosos. Fui corrido de ese lugar porque se me ocurrió organizar foritos y actividades para que los menos afortunados y más jóvenes pudieran iluminarse con las luces inextinguibles de los libros.
-Luminosos los libros, mi muy señor mío. Comparto su opinión y comparto la misma maldición. Un hechicero declarado eterno enemigo hizo desaparecer toda mi biblioteca. Larga historia y desafortunado destino el de aquellos volúmenes tengo en la memoria...
-¡Ignorantes! ¡Pérfidos! ¡Hijos de mala madre aquellos que alejan a los hombres de los libros! Son como ratas esperando el juicio final para terminarse los restos del mundo... ¡Usted disculpe...! No me pude contener. Total que después de haber sido echado de ese lugar de conocimiento, perdí todo lo que tenía: mis libros, discos, películas, muebles, auto, casa, amigos... Hasta que por fin acepté mi destino y me dediqué a vagar por las calles, a mendigar un pedazo de pan, a buscar un rincón cálido en el cual pasar la noche. En fin, una historia triste, pero igual a muchas historias en este mundo. Pero, a todo esto, he acaparado la plática y usted no ha dicho nada, ¿cómo es que ha llegado aquí?
-Me ha arrojado un gigante al que he atacado en medio de un campo de trigo.
-¿Un gigante?
-Sí, un gigante. Movía sus cuatro brazos de manera espantosa. Lo ataqué de frente, me dio un golpe traicionero y, segundos antes de tocar el suelo, aparecí en este lugar endemoniado.
-Historia interesante. ¿Puede contarme más?
-Por supuesto.
Y fue así que el caballero andante y el vagabundo parlante se pusieron a platicar de la historia de don Quijote. Y en el relato aparecían dragones, castillos, gigantes, el buen Sancho Panza, la de belleza sin par Dulcinea del Toboso, caballeros de la Blanca Luna, hechiceros, princesas en peligro, hombres esclavos a los que había que liberar, reinos conquistados, ejércitos enormes vencidos, nobles encantados y miles de maravillas de las que pasaron hablando toda la noche, ayudados contra el frío por un montón de diarios y alguna cobija mugrosa que el vagabundo sacó de entre sus cosas. Y fue así que amaneció y que don Quijote se paró de inmediato en cuanto algo que parecía el sol se asomaba por el horizonte. Una inmensa neblina lechosa impedía disfrutar de los rayos del sol de manera decente. Aún así, don Quijote quiso emprender camino.
-Y hacia donde dirigirá sus pasos, si se puede saber- le increpó su nocturno compañero.
-Necesito ir hacia el Toboso a pedir consejo y bendiciones a mi señora Dulcinea.
-¿El Toboso? No sé por donde queda. ¿Así se llama la colonia?
-Teniendo a mi señora en él, debería de ser el reino más poderoso de la Tierra. Sin embargo, creo que antes debo de hacer más méritos. Tengo que ayudar a los desvalidos, los débiles y los pobres. ¿Dónde cree que encuentre a estas personas?
-¿Débiles, pobres y desvalidos? Pues bien que ha calculado el lugar al que llegó. Aquí encontrará millones de ellos. Cualquiera de esos micros lo llevaría hasta lugares en los que abundan sus pobres y desvalidos.
-¿Micros decís?
-Transportes... carrozas... ésos que ve allí.
-Pero, ¿no están endiabladas esas criaturas que ni animales parecen?
-Las criaturas no, pero créame que aquellos que las conducen deben de estar poseídos por el mismísimo Lucifer.
-No invoque fuerza tan poderosa, honorable caballero, que contra un ser de esas magnitudes, ni siquiera mis fuertes brazos podrían hacerle frente. ¿Y cómo es que esas bestias pueden llevarme a lugares donde se necesiten mis servicios?
-No se preocupe, que enseguida le consigo un aventón gratis hasta donde ha pedido ir.
El vagabundo fue hasta uno de esos dichos micros y conversó por unos momentos con la persona que parecía cochero. Después se dirigió hasta donde estaba don Quijote.
-Y bien, que puede subir a la carroza que el chofer ya sabe dónde bajarlo.
-Muchas gracias, valiente caballero, algún día podré corresponder a sus favores. Si alguna vez necesita de mi amistad, mi ayuda o mi presencia, no dudéis en llamarme.
-Mucha ayuda a veces necesito, mi querido amigo. A todo esto, ni siquiera me ha dicho su nombre, ¿cómo dice que se llama?
-Soy don Quijote, natural de La Mancha, por lo que podéis decirme don Quijote de La Mancha.
-Ándele pues, y yo soy Michael Jackson...
-Encantado de conocerle, sir Michael Jackson. Espero poder volver a verlo.
Entonces fue que don Quijote subió a una de las dichas bestias que rugía ya en la impaciencia de la partida. Al frente de sus enormes ojos ostentaba un título que decía: “Jalalpa/Las Torres”.
-¿”Las Torres”? -dijo don Quijote- debe tratarse de almenares de lejanos castillos.
Y fue entonces que el ingenioso hidalgo conoció la furia de la bestia en la que se había subido. Corría como seguramente había corrido Babieca por los campos de Castilla. Esquivaba con audacia e imprudencia a otras bestias de su misma naturaleza pero de distintas formas y colores. Tan ensimismado estaba en las maniobras que la carroza ejecutaba y en agarrarse con las veinte uñas de los tubos que tenía adentro el dicho por el vagabundo “micro”, que ni siquiera sintió que había llegado a su destino.
-Aquí se baja, abuelito. Me dijo el compa de la base que lo dejara por aquí.
Don Quijote vació el contenido de su estómago en cuanto se vio a buen resguardo en el suelo. Después levantó la vista y se quedó helado. En un hermoso castillo que tenía enfrente, ondeaba un pendón en el que podía verse un retrato de un gallardo, valiente y fuerte caballero cabalgando al lado de su fiel escudero. El letrero decía “¡Ésas son... Quijotadas!”.
-Pero si soy yo, y ése mancebo tan bien plantado no es otro más que mi escudero Sancho Panza.
El caballero atravesó el paso de las bestias rugientes y traspasó el umbral del castillo que estaba resguardado por apuestos guardias y heraldos vestidos de azul.
-Su credencial, por favor...-dijo uno de los heraldos azules.
-Déjalo pasar -dijo el otro- qué no ves que es uno de los maestros que van a participar en las conferencias.
Don Quijote se perdió dentro del castillo, bajó unas largas escaleras y se encontró, repentinamente, en un salón lleno de libros. Una biblioteca completa llena de estantes atestados de textos de las más raras naturalezas. Llenas de mesas, de sillas, de luces que no necesitaban de cebo ni de cera. Don Quijote pasó la vista por las hileras de libros.
-Las batallas en el desierto, libro de caballerías seguro es. El hombre que contaba, he aquí un libro de musulmanes infieles y sabios. Química inorgánica, ¡andamos!, con que también hay libros de alquimia y hechicería. Ulises, vaya, vaya, la historia del griego Odiseo. Historia de la filosofía, demasiado grueso, seguro es desde los griegos hasta nuestros padres de la iglesia.
Fue entonces que se quedó paralizado. En uno de los estantes, entre tantos libros, encontró un volumen grueso que llamó poderosamente su atención.
-El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra-leyó lenta y pausadamente-, pues de verdad que estoy en un sueño, tanto que hasta he encontrado mi propia historia entre sus libros. ¿Quién será ese Miguel de Cervantes...?
Y al decir esto, abrió el libro con tan buena fortuna que el título del tal capítulo aludía a la aventura en la que él mismo, cabalgando sobre Rocinante, atacaba a un inmenso gigante de cuatro brazos. Entonces fue que una luz enceguecedora cubrió la biblioteca y un ejemplar del libro de Cervantes cayó al suelo. Nadie vio quién lo había tirado. No había señales de ser humano alguno en los estantes. Un bibliotecario recogió el libro y lo volvió a colocar en su lugar. Después se hizo el silencio.
Esta es la historia, mis queridos oyentes, de cómo don Quijote salió de las páginas de un libro maravilloso y llegó a nuestros días, de la forma en que atravesó los peligros de la gran ciudad, de su arribo a la Preparatoria Lázaro Cárdenas y de su descanso, por un buen rato y con toda la fortuna para nosotros, en cada uno de los ejemplares que a partir de hoy tendremos en la biblioteca. Afortunados somos.
lunes, noviembre 21, 2005
jueves, septiembre 29, 2005
La innombrable amiga tenebrosa
Las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal.
JL Borges
Muchas veces se ha planteado la cuestión de la muerte como uno de los tópicos que rebasan por completo los intentos de ubicar la pertinencia de su naturaleza a una sola ciencia o campo de conocimiento. La muerte es un fenómeno esencialmente humano. No quiero decir que los animales, o las plantas, o las estrellas no mueran. Quiero decir que los únicos que aparentemente tenemos conciencia de que vamos a morir somos los seres humanos. También podemos estar convencidos de que estamos destinados a enamorarnos y a sentir culpa en algún momento de la vida. Y eso implica, necesariamente, una reflexión acerca de esta certidumbre. La muerte. Más que un esqueleto descarnado que carga una guadaña (La Parca o La Flaquita, como le llama cariñosamente alguna escritora en embrión), más que una tumba en algún lejano cementerio, más que la dama tenebrosa, más que la compañera final del hombre, la muerte remite a la duda eterna sobre su naturaleza posterior. ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Qué pasa durante el transito que lleva a un cerebro y a un cuerpo físico a dejar de emitir señales de vida? ¿Tiene caso preguntarnos qué es la muerte cuando no podemos definir de manera satisfactoria qué es la vida?
Resulta bastante soberbio pretender escribir un texto en el que se pueda dar fe, ya no medianamente sino al menos como introducción de un tema tan complejo, extenso y variado como lo es el de la muerte en la literatura. Las tramas dentro de los textos narrativos, por poner un ejemplo, encuentran uno de sus motores más interesantes en la descripción o el papel protagonista que tiene la muerte dentro de una serie de acciones narradas. Existen géneros (o subgéneros, para los puristas) literarios en los cuales la presencia de los muertos es una condición sin la cual no podría concebirse el desarrollo de una trama.
La muerte es una habitante cotidiana dentro de los trextos literarios. Es una presencia de la cual no se puede prescindir con facilidad. La podemos encontrar como un motivo literario, como un tema, como parte de reflexiones profundídimas, como inspiradora de los más hermosos poemas, incluso como personaje de narraciones fantásticas.
Tenemos que tomar en cuenta que la presencia de la muerte en la literatura tiene que plantearse desde diversos puntos de vista. Primero como una preocupación reflexiva acerca del papel que tiene el hecho de que un personaje muera. Los personajes literarios llegan a crearse una vida propia en el momento en el que la palabra los hace vivir. Antes de eso no son más que manchas de tinta sobre un pedazo muerto de celulosa. Los libros viven, y se viven,en el más amplio sentido de la palabra cuando alguien lo deja existir. Los personajes de esos libros viven en la mente, en el corazón y en la memoria de aquellos que alguna vez le dieron vida. Aún recuerdo con pesar la tarde en que, tirado de panza sobre mi cama, me enteraba de la manera más cruda y más directa que D'Artagnac, el personaje central de la saga de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas muere sobre su cama. Hoy mismo puedo rememorar las lágrimas que escurrieron por mi rostro cuando el héroe de mil batallas y de aproximadamente 3600 páginas en las viejas ediciones de Porrúa decía adiós sin posibilidad de regreso. Yo que había seguido al mosquetero a través de los campos de Francia, de las tabernas malolientes, de los salones de la corte, del mar que separaba Francia de Inglaterra. Yo que había visto transcurrir en los tres títulos de la serie (Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne) el nacimiento, crecimiento, madurez y decadencia del personaje en cuestión de semanas, acudía a la cabecera de su cama a atestiguar su partida hacia el reino de la vacuidad y la incertidumbre. Recuerdo también la partida de El principito del desierto africano dejando al aviador con un palmo de narices y una duda postergada hasta la eternidad: ¿a dónde se fue el niño que buscaba que alguien le dibujara un cordero? No me da pena admitir que sentí y lloré más la pérdida de esos dos personajes literarios que la de mi abuela materna. La razón: los primeros me acompañaron durante gran parte de mi infancia y aún hoy lo siguen haciendo. A mi abuela la veía, a veces, en dos ocasiones al año y lo único que sabía hacer era pellizcarme las mejillas hasta enrojecerlas y emitir tesis obscenas acerca del origen de mis eternas ojeras.
La muerte. ¿Cuántos escritores no se han perdido en la búsqueda de retratarla, de asirla, de entenderla? En la ficción es el lugar en donde la muerte se regodea en formas, envases e intenciones. La literatura policíaca reclama, de entrada, un muerto para que pueda existir. La literatura de terror inventa y construye la posibilidad de cementerios malditos, de zombies deseosos de carne humana, de monstruos a los que se da vida a partir de materia muerta, al asesinato como motor único de psicópatas y alienígenas (en el sentido de ajenos a la naturaleza “correcta” del ser humano), de muertos vivientes por gracia de la sangre fresca. La literatura romántica pone a la muerte como uno de los elementos a perseguir si se quiere ser consecuente con los principios que le darán sentido a ese movimiento. Las biografías y autobiografías son un intento desesperado por asirse a la eternidad y postergar para siempre el momento de la muerte. La literatura erótica es ese juego interminable entre los impulsos vitales y el miedo a la muerte, la celebración de la vida.
Libros que hablen de la muerte hay muchos y con perspectivas diversas. Aquí van los que a mí, sin más, me ponen. Drácula de Bram Stoker; Entrevista con el vampiro de Anne Rice con énfasis en el monólogo que Louis se avienta pidiendo la muerte por piedad; Frankenstein de Mary Shelley; Pedro Páramo de Juan Rulfo, con su constante vagabundear entre fantasmas y muertos; La inmortalidad de Milan Kundera; La invención de la soledad de Paul Auster, en donde hace uno de los homenajes más sentidos a la muerte de un padre; Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Tía Chofi y Doña Luz de Jaime Sabines; por supuesto, Muerte sin fin de Gorostiza; Las vírgenes suicidas de Geoffrey Eugenides, donde se narran las misteriosas muertes de un grupo de preciosas jovencitas; La larga marcha de Stephen King, en la que aparece la muerte como un premio de consolación; Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle con sus muertos a granel; Spawn de Todd McFarlane en la que los zombies y el reino de los muertos se vuelven realidad en un futuro apocalíptico; Farenheit 451 de Ray Bradbury, en los que los condenados a muerte son los mismísimos libros; ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Phillip K. Dick en la que se narra el momento en el que unos androides rebeldes toman conciencia de lo que es la muerte y la vida; Diálogo entre un sacerdote y un moribundo del divino Marqués de Sade; El cuervo de Edgar Allan Poe; La epístola del apóstol Juan desde la isla de Patmos, mejor conocida como el Apocalipsis o Libro de las revelaciones de La Biblia, en la que todos los humanos, muertitos incluidos, tienen que rendir cuentas ante el grandote; el cuento “El inmortal” de Jorge Luis Borges; El desbarrancadero de Fernando Vallejo, en la que se acude a la muerte de un hermano querido que se consume en la enfermedad; Salón de belleza de Mario Bellatín, y un largo, larguísimo etcétera.
A final de cuentas, lo que nos debe de quedar claro es que la muerte es una presencia cotidiana en todos los actos de la vida que realizamos. La literatura, que espero sea una parte de sus vidas si no lo es aún, seguirá existiendo y configurándose como lo único inmortal en este inmenso valle de las sombras que es el mundo contemporáneo.
lunes, agosto 15, 2005
El encanto de la onomatopeya
Son pocos los escritores de cine que consiguen hacerme entrar de manera automática al cine. El que se encuentra hasta arriba en esa situación es Charlie Kauffman, el autor de los guiones de ¿Quieres se John Malkovich?, El ladrón de orquídeas y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos; después viene gente como Woody Allen, Takeshi Kitano, Paul Thomas Anderson, Quentin Tarantino, Jim Jarmush y Todd Solondz. Cuando veo alguno de esos nombres en el rubro referente a “guión”, no tengo que pensarlo dos veces, me clavo a ver la cinta en cuestión.
El domingo descubrí a uno nuevo: Paul Haggis. Este director alemán acaba de llegar a las salas de cine mexicano con una obra que estuvo enlatada durante dos años y en espera de distribución. Enorme injusticia. La película se llama Crash y en un primer momento me imaginé una nueva adaptación del excelente texto de James George Ballard acerca de las perversiones sexuales asociadas a accidentes famosos de autos. Era inquietante por dos razones: la primera por ver si alguien se había atrevido a corregirle la plana a David Cronenberg y su excelente adaptación; y la otra observar a la fresa de Sandra Bullock en relaciones enfermizas y poco convencionales. No pasó ninguna de las dos cosas. Lo que pasó en pantalla fue una serie de maravillosas historias que fluían de manera natural y casi imperceptible. Las evidencias de un guión sólido y magistral.
Escribir para el cine requiere de un cúmulo de capacidadess que muy pocos llevan a buen término. Contar historias complejas y trascendentes implica aún más dificultad. Si a eso le añades que el número de personajes es bastante elevadito, estás a un paso de generar algo genial. Haggins lo logró. Crash no es una película sobre perversiones relacionadas con accidentes automovilísticos. Es un retrato fidelísimo de los prejuicios y variedad de perspectivas de lo que la diversidad racial y cultural de los Estados Unidos está renuente a aceptar. La tan cacareada integración es una falacia que esta cinta se encarga de desnudar.
La historia transcurre en la ciudad de Los Ángeles e involucra a una serie de personajes de lo más variopinta: un par de ladrones de autos negros (los ladrones, no los autos) que tienen una peculiar manera de explicar los prejuicios raciales de los cuales se supone que son víctimas; un precandidato político que explota la idea de los “derechos de las minorías” como una forma de obtener puntos electorales; la esposa del candidato que a partir de ser asaltada por dos negros comienza a ejercer un racismo digno de mejor causa; un comerciante persa que es confundido con un árabe y que nunca acaba de comprender la lógica del funcionamiento de una cultura a la que no puede comprender; un chino atropellado que resulta un reverendo hijo de puta; un cerrajero mexicano que vive dentro de las reglas que el sistema impone, pero que en la relación (hermosa por donde se le vea) con su hija encuentra toda la razón de su existencia; un policía negro que tiene que vender su dignidad por proteger a su hermano delincuente; un policía blanco súper racista que justifica su racismo por el hecho de que las políticas de las minorías le destrozaron la vida a su padre, el cual es víctima de dolores físicos insoportables; un director de televisión negro que tiene que agachar la cabeza cada vez más hacia abajo, en una espiral de humillaciones que en determinado momento hace crisis; un jovencísimo patrullero que se aterra frente a los prejuicios que imperan en la policía pero que será víctima de un destino paradójico. ¿Son muchos personajes? Pues faltan más por listar. ¿Lo maravilloso? El director y el escritor consiguen que la obra final sean por completo verosímil y redonda. El casting de autores es interesante por lo variado y exótico de la presencia de algunos de ellos: Sandra Bullock, Don Cheadle, Matt Dillon, Ryan Philliphe, Jeniffer Esposito, Brendan Fraser, entre otros.
A pesar del infame subtítulo que le pusieron en español: Alto impacto (no es de sorprender, si a su homóloga, la de Cronenberg, le habían puesto Extraños placeres. Puag.). Pareciera que hay una tendencia en las casas distribuidoras a tener en un muy bajo concepto a los espectadores, con esas adaptaciones al español, los distribuidores sólo crean falsas expectativas y dejan en evidencia su inteligencia ínfima. En fin, que a pesar del título de película de Van Damme o de Vin Diesel, la cinta es uno de los puntos altos en este año que pinta mediocrón en cuanto a películas inteligentes, digo, ya pasamos la primera mitad del año. Crash está distribuida por el Festival Cinematográfico de Verano de la UNAM, y presenta funciones en el Centro Cultural Universitario (Sala Julio Bracho), en la Cineteca Nacional y en varias salas de la cadena Cinemex. Consulte su cartelera. Dentro del Festival hay cintas muy interesantes como Feux Rouges (Luces Rojas) del francés Cedric Khan, una nueva propuesta del revolucionado cine japonés Dare mo shinarai (Nadie sabe) del director Hirokazu Kore-eda, Coversaciones con mamá del argentino Santiago Carlos Oves, Das jahr der ersten küsse (Mi primer beso) de Kai Wessel, Sangue vivo (Sangre viva) del italiano Edoardo Winspeare, la fortísima Kadaljós (Luz fría) y, algo que no deben perderse, la última travesura del español Alex de la Iglesia, Crimen Ferpecto.
En conclusión, Crash de Paul Haggins es una opción para ir al cine, una amiga dixit, “a sentir cosas”. Que para eso va uno al cine. A sorprenderse.
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Oye, niño, no te dejes;/ haz tu cabeza estallar./ Oye, niño, no seas tonto;/haz tu cabeza estallar./ Todo lo que ata es asesino./ Todo lo que ata no es la paz./ Oye, niño, ya no corras;/ no me quieras ganar./ Cuando mi nombre ya no exista/ verás qué velocidad./ Y arroja tu armadura/ ser el aire no es pensar./ No hay camino hasta tu suerte;/ nadie te puede ayudar./ No hay camino hasta tu suerte;/ haz tu cabeza estallar.
“Oye, niño”, del maravilloso Miguel Abuelo.
El domingo descubrí a uno nuevo: Paul Haggis. Este director alemán acaba de llegar a las salas de cine mexicano con una obra que estuvo enlatada durante dos años y en espera de distribución. Enorme injusticia. La película se llama Crash y en un primer momento me imaginé una nueva adaptación del excelente texto de James George Ballard acerca de las perversiones sexuales asociadas a accidentes famosos de autos. Era inquietante por dos razones: la primera por ver si alguien se había atrevido a corregirle la plana a David Cronenberg y su excelente adaptación; y la otra observar a la fresa de Sandra Bullock en relaciones enfermizas y poco convencionales. No pasó ninguna de las dos cosas. Lo que pasó en pantalla fue una serie de maravillosas historias que fluían de manera natural y casi imperceptible. Las evidencias de un guión sólido y magistral.
Escribir para el cine requiere de un cúmulo de capacidadess que muy pocos llevan a buen término. Contar historias complejas y trascendentes implica aún más dificultad. Si a eso le añades que el número de personajes es bastante elevadito, estás a un paso de generar algo genial. Haggins lo logró. Crash no es una película sobre perversiones relacionadas con accidentes automovilísticos. Es un retrato fidelísimo de los prejuicios y variedad de perspectivas de lo que la diversidad racial y cultural de los Estados Unidos está renuente a aceptar. La tan cacareada integración es una falacia que esta cinta se encarga de desnudar.
La historia transcurre en la ciudad de Los Ángeles e involucra a una serie de personajes de lo más variopinta: un par de ladrones de autos negros (los ladrones, no los autos) que tienen una peculiar manera de explicar los prejuicios raciales de los cuales se supone que son víctimas; un precandidato político que explota la idea de los “derechos de las minorías” como una forma de obtener puntos electorales; la esposa del candidato que a partir de ser asaltada por dos negros comienza a ejercer un racismo digno de mejor causa; un comerciante persa que es confundido con un árabe y que nunca acaba de comprender la lógica del funcionamiento de una cultura a la que no puede comprender; un chino atropellado que resulta un reverendo hijo de puta; un cerrajero mexicano que vive dentro de las reglas que el sistema impone, pero que en la relación (hermosa por donde se le vea) con su hija encuentra toda la razón de su existencia; un policía negro que tiene que vender su dignidad por proteger a su hermano delincuente; un policía blanco súper racista que justifica su racismo por el hecho de que las políticas de las minorías le destrozaron la vida a su padre, el cual es víctima de dolores físicos insoportables; un director de televisión negro que tiene que agachar la cabeza cada vez más hacia abajo, en una espiral de humillaciones que en determinado momento hace crisis; un jovencísimo patrullero que se aterra frente a los prejuicios que imperan en la policía pero que será víctima de un destino paradójico. ¿Son muchos personajes? Pues faltan más por listar. ¿Lo maravilloso? El director y el escritor consiguen que la obra final sean por completo verosímil y redonda. El casting de autores es interesante por lo variado y exótico de la presencia de algunos de ellos: Sandra Bullock, Don Cheadle, Matt Dillon, Ryan Philliphe, Jeniffer Esposito, Brendan Fraser, entre otros.
A pesar del infame subtítulo que le pusieron en español: Alto impacto (no es de sorprender, si a su homóloga, la de Cronenberg, le habían puesto Extraños placeres. Puag.). Pareciera que hay una tendencia en las casas distribuidoras a tener en un muy bajo concepto a los espectadores, con esas adaptaciones al español, los distribuidores sólo crean falsas expectativas y dejan en evidencia su inteligencia ínfima. En fin, que a pesar del título de película de Van Damme o de Vin Diesel, la cinta es uno de los puntos altos en este año que pinta mediocrón en cuanto a películas inteligentes, digo, ya pasamos la primera mitad del año. Crash está distribuida por el Festival Cinematográfico de Verano de la UNAM, y presenta funciones en el Centro Cultural Universitario (Sala Julio Bracho), en la Cineteca Nacional y en varias salas de la cadena Cinemex. Consulte su cartelera. Dentro del Festival hay cintas muy interesantes como Feux Rouges (Luces Rojas) del francés Cedric Khan, una nueva propuesta del revolucionado cine japonés Dare mo shinarai (Nadie sabe) del director Hirokazu Kore-eda, Coversaciones con mamá del argentino Santiago Carlos Oves, Das jahr der ersten küsse (Mi primer beso) de Kai Wessel, Sangue vivo (Sangre viva) del italiano Edoardo Winspeare, la fortísima Kadaljós (Luz fría) y, algo que no deben perderse, la última travesura del español Alex de la Iglesia, Crimen Ferpecto.
En conclusión, Crash de Paul Haggins es una opción para ir al cine, una amiga dixit, “a sentir cosas”. Que para eso va uno al cine. A sorprenderse.
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Oye, niño, no te dejes;/ haz tu cabeza estallar./ Oye, niño, no seas tonto;/haz tu cabeza estallar./ Todo lo que ata es asesino./ Todo lo que ata no es la paz./ Oye, niño, ya no corras;/ no me quieras ganar./ Cuando mi nombre ya no exista/ verás qué velocidad./ Y arroja tu armadura/ ser el aire no es pensar./ No hay camino hasta tu suerte;/ nadie te puede ayudar./ No hay camino hasta tu suerte;/ haz tu cabeza estallar.
“Oye, niño”, del maravilloso Miguel Abuelo.
Soy escritor
En este año, una de las personas más importantes que se han cruzado por mi vida cumplió 52 años. A pesar de tener un buen rato de no verla en vivo y en directo, aún conservo la memoria y el agradecimiento suficiente como para reconocer en ella a una de las cómplices principales de la pulsión que hace que de vez en cuando me lancé de manera irrenunciable hacia la máquina de escribir (la compu también es una máquina, ¿qué no?). Hortensia Moreno Esparza, la escritora Hortensia Moreno, fue mi maestra de tres cursos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, tuve el enorme honor de ser su ayudante durante dos semestres y tuve la inmensa fortuna de que accediera a dirigir mi trabajo de tesis de la licenciatura, hecho que seguramente influyó para la mención honorífica y la recomendación de publicación que mi trabajo escrito recibió.
Durante los tres años que duró el trayecto de redacción, revisión, reescritura y rechazo paulatino de las versiones escritas que le presentaba a Hortensia, tuve la oportunidad de ver (y de convertirme en personaje extraoficialmente y sin autorización) de la novela en la que mi maestra trabajaba en ese momento: Ideas fijas. Ideas fijas es un experimento narrativa que, a través de una voz masculina narra el arribo, transcurso, y aventuras de un provinciano que llega a la capital en la que es cobijado, arrasado y demolido por las mujeres que se cruzan en el camino de su vida. La pregunta que se muestra en la contraportada del libro nos da una idea acerca del tono en el que trascurre la narración: “¿Será cierto que las mujeres son personas de ideas fijas y que siempre encuentran la manera de salirse con la suya? ¿será verdad que, en ciertos momentos de la vida, ellas deciden todo y los varones no cuentan para nada?”.
Pues bien, que después de darle una releída (y una revivida) al título en cuestión, terminé con la lagrimita de Remi y el nudo consecuente en la garganta. Hay algo en ese libro que hará que recuerde a Hortensia de por vida: en gran parte, por ella me hice profesor y por ella sigo cada día intentando ser un buen escribidor. Ideas fijas termina contundentemente, con dos páginas que se han convertido a lo largo del tiempo en un manifiesto personal al que regreso cada vez que la seguridad de mi vocación flaquea. Que me ha ayudado a seguir intentando. Que me ha acompañado a celebrar lo adquirido. Dos páginas que transcribo a continuación:
“Soy un escritor. La sola mención de la palabra implica, incluso para mí, una posición descabellada. Me atrevo a decirlo a pesar de que conozco esa implicación; sé lo ridícula que suena semejante declaración en estos tiempos, sobre todo cuando la pronuncia alguien como yo, que no pertenece a la casta de los elegidos . No tengo ningún derecho de autonombrarme artista. El arte es tan sagrado e inaccesible para el común de los mortales que sólo es propio de quienes se conocen herederos de la tradición. Nosotros, los diletantes, estamos autorizados a asomarnos al arte con curiosidad y admiración, a condición de que siempre lo miremos desde fuera, sin tratar de entenderlo y mucho menos de hacerlo.
Soy un artista. Lo digo con arrogancia en un tiempo en que la arrogancia está completamente fuera de lugar. En un tiempo en que el arte se ha convertido en uno de los fetiches preferidos, y su actura un misterio no siempre a salvo de cierta aura patética. Al buscar lo sublime, corro el riesgo de que se rían de mí. Corro el riesgo también de que me miren con desprecio. De que mi arrogancia provoque indignación y sea considerada, a su vez, una manera de despreciar a quienes escuchan esta palabra con escepticismo y desconfianza. ¿Qué más da? MI condición de sujeto marginal no habrá de modificarse si oculto el hecho; y aunque el desprecio y el ridículo son ingredientes que vuelven mi marginalidad un asunto todavía más desagradable, dudo de que una profesión más anodina me hubiese abierto las puertas de los mundos sociales en que la palabra artista suena tan inconcebible cuando yo la pronuncio.
Soy un escritor por elección y destino. Así lo deseé secretamente desde el día en que descubrí la palabra escrita hasta el momento en que por fin me atreví a confesármelo. Ahora parece que no hubiera podido ser de otra manera y, sin embargo, este destino en mis manos es tan frágil que sólo la confabulación de muchos elementos del azar permitió mi ingreso en la secta de impostores que me inició en el arte. Porque yo pertnenezco sin dignidad al universo de las profesiones anodinas y me gano el pan con vergüenza, pues lo que hago para ganármelo no me gusta. Ese movimiento entre mi realidad y mi deseo siempre ha dibujado la línea que marca mis límites. Es muy probable que en otras circuntancias me hubiera conformado con soñar ser un artista. El mundo hubiera contenido mi atrevimiento con gran eficacia: soy apocado y me aterran el desprecio y el ridículo. Por no hablar de mi mansedumbre, de mi humildad. ¡De dónde he sacado yo valor para sentirme un escritor? ¿De dónde he sacado esta arrogancia que me permite decirlo para que los otros escuchen esta frase con la misma ironía con que escucharían a un enano llamarse gigante?
Soy un artista descubriendo el mundo. Incapaz de tolerarlo en su miserable aspecto real, me empeño en la construcción de mundos paralelos. Horribles o hermosos, probables o imposibles, atrayentes o repulsivos, pero otros distintos, libres de las determinaciones que rigen nuestro hacer, nuestro sentir, nuestro ser. Me empeño en mostrar mis mundos monstruosos aunque no sea más que para recordar que la imaginació aún existe y hay diferencias en el centro de toda esta homogeneidad aplastante.
Soy un escritor, en fin, para mi propio asombro. Enfrentado al hecho inquietante de la presencia real del arte en mi vida, deslumbrado ante su potencia arrasadora. Sé que mi asunción de su existencia ha cambiado por completo mi vida y me ha vuelto otro también a mí; uno distinto del que era antes, del muchacho tímido cuyas más atrevidas ambiciones se resumían en el adocenado afán de reconocimiento y riqueza que rige el mundo de las profesiones anodinas.
Soy un escritor y me sé enfermo de tristeza, soledad y desesperanza”.
Durante los tres años que duró el trayecto de redacción, revisión, reescritura y rechazo paulatino de las versiones escritas que le presentaba a Hortensia, tuve la oportunidad de ver (y de convertirme en personaje extraoficialmente y sin autorización) de la novela en la que mi maestra trabajaba en ese momento: Ideas fijas. Ideas fijas es un experimento narrativa que, a través de una voz masculina narra el arribo, transcurso, y aventuras de un provinciano que llega a la capital en la que es cobijado, arrasado y demolido por las mujeres que se cruzan en el camino de su vida. La pregunta que se muestra en la contraportada del libro nos da una idea acerca del tono en el que trascurre la narración: “¿Será cierto que las mujeres son personas de ideas fijas y que siempre encuentran la manera de salirse con la suya? ¿será verdad que, en ciertos momentos de la vida, ellas deciden todo y los varones no cuentan para nada?”.
Pues bien, que después de darle una releída (y una revivida) al título en cuestión, terminé con la lagrimita de Remi y el nudo consecuente en la garganta. Hay algo en ese libro que hará que recuerde a Hortensia de por vida: en gran parte, por ella me hice profesor y por ella sigo cada día intentando ser un buen escribidor. Ideas fijas termina contundentemente, con dos páginas que se han convertido a lo largo del tiempo en un manifiesto personal al que regreso cada vez que la seguridad de mi vocación flaquea. Que me ha ayudado a seguir intentando. Que me ha acompañado a celebrar lo adquirido. Dos páginas que transcribo a continuación:
“Soy un escritor. La sola mención de la palabra implica, incluso para mí, una posición descabellada. Me atrevo a decirlo a pesar de que conozco esa implicación; sé lo ridícula que suena semejante declaración en estos tiempos, sobre todo cuando la pronuncia alguien como yo, que no pertenece a la casta de los elegidos . No tengo ningún derecho de autonombrarme artista. El arte es tan sagrado e inaccesible para el común de los mortales que sólo es propio de quienes se conocen herederos de la tradición. Nosotros, los diletantes, estamos autorizados a asomarnos al arte con curiosidad y admiración, a condición de que siempre lo miremos desde fuera, sin tratar de entenderlo y mucho menos de hacerlo.
Soy un artista. Lo digo con arrogancia en un tiempo en que la arrogancia está completamente fuera de lugar. En un tiempo en que el arte se ha convertido en uno de los fetiches preferidos, y su actura un misterio no siempre a salvo de cierta aura patética. Al buscar lo sublime, corro el riesgo de que se rían de mí. Corro el riesgo también de que me miren con desprecio. De que mi arrogancia provoque indignación y sea considerada, a su vez, una manera de despreciar a quienes escuchan esta palabra con escepticismo y desconfianza. ¿Qué más da? MI condición de sujeto marginal no habrá de modificarse si oculto el hecho; y aunque el desprecio y el ridículo son ingredientes que vuelven mi marginalidad un asunto todavía más desagradable, dudo de que una profesión más anodina me hubiese abierto las puertas de los mundos sociales en que la palabra artista suena tan inconcebible cuando yo la pronuncio.
Soy un escritor por elección y destino. Así lo deseé secretamente desde el día en que descubrí la palabra escrita hasta el momento en que por fin me atreví a confesármelo. Ahora parece que no hubiera podido ser de otra manera y, sin embargo, este destino en mis manos es tan frágil que sólo la confabulación de muchos elementos del azar permitió mi ingreso en la secta de impostores que me inició en el arte. Porque yo pertnenezco sin dignidad al universo de las profesiones anodinas y me gano el pan con vergüenza, pues lo que hago para ganármelo no me gusta. Ese movimiento entre mi realidad y mi deseo siempre ha dibujado la línea que marca mis límites. Es muy probable que en otras circuntancias me hubiera conformado con soñar ser un artista. El mundo hubiera contenido mi atrevimiento con gran eficacia: soy apocado y me aterran el desprecio y el ridículo. Por no hablar de mi mansedumbre, de mi humildad. ¡De dónde he sacado yo valor para sentirme un escritor? ¿De dónde he sacado esta arrogancia que me permite decirlo para que los otros escuchen esta frase con la misma ironía con que escucharían a un enano llamarse gigante?
Soy un artista descubriendo el mundo. Incapaz de tolerarlo en su miserable aspecto real, me empeño en la construcción de mundos paralelos. Horribles o hermosos, probables o imposibles, atrayentes o repulsivos, pero otros distintos, libres de las determinaciones que rigen nuestro hacer, nuestro sentir, nuestro ser. Me empeño en mostrar mis mundos monstruosos aunque no sea más que para recordar que la imaginació aún existe y hay diferencias en el centro de toda esta homogeneidad aplastante.
Soy un escritor, en fin, para mi propio asombro. Enfrentado al hecho inquietante de la presencia real del arte en mi vida, deslumbrado ante su potencia arrasadora. Sé que mi asunción de su existencia ha cambiado por completo mi vida y me ha vuelto otro también a mí; uno distinto del que era antes, del muchacho tímido cuyas más atrevidas ambiciones se resumían en el adocenado afán de reconocimiento y riqueza que rige el mundo de las profesiones anodinas.
Soy un escritor y me sé enfermo de tristeza, soledad y desesperanza”.
sábado, agosto 06, 2005
Sobre los spots del México Unido
Como resulta que ahora los spots de la AC México Unido contra la Delincuencia son un nuevo compló de las fuerzas oscuras de ex-enano exiliado irlandés, quisiera hacer una reflexión.
Alguna vez ya hablábamos de la tozudez del hoy ex-jefe de gobierno en exilio vacacional, y de cierta ausencia de autocrítica objetiva. No hay forma de contrarrestar las imágenes que la sociedad civil (o parte de la sociedad civil) emite para hacer oir su voz, eso ocurre en una sociedad democrática. No se puede hacer oídos sordos a una exigencia que, al tiempo, se convertirá en la principal plataforma discursiva de nuestros mediocres y harto cuestionables candidatos presidenciales (decía Charles Bukowski en "Los sesentas: los jóvenes, la revolución y la literatura" que además de prohibir los museos pretenciosos y mamones, debería comenzarse por prohibir el nombramiento de candidatos presidenciales tan horrendos, la opción no es opción, votar por Humprey o por Nixon [o por Calderón o por AMLO o por Cárdenas o por Madrazo o por Montiel o por Creel] era como darte a escoger entre mierda caliente o mierda fría).
Sin embargo, la reticiencia del gobierno capitalino obra en su contra al centrar el debate en la situación del DF únicamente. Como si en el resto del país el terror no fuera cosa de todos los días. Yo no me siento completamente seguro en el DF, como no me sentiría seguro seguramente (o más todavía) si tuviera que vivir en Tijuana (donde el narco gobierna la ciudad con completa impunidad), Laredo (donde bazukean, ametrallan, agranadan y balacean las casas de cualquier hijo de vecino), Ciudad Juárez (donde, ojo, son más los muertos que las muertas, aunque lo amarillo venda más), Culiacán (donde el que no está relacionado con el narco lo está con la policía, válgase la redundancia), Los Mochis (ídem), la sierra de Guerrero (donde los cacicazgos y el México bronco van aunados a la impunidad cotidiana), Cancún (donde la nueva oleada de secuestros parece haber encontrado una nueva y jugosa plaza) y hasta San Cristóbal si me lo permiten (donde algún SubComanche-fan extremista me tilde de cerdo burgués y me aplique la justiciera proletaria indígena revolucionaria).
Se están errando los blancos. Los blancos se están poniendo de pechito para que les pongan sus trompadas. El problema de la inseguridad no tiene que ver, en el más recóndito origen, con el número de policía o la eficiencia de las autoridade judiciales de este país. La inseguridad responde a una lógica de degradación del nivel de vida en una sociedad en la que el reparto de la riqueza es de una injusticia evidente por donde se le mire. La inseguridad responde a un sistema putrefacto en el que la corrupción en absolutamente TODOS los niveles están llevando a este país a una encrucijada de tintes cada vez más dramáticos e irreversibles. La inseguridad responde a una lucha de clases (que desde que dejó de enseñarse marxismo en las escuelas dicen que desapareció) que está dejando de ser subterránea para manifestarse de las formas más violentas posibles. Corrupción y pobreza, bomba de tiempo que está condenada a estallar de maneras en las que la predicción, cualquier predicción, se queda corta.
En fin, que en lugar de pensar en cómo reacciona el ahora candidato presidencial de la amorfa (otros dirían diversa) izquierda de este país, deberíamos ponernos a pensar en nuestro papel como ciudadanos, votantes, y, antes de todo eso, como seres humanos: ¿A donde chingados nos dirigimos y quiénes son los putos tuertos que hemos dejado que nos dirijan?
Alguna vez ya hablábamos de la tozudez del hoy ex-jefe de gobierno en exilio vacacional, y de cierta ausencia de autocrítica objetiva. No hay forma de contrarrestar las imágenes que la sociedad civil (o parte de la sociedad civil) emite para hacer oir su voz, eso ocurre en una sociedad democrática. No se puede hacer oídos sordos a una exigencia que, al tiempo, se convertirá en la principal plataforma discursiva de nuestros mediocres y harto cuestionables candidatos presidenciales (decía Charles Bukowski en "Los sesentas: los jóvenes, la revolución y la literatura" que además de prohibir los museos pretenciosos y mamones, debería comenzarse por prohibir el nombramiento de candidatos presidenciales tan horrendos, la opción no es opción, votar por Humprey o por Nixon [o por Calderón o por AMLO o por Cárdenas o por Madrazo o por Montiel o por Creel] era como darte a escoger entre mierda caliente o mierda fría).
Sin embargo, la reticiencia del gobierno capitalino obra en su contra al centrar el debate en la situación del DF únicamente. Como si en el resto del país el terror no fuera cosa de todos los días. Yo no me siento completamente seguro en el DF, como no me sentiría seguro seguramente (o más todavía) si tuviera que vivir en Tijuana (donde el narco gobierna la ciudad con completa impunidad), Laredo (donde bazukean, ametrallan, agranadan y balacean las casas de cualquier hijo de vecino), Ciudad Juárez (donde, ojo, son más los muertos que las muertas, aunque lo amarillo venda más), Culiacán (donde el que no está relacionado con el narco lo está con la policía, válgase la redundancia), Los Mochis (ídem), la sierra de Guerrero (donde los cacicazgos y el México bronco van aunados a la impunidad cotidiana), Cancún (donde la nueva oleada de secuestros parece haber encontrado una nueva y jugosa plaza) y hasta San Cristóbal si me lo permiten (donde algún SubComanche-fan extremista me tilde de cerdo burgués y me aplique la justiciera proletaria indígena revolucionaria).
Se están errando los blancos. Los blancos se están poniendo de pechito para que les pongan sus trompadas. El problema de la inseguridad no tiene que ver, en el más recóndito origen, con el número de policía o la eficiencia de las autoridade judiciales de este país. La inseguridad responde a una lógica de degradación del nivel de vida en una sociedad en la que el reparto de la riqueza es de una injusticia evidente por donde se le mire. La inseguridad responde a un sistema putrefacto en el que la corrupción en absolutamente TODOS los niveles están llevando a este país a una encrucijada de tintes cada vez más dramáticos e irreversibles. La inseguridad responde a una lucha de clases (que desde que dejó de enseñarse marxismo en las escuelas dicen que desapareció) que está dejando de ser subterránea para manifestarse de las formas más violentas posibles. Corrupción y pobreza, bomba de tiempo que está condenada a estallar de maneras en las que la predicción, cualquier predicción, se queda corta.
En fin, que en lugar de pensar en cómo reacciona el ahora candidato presidencial de la amorfa (otros dirían diversa) izquierda de este país, deberíamos ponernos a pensar en nuestro papel como ciudadanos, votantes, y, antes de todo eso, como seres humanos: ¿A donde chingados nos dirigimos y quiénes son los putos tuertos que hemos dejado que nos dirijan?
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