viernes, junio 13, 2008

Defensa de la palabra (III)


5. En estas tierras de jóvenes, jóvenes que se multiplican sin cesar y que no encuentran empleo, el tic-tac de la bomba de tiempo obliga a los que mandan a dormir con un solo ojo. Los múltiples métodos de alienación cultural, máquinas de dopar y de castrar, cobran una importancia cada vez mayor. Las fórmulas de esterilización de las conciencias se ensayan con más éxito que los planes de control de la natalidad.
          La mejor manera de colonizar una conciencia consiste en suprimirla. En este sentido también opera, deliberadamente o no, la importación de una falsa contracultura que encuentra eco creciente en las nuevas generaciones de algunos países latinoamericanos. Los países que no abren a los muchachos opciones de participación política - por la petrificación de sus estructuras o por sus asfixiantes mecanismos de represión - ofrecen los terrenos mejor abonados para la proliferación de una presunta "cultura de protesta", venida de afuera, subproducto de la sociedad del ocio y el despilfarro, que se proyecta hacia todas las clases sociales a partir del anti-convencionalismo postizo de las clases parasitarias.
          Los hábitos y símbolos de la revuelta juvenil de los años sesenta en Estados Unidos y en Europa, nacidos de una reacción contra la uniformidad del consumo, son ahora objeto de producción en serie. La ropa con diseños psicodélicos se vende al grito de "¡Libérate!"; la música, los posters, los peinados y los vestidos que reproducen los modelos estéticos de la alucinación por las drogas, son volcados en escala industrial sobre el Tercer Mundo. Junto con los símbolos, coloridos y simpáticos, se ofrece pasajes al limbo a los jóvenes que quieren huir del infierno. Se invita a las nuevas generaciones a abandonar la historia, que duele, para viajar al Nirvana. Al incorporarse a esta "cultura de la droga", ciertos sectores juveniles latinoamericanos realizan la ilusión de reproducir el modo de vida de sus equivalentes metropolitanos.
          Originada en el inconformismo de grupos marginales de la sociedad industrial alienada, esta falsa contra-cultura nada tiene que ver con nuestras necesidades reales de identidad y destino: brinda aventuras para paralíticos; genera resignación, egoísmo, incomunicación; deja intacta la realidad pero cambia su imagen; promete amor sin dolor y paz sin guerra. Además, al convertir a las sensaciones en artículos de consumo, encaja perfectamente con la "ideología de supermercado" que difunden los medios masivos de comunicación. Si el fetichismo de los autos y las heladeras no resulta suficiente para apagar la angustia y calmar la ansiedad, es posible comprar paz, intensidad y alegría en el supermercado clandestino.

6. Encender conciencias, revelar la realidad: ¿Puede la literatura reivindicar mejor función en estos tiempos y estas tierras nuestras? La cultura del sistema, cultura de los sucedáneos de la vida, enmascara la realidad y anestesia la conciencia. Pero, ¿qué puede un escritor, por mucho que arda su fueguito, contra el engranaje ideológico de la mentira y el conformismo? Si la sociedad tiende a organizarse de tal modo que nadie se encuentra con nadie, y a reducir las relaciones humanas al juego siniestro de la competencia y el consumo - hombres solos usándose entre sí y aplastándose los unos a los otros -, ¿qué papel puede cumplir una literatura del vínculo fraternal y la participación solidaria? Hemos llegado a un punto en el que nombrar las cosas implica denunciarlas: ¿ante quiénes, para quiénes?

jueves, junio 12, 2008

Defensa de la palabra (II)


3. Mucho se ha discutido en torno de las formas directas de censura bajo los diversos regímenes sociales y políticos que en el mundo son o han sido, la prohibición de libros y periódicos incómodos o peligrosos y el destino de destierro, cárcel o fosa de algunos escritores y periodistas.
          Pero la censura indirecta actúa de un modo más sutil. No por menos aparente es menos real. Poco se habla de ella; sin embargo, en América Latina es la que más profundamente define el carácter opresor y excluyente del sistema que la mayoría de nuestros países padece. ¿En qué consiste esta censura que nunca osa decir su nombre? Consiste en que no viaja el barco porque no hay agua en el mar: si un cinco por ciento de la población latinoamericana puede comprar refrigeradores, ¿qué porcentaje puede comprar libros? ¿Y qué porcentaje puede leerlos, sentir su necesidad, recibir su influencia?
          Los escritores latinoamericanos, asalariados de una industria de la cultura que sirve al consumo de una élite ilustrada, provenimos de una minoría y escribimos para ella. Esta es la situación objetiva de los escritores cuya obra confirma la desigualdad social y la ideología dominante; y es también la situación objetiva de quienes pretendemos romper con ellas. Estamos bloqueados, en gran medida, por las reglas de juego de la realidad en la que actuamos.
          El orden social vigente pervierte o aniquila la capacidad creadora de la inmensa mayoría de los hombres y reduce la posibilidad de la creación - antigua respuesta al dolor humano y a la certidumbre de la muerte - al ejercicio profesional de un puñado de especialistas. ¿Cuántos somos, en América Latina, esos "especialistas"? ¿Para quiénes escribimos, a quiénes llegamos? ¿Cuál es nuestro público real?
          Desconfiemos de los aplausos. A veces nos felicitan quienes nos consideran inocuos.

4. Uno escribe para despistar a la muerte y estrangular los fantasmas que por dentro lo acosan; pero lo que uno escribe puede ser históricamente útil sólo cuando de alguna manera coincide con la necesidad colectiva de conquista de la identidad. Esto, creo, quisiera uno: que al decir: "Así soy" y ofrecerse, el escritor pudiera ayudar a muchos a tomar conciencia de lo que son. Como medio de revelación de la identidad colectiva, el arte debería ser considerado un artículo de primera necesidad y no un lujo. Pero en América Latina el acceso a los productos de arte y cultura está vedado a la inmensa mayoría.
          Para los pueblos cuya identidad ha sido rota por las sucesivas culturas de conquista, y cuya explotación despiadada sirve al funcionamiento de la maquinaria del capitalismo mundial, el sistema genera una "cultura de masas". Cultura para masas, debería decirse, definición más adecuada de este arte degradado de circulación masiva que manipula las conciencias, oculta la realidad y aplasta la imaginación creadora. No sirve, por cierto, a la revelación de la identidad, sino que es un medio de borrarla o deformarla, para imponer modos de vida y pautas de consumo que se difunden masivamente a través de los medios de comunicación. Se llama "cultura nacional" a la cultura de la clase dominante, que vive una vida importada y se limita a copiar, con torpeza y mal gusto, a la llamada "cultura universal", o lo que por ella entienden quienes la confunden con la cultura de los países dominantes. En nuestro tiempo, era de los mercados múltiples y las corporaciones multinacionales, se ha internacionalizado la economía y también la cultura, la "cultura de masas", gracias al desarrollo acelerado y la difusión masiva de los medios. Los centros de poder nos exportan máquinas y patentes y también ideología. Si en América Latina está reservado a pocos el goce de los bienes terrenales, es preciso que la mayoría se resigne a consumir fantasías. Se vende ilusiones de riqueza a los pobres y de libertad a los oprimidos, sueños de triunfo para los vencidos y de poder para los débiles. No hace falta saber leer para consumir las apelaciones simbólicas que la televisión, la radio y el cine difunden para justificar la organización desigual del mundo.
          Para perpetuar el estado de cosas vigente en estas tierras donde cada minuto muere un niño de enfermedad o de hambre, es preciso que nos miremos a nosotros mismos con los ojos de quien nos oprime. Se domestica a la gente para que acepte "este" orden como el orden "natural" y por lo tanto eterno; y se identifica al sistema con la patria, de modo que el enemigo del régimen resulta ser un traidor o un agente foráneo. Se santifica la ley de la selva, que es la ley del sistema, para que los pueblos derrotados acepten su suerte como un destino; falsificando el pasado se escamotean las verdaderas causas del fracaso histórico de América Latina, cuya pobreza ha alimentado siempre la riqueza ajena: en la pantalla chica y en la pantalla grande gana el mejor, y el mejor es el más fuerte. El derroche, el exhibicionismo y la falta de escrúpulos no producen asco, sino admiración; todo puede ser comprado, vendido, alquilado, consumido, sin exceptuar el alma. Se atribuye a un cigarrillo, a un automóvil, a una botella de whisky o a un reloj, propiedades mágicas: otorgan personalidad, hacen triunfar en la vida, dan felicidad o éxito. A la proliferación de héroes y modelos extranjeros, corresponde el fetichismo de las marcas y las modas de los países ricos. Las fotonovelas y los teleteatros locales transcurren en un limbo de cursilería, al margen de los problemas sociales y políticos reales de cada país; y las seriales importadas venden democracia occidental y cristiana junto con violencia y salsa de tomates.

martes, junio 10, 2008

Defensa de la palabra (I)


Eduardo Galeano
1. Uno escribe a partir de una necesidad de comunicación y de comunión con los demás, para denunciar lo que duele y compartir lo que da alegría. Uno escribe contra la propia soledad y la soledad de los otros. Uno supone que la literatura transmite conocimiento y actúa sobre el lenguaje y la conducta de quien la recibe; que nos ayuda a conocernos mejor para salvarnos juntos. Pero "los demás" y "los otros" son términos demasiado vagos; y en tiempos de crisis, tiempos de definición, la ambigüedad puede parecerse demasiado a la mentira. Uno escribe, en realidad, para la gente con cuya suerte, o mala suerte, uno se siente identificado, los malcomidos, los maldormidos, los rebeldes y los humillados de esta tierra, y la mayoría de ellos no sabe leer. Entre la minoría que sabe, ¿cuántos disponen de dinero para comprar libros? ¿Se resuelve esta contradicción proclamando que uno escribe para esa cómoda abstracción llamada "masa"?

2. No hemos nacido en la luna, no habitamos el séptimo cielo. Tenemos la dicha y la desgracia de pertenecer a una región atormentada del mundo, América Latina, y de vivir un tiempo histórico que golpea duro. Las contradicciones de la sociedad de clases son, aquí, más feroces que en los países ricos. La miseria masiva es el precio que los países pobres pagan para que el seis por ciento de la población mundial pueda consumir impunemente la mitad de la riqueza que el mundo entero genera. Es mucho mayor la distancia, el abismo que en América Latina se abre entre el bienestar de pocos y la desgracia de muchos; y son más salvajes los métodos necesarios para salvaguardar esa distancia.
           El desarrollo de una industria restrictiva y dependiente, que aterrizó sobre las viejas estructuras agrarias y mineras sin alterar sus deformaciones esenciales, ha agudizado las contradicciones sociales en lugar de aliviarlas. La habilidad de los políticos tradicionales, expertos en las artes de la seducción y la estafa, resulta hoy insuficiente, anticuada, inútil; el juego populista que permitía otorgar para manipular ya no es posible, o revela su peligroso doble filo. Las clases y los países dominantes recurren a la maquinaria represiva. ¿De qué otra manera podría sobrevivir sin cambios un sistema social cada vez más parecida a un campo de concentración? ¿Cómo mantener a raya, sin alambradas de púas, a la creciente legión de los malditos? En la medida en que el sistema se siente amenazado por el desarrollo sin tregua de la desocupación, la pobreza y las tensiones sociales y políticas derivadas, se abrevia el espacio disponible para la simulación y los buenos modales: en los suburbios del mundo el sistema revela su verdadero rostro. ¿Por qué no reconocer un cierto mérito de sinceridad en las dictaduras que oprimen, hoy por hoy, a la mayoría de nuestros países? La libertad de los negocios implica, en tiempos de crisis, la prisión de las personas.
           Los científicos latinoamericanos emigran, los laboratorios y las universidades no tienen recursos, el "know how" industrial es siempre extranjero y se paga carísimo, pero ¿por qué no reconocer un cierto mérito de creatividad en el desarrollo de una tecnología del terror? América Latina está haciendo inspirados aportes universales en cuanto al desarrollo de métodos de torturas, técnicas del asesinato de personas e ideas, cultivo del silencio, multiplicación de la impotencia y siembra del miedo.
           Quienes queremos trabajar por una literatura que ayude a revelar la voz de los que no tienen voz, ¿cómo podemos actuar en el marco de esta realidad? ¿Podemos hacernos oír en medio de una cultura sorda y muda? Las nuestras son repúblicas del silencio. La pequeña libertad del escritor, ¿no es a veces la prueba de su fracaso? ¿Hasta dónde y hasta quiénes podemos llegar?Hermosa tarea la de anunciar el mundo de los justos y los libres; digna función la de negar el sistema del hambre y de las jaulas visibles o invisibles. Pero, ¿a cuántos metros tenemos la frontera? ¿Hasta dónde otorgan permiso los dueños del poder?

sábado, junio 07, 2008

Las primeras cenizas


So foul a sky clears not without a storm.
Shakespeare


Hablar del intelectual comprometido políticamente está pasado de moda. Como el marxismo. Como la lucha de clases. Como el imperialismo. Como la estupidez. Como el mundo que habitamos. El mundo es, hoy, el lugar más confortable que existe. Porque parece que ha dejado de existir. Porque el mundo NO es ya más el mundo.
          Arribamos al cronotopo cero, al no lugar, al necesito-un-concepto-que-me-permita-verme-inteligente-sin-que-tenga-que-comprometerme-con-los-demás. Porque al final, la idea de lo político alude a la capacidad y sensibilidad que tenemos para relacionarnos con los que nos rodean. Reconocer al otro como un ente que puede ser afectado por las acciones que realizo. De la misma manera que a mí me afecta lo que el otro hace. Si negamos nuestro ser político, negamos una parte indeleble de lo humano que hay en nosotros.
          Pero no. Resulta que uno es dos o tres o mil cosas a la vez. Uno es escritor. Otro es ciudadano. O profesor. O militante. O el güey que se la pasa viendo la tele sin más. Para el primero existe una realidad que no aplica necesariamente para los demás. Es decir, podemos estar “profundamente comprometidos con nuestra literatura” (?) sin tener que estar comprometidos con la realidad. Es decir, uno llega a la torre de marfil que puede ser el escritorio o la pluma o la pantalla de la computadora o la grabadora y se dedica a jugar con el lenguaje, a acomodar las palabras y los sonidos, a contar historias maravillosas de personajes harto complejos. Y ya. Después uno agarra, se baja de la torre de marfil y llega al mundo. Al suelo. Donde hay que comprar las tortillas y vigilar con cara de terror el medidor de la bomba de gasolina. Donde esto resulta una preocupación vergonzosa cuando nos damos cuenta que hay gente más jodida que nosotros. Donde uno sabe (porque a huevo que uno sabe) que hay personas que están en un nivel de vida tal, que nos avergonzaría ver en lo que nos hemos convertido como especie. Pero los flashazos duran dos segundos. La conciencia es una puta que se acalla apenas pensamos en la cama calientita y el desayuno al abrir el refri. Y, ¿para qué pensar en los demás si tengo que llegar a escribir mi obra maestra?
          Resulta que un escritor (o un cantante o un pintor o un filósofo (¡un filósofo!) o alguien relacionado con eso que se denomina intelectualidad) no está obligado a tener una postura política. Y voy a matizar aquí: la puede tener, pero no está obligado a expresarla. Así esté en un lugar privilegiado; sea éste el de la publicación en medios, el de los talleres literarios, el de un aula de cualquier escuela, el de una conferencia de prensa, el de una presentación de un libro, el de una plática del autor (¿tiene caso mencionar que la etimología de autor viene de auctor que significa “instigador” o “promotor”?) con su público; el escritor puede (y tan puede que ocurre frecuentemente) levantar la barbilla altivamente y decir que no tiene ninguna opinión acerca de determinado asunto de interés social. O que, simplemente, no le importa. O no decir nada. Y quedar muy bien. Como un semidiós que no se mezcla con asuntos mortales. La realidad no está a la altura de su arte. Que hablen de política los amargados, los insidiosos, los envidiosos, los otros. Que lo hagan los demás.
          Uno se preguntaría, ¿y por qué tanto escándalo si un autor quiere, para hacerse el chistoso, el interesante o el inmaculado, no expresar su opinión política? ¿Está obligado? Es obvio que no. Nadie le puede reclamar eso. Es su elección. Lo que resulta hasta cierto punto curioso es la reacción que tienen cuando alguien les cuestiona acerca de esa actitud. El escritor-que-no-tiene-porqué-ser-político podría mirar con desdén al cuestionador o simplemente decir: “no voy a contestar esa pregunta de mierda”. Y seguir tan campante su camino, su ascenso al Olimpo personal. Esa sería una actitud política irrefutable.
          Pero resulta que no. Que el escritor-etc. se siente ofendido en extremo y comienza a justificar por mil medios el derecho que tiene a no decir nada. Escribe páginas y páginas tratando de demostrarnos a los “amargados” y “envidiosos” que la razón lo atiende cuando toma su harto meditada decisión. Y entonces comienza a descalificar al otro. Y lo descalifica acusándolo de descalificador. Y se acomoda en la trinchera más cómoda: en la santidad intocable del fin artístico. El arte es la nueva Providencia y la nueva Trinidad. En el nombre del Arte, de sus hijos y de su santa protección. El Arte está por encima de todo. Al parecer, incluso, por encima de lo humano.
          Antes se decía que el Arte era, por definición, revolucionario. Tendía a cambiar el estado de cosas. A fundar nuevas formas de comprensión. Y el Arte unía conciencias, estimulaba discusiones y reflejaba, y se adelantaba muchas veces, a lo que el mundo estaba experimentando. A lo que los hombres y mujeres hacían para transformar ese mundo (no se malentienda y se quiera ver acá una proposición de que el hombre siempre ha buscado lo mejor para sí, ¿qué es “lo mejor”, a fin de cuentas?, la transformación implica el movimiento inevitable y la constancia que damos de éste). De repente el arte se volvió autónomo. Se volvió la comprensión que cada uno quiere construir alrededor del concepto. Se volvió algo desarticulado de la vida humana. O al menos se quiso convertir en eso. Porque, viéndolo con un poco de objetividad (o de pretensión de objetividad): ¿de verdad el arte puede desvincularse de su momento histórico, de su participación política, de su propia evolución?
          Entonces el escritor-sin postura-(o-expresión)-política vive para ese Arte. En los comentarios que se vertieron en varias bitácoras de personas que están reflexionando acerca de este tema surgieron en algún momento (por parte del bloguero o por parte de sus comentaristas) algo con lo que no puedo estar de acuerdo: el desprecio total por la gente “común y corriente”. Los que ven telenovelas y los que no leen lo que escribimos. Resulta que “estamos debatiendo para nosotros y sólo entre nosotros”, “nada va a solucionar este chisme de lavadero”, “los escritores sólo leemos a los escritores”. Siento una profunda tristeza cada vez que leo algún comentario en este sentido. No concibo pensar que alguien pueda hablar así sin que se degrade un poco.
          Refuerza la idea que expresaba líneas arriba. La del escritor que se siente (y cree que está) por encima de los demás, sólo porque puede escribir, hablar o pensar mejor que el otro. “Sigamos en la catarsis, al menos podremos pensar mejor entre nosotros”. La imagen es la de un grupo de chamacos en un baño de vapor jalándosela para ver quién es el que llega más lejos (o la tiene más larga, ya que la alegoría lo permite). Onanistas cuya máxima victoria consiste en denostar con mayor contundencia al otro.
          ¿De qué se trata entonces?, dirán los escritores. ¿Deben los intelectuales hacerse del poder y organizar la política de un país? No. Definitivamente, no. Y la prueba tajante de esto es el capítulo de Los Simpson en donde los intelectuales gobernaban. El EGO de unos comenzó a pelear con el ego de los demás. Y al final todo se fue a la mierda. Estos personajes estaban convencidos, también, de que eran mejores que los demás. Nos molesta la ingenuidad de Lisa y nos divierte el cinismo de Homero. Eso ya debería de decirnos mucho.
          Hablar de por qué un intelectual puede o no puede ser (expresamente) político es, ahora, un chisme de lavadero. Mostrar la frustración y la rabia que este hecho conlleva es, a lo más, una acción de pura envidia. Seré sincero: he estado en más de un lavadero de más de una vecindad. Y los chismes no se resumen a quién se acostó con quién y por qué. En esos lavaderos, tan despreciados y estereotipados, se habla, también, de lo caro de los frijoles, del no respeto al voto, de la cantidad de ropa ajena que habrá que lavar para sacar el gasto, de la injusticia que se ensaña con ésos que no están en un medio o en una editorial o en una conferencia. Ésos que no tienen voz. Los otros, los que están arriba y tienen el micrófono, no pueden rebajarse a comparar el lavadero con el Arte. Es cierto que me dan envidia. Harta. No puedo comprender cómo se puede ser tan indiferente. Tan arrogante. Tan poco humano (o demasiado humano, si entendemos el egoísmo como valor fundamental por encima de la solidaridad con el otro). Y mi envidia es auténtica porque espero, con convicción, nunca ser igual a ellos.
          Puedo entender la renuncia a pensar en el otro. Está bien. No hay obligación. Puedo intentar creer que pugnen por una “literatura pura” (?). No alcanzo a discernir, más allá de la retórica fascinante, la consistencia de sus argumentos y la multiplicación de éstos cuando son llevados a extremos que lindan con lo místico. Tampoco puedo entender que se citen tantos nombres de escritores como prueba irrefutable de su postura. Siquiera escójanlos bien. Nombran a gente que, en algún momento de su vida (su vida, no su carrera, como a algunos les encanta acotar), tuvieron una militancia política dentro y fuera de su obra literaria. “Éstos sólo vivían para su arte”, dicen enarbolando las citas como el predicador La Biblia o el militante El Capital (o Mi lucha, que para todo hay militantes).
          En fin. Que me he metido al lavadero y nos han cortado el agua. Y la luz. Y la voluntad (ya no el derecho, funciona más el silencio autoimpuesto que la represión dirigida) de decir las cosas. Escribo esto no para convencer a nadie de cambiar su forma de ser. O de pensar. O de vivir. Escribo solamente para expresar mis convicciones. Para reflexionar en voz alta. Escribo mientras afuera cae un aguacero y, seguro, más de uno como yo estará empapado, hambriento, con agujeros en los bolsillos como los que yo tengo en el alma. Abrí un flanco para rebatirme: la cursilería. Un escritor no debe ser cursi. Tiene que estar sólo “comprometido con su arte y con el lenguaje”.
          Las cosas están mal acá abajo. Y todos tenemos la culpa de que estén así. Incluso los que crean su obra maestra “en solitario” (“Un escritor siempre crea a solas”. No es cierto. Siempre estamos rodeados. Siempre estamos juntos. Siempre hay alguien al lado. Si no, ¿para qué escribir?). Las cosas siguen mal acá abajo. No mencionarlo no lo cambia. Mencionarlo, hacerlo evidente, denunciarlo; acciones que igual nos harían sentir menos solos. A las cosas se las está llevando la chingada. Cuando aparezcan las primeras cenizas, a nadie le va a importar lo que tengas que decir (o lo que hayas escrito)…

jueves, junio 05, 2008

Reconocer a los demonios


Dito Montiel es un escritor que no conozco. También es un director de cine del que nunca había oído hablar. Y aún así, me metí a ver su A Guide to Recognizing Your Saints, una hermosa cinta que apuesta por el respeto al espectador y por dejar para otro momento la diatriba del pobrecito-pobrecito o del artista que tuvo que vencer todos los obstáculos para poder ser un escritor o un artista o un ser humano.

          La cinta en cuestión nos lleva a un Nueva York que ni Woody Allen ni Scorsese nos han mostrado: el de los barrios marginales en donde los puertorriqueños comparten vecindad con los dominicanos, los negros afroamericanos y los blancos demediados de su estatus wasp.

          Y sin embargo la cinta no encierra moraleja, ni trata de convencer acerca de nada. Se dedica a narrar. A narrar la primera juventud del Dito encerrado en un barrio en el que la violencia, la costumbre y la falta de expectativas es la moneda corriente. A narrar la huída de una realidad que lacera la sensibilidad que ya se adivinaba en el futuro escritor.

          Es una película sobre el retorno. Una cinta sobre las raíces. Sobre la recuperación de lo que en determinado momento de la vida no aceptamos ser. Sobre la sombra que los padres proyectan sobre lo que somos, lo que fuimos y lo que deseamos ser.

          Sin ser técnicamente deslumbrante, esta película puede presumir de rozar distraídamente el alma. Algo que no cualquier obra de arte puede presumir.


Tus santos y tus demonios (A Guide to Recognizing Your Saints, EU, Dito Montiel, 2006, 98 min.).