martes, abril 24, 2007

Mis no-libros



Atendiendo a una petición-reto de Teoría del caos, presento acá la lista de las cosas que, sin ser libros, me han influenciado para pensar el mundo como un inmenso texto. Mis no-libros.

La niebla. Las rayas de los adoquines en los atrios de las iglesias. Los ángeles en las tumbas de los cementerios. Los caminos tranquilos. Pearl Jam (aún antes de saber qué decían sus letras). Los cuentos sussurrados en el oído después de hacer el amor. Los abrazos que consuelan. Las etiquetas de los productos de limpieza. La piel de los gatos. Algunas fotografías. El sonido del viento en un bosque de árboles tupidos. Algunas sonrisas. La voz de Roberto Goyeneche. El olor del café recién hecho. Mi primera credencial de biblioteca pública. La existencia del asombro. Los graffittis en los baños públicos. Los peces en cautiverio. Las etiquetas internas de la ropa femenina. Algunas mujeres. Las historias que cuentan algunos amigos (mucho más interesantes que algunos libros). Los alucines alcohólicos en punto crítico. Un viejo que pintaba escudos de ciudades olvidadas o inexistentes. Los rasguños en los brazos. Los moretones en el cuello. Mi respiración al despertar de una pesadilla. Los cables de luz colgados de postes a los que no se les ve fin. Las milpas dobladas antes de la cosecha. La leña cuando comienza a prender. La vida.

lunes, abril 23, 2007

Un oscuro día de justicia



Leí con renovada atención uno de los mejores trabajos de Rodolfo Walsh, "Un oscuro día de justicia", un cuento que la editorial Siglo XXI editó hace ya algún tiempo en su Colección Mínima, y que viene acompañada por una entrevista realizada por Ricardo Piglia en un lejano 1967.
          "Un oscuro día de justicia" es una metáfora perfecta de los pueblos que esperan el arribo del Mesías que los redima. La historia plantea la existencia de un internado de irlandeses en el que un celador obliga a los estudiantes a pelear entre sí. Todo esto ocurre a escondidas y en secreto. Los religiosos que dirigen el colegio nunca se enteran de los "Estudios" que el celador realiza al poner en combate a chicos grandes y hábiles en el arte de romper narices, con pequeños que no tienen ni idea de cómo meter las manos o defenderse.
          Uno de esos pequeños, ante la imposibilidad de vencer a uno de los chicos grandes, invoca la presencia de uno de sus tíos (Malcolm) que vendrá de muy lejos a darle en la madre al celador. El día (el día de la justicia) Malcolm llega tarde y todo parece estar a punto de salir como los chicos quieren (con el celador completamente vencido), pero en el último momento y por distraerse al vanagloriarse de un triunfo que todavía no conseguía, el tío es puesto por el suelo. Y ahí la desilusión de los chicos.
          Algunas de las frases finales dibujan esa desilusión:
el pueblo aprendió que estaba solo, y cuando los puñetazos que sonaban en la tarde abrieron una llaga incurable en la memoria, el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza, mientras un último golpe lanzaba al querido tío Malcolm del otro lado de la cerca donde permaneció insensible y un héroe en la mitad del camino.
En este cuento, esencialmente político como la mayor parte de la obra de Walsh, se dibuja la ciega confianza de los pueblos en los caudillos o en los héroes providenciales (o en los "rayitos de esperanza"). Walsh deja patente su idea de que la libertad dentro de un sistema represivo tiene que venir precisamente de aquellos que son reprimidos, no de un héroe externo, o de un hombre fuerte. "Un oscuro día de justica" muestra, en poco espacio y mucha profundidad, el destino de aquellos que deciden luchar más con la fe que con los propios medios.

Si quieres leer el cuento da clic aquí.

jueves, abril 19, 2007

Haikús

En el verano de 2005 la revista Oráculo, publicó algunos haikús que niños de la comunidad tzotzil de Zinacantán habían escrito como resultado de un taller impartido en la selva lacandona por Hugo Contreras, Valeria Martínez, Emiliano Mastache, Daniela Ramos y Jimena Sánchez. Algunos de ellos amigos y exalumnos de la Universidad Iberoamericana.

Les comparto algunos de estos escritos hoy que me detuve a leer con atención estos poemas.


En la primavera salen las

mariposas las flores brillan

en el campo

Petrona Hernández Hernández (14 años)


La rana baja

por el agua

y canta

Juana Lucía Sánchez de la Cruz (14 años)


La primavera pasa

en la primavera

me voy cual ave

y soy como la luna

Laura Eva Vázquez Sánchez (12 años)


El sapo salta

salta, canta por la orilla

del mar

Juana Margarita Hernández González (15 años)


El venado brinca en el campo

cada día el venado brinca

María del Carmen Pérez Gómez (13 años)


Las hormigas

las hormigas hacen

muchos agujeros

Rosa Patricia Montejo Pérez (12 años)


La mariposa vuela

en el bosque encantado

Iris Izamal López López (12 años)


En el verano todos los niños juegan

con la sirena en la arena

Juan José de la Cruz Vázquez (11 años)


Donde vive el tigre

donde cantan los pájaros

y que todo el cuarto es verde

Pedro Antonio López Hernández (11 años)


Qué verdes son

las montañas

me alumbran su color

Pablo Abraham Hernández Hernández (12 años)


Madre, madre cuando estoy

en tus brazos me siento

dulce

Magdalena Pérez Pérez (12 años)


La araña tiene una telaraña

en una casa vieja

Rosa Elvira Hernández López (11 años)

martes, abril 17, 2007

El papá del caníbal


Una alegría de esas ridículas que a veces se siente tuve en días pasados mientras leía el libro Entre paréntesis de Roberto Bolaño. Resulta que en una de las reseñas que incluye el libro, Bolaño habla elogiosamente de Thomas Harris y en especial de su libro Hannibal (mucho tiempo antes de que la tomadura de pelo de Ridley Scott llegara a la pantalla). La alegría fue porque comparto con Bolaño el reconocimiento de buen escritor a Harris y porque me sentí acompañado en una elección que no compartía con muchas personas.
          A mi Harris me pone. Sus libros me parecen máquinas de relojería en los que los engranes están bien aceitados y, sobre todo, bien construidos. La construcción de su personaje Hannibal Lecter es uno de los más minuciosos y mejor logrados que he leído en la literatura. Toda la serie que cuenta la historia de este psicópata brillante y adorable (configuración literaria perfecta de un antihéroe) es para leerse de corrido y sin soltar el volumen ni para ir al baño (de hecho en el baño es donde se eternizan las lecturas de este tipo de textos). Red Dragon (1981), The Silence of the Lambs (1988), Hannibal (1999) y la reciente Hannibal Rising (2007) (que no he leído), son las piezas de ese engranaje que da vida a una de las franquicias más rentables de la literatura (y del cine).
          Las descripciones que hace Harris en Hannibal de la casona mental (el palacio de los Uffizi, creo) en la que ordena su memoria es de las más vívidas y fascinantes de las que tengo memoria. La meticulosidad y la obsesión por el orden son cosas que nadie pasa por alto en el momento de atender la personalidad de Lecter. Lecturas como El palacio de la memoria de Mateo Ricci, o más cercano, El teatro de la memoria del argentino Pablo de Santis, comparten esa obsesión con respecto a la memoria y a la posibilidad de concebir los recuerdos como un archivo mental que se "materializa" como una casa en la que los cuartos son categorías diversas a las que hay que acudir cuando decidimos recordar algo.
          Espero con ansias la lectura de la nueva aventura literaria de Harris. El domingo estaré puntual en alguna librería.

lunes, abril 16, 2007

The Number 23


Piensen en una película que arranca bien (a pesar de las gesticulaciones exageradas de un actor que en otras películas sale golpeándose con changos o disfrazado de perrro rasta verde), cuya trama suena siniestra, que lleva en el protagónico femenino a una mujer hermosísima (Virginia Madsen), en la que los actores interpretan a más de un personaje. Suena bien, ¿verdad?
          Piensen en esa misma película pero ahora con conjeturas numerológicas que sonrojan por artificiales, que plantean la idea de la paranoia como la de un tipo metido en un libro y sumergido en la oscuridad, que se escribe cosas en los brazos y que no deja de escribir (tipo Sade en Quills), que pretende ser sorprendente cuando no llega más que a ahuevante, que se solaza en un desenlace que, bien hecho, habría durado tres minutos, pero que el director alarga casi hasta la media hora, y en la que el protagonista principal, a pesar de estar excesivamente chifladito, termina por redimirse para dar un buen ejemplo al hijo que le patina el coco de manera bastante parecida a la locura del padre.
          Uno lo creería de un cineasta novato que ha dirigido episodios de televisión o alguna película estudiantil o serie B. Pero resulta que el director es un tiburón tintorera de la industria, el ya no tan primaveral Joel Schumacher. Si uno piensa que es el director de cintas cumplidoras como Flatliners (1990) o The Client (1994), uno esperaría, de menos, un block buster medianón. Pues ni eso. La película es una sarta de incongruencias que hacen crisis a lo largo de toda la película. La vuelta de tuerca no sorprende a nadie, además de que el look de mendigo no le va para nada bien a un Jim Carrey que parecía encontrarse con los vislumbres de la actuación en Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michael Gondry, 2004) y que en esta cinta en la que trata de "mostrar su lado oscuro" (según declaración de él mismo) no se queda más que en caricatura.
          Los ambientes tétricos son una reiteración de lo que Hollywodd nos ha mostrado en los últimos años (y a los que el director les ha sido fiel, remember 8mm de 1999). Oscuridad, tonos ocres, personajes semidesnudos y completamente mugrosos, pedazos de papel tapiz volando por cuartos atestados de humedad, asesinos seriales disfrazados de gente buena. Películas malas, disfrazadas de charada inteligente. Bien lo dice en uno de sus últimos post René López Villamar, vivimos tiempos de escasez.