martes, octubre 02, 2012

Revoluciones


Vivimos en espera de la revolución. Del cambio total. Más que una convicción con respecto de la sintonía colectiva de los deseos de un cambio integral, parece una postura muy cómoda para la pereza. La revolución nos parece la posibilidad de cambiar el mundo (o nuestra imagen del mundo) de un solo plumazo. Es decir, cambiar aquello que no nos gusta pero que está afuera de nosotros. Porque tenemos la razón. Y si tenemos la razón no tenemos por qué cambiar. La revolución ocurre fuera de nosotros. No tendría que cuestionar nuestras convicciones más evidentes. Ni nuestros prejuicios e inercias. Esperamos que el mundo se ajuste a nuestros deseos. A nuestros miedos. A nuestra flojera. ¡Viva la revolución!, gritamos. Y entonces cambiamos de canal.

jueves, septiembre 27, 2012

Búsqueda y fuga


Mi madre llegó, alguna vez, a preocuparse seriamente acerca del porqué solía "desconectarme". Mientras tomaba el desayuno o la comida fijaba la vista (o eso parecía al menos) en un punto más allá de la ventana y no existía poder humano que me hiciera atender algo más que aquello que pasaba por mi cabeza entonces.
          Era un ejercicio de concentración extrema. soltar el pensamiento que se volvía entonces puro pensamiento.
          ¿En qué pensaba durante la infancia que me generaba tal capacidad para abstraerme del mundo? No lo recuerdo. Incluso tengo dificultades para intentar imaginármelo. ¿Cuáles son las preocupaciones de un niño/ adolescente? ¿Qué permite esa capacidad de separación del cuerpo y sus estímulos externos en beneficio de una búsqueda interna e intelectual?
          Hoy tal ejercicio parece vedado. Aunque los detonadores de poderse abstraer del mundo son más numerosos (un partido de futbol, el ruido blanco de la radio y la tv, las horas de procrastinación en las redes sociales), las motivaciones son distintas. Ya no nos impulsa, como en la infancia, la búsqueda de una respuesta, sino la fuga de un mundo que cada vez se muestra más hostil a la posibilidad de permitir el ejercicio de la imaginación y la reflexión.
          Hemos vaciado nuestras mentes. Las hemos saturado de estímulos y ya no responden.
          Tal vez, algún día, pensar sea una actividad que llevaban a cabo seres prehistóricos (a partir de los nuevos horizontes en que se planteará la concepción de los histórico como tal) y que los volvía vulnerables al mundo dinámico e indetenible.
          Porque pensar exige tomar una pausa, imaginar un silencio (concebido en términos espirituales no de decibeles) y estar dispuestos a plantearse la búsqueda de una respuesta.
          El destino nunca es lo importante, sino la búsqueda permanente para que ese destino se transforme, también, de manera permanente. Es una de las cosas que nos mantiene vivos, sin duda alguna.
          Como para ponerse a pensar, ¿no?

miércoles, septiembre 26, 2012

Frío

"Escalera al cielo... con niebla"
Me gusta el frío. Lo concibo como una manera de hacerme consciente de mi propia existencia. El frío nos muestra el fuego que todos tenemos dentro. El vaho que sacamos por la boca no es sino el humo de nuestro fueguito interno.
         El frío me recuerda a mi tierra natal. A la sierra de mis padres y de mis abuelos. A los misterios ocultos tras la niebla. Al aprendizaje de saber intuir lo que viene por el camino a través de los sonidos.
          El frío anima el abrazo, la cercanía, el café caliente. La vida.
          ¿No es una rareza que en el cliché de las leyendas la Muerte siempre se anuncia con un viento helado que le antecede? Ese frío es el de la vida que aún late en el cuerpo amenazado por la Parca.
          Llegó el otoño. Y con éste el frío. No puedo negar que me pone contento.

martes, septiembre 25, 2012

Comenzar

"Hoja en blanco" de  Chris Blakeley

Comenzar a escribir una historia entraña desatar una serie de preguntas acerca de lo que se quiere decir y de cómo arreglaremos para que ese mensaje sea exactamente lo que queremos decir.
         Las preguntas acerca de si es más importante la trama que el lenguaje utilizado se multiplican conforme las líneas se acumulan. ¿Cómo dar consistencia a los personajes? ¿Cuántos son necesarios? ¿Es el escenario ideal el que hemos escogido para contar nuestra historia? ¿Debemos preocuparnos porque las obsesiones personales no se proyecten en las obsesiones de los personajes (peor aún: de todos los personajes)? ¿Quién leerá lo que escribo? ¿Me importa quién lo va a leer?
         Algunos dicen que lo más difícil es comenzar. Creo que es lo primero. Lo difícil viene después. Cuando las preguntas, si hemos avanzado un trecho en la escritura, se abalanzan ya no sobre lo que hemos proyectado (que existe con diáfana claridad en nuestra mente) sino sobre lo que hemos efectivamente escrito.
         Queda entonces pensar en otra cosa: la tolerancia al fracaso. Vencer la tentación de abandonar la tarea emprendida. ¿Cuántas obras no se han visto arrojadas al cesto de la basura (o a la hoguera, o a la bandeja digital de reciclaje) cuando su creador se ha preguntado si eso que escribe ahí vale la pena?
         Yo, por mientras, he dado el primer paso. He comenzado a escribir una nueva historia. No les diré  de qué trata. Intentaré contarles aquí de las dudas que me asaltan en el transcurso de su escritura. A menos que mi tolerancia al fracaso se encuentre a la baja.
        En todo caso, salud.

jueves, agosto 09, 2012

Dragones dentro de la cabeza


¿Quién no intentó alguna vez, por pura ociosidad, concentrarse de manera insistente en un objeto para intentar moverlo con “el poder de la mente”? ¿Quién no se sorprendió, un día que se dirigía a un lugar distinto, descubrirse en la ruta que de manera más frecuente tomaba? ¿Quién no se ha cuestionado de manera insistente acerca de la razón por la cual, muchas veces, terminamos haciendo lo contrario de aquello que hemos razonado con profundidad? ¿Alguien que no haya tenido la ilusión de poder entender a los animales y hablar con ellos? ¿Alguno que se deprime porque reconoce que no puede aprender ciertas cosas con la facilidad o velocidad que otros?
      Muchas de las respuestas a esas preguntas tienen que ver con la historia del cerebro. O, como lo dice Carl Sagan, con la evolución de la inteligencia humana. Los dragones del Edén es un libro que se escribió en 1977 y que fue galardonado con el Premio Pulitzer. En este largo ensayo, Sagan nos hace una descripción densa acerca de las razones por las cuales el hombre se ha convertido en el ser dominante sobre la faz del planeta. Y la respuesta a eso se encuentra en la manera en cómo nuestro cerebro ha evolucionado.
      Sagan consigue poner en términos accesibles infinidad de estudios académicos que exploran múltiples cuestiones asociadas al cerebro humano: desde el desarrollo en las etapas embrionarias, hasta la manera en cómo se pueden manipular los estados del sueño con un monitoreo adecuado. Aborda temas como la cercanía que tenemos con muchas de las formas de vida que pueblan actualmente el planeta, y en la remota posibilidad de que visitantes extraterrestres puedan parecerse a nosotros.
     Con una erudición envidiable, Sagan relaciona por igual pasajes de La Biblia con estudios neurológicos, biografías de personajes famosos con la crónica de la génesis de los videojuegos, la importancia de la invención de la escritura con la mitología griega. Es una demostración de interdisciplina que muy pocas veces se logra. Pero, en este caso, hablamos de Sagan. Un tipo que se permite, en un capítulo, hermanar un versículo del Libro de Job con un extracto de El origen del hombre de Charles Darwin.
      Porque este libro es, al final, un intento de explicación del origen del hombre. Del origen tanto biológico como conceptual; es decir, el autor explora por igual el momento en el cual los ancestros antropoides del hombre dieron origen al Homo sapiens, como la interpretación acerca de los hechos que le otorgaron “humanidad” al animal hombre. De la Alicia de Carroll al Prometeo de la mitología griega, Sagan construye un texto que se lee con regocijo por una razón simple: en éste se encuentra una explicación acerca de lo que somos, una descripción identitaria.
     La figura del dragón hermanada con la de los reptiles. Algo de reptil hay en nosotros, nuestra parte bestial está relacionada, precisamente, con la manera en cómo se desarrolló el cerebro de los reptiles y cómo esa temprana adaptación prevalece en la configuración cerebral humana. La serpiente del Edén, nos recuerda Sagan, fue obligada a arrastrarse sobre su vientre después de haber inducido a la pérdida de la virtud de los humanos que habitaban el paraíso. Es decir, le fueron amputadas las patas que utilizaba para transportarse. Esa serpiente pudo haber sido, sin mayores problemas, un dragón como los que la iconografía y la imaginación medieval encumbraron como encarnación de los miedos y del Mal.
      Hay también visiones del futuro en esta novela. Especulaciones que se hicieron en los albores de la computación y que, al leerlos después de saber en qué se ha convertido la relación entre los ordenadores y el hombre, no nos deja más que concebir con cierta ternura algunas de las previsiones de Sagan, que se quedan cortas. Pero también admiración, porque fue capaz de prever muchas de las cosas que ahora experimentamos como cuestiones cotidianas. La interconexión, el acceso a las computadoras personales, el desarrollo de los videojuegos, etc.
      Es un libro que deja patente que la naturaleza de Carl Sagan fue la de ser un imaginador informado. Y un genial divulgador de la ciencia, probablemente el más grande. Un fragmento de la obra:
Lo que acredita nuestra condición humana no es lo que parecemos, sino lo que somos. La razón por la que prohibimos dar muerte a otro ser humano debe sustentarse en alguna cualidad peculiar del hombre, cualidad a la que conferimos especial valor y que pocos o ningún organismo de la Tierra posee. Es indudable que la humanidad de un ser no viene determinada por el hecho de que sea capaz de sentir dolor o emociones intensas, ya que entonces deberíamos extender este criterio a los animales a los que damos muerte gratuitamente. Creo que la cualidad humana básica no puede ser otra que nuestra inteligencia.

Carl Sagan, Los dragones del Edén. Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana, México, Planeta DeAgostini, 2003.