miércoles, febrero 27, 2013

La ciudad y la furia


Una de las cosas que más me llaman la atención de la literatura de Gabriel Vázquez es la capacidad que tiene para otorgar una solución estética a la tensión que une la ficción con lo que denominamos “vida real” o “realidad”. Sus cuentos aluden a esa parte del mundo que experimentamos a diario y que almacenamos como observaciones que tienden a ser desechadas sin mayor miramiento. Experiencias, le llaman los que se la dan de etiquetadores. Gabriel demuestra, no sólo en este libro sino en buena parte de su obra, me vienen de manera inevitable a la memoria los cuentos de Recuerdo de Cancún, que tiene una capacidad de observación de aquello que lo rodea a diario suficientemente desarrollada como para teorizar sobre las causas, los azares y el aparente caos de los mares de gente que a diario atraviesan nuestro campo visual y nuestro espacio vital.
        En Destinos furiosos nos encontramos con un catálogo de personajes que se desplazan por los territorios de lo urbano. Resulta reveladora la elección del título si lo contraponemos con la imagen que generalmente se asocia a las ciudades. Esa confrontación entre civilización y barbarie que nació en el siglo XVIII con el advenimiento de la modernidad y que sería reforzada con el desarrollo de la Revolución Industrial, primero, y después con el avance arrasador de las potencias capitalistas de gran avance tecnológico hasta nuestros días. La ciudad aparece como una tirana. Como un espacio en el cual lo que de bucólico refleja el campo, con esa idea de lo rural que cada vez más se desplaza a favor de una concepción casi desértica o de escenario apocalíptico dada la depredación de los recursos naturales y el imaginario de un planeta y una naturaleza a punto del colapso ecológico, desaparece.
        La furia hoy se traduce como estrés. Ya la película Un día de furia de Joel Schumacher reflejaba cómo ese amontonamiento de situaciones límites que se dan en las grandes urbes se vuelven campo de cultivo para una explosión de pronóstico reservado. La tensión acumulada se refleja en la vida de los hombres de a pie de múltiples maneras. Un caleidoscopio que incluye por igual la rutina como desesperación en la inmovilidad; el crimen violento como actividad accesoria; la vida nocturna como deporte extremo; el abandono de los niños a favor del papel regulador y anestesiante de la televisión y sus extensiones tecnológicas; la aglomeración de los autos con sus ruidos de motores y cláxons como el ruido blanco de todos los días; la necesidad de buscar vías de escape (las drogas, el sexo, el matrimonio) para huir de una realidad que no acaba de agradarnos; el desgaste y la manera en cómo las relaciones humanas, incluso las más cercanas, se va manifestando en forma de rencores, envidias o competitividad descarnada.
        No es una visión optimista. Debemos apuntar que tampoco es una visión nueva. La idea de una ciudad que termina con la “inocencia” y la “pureza” del ser humano está presente desde los autores del naturalismo a finales del siglo XIX. Y, en el contexto mexicano, desde los tiempos en que esta ciudad de México comenzó a extender sus tentáculos hacia las montañas, los valles y los lagos que rodeaban los trazados originales. Ahí están las películas de la época de oro que narran la manera en cómo las inocentes provincianas eran despojadas de su virginidad o de cómo los hombres que llegaban a las periferias miserables en crecimiento tenían que fajarse a los madrazos para que el respeto, esa cosa de mafiosos que acomoda tan bien en una sociedad cortesana como la nuestra, se convirtiera en su principal divisa. Pero no solamente en el pasado se encuentra esa idea de ciudad destructora, basta dar una vuelta por la oferta televisiva de señal abierta para constatar cómo la ciudad es el principal escenario de la degradación moral de sus habitantes. De los magnates encorbatados que aparecen en los noticiarios acusados de defraudación económica o política (generalmente ambas) hasta las mujeres y hombres que se prestan al espectáculo del amarillismo vía la inefable Laura Bozzo e imitadoras que le acompañan.
        Una de las cosas que no aparecen en el libro de Gabriel, y que se agradece bastante, es la victimización de los personajes que participan en sus historias. No hay inocentes, ni víctimas. Victimarios sí, a granel. Pero éstos no aparecen disfrazados de lobos feroces, sino de personas con las cuales podemos encontrar más de un punto de identificación. Con los cuales nos cruzamos, sin duda, en el día a día, con quienes forcejeamos en el metro o a quienes sobresaltamos con el sonido de nuestros gritos. Esos personajes que no son heroicos porque no pretenden serlo. Pero que quedan grabados en la memoria de manera indeleble. Van aquí unas someras descripciones:
        La primera de las cinco partes en que el autor divide su obra incluye dos relatos. En el primero “Asalto exprés”, un joven mesero asalta a unos comensales de fin de semana en una escala que hacen antes de que consigan “salir de la ciudad”, esa expresión que equivalente al escapar al caos y encontrar la paz. Estos dos desafortunados, más que encontrarse con la eterna primavera se topan de frente con el cañón de un arma, en apariencia, letal. Resulta una reflexión interesante acerca de cómo el miedo se ha convertido en una de las sensaciones recurrentes en nuestra paranoica realidad. Un miedo que, muchas veces, está fundado en la sorpresa y la sospecha más que en motivos concretos.
        “La soledad del francotirador” nos invita a visitar los pensamientos de un niño que se entretiene cazando reptiles que se muestran al sol. Es la crónica de un sobreviviente y de un solitario. De un pequeño que se concibe héroe y a quien el lector, al atestiguar el abandono en el que está creciendo, le concede tal concepción sobre sí mismo. Es un texto que explora la manera en cómo los niños generan realidades alternas, esas que habitan en su imaginación, para significarse. El francotirador se convierte en la metáfora de la contemplación paciente de una realidad inmóvil y una falta de expectativas que cada vez se revela más homogénea.
        La segunda parte también cuenta con dos relatos. En ésta atestiguamos, primero, la manera en cómo una vida puede extinguirse en cuestión de minutos, rodeada de espectacularidad pero sin nadie que realmente pueda describir con conocimiento de causa esa vida apagada. Es el caso de una maestra que en el día en que el reconocimiento por el cual ha esperado toda su vida llega, no tiene con quién compartirlo ni motivos suficientes para celebrarlo. Nos habla de las relaciones rotas que establece la necesidad laboral de las mujeres en una sociedad que ya no es la misma que antaño, con las ventajas y nuevas realidades que esto implica. Una de ellas, morir con la conciencia de que su hijo es un extraño para ella. Y que el sentimiento, por demás, es mutuo en el lado opuesto. “Tráfico”, se llama esta historia.
        En “La segunda vez”, por su parte, asistimos a la escenificación de la imaginación amorosa. Nos encontramos con un personaje a quien, a pesar de haber perdido parte de su cuerpo en las negociaciones de un secuestro, reincide en frecuentar aquellos ambientes que posibilitaron su primera desfortuna. Hay en éste una confianza ciega en concebir la bondad humana como una posibilidad en medio de una realidad que se empeña en demostrarnos lo contrario. La vida nocturna de la ciudad, con sus alientos alcohólicos, su brillantina entre los senos, su música de pasarela desnudista y la simulación de lazos emocionales es el espacio en el que este relato navega.
        El siguiente relato, “Tarambana, la bala perdida”, es mi preferido y el que considero mejor logrado de todo el volumen. Hay aquí una anomalía en la naturaleza del narrador que se vuelve inquietante pero que, al mismo tiempo, genera empatía a partir de las reflexiones que como voz narrativa expresa. El cuento es narrado por una bala perdida, que se llama como apunta el título, y que pone ante nuestros ojos la manera en cómo las balas aceptan su destino y se entregan a cumplir con sus cometidos. Es inevitable establecer la analogía entre lo que se plantea como una fantasía fincada en la violencia que cada día escala más en nuestro país y el destino que las personas tienen al reflexionar en su paso por este mundo. ¿Cuántos creeremos, después de leer el texto, que somos balas perdidas? ¿Cuántos se asumirán como balas de magnicidio o justicieras? ¿Cuántos, lo más desafortunados, se concebirán como balas de salva?
        “Las apariencias” nos muestra a un soberbio ejecutivo desempleado que tiene que hacer frente al vacío vital y a los reproches silenciosos de su esposa atendiendo una máxima de su triunfador hermano: “no podemos aceptar menos de lo hemos tenido alguna vez, hacerlo es convertirse en un fracasado”. Es así como su deambular por oficinas de empleo y anuncios clasificados se convierte en su rutina. Una rutina que amenaza con alargarse de manera indeterminada. Este relato nos pone sobre aviso acerca de lo difícil que resulta mantener ante los ojos del mundo, los demás que significan ese mundo, la construcción que sobre nosotros hacemos. Y se vuelve más complicado en cuanto las exigencias de ese mundo que ha crecido junto con nuestras simulaciones y aspiraciones crecen en requerimientos de tipo económico. Un texto sobre la manera en cómo la madurez (o la falta de esta) suele dar fuertes pisotones.
        “El comportamiento de los gases” nos narra el proceso a partir del cual la rutina construye la desilusión de alguien que espera una revelación al cumplir los parámetros del “deber ser” social. Un ser perfecto por decisión, que ha abandonado la precariedad emocional, la dependencia a los estimulantes, el caos y el jugar a ser un equilibrista sobre un cable tensado a varios metros del suelo. Como los gases, esa desilusión se va acumulando, satura hasta los más recónditos lugares del ser, comienza a ejercer presión sobre las paredes, hasta que éstas, un buen día, ceden a la acumulación. Lo interesante es imaginar si esos gases arderán y se disiparán de manera lenta o se consumirán, en cambio, en una espectacular explosión.
        El relato que cierra el volumen es “El único parecido”. Una historia de desamor y de cómo las elecciones afectivas no aciertan siempre entre el deseo y el destino. Un hombre que asume su derrota camina como un autómata entre las obligaciones que tiene como trabajador alienado y el rol que juega como esposo y padre ante una mujer que, hace mucho, dejó de interesarse en él. Hay una tensión que predispone al lector a un desenlace fatal, a un acumulado de rencores y certidumbres. Sin embargo, tal descarga de tensión no llega y el relato queda en un impasse que el lector, a partir de sus propios juicios y prejuicios tendrá que completar.
        Estos son los relatos que conforman el volumen que hoy estamos presentando. Hay entre todos ellos un contrapunto marcado por los fragmentos de prosa poética que van introduciendo cada una de las partes en las que Gabriel decidió dividir su obra. Prosas que nos indican lo que nos espera más allá de la furia y del ruido. Como la última:
Los amigos son amigos porque comparten un mundo, una realidad virtual y lo saben. Lo saben y lo callan, en la ciudad en la que todos se encuentran no hay espacio para la verdad, la apariencia es la moneda de cambio. Los besos no vuelven ni las sonrisas reaparecen, los faros se han apagado en una ciudad en la que la tormenta está siempre presente.
La ciudad tiene en cualquier esquina políticos vendidos, comprados, heridos, consecuentes, inocentes, perdidos, olvidados y vilipendiados, frases, slogans, fotografías, marchas, declaraciones rimbombantes, penas, historias con hemorragias imparables y destinos furiosos debajo del colchón.
Vuelve a casa, a encontrar todo igual, porque el que no cambia, como la ciudad, muere lentamente.
Por mi parte, vuelvo a casa contento por compartir un mundo con mi amigo Gabriel Vázquez, el mundo de estas historias que no están destinadas a morir debajo del colchón, sino a brillar con luz y furia propias.

Gabriel Vázquez, Destinos furiosos, Chetumal, Secretaría de Gobierno del Estado de Quintana Roo, 2012.

jueves, enero 31, 2013

Empuercar el lenguaje

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Joel Flores es un escritor. Esa oración simple encierra, sin embargo, una verdad de la que no cualquiera puede presumir. En El amor nos dio cocodrilos, su ópera prima, demuestra una capacidad creativa suficiente para animarnos a seguir leyendo hasta que la última página aparece en el lector electrónico. Flores le ha apostado a la publicación en e-book, pero no sería del todo raro que este conjunto de cuentos vea la luz en formato impreso. Hay muchas cualidades en la prosa del zacatecano, cualidades que han madurado a lo largo del tiempo y que nos previenen del arribo de una voz narrativa que encontrará, tarde o temprano, a sus lectores ideales, aquellos que esperarán con ansiedad lo que brote de su imaginación.
           Conocí a Joel en 2007 en San Luis Potosí. Ambos estábamos tallereando cuentos con el maestro David Ojeda. Al igual que el bebé cocodrilo que aparece en las primeras páginas de este volumen, tuve la fortuna de ver la gestación y los primeros pasos de esta obra. El autor venía con una inquietud por trabajar con la idea de “lo extraño”, un elemento que prevalece en la obra de, por ejemplo, Ámparo Dávila, una escritora por la que Flores siente una admiración especial. Y no es para menos, lejos de los reflectores e, incluso, de las listas canónicas, Dávila es una de las autoras “raras” que de manera no tan frecuente aparecen en la literatura mexicana. Debo decir que el joven zacatecano consigue honrar la admiración por la escritora. El amor nos dio cocodrilos es una obra que orbita, se inmiscuye y parafrasea no sólo a Dávila, sino a varios autores relacionados con el ambiente y el ejercicio de imaginación que implica desarrollar la idea de lo extraño.
           El libro abre con el cuento homónimo del volumen: un matrimonio que, imposibilitado para tener hijos, deciden intempestivamente adoptar un cocodrilo que roban de un zoológico y criarlo como si fuera su hijo. Tal decisión trae consigo consecuencias funestas para la relación de los dos “padres”, sobre todo porque aparece un furioso complejo de Edipo que orilla al cocodrilo a atacar al padre y guarecerse en los brazos de la madre. Tal descomposición inicia una espiral en la que el narrador-protagonista no ve mayor solución que confrontar a su rival. La manera en que tal confrontación se lleva a cabo alude, sin duda, a “La caída de la casa Usher” desde la descripción de los espacios interiores de ese castillo concebido para criar a los hijos que nunca llegaron hasta la escena final del relato. A pesar del ambiente oscuro y enrarecido, hay espacio para el humor: “Con el tiempo lo quise enseñar a leer algunas obras sobre cocodrilos y animales destacados en la literatura. Pero su ineptitud me impacientó. Al ponerle los libros frente a él, los jaloneaba con el hocico hasta hacerlos pedazos. Entonces entendí que quizá no teníamos los mismos gustos literarios”.
           “Niño superhéroe” se desliza por la imaginación de un niño que es victimizado por toda la escuela a la que asiste: los profesores, los compañeros, incluso su madre. Lo único que le hace llevadera tal situación es creer con firmeza que dentro de sí anidan superpoderes que los demás mortales “normales” ni siquiera podemos imaginar. Hay un ambiente enrarecido en el cual es complejo determinar la naturaleza de los hechos y de los personajes que participan del relato: si están vivos, si están muertos. Si son sólo voces que cuentan la fatalidad de ser un marginado en una sociedad que insiste en aterrorizar a los débiles. La venganza de esos descastados, casi siempre, es terrible. Como en este cuento.
           “Héctor Foley” es la historia de un hombre al que la vida le ha arrebatado todo y lo único que le ha dejado es su locura. La paranoia alcanza un grado de confusión tal que el mismo lector se ve arrastrado a esa vorágine de voces, de violencia contenida y de deseo de exterminar a los demás al acusarlos de la propia miseria. Más que fracasado el personaje es peligroso, medido con los parámetros de “la realidad”. Alguien que en la vida real podría, sin problemas, convertirse en un protagonista de la nota trágica que interrumpe la programación habitual en los canales de televisión.
           En “El visitante” hay una historia que juega con elementos del relato de terror. Es un cuento gótico que se ambienta en una guerra como han sido muchas, guerras que atraviesan bosques y páramos y que arrojan a las puertas de los habitantes de tales territorios lo mismo a fugitivos de la barbarie que a verdugos listos a atacar. Tufos demoniacos atraviesan no sólo la historia, sino también la imaginación del lector. Es esta una ficción en donde los límites de lo imaginado dentro del texto por uno de los personajes y lo imaginado-juzgado por el lector no puede llegar a un consenso incuestionable. Uno de los mejores del libro.
           “Cuento no apto para pulcros” cumple con lo que su título promete. Hay acá una pareja dispareja que remite a la que da vida a esa joya del cine mexicano que es El esqueleto de la señora Morales (Rogelio A. González, 1959). Una mujer obsesionada con la limpieza y la pulcritud convive en la misma casa con un hombre que, en el hartazgo que le ocasiona la obsesión de su esposa, decide comportarse de la manera más asquerosa que se le puede ocurrir. Véase si no: “Ella vomitó primero. Después yo devolví el gusano y la cerveza. En el suelo nuestros vómitos se mezclaron, como en un principio mezclamos su amor y el mío. Estuvimos más unidos que nunca. Más unidos que en nuestra primera cita. Más unidos que la primera vez que nos besamos. Más unidos que la primera vez que cogimos. Nos habíamos convertido, más que en amantes de sangre y huesos, en amantes de guacareada. Ahora nada del uno y del otro podía ya provocarnos asco. Las pruebas habían sido superadas”.
           “Luz óxida” tiende un punto de encuentro con el primer texto del volumen al plantear, nuevamente, la maternidad como un tema despojado del aura de inocencia y luminosidad con la que se ha vendido frecuentemente. Hay aquí una madre que odia a su hijo, que intenta matarlo de las maneras más crueles, que lo arroja bebé en una tina que se desborda de agua, que lo mete a un horno de estufa encendido. Es la historia de un fracaso. El fracaso de una pareja que se da cuenta que la paternidad no es la garantía de felicidad plena que muchos matrimonios se plantean. Es una historia de locura y de degradación de los referentes reales que, a pesar de sus reacciones exageradas, obliga al lector a aceptar el contrato de verosimilitud y empujarlo a enterarse del final de la trama.
           “Hiperbólico” cierra el volumen. Hay un giro interesante en la voz del narrador y en la estructura del cuento. Se nota una cercanía con la voz que relata, dentro de una prisión, la manera en cómo llevó a cabo un asesinato múltiple bajo los efectos de una nueva droga: el hiperbólico del título del relato. Acá el protagonista es un escritor orgulloso de obtener de la calle y de la vida las historias que transforma en ficción; éste le narra a un interlocutor, que es un periodista pero también el lector (pero también el autor en espejo, cabría aventurar) la manera en cómo escribió un libro sobre asesinatos. Al tener el volumen casi concluido decide cerrar su obra con una relatoría de un crimen real, uno que él pretende cometer. Dice:
Noté que había agotado los temas. Claro que existen más, caballero, pero en el tiempo que lo estuve escribiendo no me vino en gana utilizar otros. Así que escribí la muerte de una manada de perros atropellados por mi auto. La muerte de un gato después de obligarlo a beber Coca Cola. La muerte de una parvada de aves por un lanzallamas. La muerte masiva de marcianos, en su propio planeta, debido a una explosión de átomos lanzados por una nave espacial. La muerte de muchos recién nacidos acunados en las camas de un hospital gracias a un extintor. La muerte de un grupo de gente por culpa del piloto aviador que se suicidó estrellando su nave en un supermercado.
Flores se permite un juego de autorreferencia que no es conclusivo. Es decir, el lector se pregunta continuamente si eso que está leyendo como el relato de un escritor preso no es sino la explicación del libro que ha estado leyendo en los momentos previos. El final sorpresivo del cuento niega tal posibilidad.
           Es este un libro que merece una lectura atenta y la posibilidad de descubrir a un autor que se ha convencido de algo que uno de sus personajes dice en alguna parte del texto: “Póngase chingón, mi escritor. Uno debe empuercar el lenguaje para hacer literatura”. Nada como ser coherente con tus propios consejos. Más que recomendable.

Joel Flores, El amor nos dio cocodrilos, Madrid, VozEd, 2012. 

martes, enero 29, 2013

El Far (Far Far) West

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Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012).

Quentin Tarantino se me hace un mamón. Un tipo cuya filosofía publicitaria le anima a escupir champaña en la entrega de los premios a lo mejor de la producción audiovisual en su país, por ejemplo. O que se enfurece por la pregunta que resurge con cada uno de sus trabajos: ¿es necesaria tanta violencia? Tarantino es una personalidad histriónica que sabe explotar el escándalo y la nota gorda a su favor. Más allá de eso, sus películas son dignas de atención a partir de la reinterpretación que hace de géneros que nos han condicionado como espectadores.
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Django Unchained es una buena película. Es fiel al estilo de su director y moviliza diversos referentes que le permiten escapar de una aseveración que afirme que sólo es un spaghetti western o un homenaje a éste. Tarantino pone en pantalla diversos elementos que hacen que esta cinta escape de ser tan sólo una reproducción de códigos preestablecidos. Va más allá, mucho más allá, de poner a un personaje negro como protagonista de la historia. Pero comencemos por ahí. Un vaquero negro es una anomalía, sobre todo si se alude a la tradición que John Wayne estableció vía John Ford en donde las cargas de caballería en el último momento dieron origen a aquello que comenzó a denominarse como “las gringadas”, el Deus-ex-machina del cine de indios y vaqueros. Los negros aparecen (hablamos acá de la gran industria no de las cintas que algunos estudios menores produjeron para el público afroamericano) como parte del paisaje. Son los sirvientes, los esclavos; en el mejor de los casos, el compañero del héroe. Pero Django es un protagonista que lleva al extremo una de las tesis principales del filme: “¿Matar blancos y que me paguen? ¿Puede haber mejor trabajo?”. Más que contar una historia épica de redención individual, Tarantino impulsa un ajuste de cuentas histórico en el cual hay un desplazamiento en el reparto tradicional de los roles dramáticos: los blancos son unos cabrones. Y habría que acotar: los blancos gringos, porque el papel de ese dentista alemán, que aberra de la esclavitud y que es uno de los personajes más interesantes gracias en parte al trabajo de actuación de Christoph Waltz, gana las simpatías de un público acostumbrado a odiar a los alemanes ("por pinches nazis" gritaría el defensor de oficio de los estereotipos desde el inconsciente colectivo).
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Dislocación. Esa es la clave. Dislocación de género: tenemos una película de vaqueros que no cumple con los elementos que tienen los referentes de ese género (tanto los anteriores a la SGM en los Estados Unidos como los representantes del Spaghetti western italiano como, incluso, los realizados en nuestro país bautizados como Chilli western y que dio joyas tan memorables como Los hermanos del hierro [Ismael Rodríguez, 1961]). Acá hay sangre como en una película de terror psicológico y gore. Es decir, Tarantino nos cuenta una historia de vaqueros con elementos estéticos de cintas como Saw (James Wan, 2004) u Hostel (Eli Roth, 2005). ¿Qué caracteriza a estas cintas? La literalidad de su violencia y los gritos producido por el dolor que infieren las torturas más creativas que se nos pueden ocurrir. En los westerns (y habría que acotar incluso en las cintas de acción tipo Rambo [Ted Kotcheff, 1982]) los muertos fenecen en silencio. De hecho uno de los clichés es el silencio absoluto que precede a una balacera. Los ruidos más fuertes son los que emiten las pistolas. En el caso de Django..., Tarantino nos acerca hasta la piel lacerada, hasta las fracturas de huesos, hasta las gargantas desgarradas por los gritos, hasta los cuerpos desmadejados por permanecer en las fosas de confinamiento a plena luz quemante. ¿Por qué esa recurrencia al susto que tal exposición despierta? Porque el director nos obliga a establecer un contrato que no habíamos previsto, a pesar de conocer algunos de los elementos estéticos de su propuesta cinematográfica: la sangre, los gritos y la víscera asoman de manera tal que estrujan el estómago. Algo similar ocurre con el cine de Chan-Wook Park, aunque el hecho de que este creador sea asiático parece suficiente para emitir un juicio del tipo “es normal, los asiáticos están más loquitos”. De hecho, la escena en donde el martillo sirve para ultimar al mandingo derrotado y condenado a muerte parece una referencia a una de las escenas más memorables de Oldboy (2003). Añádanle la poco sutil referencia a El anillo de los nibelungos, un Sigfried negro que rescata a una Broomhilda esclava de un dragón encarnado por Leonardo DiCaprio. Dislocación.
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El abandono de la posición de víctima por parte del protagonista introduce una nueva mirada con respecto de la manera en cómo la industria ha tratado temas como el genocidio o la esclavitud. He ahí una serie de esclavos que son masacrados por su falta de posibilidades de emancipación a partir de sí mismos: la escena de los perros arrojándose sobre un fugitivo abona a la idea de placer en la exposición innecesaria de la violencia que se le atribuye al director. Django permanece, pese a sí mismo y como una forma de sobrevivencia, por completo inconmovible. Su motivación es la venganza y el rescate de su amada. No hay la postura de víctima que espera ser rescatada y que funge casi como objeto en el cual ocurre la historia. Algo similar a los Inglorius Basterds (2009) que masacraban nazis en la película anterior de Tarantino. El personaje que se vuelve sujeto antes que objeto a través de la violencia: menos estímulos al corazón más al estómago.
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¿Es Django Unchained una película racista? He intentado descifrar las razones a partir de las cuales se emite tal jucio. Pero ninguna me convence. Ni la supuesta victimización inversa de los blancos esclavistas que revertiría en una revisión maniquea de la vida de los descendientes de éstos. Ni la idea de barbarie extendida a lo largo y ancho del territorio norteamericano que se opone a la civilización representada por el dentista cazarrecompensas alemán. Ni el hecho de que una de las escenas más trepidantes esté ambientada con un rap más acorde con los encuentros desafortunados de gangstas tipo Tupac o Notoriuos. Ni en la acusación flamígera de un Tío Tom encarnado de manera magistral por Samuel L. Jackson (hasta el momento en que vuelve a ser Samuel L. Jackson y los motherfucker se desgranan como si estuviera batallando contra serpientes en un avión), responsabilizado como parte del aparato de opresión contra los negros. No, de verdad, nunca encontré cómo argumentar alrededor de tal cuestión.
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Django Unchained pasará como una buena película de Tarantino. Un reverso interesado de Ingloriuos Basterds. Alejado por razones diversas tanto de Pulp Fiction (1994) como de Reservoir Dogs (1992), los parámetros que sus detractores y fanáticos siguen utilizando para calificar cada nueva cinta de este mamoncísimo cineasta. No lo piensen, vayan a verla. Enójense o disfruten el cambio de condiciones del contrato.

jueves, diciembre 20, 2012

Regalo del fin del mundo

En 2011, la editorial Tártaro publicó en formato electrónico mi relato "Agua", una historia apocalíptica que se desarrolla en la Sierra Norte de Puebla. Hoy, un día antes del fin del mundo, se los regalo aquí.

(Clic en la imagen para descargar). 

(Nota: si no tienes un lector de libros electrónicos, puedes descargar Calibre para leer en tu computadora personal).

domingo, diciembre 16, 2012

Nuestra educación sentimental

Montaje tridimensional en la exposición sobre Yolanda Vargas Dulché. 

1. Fui a ver una exposición muy linda, Yolanda Vargas Dulché. Contadora de historias, que hace un homenaje a una de las mujeres más influyentes dentro del campo de los medios de comunicación del siglo veinte. Esta autora es uno de los iconos más importantes de la historia de la historieta en México. En los cuadernillos de Lágrimas y risas nacieron historias que después fueron adaptadas a la radio, la televisión, el cine y el teatro, éstas han quedado impresas en la memoria y el inconsciente del espectador mexicano en un periodo de tiempo que va de finales de los años cuarenta a los años noventa del siglo XX. Historias como Yesenia, Rubí, El pecado de Oyuki, Memín Pinguín, Gabriel y Gabriela, Rarotonga, Ladronzuela y varias más, forman parte de la cultura de los mexicanos, aunque algunos no lo quieran. La exposición está muy bien montada, tiene una curaduría interactiva que permite introducirse en los cuadros que ambientan las diversas épocas en que estas historias triunfaron, hay posibilidades de tocar los objetos, de sacar fotos, de llevarse un ejemplo de los pliegos en que se imprimen los cómics de 32 páginas (lo cual explica su extensión y su precio). Muy recomendable darse una vuelta.

2. La exposición es también un viaje fragmentado por la historia de México, la participación de Televisa en este proyecto supuso el acceso a archivos videográficos que suponen una riqueza fundamental para la documentación de la historia de nuestro país. Están ahí las imágenes de los noticieros (con el eterno Jacobo), la publicidad y su evolución a lo largo del tiempo (los anuncios de los autos de Volkswagen que, en plena crisis ochentera, se anunciaban con ofertas de 900 000 pesos), la evolución de los estilos de actuación televisivos. Lo que no cambia es la manera en cómo la sociedad muestra pocos cambios con respecto de la recepción de productos culturales que fueron pensados para públicos de, incluso, cinco siglos antes de su realización. La moral del mexicano parece suspendida en medio de una historia sociopolítica más que vertiginosa. Y si no, ahí está el éxito de telenovelas como Alondra en pleno salinato, con una frondosa Ana Colchero a la que todavía no le daba por convertirse en la autora de best sellers que pretende ser hoy. En esa inmovilidad de la moralidad hay un uso perverso de la noción de transgresión: la idea de que ésta sólo es posible cuando se cuestionan los roles sociales dentro de una sociedad que comienza a consensuar como aceptados esos cambios "impensables" en otros tiempos. El rol de la mujer y su transformación, en nuestro país, no dependen de políticas públicas o de las luchas emprendidas con denuedo por las organizaciones feministas, sino de la asimilación que se ha hecho de los mensajes emitidos por las historias masificadas a través de productos como las telenovelas. Triste pero cierto.

3. Esta exposición pone de relieve algo que Carlos Monsiváis plantea en Aires de familia: los mexicanos (y los latinoamericanos si tomamos en cuenta el alcance de los productos culturales mexicanos) han tenido su educación sentimental (usando a propósito la expresión de Flaubert) a partir de los comportamientos expresados en las historias del cine de la época de oro. Habría que hacer eso extensivo a las historias que estos cómics masificados (la editorial Vid llegó a poner en riesgo la viabilidad de las editoriales españolas de cómics, según Terenci Moix) tuvieron y a las dramatizaciones televisivas. En estas expresiones se nos ha enseñado a los mexicanos cómo ligar, cómo relacionarnos con los padres, como reaccionar ante el rechazo, cómo evitar la victimización, cómo besar, cómo odiar. Las frases que se ven en los estados de actualización de muchas personas en las redes sociales (y entre ellos una gran mayoría de jóvenes) no provienen de la tradición letrada del libro o de la reflexión que permite la escuela, proviene de las telenovelas. Las quejas por el desamor y las declaraciones de felicidad amorosa son líneas de diálogos de las teleseries ("las comedias" dicen las señoras de delantal). Incluso ese abuso de los puntos suspensivos al final de las frases marcan el final postergado (el "continuará" que apareció primero en el cómic y después en las telenovelas). Nuestros jóvenes (y varios de nuestros contemporáneos) siguen viviendo (o creen vivir) una historia de telenovela. Tal vez esa sea la razón por la cual las soluciones a los problemas reales de la vida sean tan difíciles de encontrar, porque las únicas soluciones que intentamos aplicar son las de la telenovela que, invariablemente, tiene un final feliz. Es incomprensible y cruel cuando en la realidad eso rara vez pasa.

4. La mañana del sábado me enteré que el gobierno federal ha suspendido los apoyos al Sistema Nacional de Lectura, uno de los pocos programas gubernamentales destinados a crear lectores y a movilizar figuras monolíticas como las de la biblioteca dentro del contexto del aula de clases. Se dice que los mexicanos leemos poco actualmente (en un promedio mundial de 25 libros, los mexicanos leemos 2.9). ¿Qué tanto habría incidido en los estudios actuales el hecho de que dentro de esas cifras se incluyera la enorme cantidad de papel que se leía en forma de historietas? Tal vez todo comenzó a cambiar cuando esas historias impresas se movieron de medio y exigieron menor esfuerzo y participación del lector convirtiéndolo en espectador. Tal vez todo comenzó con la popularidad de las telenovelas. Tal vez.

* Yolanda Vargas Dulché. Contadora de historias está en el Museo de Arte Popular (Revillagigedo 11, esq. Independencia, Centro Histórico) del 24 de noviembre de 2012 al 31 de marzo de 2013.