Están en algún lado. Siempre están en algún lado. Parecen inmóviles, pero nunca se sabe. Conozco a personas que aseguran que todo el tiempo han tenido dudas de que no muden de lugar a la menor provocación. Se ven tan indefensas, tan niñas, tan sin chiste. Y sin embargo...
Su poder reside en la confianza de que todos creemos que son así. Tan inexistentes. Como el diablo. La prueba de que existe está en que ya casi nadie cree en él. Como en Usual suspects. Todos buscando al culpable y el güey estuvo sentado todo el tiempo frente a nosotros. Y éstas son igual de perversas, igual de sonrientes, igual de cascabeleras. No hacen caso de ellas hasta que su ausencia es evidente. Entonces ocurre todo. El día se jode irremediablemente.
Enerva pensar en sus dientecillos sin boca, en sus colmillos chuecos e imperfectos. Siempre están mostrándolos. Como hienas. A veces se dan codazos entre ellas, y es cuando sueltan la carcajada. Van emitiendo risas escondidas en algún bolsillo, colgadas de cualquier aro, agazapadas en muchos bolsos de mujer desesperada por no poder atraparlas. Los comensales miran a la mujer retorcerse, maldecir, romperse las uñas, azotar el bolso. Pero saldrán vencedoras. Casi al borde del llanto, pero podrán levantar por sobre las cabezas a las niñas despeinadas, a las lombrices ruidopendencieras. Seguirán sonrientes, qué les importa que las atrapen, si mañana podrán repetir la rutina, y al día siguiente también y así hasta la fatalidad.
Porque la fatalidad llega. Un día, sin más, no aparecerán. Se ocultarán definitivamente. Cansadas de jugar a las escondidillas, decidirán desintegrarse sin mayor explicación. ¡Fuzzz! y nada queda. De la sorpresa se pasa a la angustia. Porque ¿qué podemos hacer sin ellas? ¿quién nos protegerá en el futuro? ¿a quién le echaremos la culpa de nuestros retrasos? Más allá de eso, y pensando en la perfidia con que siempre se han comportado, ¿quién nos garantiza que en ese momento no están jugando en otros bolsillos, meciéndose en otro columpio, o, peor aún, alimentando otra imaginación?
Ellas tienen el poder. A pesar de su naturaleza femenina son ostentosas de una virilidad nunca negada. Firmes penetrantes, consiguen la mayoría de las veces abrir los obstáculos que se les pongan enfrente. Cuando se pierden de manera irremediable, crean la suficiente tristeza y angustia como para pensártela dos veces no dedicar una gran parte de tu atención a cuidarlas. Provocan insomnio. Malestar general. No es buena idea dejar que se pierdan.
Con el tiempo todas esas sensaciones pasan. Llega un buen hombre que te entrega, siempre sonrientes y ruidosas, a las nuevas inquilinas de tu bolsillo. Con el tiempo todo se recupera. Como el proceso de un amor roto. Con el paso de los días se evade por las rendijas de la memoria la sensación de inseguridad, la angustia ante lo previsible, los sobresaltos ante el “y que tal si ahora que no estoy en casa...”. Con el tiempo todo se arregla. Pero mientras, me pregunto, ya sin tanta paciencia, ¿dónde estarán las pinches llaves?
domingo, abril 17, 2005
sábado, abril 09, 2005
Pura nostalgia y disculpas insolubles
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que anduve parado por estos sitios. La inercia de la vida cotidiana me ha arrastrado hasta un sitio en el que el tiempo para dedicarle unas caricias a la escritura parece vedado. Han pasado muchas cosas desde la última vez que anduve por aquí: organicé un festival medieval; leí varios libros que me hicieron recordar mi etapa de la preparatoria y la secundaria; se murió el Papa y se volvió incomprensible tanta publicidad a un hecho anunciado por la naturaleza desde hacia mucho tiempo; me gané un premio literario de esos que te recuerdan que cada vez eres menos joven; anduve con un chica que ni siquiera se enteró que andábamos buscando algo más (igual y el único que lo andaba buscando era yo); desaforaron al Peje en una de las acciones más prefabricadas, burdas y mal armadas de la historia de nuestro país; me sentí triste de repente (otra vez); recuperé las ganas de estar (nuevamente); me reí de las causas por las que me puse triste (historia vieja); y al final descubrí que por muy otro que me sintiera no podía renunciar a ser yo mismo.
Hoy las cosas pintan de manera patética para un servidor, esta etapa del año, la que va de abril a agosto es odiada con rigurosa minuciosidad por acá el que está detrás del teclado: calor-calor-calor, soles radiantes, días larguísimos, vacaciones en playas cada vez más lejanas no de la geografía sino del presupuesto, moscos entrando en mi habitación sigilosamente y sin aviso, sábanas empapadas de sudor, comida que hay que ingerir porque hasta en el refrigerador se descompone, aguas sin hielos, cervezas tibias en el antro, náusea mañanera causada por las misteriosas hemorragias nasales que desde la infancia me asaltan nocturnamente y que se agudizan con la ola del calor, árboles de sombra inservible, caos vial, microbuseros que sellan las ventanas de su ataúd con ruedas, escritores y "hartistas" diciendo pendejadas en la tele porque el calor les ha atrofiado las neuronas, calor-calor-calor.
Mi sueño: toparme un día con Sherlock Holmes y arrebatarle la pipa y la identidad (los cuentos del morfinómano son los más nublados que puedo añorar).
Mi tortura: ningún hotel de paso ofrece servicio de jacuzzi en las rocas, para ayudar a menguar el calor exponencial de esas afortunadas noches de sábanas ajenas.
Mi consuelo: como vivo solo me puedo pasar encuerado por toda la casa sin miedo a la censura.
La brevedad de mi consuelo: se viene mi hermano el espiriflaútico a vivir conmigo en lo que estudia su licenciatura en Diseño y comunicación visual en la enap de la unam.
Mi falsa excusa de comodidad: la ventaja de no tener novia en estos meses es directamente proporcional a la frescura producto de la ausencia de abrazos y arrumacos.
Respuesta a las líneas anteriores: ¡Buuu, buuu, buuu!
Saludos y que la espera de la muerte (por insolación) les sea leve.
Hoy las cosas pintan de manera patética para un servidor, esta etapa del año, la que va de abril a agosto es odiada con rigurosa minuciosidad por acá el que está detrás del teclado: calor-calor-calor, soles radiantes, días larguísimos, vacaciones en playas cada vez más lejanas no de la geografía sino del presupuesto, moscos entrando en mi habitación sigilosamente y sin aviso, sábanas empapadas de sudor, comida que hay que ingerir porque hasta en el refrigerador se descompone, aguas sin hielos, cervezas tibias en el antro, náusea mañanera causada por las misteriosas hemorragias nasales que desde la infancia me asaltan nocturnamente y que se agudizan con la ola del calor, árboles de sombra inservible, caos vial, microbuseros que sellan las ventanas de su ataúd con ruedas, escritores y "hartistas" diciendo pendejadas en la tele porque el calor les ha atrofiado las neuronas, calor-calor-calor.
Mi sueño: toparme un día con Sherlock Holmes y arrebatarle la pipa y la identidad (los cuentos del morfinómano son los más nublados que puedo añorar).
Mi tortura: ningún hotel de paso ofrece servicio de jacuzzi en las rocas, para ayudar a menguar el calor exponencial de esas afortunadas noches de sábanas ajenas.
Mi consuelo: como vivo solo me puedo pasar encuerado por toda la casa sin miedo a la censura.
La brevedad de mi consuelo: se viene mi hermano el espiriflaútico a vivir conmigo en lo que estudia su licenciatura en Diseño y comunicación visual en la enap de la unam.
Mi falsa excusa de comodidad: la ventaja de no tener novia en estos meses es directamente proporcional a la frescura producto de la ausencia de abrazos y arrumacos.
Respuesta a las líneas anteriores: ¡Buuu, buuu, buuu!
Saludos y que la espera de la muerte (por insolación) les sea leve.
martes, enero 18, 2005
Antes de...
Antes de salir procura mirar a los ojos del gato que, contra su costumbre, te ve desde el suelo con los ojos más tristes que se pueden concebir en un momento así. Antes de salir acomoda las espinas del órgano en forma de corazón que en una maceta desvencijada ruega por un poco de agua. Antes de salir, limpia la ventana en la que escribiste mi nombre en estas tardes de frío. Llévate la luz del refrigerador y el fuego de la vela que yo nunca he prendido. Haz correr el agua del wáter y baja la tapa del escusado. Antes de salir procura acomodar el libro que nunca terminaste de leer en el estante que le corresponde. Por supuesto que te regalo el separador, su nombre mucho te tendrá que decir. Llévate la noche, dóblala lentamente y procura hacerte a un lado cuando la despliegues sobre la mesa a la que te diriges. La música es mía, mientras suene no tienes por qué callarla. Cómete la rabia y los malos juegos. Te regalo mi ausencia, cabrá entera en ese frasco, ciérralo con cuidado para prevenir derrames. De las letras puedes llevarte las mayúsculas y los signos de admiración. Yo siempre he preferido las letras chicas, no lucen pero dicen mucho. Los signos de interrogación son míos, estaban ahí desde antes que llegaras. Ese cuadro no pertenece a nadie; se llama cielo y acompaña donde sea. Te regalo mis pasos, ya encontraré otro camino. ¿Podrías regresarme las miradas de los últimos días? No las he disfrutado lo suficiente y a ti de nada te sirven. Me quedo con los ceniceros y las copas, sin duda. De la sala te tocan los brazos de los sillones, fueron tuyos desde el primer día en que te acurrucaste en uno de ellos. La memoria me la quedo, servirá para reciclar alguna idea que se consideraba perdida. El control de la televisión no estará mejor en otro lado que aquí, nadie lo consiente tanto como yo. Llévate mis plegarias, desde que mi madre las puso en esa caja y me las dio, no las he vuelto a utilizar. Dame un momento para despegar la líneas que escribiste en mi agenda, los recordatorios que de todas formas no se olvidarían. Puedes conservar mi voz en lo que te acomodas en tu nuevo sitio, no le subas tanto al volumen porque se puede distorsionar. Las películas que vimos juntos las podemos repartir dependiendo de los parpadeos de cada uno. La oscuridad, no sé, ¿se la regalamos a tu amiga la optimista, la que se acaba de mudar? Mis lágrimas, si las quieres, te las vendo. A pesar de que las necesito, podré vivir sin ellas. Me quedo con tu respiración en mis oídos. Las fotografías, ¿cómo las repartimos? En casi todas estás tú, ¿a quién le interesa más tenerlas? ¿al que busca el recuerdo o al que ama el reflejo? El fueguito es mío, ya sabes cómo se me enfrían los pies. Las cortinas se las he regresado a tú madre, las lavé antes para borrar cualquier huella de sombras grabadas en los pliegues. La noche en la montaña se ha extraviado en algún cajón, pasé toda la tarde buscándola. Llévate lo que consideras tuyo, aunque se aferre a los muros con sus mil garras. Sal antes que la maleta explote por el movimiento de los inconformes.
Antes de salir, mírate al espejo y verás que tu reflejo sigue tendido en mi cama.
Antes de salir, mírate al espejo y verás que tu reflejo sigue tendido en mi cama.
FELICIDADES PELITOS
¡Qué creen! Que el Pelos (mi hermano, brother, bataco despistado, Leonardo), se ganó el (o sea "EL", es decir, nomás hay uno) Premio Nacional de Periodismo Universitario de Investigación, que otorgó el Club de Periodistas en días pasados. Eso sólo confirma una de las suposiciones que (a veces en conjunto, y a veces en corto) suelo hacer: NO TENGO AMIGOS PENDEJOS. Todos los que son mis amigos tienen una capacidad intelectual y un talento suficiente como para ganarse lo que se ganan. Ahí les mando la nota publicada en el pedioriquito. ¡Goya, chingá!
miércoles, enero 12, 2005
La primera Mariana
Me encontré un conjunto de hojas mecanografiadas de un cuento que escribí en el lejano año de 1995 (¡Dios mío!, qué viejo me sentí). Esta es la primera versión de mi personaje "Mariana" que, a lo largo del tiempo se ha ido transformando en una habitante habitual de mis páginas. Que la disfruten...
Mariana
Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la muerte
estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia.
Xavier Villaurrutia
Estaba muerto.
Mariana se repetía a cada instante la frase que explotaba en el interior de su cerebro y hacía huir a grupos incontables de neuronas pudorosas.
Está muerto.
El día que a Mariana le tocó práctica en el depósito de cadáveres no pudo reprimir la idea de descontento hacia lo que esa actividad constituía. Observar cuerpos desnudos de gente sin nombre que, cual peces en un trozo de hielo, esperaban pacientes la hora de mostrar lo que más allá de su piel escondían. No podía apartar de su cabeza la idea de profanación de un templo sagrado y con cierto temor introducía el bisturí y los escalpelos esperando que la maldición de los cuerpos profanados no cayera sobre ella.
¡Es que está muerto!
Aquel día, Mariana bajó las escaleras con muy pocas ganas de atender la práctica. Recibió sin mucho entusiasmo el estuche de aluminio que contenía los instrumentos para llevar a cabo el ejercicio. A lo lejos se escuchaba la voz monótona del Dr. García que recitaba diciendo; “La práctica con cadáveres humanos brinda la oportunidad al estudiante de saber, por experiencia propia, la ubicación y consistencia de los diferentes órganos del cuerpo humano. En la práctica médica es necesario tener en cuenta varias cosas...”. Mariana perdió la atención sobre lo que García estaba diciendo y lanzando un suspiro se decidió a abrir la bolsa. De un tirón el cierre corrió desde el lugar donde yacía la cabeza hasta la punta de los dedosde los pies.
Entonces ocurrió. Mariana comenzó a observar el cuerpo que estaba sobre la mesa y lo primero que hizo detener su exploración fueron los ojos del cadáver que lamiraban desde algún remoto lugar. Mariana sostuvo la mirada que parecía ser amable con ella y se sintió mal, como un intruso que abría la puerta del baño y encontraba a alguien duchándose. Salió de su estupor para escuchar la voz de García. “Lo primero que se nos ofrece es la piel, ésta protege al cuerpo frente a las variaciones de temperatura. Es sólida y elástica, capaz de resistir algunos traumatismos. Sirve de obstáculo para la penetración de gérmenes microbianos y produce la secreción sebácea, que flexibiliza la capa córnea y el sudor, que es el regulador de la función térmica. De dentro hacia afuera...”. Mariana vuelve la vista al cuerpo, mira fijamente los ojos, unos ojos azules que permanecen allá al fondo de los agujeros del cráneo, fijos solamente por la lámina cribosa. Mariana detuvo sus pensamientos. Empezaba a razonar como los libros de láminas gruesas en donde no existían bellos ojos azules, sino sólo coroides y escleróticas. Más allá de los ojos había una nariz recta y una boca de la cual seseaba que empezaran a salir las palabras. Era un hermoso rostro que, inanimado como estaba, lanzaba miles de gritos que Mariana sentía rodar por todos los poros de su piel. Más allá de las manchas violáceas que cubrían parte de su rostro debía existir un ser dulce y adorable. Más allá de aquellos miembros rígidos y de esos rasgos inexpresivos debía existir una persona capaz de sentir y amar.
La presencia de un mensajero en la puerta interrumpió a Mariana de su poética lista de posibilidades.
--Dr. García, le solicitan en la coordinación.
García salió y comenzó el bullicio. Mariana regresó a su estado contemplativo hasta que la voz de Roca, uno de sus compañeros más antipáticos se dejó escuchar.
-- De a diez el kilo, de a diez. Pásele, pásele.
Mariana observaba el pedazo de hígado en la mano de Roca, quiso decir algo pero los sonidos se le ahogaron en la garganta.
--Mariana, estás muy atrasada. Debes de retirar parte de la piel y abrir el abdomen para localizar el epiplón menor del estómago...
La voz de García hizo callar las carcajadas de los que observaban a Roca agitar el hígado sobre su cabeza.
--No lo puedo hacer, doctor.
--Claro que puedes, lo has hecho mil veces. Eres una de las alumnas mas brillantes que tengo, llegarás a ser una gran cirujana. Pero antes debes de saber localizar los puntos a operar en los pacientes...
Mariana lo escuchaba hablar, parecía que sólo importaba el futuro profesional de la alumna o la capacidad pedagógica del profesor y que se deberían de ignorar cosas como la masa de tejidos y vísceras que yacía sobre la plancha.
--Vamos, házlo.
Mariana sostuvo fuerte el bisturí, su respiración era agitada y una lluvia de sentimientos encontrados le oprimían el pecho haciéndole sentir que su cabeza estaba a punto de estallar. Levantó lentamente la mano dispuesta a hacer el corte. Aquellos ojos azules, fijos en el vacío parecían suplicantes. Por un momento creyó ver les brotaban lágrimas. Todos la observaban expectantes. No soportó más, dejó caer el bisturí, miró a todos y cayó pesadamente al suelo.
-¡Te pasas, Mariana! ¡Qué susto nos diste en las planchas!, deveras creímos que te habías desmayado. El gordo García se asustó tanto que empezó a gritar “¡un médico!, ¡un médico!”. Al pendejo hasta se le olvidó que era doctor.
-No podía hacerlo, Ruth- Mariana parecía no haber escuchado a su amiga porque ni siquiera sonrió ante sus palabras.
-¿Por qué?
-No lo sé. Esos ojos, ese rostro. No sé. Me impresionó mucho. Anoche soñé con él, me tomaba de la mano. Sentía un placer inexplicable.
-¡Ay, no manches! Pues será mejor que cambies de protagonista de sueños eróticos. Al gordo no le gustó que fingieras el desmayo. Vas a ver que mañana se a a emperrar en que hagas la práctica.
-Estoy enamorada, Ruth. Ese hombre se ve tan dulce, tan... no sé...
-¡Despierta, Mariana! Ese cabrón era un cuero, pero ahora está muerto. ¿Me oyes? ¡Muerto! Es más, ni siquiera sabemos quién era...
-Vaya, vaya. Puedo preguntar ¿por qué habiendo millones de familias extrañas tenía que tocarnos a nosotros tener a una psicópata sexual?- la voz de César, el hermano de Mariana, se deja escuchar. Oculto tras el refrigerador ha escuchado toda la conversación.
-Y tú, ¿qué haces espiando a la gente? Eres un pendejo, ni siquiera sabes lo que tengo...
-Claro que lo sé, hermanita. Lo que tienes es una extraña perversión sexualñ llamada necrofilia, esto es, la preferencia sexual hacia cadáveres. Entre más avnazado el grado de putrfacción, mejor. Además...
El florero se estrella en la estufa, César ha esquivado a tiempo el golpe.
-Como decía, en estos casos es necesaria la atención inmediata de un psiquiatra. Es recomendable...
Mariana lo mira sumamente enojada, lanza un grito que sacude la casa y hace callar a César.
-¡Vete a la mierda, pinche buey!
César la mira y suelta la carcajada mientras se dirige a la puerta.
-Está bien, hermanita, ya me voy...
Cruza el umbral. Mariana mira a Ruth que ha permanecido callada y lanza un largo suspiro. César se asoma nuevamente por la puerta y grita:
-¡Adiós, Aníbal Lecter!
Mariana voltea rápidamente a la puerta pero su hermano ha desaparecido. Después ve a Ruth que no se ha contenido y empieza a reir. Mariana sonríe mientras recoge su mochila.
-Vamos a buscar ese libro antes de que cierren la librería.
-He llegado a la conclusión de que no eres Aníbal Lecter, sino Andrei Chenjov...
Mariana entra a la cocina para desayunar, en su rostro es visible que no durmió durante toda la noche. César la sigue mientras expone su teoría.
-Verás, Andrei Chenjov era un cabrón ruso que durante seis años mató a ciento cuarenta y siete personas para mutilarlas y tener relaciones sexuales con ellas. No respetaba ni edades ni sexo. Toda una fichita. Conseguí una biografía que...
Mariana ha bebido a toda prisa un vaso de leche y toma una manzana del frutero sobre el refrigerador. Empuja a su hermano que está recargado en el marco de la puerta y al salir le muestra en una seña muy clara el dedo medio.
Sabe que tendrá que hacer la práctica. El gordo García no va a permitir que la indisciplina se demuestre en su clase. Lo hará como si fuera cualquier cadáver, lo hará como siempre. Toma el walkman y oprime play, por los audífonos se cuela la música de La Castañeda. “Misteriosa entre sombras/ no tedejas ver/ te disuelves al amanecer”. El gusano anaranjado horada las entrañas de la ciudad mientras esos ojos azules siguen ahí, en lo oscuro del túnel se asoman y le gritan. “Misteriosa como el fuego del atardecer/ no te dejas ver”. Sólo los separa la muerte. Nada más.
-¿Dónde está..?
-Si buscas a tu amor, se lo acaban de llevar- Mariana voltea y ve a Ruth que señala hacia el horno crematorio.
Sale corriendo y no escucha a su amiga que le advierte.
-No te tardes que el gordo ya viene...
Llega al horno. Está cerrado, por la chimenea sólo puede verse una hilera de humo que huye hacia el cielo de una manera desesperada. Mariana observa el humo que se aleja. Ve claramente esos ojos azules que le han hipnotizado. Nadie supo quién era. Nadie sabrá jamás donde yace. Sólo Mariana le ha preparado un lugar ahí, al lado del tálamo, la epífisis y el cerebelo. En su recuerdo siempre estarán esos ojos azules que ahora la verán silencioso y agradecidos.
El humo negro escapa hacia el azul del cielo.
Mientras el cuerpo se diluye en cenizas y humo avnazando haia las nubes, gruesas lágrimas ruedan por las mejillas de Mariana. Lágrimas que serían amargas si ella no estuviera sonriendo. Da la espalda y se dirige a la clase de García. Pasa sin poner atención a un letrero en la puerta, obra seguramente de Roca. “Bienvenidos a la carnicería”. Respira hondo y exhala el aire de una sola vez. Está más tranquila y dispuesta a realizar la práctica. Si ahora la muerte dialoga con las navajas, tal vez mañana platicará con ella. Camina decidida, no sabe porqué pero empieza a pensar que el corazón no es solamente un músculo que bombea sangre. Debe ser algo más, algo que permita a los ojos fabricar lágrimas y a la boca pintar sonrisas. En el estrado se oye la voz solemne de García que repite por decimoctava vez en su vida: “El corazón está constiuído por el tronco braquiocefálicoarterial, el cayado de la aorta, la arteria pulmonar, las aurículas, entre otras partes. Hay que señalar también la válvula tricúspide y la mitral. En el interior podemos observar...”
Ciudad Universitaria, 1995.
Mariana
Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la muerte
estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia.
Xavier Villaurrutia
Estaba muerto.
Mariana se repetía a cada instante la frase que explotaba en el interior de su cerebro y hacía huir a grupos incontables de neuronas pudorosas.
Está muerto.
El día que a Mariana le tocó práctica en el depósito de cadáveres no pudo reprimir la idea de descontento hacia lo que esa actividad constituía. Observar cuerpos desnudos de gente sin nombre que, cual peces en un trozo de hielo, esperaban pacientes la hora de mostrar lo que más allá de su piel escondían. No podía apartar de su cabeza la idea de profanación de un templo sagrado y con cierto temor introducía el bisturí y los escalpelos esperando que la maldición de los cuerpos profanados no cayera sobre ella.
¡Es que está muerto!
Aquel día, Mariana bajó las escaleras con muy pocas ganas de atender la práctica. Recibió sin mucho entusiasmo el estuche de aluminio que contenía los instrumentos para llevar a cabo el ejercicio. A lo lejos se escuchaba la voz monótona del Dr. García que recitaba diciendo; “La práctica con cadáveres humanos brinda la oportunidad al estudiante de saber, por experiencia propia, la ubicación y consistencia de los diferentes órganos del cuerpo humano. En la práctica médica es necesario tener en cuenta varias cosas...”. Mariana perdió la atención sobre lo que García estaba diciendo y lanzando un suspiro se decidió a abrir la bolsa. De un tirón el cierre corrió desde el lugar donde yacía la cabeza hasta la punta de los dedosde los pies.
Entonces ocurrió. Mariana comenzó a observar el cuerpo que estaba sobre la mesa y lo primero que hizo detener su exploración fueron los ojos del cadáver que lamiraban desde algún remoto lugar. Mariana sostuvo la mirada que parecía ser amable con ella y se sintió mal, como un intruso que abría la puerta del baño y encontraba a alguien duchándose. Salió de su estupor para escuchar la voz de García. “Lo primero que se nos ofrece es la piel, ésta protege al cuerpo frente a las variaciones de temperatura. Es sólida y elástica, capaz de resistir algunos traumatismos. Sirve de obstáculo para la penetración de gérmenes microbianos y produce la secreción sebácea, que flexibiliza la capa córnea y el sudor, que es el regulador de la función térmica. De dentro hacia afuera...”. Mariana vuelve la vista al cuerpo, mira fijamente los ojos, unos ojos azules que permanecen allá al fondo de los agujeros del cráneo, fijos solamente por la lámina cribosa. Mariana detuvo sus pensamientos. Empezaba a razonar como los libros de láminas gruesas en donde no existían bellos ojos azules, sino sólo coroides y escleróticas. Más allá de los ojos había una nariz recta y una boca de la cual seseaba que empezaran a salir las palabras. Era un hermoso rostro que, inanimado como estaba, lanzaba miles de gritos que Mariana sentía rodar por todos los poros de su piel. Más allá de las manchas violáceas que cubrían parte de su rostro debía existir un ser dulce y adorable. Más allá de aquellos miembros rígidos y de esos rasgos inexpresivos debía existir una persona capaz de sentir y amar.
La presencia de un mensajero en la puerta interrumpió a Mariana de su poética lista de posibilidades.
--Dr. García, le solicitan en la coordinación.
García salió y comenzó el bullicio. Mariana regresó a su estado contemplativo hasta que la voz de Roca, uno de sus compañeros más antipáticos se dejó escuchar.
-- De a diez el kilo, de a diez. Pásele, pásele.
Mariana observaba el pedazo de hígado en la mano de Roca, quiso decir algo pero los sonidos se le ahogaron en la garganta.
--Mariana, estás muy atrasada. Debes de retirar parte de la piel y abrir el abdomen para localizar el epiplón menor del estómago...
La voz de García hizo callar las carcajadas de los que observaban a Roca agitar el hígado sobre su cabeza.
--No lo puedo hacer, doctor.
--Claro que puedes, lo has hecho mil veces. Eres una de las alumnas mas brillantes que tengo, llegarás a ser una gran cirujana. Pero antes debes de saber localizar los puntos a operar en los pacientes...
Mariana lo escuchaba hablar, parecía que sólo importaba el futuro profesional de la alumna o la capacidad pedagógica del profesor y que se deberían de ignorar cosas como la masa de tejidos y vísceras que yacía sobre la plancha.
--Vamos, házlo.
Mariana sostuvo fuerte el bisturí, su respiración era agitada y una lluvia de sentimientos encontrados le oprimían el pecho haciéndole sentir que su cabeza estaba a punto de estallar. Levantó lentamente la mano dispuesta a hacer el corte. Aquellos ojos azules, fijos en el vacío parecían suplicantes. Por un momento creyó ver les brotaban lágrimas. Todos la observaban expectantes. No soportó más, dejó caer el bisturí, miró a todos y cayó pesadamente al suelo.
-¡Te pasas, Mariana! ¡Qué susto nos diste en las planchas!, deveras creímos que te habías desmayado. El gordo García se asustó tanto que empezó a gritar “¡un médico!, ¡un médico!”. Al pendejo hasta se le olvidó que era doctor.
-No podía hacerlo, Ruth- Mariana parecía no haber escuchado a su amiga porque ni siquiera sonrió ante sus palabras.
-¿Por qué?
-No lo sé. Esos ojos, ese rostro. No sé. Me impresionó mucho. Anoche soñé con él, me tomaba de la mano. Sentía un placer inexplicable.
-¡Ay, no manches! Pues será mejor que cambies de protagonista de sueños eróticos. Al gordo no le gustó que fingieras el desmayo. Vas a ver que mañana se a a emperrar en que hagas la práctica.
-Estoy enamorada, Ruth. Ese hombre se ve tan dulce, tan... no sé...
-¡Despierta, Mariana! Ese cabrón era un cuero, pero ahora está muerto. ¿Me oyes? ¡Muerto! Es más, ni siquiera sabemos quién era...
-Vaya, vaya. Puedo preguntar ¿por qué habiendo millones de familias extrañas tenía que tocarnos a nosotros tener a una psicópata sexual?- la voz de César, el hermano de Mariana, se deja escuchar. Oculto tras el refrigerador ha escuchado toda la conversación.
-Y tú, ¿qué haces espiando a la gente? Eres un pendejo, ni siquiera sabes lo que tengo...
-Claro que lo sé, hermanita. Lo que tienes es una extraña perversión sexualñ llamada necrofilia, esto es, la preferencia sexual hacia cadáveres. Entre más avnazado el grado de putrfacción, mejor. Además...
El florero se estrella en la estufa, César ha esquivado a tiempo el golpe.
-Como decía, en estos casos es necesaria la atención inmediata de un psiquiatra. Es recomendable...
Mariana lo mira sumamente enojada, lanza un grito que sacude la casa y hace callar a César.
-¡Vete a la mierda, pinche buey!
César la mira y suelta la carcajada mientras se dirige a la puerta.
-Está bien, hermanita, ya me voy...
Cruza el umbral. Mariana mira a Ruth que ha permanecido callada y lanza un largo suspiro. César se asoma nuevamente por la puerta y grita:
-¡Adiós, Aníbal Lecter!
Mariana voltea rápidamente a la puerta pero su hermano ha desaparecido. Después ve a Ruth que no se ha contenido y empieza a reir. Mariana sonríe mientras recoge su mochila.
-Vamos a buscar ese libro antes de que cierren la librería.
-He llegado a la conclusión de que no eres Aníbal Lecter, sino Andrei Chenjov...
Mariana entra a la cocina para desayunar, en su rostro es visible que no durmió durante toda la noche. César la sigue mientras expone su teoría.
-Verás, Andrei Chenjov era un cabrón ruso que durante seis años mató a ciento cuarenta y siete personas para mutilarlas y tener relaciones sexuales con ellas. No respetaba ni edades ni sexo. Toda una fichita. Conseguí una biografía que...
Mariana ha bebido a toda prisa un vaso de leche y toma una manzana del frutero sobre el refrigerador. Empuja a su hermano que está recargado en el marco de la puerta y al salir le muestra en una seña muy clara el dedo medio.
Sabe que tendrá que hacer la práctica. El gordo García no va a permitir que la indisciplina se demuestre en su clase. Lo hará como si fuera cualquier cadáver, lo hará como siempre. Toma el walkman y oprime play, por los audífonos se cuela la música de La Castañeda. “Misteriosa entre sombras/ no tedejas ver/ te disuelves al amanecer”. El gusano anaranjado horada las entrañas de la ciudad mientras esos ojos azules siguen ahí, en lo oscuro del túnel se asoman y le gritan. “Misteriosa como el fuego del atardecer/ no te dejas ver”. Sólo los separa la muerte. Nada más.
-¿Dónde está..?
-Si buscas a tu amor, se lo acaban de llevar- Mariana voltea y ve a Ruth que señala hacia el horno crematorio.
Sale corriendo y no escucha a su amiga que le advierte.
-No te tardes que el gordo ya viene...
Llega al horno. Está cerrado, por la chimenea sólo puede verse una hilera de humo que huye hacia el cielo de una manera desesperada. Mariana observa el humo que se aleja. Ve claramente esos ojos azules que le han hipnotizado. Nadie supo quién era. Nadie sabrá jamás donde yace. Sólo Mariana le ha preparado un lugar ahí, al lado del tálamo, la epífisis y el cerebelo. En su recuerdo siempre estarán esos ojos azules que ahora la verán silencioso y agradecidos.
El humo negro escapa hacia el azul del cielo.
Mientras el cuerpo se diluye en cenizas y humo avnazando haia las nubes, gruesas lágrimas ruedan por las mejillas de Mariana. Lágrimas que serían amargas si ella no estuviera sonriendo. Da la espalda y se dirige a la clase de García. Pasa sin poner atención a un letrero en la puerta, obra seguramente de Roca. “Bienvenidos a la carnicería”. Respira hondo y exhala el aire de una sola vez. Está más tranquila y dispuesta a realizar la práctica. Si ahora la muerte dialoga con las navajas, tal vez mañana platicará con ella. Camina decidida, no sabe porqué pero empieza a pensar que el corazón no es solamente un músculo que bombea sangre. Debe ser algo más, algo que permita a los ojos fabricar lágrimas y a la boca pintar sonrisas. En el estrado se oye la voz solemne de García que repite por decimoctava vez en su vida: “El corazón está constiuído por el tronco braquiocefálicoarterial, el cayado de la aorta, la arteria pulmonar, las aurículas, entre otras partes. Hay que señalar también la válvula tricúspide y la mitral. En el interior podemos observar...”
Ciudad Universitaria, 1995.
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