jueves, marzo 29, 2007

Cita conveniente



Esto me lo encontré en un texto muy bueno de Humantree, creo que es más que conveniente echarle un ojo en este momento de enconos laberínticos.

"Yo soy católico –le dije a Juan Pablo II– pero también soy presidente de una República cuyo Estado es laico. No tengo por qué imponer mis convicciones personales a mis conciudadanos, sino que debo procurar que la ley responda al estado real de la sociedad francesa para que sea respetada y pueda ser aplicada. Juzgo legítimo que la Iglesia pida a los que practican su fe que respeten ciertas prohibiciones, pero no corresponde a la ley civil imponerlas como sanciones penales al conjunto del cuerpo social”.
Valéry Giscard d'Estaing, expresidente francés

¿Tú tambien te jodISSSTE?


Durante doce años trabajé en una institución en la cual tenía derecho a un montón de prestaciones sociales: préstamos sin interés, entrada e eventos culturales y recreativos, préstamos de vivienda, pago de gastos médicos y legales, servicio médico. Durante esos doce años coticé (que es la obscena palabra para decir que estuve pagando, junto con una una nómina inmensa de trabajadores al servicio del estado, por todas esas prestaciones) al ISSSTE que era la institución que tendría que hacerme más llevadera la vida, la enfermedad y, en su caso, la muerte.
Ver la forma en la que nuestros heroicos congresistas (siento un resquemor al decir "nuestros", yo no voté por esa bola de patanes irresponsables que sólo miran por su propio beneficio) aprobaron las reformas a la Ley de pensiones del Instituto mencionado, no hace más que convencerme de algo que tiene que ver con mi vocación de pesimista: en este país todo está y todo va a estar de la chingada.
Esto lo pienso en los días en que salgo de una infección respiratoria tremenda (el sábado y el domingo fueron apocalípticos por decir lo menos) en la cual me tuve que enfrentar a varias realidades: mis defensas y anticuerpos están demasiado bajas, el estrés me consume, no es divertido estar enfermo (aunque eso implique no ir a trabajar), las medicinas están carísimas. El trabajo en el que estoy actualmente carece por completo de algún esquema de seguridad social; contratado bajo el régimen de prestador de servicios pareciera que la idea de servicios médicos, financieros y de vivienda se encuentra en una galaxia muy muy lejana. Alguien diría que el sueldo lo justifica. Yo insisto en que las medicinas, con todo y mi sueldo, son demasiado caras.
Pensar entonces en un trabajador que gane en promedio 1000% menos que yo, que se enferma de lo mismo y que no tiene seguridad social; es decir, tiene que comprar las mismas medicinas ganando diez veces menos que un profesionista con empleo. Imposible.
La seguridad social tendría que ser el mecanismo que permita a una sociedad establecer condiciones a partir de las cuales se pueda hablar de un reparto menos injusto de la riqueza. No se puede minar las condiciones de la seguridad social de un país, tendrían que reforzarse. No se tendría que quitar prestaciones a las masas de trabajadores; se tendrían que quitar privilegios a los que más tienen. La ley de pensiones del ISSSTE va a impactar sobre todo a núcleos de población con una vulnerabilidad que algunos, gracias a nuestra suerte-compadrazgo-capacidad-disciplina-preparación, sólo tenemos que imaginarnos: ancianos, pobres y, sobre todo, ancianos pobres.
No me quejo por no tener seguridad social (aunque debería), me quejo por ver que hay una inmensa cantidad de personas que han pagado por décadas el dinero que les garantizaría una vejez y muerte decorosa, y ahora, simplemente, serán echados a la calle (pregúntenle a los pensionados del IMSS). En fin, que no hay mucho que decir cuando tan pocos quieren escuchar.

lunes, marzo 26, 2007

In memoriam

"El campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante. Y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra"



El 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh se propueso distribuir por los buzones de Buenos Aires la "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", un documento político implacable que denunciaba el plan que los sectores dominantes habían puesto en marcha en la Argentina a partir del golpe de estado del 24 de marzo de 1976.
          En la "Carta...", Walsh enumera los crímenes, los secuestros, las torturas y las desapariciones perpetradas por la Junta Militar. Y también desentraña el fin último del llamado "Proceso de Reorganización Nacional": implantar un modelo económico que condena a la miseria al pueblo argentino. La "Carta..." desenmascara a los militares y a los "otros" responsables: los grupos económicos locales, las empresas trasnacionales, el Fondo Monetario Internacional.
          El mismo día que envío la "Carta...", Walsh fue interceptado por un grupo de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Las fuerzas de seguridad desconocían la existencia del texto, pero conocían con certeza la "peligrosidad" de Walsh para el proyecto represivo que encarnaban. El escritor se resistió al secuestro y hasta logró herir a uno de sus captores. Pero el enfrentamiento fue obscenamente desigual: Walsh y su revólver calibre 22 contra un grupo de militares armados hasta los dientes. Lo asesinaron en plena calle. Tenía cincuenta años.
          Martín Grass, detenido en el campo de concentración de la ESMA, dijo haber visto el cuerpo de Walsh tirado en un pasillo de ese centro ilegal de detención. Estaba partido por una ráfaga de ametralladora. Los militares lo exhibieron como un "trofeo de guerra". El cuerpo nunca fue entregado a sus familiares. Desde aquel 25 de marzo integra la lista de los treinta mil desaparecidos argentinos.
          Así terminó el considerado, por gente como David Viñas y Ricardo Piglia, el mejor escritor argentino de todos los tiempos. Podríamos recordarlo como lo hace el poeta Juan Gelman:

Me pregunto qué sería
de la belleza de Rodolfo ahora/
es belleza en vuelo lento
que le iba encendiendo ojos/

si volaría o no volaría
esta vez que nos derrotaron
por soberbios y no arrepentidos/
pero tal vez sí volaría/


o volaría triste triste
corriendo el mundo con la mano
para mostrar los compañeros
que cayeron por la belleza.


("Nota VI", Si dulcemente, Lumen, Barcelona, 1980)

Más información y textos acá.

viernes, marzo 23, 2007

Sopas



"Si he de ser pendejo por ser optimista o por ser escéptico, prefiero serlo por optimista, porque si no... Hay un punto en que el esclavo, si le agarra cariño a las cadenas, y no cree que algún día les va a partir la madre y las va a romper, se queda esclavo toda su pinche vida. No me parece que sea momento para decir no se va a poder hacer nada. Y si se va a poder hacer, va a ser con la más estricta individualidad o con la más estricta colectividad. Ningún punto medio."
Guillermo del Toro

miércoles, marzo 21, 2007

Entre fotogramas


Entre los muchos prejuicios que sobreviven entre los aficionados al cine persiste uno contra el que siempre me he manifestado: que el cine de artes marciales es un subgénero que no debe ser tomado en serio. Esto es, cuando la película se presenta abiertamente como una película de artes marciales. Porque eso sí, si las habilidades acrobáticas se presentan en cintas como Matrix o Kill Bill, la perspectiva cambia: las artes marciales son una herramienta que el director utiliza para hacer más accesible y atractiva su cinta. Pero si el protagonista de la cinta en cartelera es Jackie Chan, Jet Li, Bruce Lee o Bolo Yeung (y no Keanu Reeves, Uma Thurman o Jason Standham) la cosa cambia; tal película es sólo divertimento para adolescentes tardíos que salen aullando de las salas de cine y tratando de romper a karatazos los mingitorios del cine. Nunca hay una lectura que vaya más allá de esa visión simplista y simplificadora que las industrias cinematográficas de China, Hong Kong, Corea y, en algunos casos, el propio Japón ha producido. Cuestión que pasa, indefectiblemente, o por la cuestión de la búsqueda interior (con todo el estereotipo que se ha creado de la filosofía oriental, que de tan obvia es inmensamente profunda), o por el más interesante de la construcción de la identidad nacional.
          Lo mencionado al último tiene que ver con la película de Ronny Yu, El duelo (Huo Yuan Jia / Fearless, EU/China/Hong Kong, 2006), que pasa sin pena ni gloria por las carteleras de cine. La película se anuncia como “la obra del coreógrafo de las maravillosas Matrix y Kill Bill” o como dice el que hace la crítica de dos renglones de La Jornada: “Bien fotografiada, pero monótona exhibición de artes marciales. Sólo para aficionados al moretón”. El duelo narra la vida de Huo Yuan-jia (Jet Li), fundador de la Federación Deportiva Jingwu y héroe nacional chino que a principios del siglo veinte restauró el honor de su patria venciendo contrincantes extranjeros en un momento de la historia en el que China empezaba a ver la opresión por parte de "invasores" europeos. La cinta aborda las excelentemente bien filmadas batallas que un hombre libra en una historia que va de la fantasía infantil, a la soberbia de la madurez, a la pasión del crecimiento, la expiación de la culpa y la toma de conciencia de que hay cosas más importantes que el sí mismo, tan llevado como valor único por la visión de mundo de Occidente.
          Pero más que una película sobre un hombre, El duelo pone énfasis en la cuestión del orgullo nacional y el papel que los países colonialistas de principios del siglo XX llevaron a cabo en el lejano Oriente. El prólogo (que podría quedarse en la anécdota de buenas peleas al más puro estilo The Quest con un Jean Claude Van Damme eternamente sobreactuado) se vuelve un prefacio para mostrar lo que de contenido profundo, oculto, “entre fotogramas”, hay en esa historia anodina y “para aficionados del moretón”; el epílogo es una recuperación del sentimiento romántico que recupera algo que hoy en día parece encontrarse en una crisis eterna: la cultura nacional (algo que ya Héroe (China, Zhang Yimou, 2002) había realizado con anterioridad). Se presenta a Occidente (en específico a los ingleses, franceses, norteamericanos y, villanos traidores, japoneses) como la causa del declive chino y de la pérdida del significado de conceptos como el honor, la amistad, la percepción del mundo como la enorme habitación compartida. El diálogo entre Huo Yuanjia (Jet Li) y Anno Tanaka (Shido Nakamura), como representantes de una tradición que se opone a Occidente mientras toman una taza de té y hablan más que de bebidas de seres humanos, es una de las escenas mejor logradas (y sin ningún madrazo de por medio). El final, más allá de lo hiperbólico que pueda resultar los efectos especiales y de maquillaje del cine chino, es entrañable. Una película que muestra un orgullo que va más allá de los madrazos y de la producción en serie. Se mete con elementos, hoy pasados de moda, pero que desnudan algo de eso que todavía algunos nos atrevemos a llamar “humanidad”.