viernes, junio 29, 2012

Tic-tac...


Cuando era niña, Lucy imaginaba que, detrás de los aparatos electrónicos, había diminutos seres que los hacían andar. Así, creía que dentro de las bocinas de la consola de su padre había una diminuta orquesta que interpretaba la música que salía por los altavoces. También creía que esos mismos seres, al día siguiente, daban las noticias y actuaban la radionovela. Algunas veces intentó ver hacia adentro de las prodigiosas máquinas y sólo atinó a llenarse de polvo los ojos o a comprobar la cerrada oscuridad de los abismos de los bafles. Con la televisión le ocurría algo similar: estaba convencida de que las imágenes que aparecían en la pantalla correspondían a los seres que habitaban en alcobas y camerinos dentro del cinescopio. Le maravillaba creer que en ese cajón cabían no sólo los pequeños seres sino también aviones, autos, edificios y ciudades enteras construidas en la misma escala que los habitantes de la cajita luminosa.
      Después creció y tal idea se desvaneció de su serie de explicaciones acerca de cómo funcionaba el mundo. En una realidad en donde había cosas más interesantes como los muchachos, los libros, los viajes y las fiestas, un recuerdo de esa naturaleza estaba destinado al olvido. Alguna vez tuvo un dèja vu al ver la película Tron, pero el recuerdo continuó en el abandono. Aparte era más complejo, y ocioso, hay que decirlo, pensar en las maravillas arquitectónicas necesarias para que ciudades minúsculas echaran a andar aparatos como los iPods, las computadoras y demás parafernalia tecnológica.
      Pero un día, Lucy compró un despertador. Era una tienda de remate de empeños. El despertador simulaba una pequeña cabaña de los Alpes suizos o de alguna otra cordillera nevada. El sonido era de campanas, semejante a las de las iglesias, que aumentaban su volumen mientras el usuario no lo detuviera. Era un mecanismo ingenioso que, aparte, no dependía ni de baterías ni de energía externa alguna. Bastaba con dar cuerda a los resortes de la maquinaria interna para que, en la hora predispuesta, el despertador realizara su función.
      Y he aquí que un día, el despertador no funcionó. Lucy despertó cuando el sol ya había rebasado la línea del mediodía y asistir al trabajo era un despropósito. Volteó a ver el despertador que, enmudecido, parecía sonreír con malicia. No se escuchaba el tic-tac de la maquinaria interna. Lucy se llevó una de las manos a la frente y entonces recordó que la noche anterior no había dado cuerda a la máquina. Se sentó en el borde de la cama y, cuando iba a levantar el aparato, creyó escuchar los sonidos de una respiración acompasada. Puso atención. Ahora sí no le cabía duda alguna: dentro del despertados algo respiraba.
      Fue a la cocina a buscar algo para abrir el despertador. Regresó con un cuchillo de cubertería. Hizo palanca en una división que marcaba, justo, el techo de la diminuta cabaña. El techo cedió y entonces el sonido de la respiración fue nítido. Pudo ver a un hombre diminuto sobre una cama en proporción que dormía plácidamente. Su pequeño pecho subía y bajaba con regularidad cronométrica.
      Entonces Lucy recordó sus ideas de infancia y se estremeció. No supo qué hacer. En determinado momento, incluso, pensó que estaba soñando y que lo visto no podía ser real. Pero no. Por la ventana se colaban las voces de los vecinos, los claxons de los autos, la campana del camión recolector de la basura.
      Volvió a mirar al hombrecito. Su rostro reflejaba una paz que ella siempre había anhelado en su vida. Era muy probable que el pequeño ser tampoco supiera de la existencia de ella. Y decidió dejar todo como si no hubiera ocurrido. Le dio vuelta a la palanca de la cuerda del reloj y, al terminar, pudo escuchar como el ritmo del tic-tac era el mismo que la respiración del durmiente. Todavía pudo ver, al cerrar nuevamente la tapa del despertador, cómo se iluminaba ésta por dentro con reflejos que podían pasar por estrellas, lunas y cometas. Una noche entera para un solo ser.
      Regresó a la cama y decidió volver a dormir. Despertó al día siguiente, cuando el sonido de las campanas le anunció que era hora de echar a andar el mundo. Un mundo por completo renovado.

miércoles, junio 27, 2012

Padre Nuestro que estás en los huevos... de alien


El mito de Prometeo plantea la idea de un titán que se rebela ante los designios de los dioses, en específico de Zeus, en beneficio de los hombres. Roba el fuego del carro de Helios y lo entrega a los humanos después de que el padre de los dioses se los arrebató como venganza por un engaño relacionado con las ganancias de un holocausto. Por estas mañas, Prometeo es condenado a vivir eternamente atado a una roca del Cáucaso mientras las aves de rapiña le devoran las entrañas que milagrosamente retoñan para perpetuar su sufrimiento.
      En interpretaciones posteriores, Prometeo es considerado como el dios que convirtió al hombre en tal, es decir, que el fuego (“esa flor civilizadora” en la versión de Alfonso Reyes), como metáfora del conocimiento, convirtió al hombre en alguien que podía cuestionar y acercarse a los dioses.
      Esta es probablemente la premisa de la que parte Prometheus (EU, Ridley Scott, 2012). Una odisea espacial que rinde parcial homenaje a los ambientes asépticos que Stanley Kubrick usó como escenario para su 2001 (1968), y que intenta bucear, también, en cuestiones metafísicas, pero que naufraga al transformarse en un blockbuster en absoluto predecible.


Nos encontramos ante una cinta que plantea la existencia de la vida en la Tierra como el designio de una especie extraterrestre superior. La cinta inicia con una secuencia en la cual vemos a uno de estos humanoides extraterrestres inmolarse en una cascada de aguas turbulentas para permitir que la vida “se abra paso” a través del tiempo y de la evolución. Para los que afirman que la cinta reafirma la postura creacionista y niega las teorías darwinianas cabría reparar en el hecho de que lo planteado en la cinta, más bien, reafirma las ideas evolucionistas con una acotación: la vida vino de fuera de nuestro planeta.
      A finales del siglo XXI, una nave tripulada (la Prometheus del título) vaga por el espacio en búsqueda de esa civilización que se supone dio origen a la vida en nuestro planeta. En la tripulación caben todos: androides con complejo de Pinocho, científicos que se aferran a sus crucifijos, operadores calenturientos, locos de atar, narcisistas insufribles y una comandante de misión en uniforme ajustado y brillante. Lo que anima el viaje y la historia misma radica en la posibilidad de preguntar de manera directa a los “ingenieros” de la vida humana el propósito de su creación. O es al menos el pretexto. 
 
Los silbidos, ¿se escucharán en el espacio?

Como en toda buena cinta palomera que se respete, aparece pronto el verdadero motivo del viaje: el financiador de la travesía busca la vida eterna; su decadente humanidad aparece hacia la mitad de la película pidiendo hablar con sus creadores para solicitar la gracia de la longevidad ilimitada. Como buen villano, recibe su cometido y es escarmentado.
      A todo esto, lo que parecía un templo extraterrestre resulta una nave espacial que se dirigía a la Tierra con un cargamento de bombas biológicas destinadas a terminar con la vida. Y la pregunta muda de sentido, ya no es la búsqueda del porqué de la creación sino el porqué de la intención de exterminio. Los ingenieros se dirigían a la Tierra a poner el marcha el Apocalipsis en forma de huevos de alien cuando una providencial tragedia a bordo los extermina. Adivinaron: su propia creación se vuelve contra ellos. El arsenal, en forma de gigantesca incubadora de aliens, ha acusado una fuga que se tradujo en determinado momento en cuestión mortal y en la razón de la muerte de los tripulantes de la nave de los “ingenieros”. 
 
La nueva versión de Ripley, justo después de una "alien-extracción".

A pesar de plantear una mitología distinta con respecto de su referente inmediato, Alien (Scott, 1979), el director no se resiste a plantear algunos motivos que aparecían en las cintas precedentes/consecuentes: una protagonista con capacidades sobrehumanas que tiene, al mismo tiempo, la capacidad de recuperarse de una cirugía mayor en unos cuantos segundos y tener sentimientos relacionados con el instinto maternal: una reinterpretación matizada de la teniente Ripley de Jean Pierre Jeunet en Alien: Resurrection (1997) que no llega a los delirios de la versión del francés; una recurrencia a los motivos de los androides y sus maneras de mimetizarse en un mundo de humanos, cuestión abordada por demás en toda la serie del octavo pasajero y, de manera específica, en Blade Runner (1982) del mismo Scott; los motivos ocultos y egoístas de las corporaciones; entre otros. 
 
El ingeniero inmolado, antes de echarse el drink desintegrador. 

Lo que parecía un alegato en favor de una tesis nada descabellada (el origen extraterrestre de la vida) muda en una cinta de entretenimiento con todo y explosión espectacular final. Los resultados obtenidos por la película traicionan por igual las expectativas del espectador aficionado a la ciencia ficción como del fanático incondicional de la serie.
      El mejor consejo sería ése: vaya a verla despojado de expectativas. O se verá bostezando como alien a la mitad de la película.

martes, junio 26, 2012

Mi voto no es secreto


La mañana del jueves 7 de julio de 1988 madrugué. Era el día en que ayudaba a mi padre a llevar su mercancía al mercado municipal, donde vendíamos al mayoreo los productos agrícolas que se habían recolectado durante la semana. Eran tiempos de ciruelas, aguacates, duraznos y los primeros higos. La razón de madrugar no fue, precisamente, ayudar a mi padre. Lo hice para escuchar la radio. Una radio de transistores que tenía en mi cuarto, que había visto mejores tiempos y que sólo captaba señales de AM. A mis once años esperaba escuchar una noticia que tenía que ver con las elecciones federales: la caída del PRI y el triunfo del Frente Democrático Nacional que lideraba el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas. La noticia no llegó. Fue un jueves triste. Más allá de que la venta no fue especialmente lucrativa (rara vez lo era), el ambiente que se respiraba era de derrota. El país había sido vencido por un sistema que se negó a abandonar el poder y que entró en la etapa más cruenta en términos de política económica. Entre 1988 y 2000 el país estuvo entre los países que remataron su propiedad pública a fin de unirse al mundo globalizado. También fueron los años del enriquecimiento ilícito, de la impunidad rampante, del cinismo elevado a rango de virtud (el famoso “más vale ser un pobre político que un político pobre” del patriarca Hank), de la pauperización acelerada, del exterminio de la clase media.
      Todo eso permitió que en el 2000 los ánimos estuvieran a punto para permitir la alternancia partidista. El depositario de tal encomienda: un político-empresario-disfrazado-de-ranchero que pretendía hacernos creer que provenir del mundo rural era sinónimo de honestidad y, también, de ignorancia orgullosa (algo así como “soy bueno porque no me gusta leer”, o la máxima del cine mexicano de la época de oro en su vertiente urbano marginal: “soy pobre pero honrado”). El gobierno de Vicente Fox fue un circo que refrendó la necesidad de pensar en un gobierno que tuviera, ante todo, integridad y capacidad para llevar a cabo las tareas que las diversas secretarías invocaban. En términos de libertades ciudadanas hubo tímidos avances (sobre todo en lo relativo a la libertad de expresión donde, incluso, los programas de la hoy cuestionada Televisa se permitieron hacer mofa de los tics del presidente), aunque otras fueron remitidas por la ideología retrógrada del partido que representaba (derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los indígenas). Visto a la distancia, el periodo de Fox no puede concebirse sino como una traición a la esperanza (jodido sentimiento) que los ciudadanos que le dieron su voto depositaron en él.
      La decepción se vio reflejada en 2006 cuando, y vía un fraude (no se puede calificar de otra manera un proceso electoral en el que elementos como la imparcialidad del IFE, la intervención descarada del Presidente saliente, la guerra sucia en contra de un candidato ajeno a sus intereses...), el PAN se vio obligado a asaltar el poder y a tratar de legitimarse por medio de la sangre. Más de 60 000 mexicanos (ciudadanos algunos, muchos sin la edad para ser considerados como tales) han sido las víctimas de esta “guerra contra el crimen” que no ha rendido los frutos que se habían previsto y que ha convertido a todo el país (incluso espacios para población privilegiada como el Aeropuerto Internacional) en terreno minado y en ciudadanos atemorizados por los excesos tanto de las células criminales como de las fuerzas del orden. Felipe Calderón no obtuvo la legitimación que buscaba y pasará a la historia como un presidente gris cuya administración está salpicada de sangre y de caos.
      Todo esto traemos hasta 2012. Año de elecciones. Y la posibilidad de elegir entre cuatro propuestas que, aparte de carentes de calidad en términos personales, reflejan el estado en el cual la clase política ha quedado a lo largo de los años.
Por un lado, el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, un producto higiénico y empaquetado al gusto del consumidor promedio de basura televisiva. Representa el clientelismo, la explotación de la ignorancia marginal, el enriquecimiento ilícito, la impunidad en todos los niveles, la tentación represora, los compromisos que atan su proyecto desde antes de asumir cargo alguno, la vida privilegiada de una clase alta para nada ilustrada, la expresión del desprecio clasista y racista de sus afectos más cercanos (su hija y su esposa). Un representante de todo aquello que nos convirtió en la dictadura perfecta (Vargas Llosa dixit): un país en donde la posibilidad de disentir estaba condicionada por la conciencia de ser reprimido por el sólo hecho de atreverse a levantar la voz; donde la posibilidad de crecimiento profesional o laboral estaba condicionado por la cercanía con el poder; donde los puestos no se ganan, se subastan (véanse si no los métodos de acceso prevalecientes en el magisterio nacional).
      En otro extremo, el candidato de Nueva Alianza, Gabriel Quadri. Un, como le gusta llamarse a él, académico. Un hombre con capacidades retóricas sobresalientes, con ideas acordes con el pensamiento liberal en boga en el mundo occidental. Pensamiento liberal no sólo en términos de libertades ciudadanas (derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, despenalización de las drogas, despenalización del aborto) sino también en términos de libertades económicas (dejar todo en manos del mercado, que ya la mano invisible se encargará de repartir la riqueza). Hay detrás de Quadri, sin embargo, la sombra del negocio familiar-gremial de Elba Esther Gordillo, la vitalicia (estatutos por delante) dirigente del sindicato más poderoso del país. Intereses económicos con los grandes capitales, de continuidad con el modelo de degradación de la calidad educativa, de alianzas incuestionables con el círculo del poder, de medidas cosméticas para problemas reales (hacer productiva la pobreza por medio de capacitación empresarial), de desconocimiento de la diversidad cultural del país (no todo es el Eje Polanco-Santa Fe-Condesa). En fin, una opción que no es opción. Una marioneta que sirve de comparsa para restar votantes dentro del espectro de los progres más impresionables y que, en la fragmentación de una realidad compleja, creen hallar soluciones a sus preocupaciones inmediatas disfrazadas de preocupaciones colectivas.
      Josefina Vázquez Mota, la candidata del PAN, arrastra tras de sí las experiencias de la incapacidad operativa del gobierno de Fox y del baño de sangre del sexenio calderonista. Resulta sintomático, por ejemplo, la manera en cómo personajes sobresalientes de su partido le han ido retirando apoyos en la previsión de cuidarse las espaldas o de deslindarse del autoritarismo que su partido ejerce desde el Ejecutivo. Su postura de continuar con los mismos métodos de combate al crimen augura resultados similares a los de este periodo; los saldos de continuar por ese camino estarán signados, entonces, por más familias enlutadas y comunidades secuestradas. Hay también la sensación de una constante improvisación a lo largo de su campaña, de acomodarse según las encuestas o la corriente de la opinión pública se lo demanden; de continuar la tradición de la guerra sucia como forma de comprensión de la política, de asumirse virtuosa al poner en evidencia los defectos de los demás. De pedir el voto femenino sólo por ser mujer, aunque no sea clara en la defensa de los derechos de esas mujeres. Nunca he simpatizado con la plataforma ideológica del PAN, no voté a Fox, menos a Calderón; y no pienso hacerlo en este punto del camino.
      Por último está Andrés Manuel López Obrador, un orador deficiente, un hombre desesperante al que se acusa de populista sin tener a ciencia cierta certeza sobre lo que tal concepto contiene, un político que carga sobre sus hombros el hecho de haber encabezado una resistencia pacífica en contra de lo que él consideró un fraude monumental (a diferencia de Cárdenas, por ejemplo, cuya reacción al fraude del '88 fue mesurada y olvidable). A mí me desesperan las formas de López Obrador. Su lentitud de expresión. Su manera de revolcar las ideas hasta hacerlas casi incomprensibles. Esas referencias constantes a conceptos propios de la retórica nacionalista que, en muchas ocasiones, sólo sirven para generar entusiasmo pero no para confrontar problemas reales: la idea de pueblo, de patria, de esperanza y demás (el equivalente al “¡Viva México, cabrones” de los conciertos de rock). Sin embargo, le reconozco capacidades que quedaron patentes en su gobierno al frente de la ciudad de México: nunca en toda su historia se había hecho tal inversión social en beneficio de las clases más desfavorecidas, ni siquiera durante las jefaturas de izquierda precedentes. Un énfasis en distribuir fondos públicos a través de construcción de infraestructura educativa (preparatorias, universidad), deportiva (reacondicionamiento de espacios públicos, parques, construcción de albercas), médica (hospitales, módulos itinerantes), de subsidios directos (desempleo, madres solteras, ancianos, discapacitados). No proviene de la nada el apoyo popular y el reconocimiento de honestidad a su gestión. En lo personal, no estoy de acuerdo en cómo funcionan algunos de esos mecanismos de atención social (las becas educativas sobre todo), pero el caso es que existen, que no son compromisos huecos de campaña. Y, sobre todo, que se han construido los elementos legales para darle continuidad a esas cuestiones que en otros casos sirven para reforzar el clientelismo electoral. Me atraen sobre todo tres aspectos de su plan de gobierno: la idea de revocamiento de mandato, la política social como alternativa en la lucha contra el crimen y la reducción de sueldos desproporcionados a los funcionarios federales. Me atrae también la inclusión en su gabinete de personas que han demostrado capacidad en las tareas que se les han encomendado (los casos de Juan Ramón de la Fuente en Educación, Marcelo Ebrard en Gobernación y de Cuauhtémoc Cárdenas al frente de PEMEX); aunque otros no me entusiasmen tanto (“Elenita” Poniatowska en Cultura y René Drucker en Ciencia, Tecnología e Innovación, p. e.).
      Como comentábamos con un compañero de debates: esta elección pasará a la historia como la elección en la que se votará por el menos peor. Pero también como la elección en la cual gran parte de la ciudadanía levantó su voz en contra de cuestiones evidentes e injustas como la falta de equidad informativa y la petición de réplica con respecto de los asuntos de interés nacional. Es la elección, también, de la participación juvenil, de la toma de conciencia de una generación que comprendió que las decisiones privadas inciden sobre la cosa pública. Esa es una ganancia mucho más valiosa que la que prometa o realice cualquiera de los candidatos electos.
      A todo esto, yo iré por Andrés Manuel López Obrador. Y, en caso de ser electo, estaré listo para vigilar y criticar las acciones que lleve a cabo. Porque en estas elecciones es algo que estamos en camino de aprender. Y a todo aprendizaje le llega el momento de ser evaluado.

lunes, junio 25, 2012

Los besos que me diste, mi amor...


Durante los años noventa la discusión interminable acerca de la existencia o inexistencia del llamado “rock mexicano” trajo consigo en uno de sus exabruptos la declaración de que el rock mexicano se estaba haciendo en los Estados Unidos, y que los responsables de esto eran Los Lobos. Para ese momento, los músicos angelinos ya habían alcanzado la celebridad a partir de su participación en La Bamba (1987), la película dirigida por Luis Valdez sobre la fugaz vida musical de Ricardo Valenzuela (Ritchie Valens). 
 
La Bamba, la película que los lanzó a la fama.
 En el soundtrack de la cinta, Los Lobos ya habían mostrado lo versátiles que podían ser. Esa mezcla de estilos que recorre un espectro amplísimo: del rockabilly al cajún, de los sones jarochos al swing, del blues al bolero ranchero. Hay detrás de toda su propuesta, sin embargo, una constante que los pone aparte de todos los grupos a los que se encajona como “música americana” producto del mestizaje de las tradiciones que reconocen como influencia en su trabajo: una raíz profunda en la música mexicana, desasida por completo de temporalidades o contextos de época. 

 La banda en un recital en la Casa Blanca (13 de octubre de 2009). 
Es la música de Los Lobos música sin más adjetivos. Uno puede escuchar su versión de “La Bamba”, p. e., y no detenerse a pensar en la época en que fue escrita o grabada. Esa sensación de intemporalidad está más que presente en el que es, probablemente, su disco “más mexicano”: La pistola y el corazón (Slash Records/ Warner, 1987).
     Grabado en 1988, sus 9 tracks y poco más de 25 minutos son suficientes para crear un ambiente que se escapa de la escenografía folklórica que rodea a muchas producciones de música “nacionalista”, y para insertarlo en la discografía de un grupo que no puede ser clasificado fácilmente. Está fuera del tiempo, a pesar de que refiere a imágenes asociadas con la identidad mexicana de diversas formas: la nostalgia por el universo rural, la odisea de la migración, la sobrevivencia en la barra de la cantina, la vida amorosa en lejanía...
 El tema que da título al disco, mi preferida.
Así que, para iniciar la semana con la expresión de emociones que van de la nostalgia y la melancolía más pura hasta la euforia y la fiesta desbordada, no estaría de más echarle oído a estos músicos y, en especial, a este disco.
 
Tracks:
  1. La Guacamaya – 2:05
  2. Las Amarillas – 3:04
  3. Si Yo Quisiera – 2:42
  4. (Sonajas) Mañanitas Michoacanas – 2:23
  5. Estoy Sentado Aquí – 2:28
  6. El Gusto – 2:58
  7. Que Nadie Sepa Mi Sufrir – 2:30
  8. El Canelo – 3:27
  9. La Pistola y El Corazón – 3:27

viernes, junio 22, 2012

El instante (fragmento)


Dos semanas después del receso de Semana Santa, el candidato se presentó en una de las ciudades fronterizas más importantes del país. En ese lugar el discurso no había cambiado significativamente con respecto a lo ocurrido en ocasiones anteriores. Me estaba cansando de repetir la misma crónica todos los días sin que variara un ápice la estructura o el contenido de los eventos partidistas. Lo que era sorprendente en esa ocasión era la cantidad de gente que había concurrido. Tratándose, como se trataba, de un acto partidista en una colonia marginada (eufemismo utilizado generalmente para no decir jodida o miserable) la cantidad de personas era considerable. Los operadores del partido estaban haciendo muy bien su labor.
      Tenía varios días pensando acerca de muchas cosas. Mi mente se había convertido en una suerte de galimatías en el que a las ideas les daba por mezclarse entre ellas y hacer de las suyas. Pensaba en Malena, quien al irse aquella mañana había dejado un vacío inmenso en alguna parte de mi vida. No sabía exactamente dónde, pero sí tenía la seguridad y el entendimiento de que algo me faltaba. Pensaba en Basilio Kozak. Era obvio que no había creído la versión oficial del suicidio. Algo muy oscuro se ocultaba tras la muerte del argentino. Alguien que había descubierto y asumido su vocación por la muerte de los que no eran él, no podría haber sentido la supuesta culpa que lo orilló a quitarse la vida. "Muerto el perro se acabó la rabia", era una forma bastante frecuente de pensar para la policía, lo que quería decir: si se extinguió el objeto criminal ya no hay ningún crimen que perseguir.
      Pensaba en Pedro y su padre. En cómo era posible que dos hijos de puta con doctorado en chingarse a los demás pudieran tener la confianza de que se iban a zafar de todas las que debían. Pensaba en Elías, otro hijo de puta que diariamente aprendía a ser feliz creyendo que lo que hacía era la literatura más extraordinaria del mundo. Y en cierto sentido, lo era. Un tipo que creía que la ética tenía que ver más con un sistema de lealtades interesadas que con una verdadera vocación, no podía tener una visión demasiado amplia de las cosas. Elías, cabrón de mierda, créeme que no estás destinado al olvido.
      Pensaba en el Amo de la Trova, mi jefecito del periódico. Destinado a morir de una enfermedad incomprensible pero fatal. En una renuncia a la vida, una claudicación por adelantado. No debe existir mayor desesperación que la de aguardar la muerte de manera consciente. Ver correr el segundero del reloj puesto en la pared sabiendo que cada pulso significa un avance inexorable hacia la propia extinción. Como esas fogatas que dejamos encendidas en las noches durante los campamentos. La leña se consume chisporroteando alegremente, y, al día siguiente, no quedan más que restos que se esfuerzan por sobrevivir, que con cada soplo del viento parecen renacer pero que, al poco tiempo, se ven irremediablemente consumidas. Un montón de cenizas a las que el propio viento que había prometido revivirlas, las arrastraba hacia un destino no calculado.
      Pensaba en el abuelo feliz de poder disfrutar de su vida al lado de su nueva familia. Sin pensar en nada más que en aprovechar el tiempo de la mejor manera. Dispuesto a dejar ganar a sus nietos sin que ello le significara ningún remordimiento. De buzo por la vida con un esnórquel fabricado del material más resistente: la seguridad de que la muerte es algo inevitable. El abuelo. Desde hace dos semanas lo recuerdo con mayor intensidad. No te la doy para que la uses, me había dicho. Pero el metal frío cada vez cosquilleaba más en mis manos. Había sopesado el arma varias veces para acostumbrarme a su forma, para llenarme un poco de la naturaleza metálica con la que estaba hecha. Lo mejor del asunto es que, después de tenerla tanto tiempo entre las manos de repente me había topado con un deseo irrefrenable de utilizarla. De sentir la emoción de jalar del gatillo y volverme al mismo tiempo rayo y trueno, dueño incuestionable del destino ajeno. La traía entre mis cosas desde dos semanas atrás sabiendo que en cualquier momento podría ver satisfecho mi deseo de usarla. De necesitarlo. Tenía la certeza de que en el momento en que emitiera el primer disparo de mi vida, éste tendría que ser necesario, un instante que no cabría en ninguna otra vida ni en ningún otro lugar.
      Ahora mismo, mientras el candidato lanza por los altavoces las últimas palabras de su discurso, la pistola comienza a cobrar vida dentro de mi maleta. Comienza a retorcerse, me llama de mil maneras distintas. Mi mano cosquillea. El candidato baja de la improvisada tarima que representa el templete (o sea, como un lugar de adoración devaluado y no reconocido: un templete). Se junta con la gente. Se deja tocar. Todos gritan. En las bocinas ya no se oye su voz. Una música popular comienza a resonar, el suelo se mueve al ritmo de esa música. Y retiemble en tus centros la tierra.
      Mis colegas se acercan al candidato. Por rutina. Como un ballet ensayado miles de veces. Lo retratan. Le preguntan. El candidato contesta. Alguien lo apura.
      ― Nos queda un evento todavía, licenciado.
     El Licenciado. El Licenciadote. El Elegido. Sigue caminando entre la multitud. En los límites la gente comienza a dispersarse. Como una gota de aceite arrojada a un recipiente de agua caliente. Afinidades electivas. Todos tras sus intereses. La mano me cosquillea. Un mar de gente. El candidato sigue avanzando en medio de la turba. La gente se arremolina alrededor. Le entregan cartas escritas con temor, reverencia, coraje, rabia. Él las toma todas y las pasa a sus asistentes. Viene sonriendo. A pesar del jaleo, a pesar del calor, a pesar de la música horrenda que se escucha por los altavoces. Sonríe. Cada vez está más cerca. Ahora mismo es necesario.
      Este es el instante. Me integro al cortejo del caos. Me mezclo a la carambola múltiple de los cuerpos. Me confundo. Ahora soy Nadie. Nadie, el reportero de Nada. Calmo el cosquilleo de la palma de mi mano. Tengo el arma apretada. La siento latir. Sé cuánto pesa. No sé cómo se escuchará el primer disparo. El candidato sigue caminando, y sonriendo. Está a mi alcance, saco la pistola. A mi lado una señora de mandil comienza a gritar casi en mi oído:
      ― ¡Tiene una pistola! ¡Lo va a matar!
      El instante.
      El arma va directo a un costado del candidato. Aprieto el gatillo. El tiro hace más ruido del que esperaba. Suena como un eco de otro disparo. El candidato se desploma. Se oyen gritos, la gente tropieza, ya sea en la huída o en el intento por acercarse y saber qué ha ocurrido. Caigo. En el suelo siento cómo pasan dos, tres personas, sobre mi cuerpo. Oculto la pistola. Con el sol debe resplandecer más que el mismo astro que ahora nos cocina a fuego lento.
     ― ¡Ya lo agarramos! ¡Aquí está! ¡Fue él! ¡Fue él!
      Me repliego sobre mí mismo en el suelo. Espero lo peor. Lo peor nunca llega. Un policía uniformado me toma por la pretina del pantalón, me levanta casi en vilo. Me mira a la cara, me arroja su aliento fétido. Su aliento de coraje ancestral y torta de milanesa. De repente baja su vista y ve el gafete de prensa. Vuelve a mirarme a la cara y, al final, sólo al final, me suelta. Corre hacia donde un grupo de policías y gorilas profesionales, golpean a un hombre.
      ― ¡En la cabeza no! ¡No le peguen en la cabeza!
      Todos los reporteros corren, los fotógrafos hacen su trabajo. Placas al cadáver, placas al asesino capturado. Yo me quedo plantado en el mismo lugar en donde el policía me ha levantado. La señora que hace unos momentos gritaba en mi oído me está viendo. Le sostengo la mirada. Se santigua y voltea hacia todos lados como calculando cuál será la mejor vía para escapar. Después desaparece de mi vista. Algún piadoso quita la música que hasta ese momento cubría como una nata desagradable todo el lugar. Queda entonces, para mí, el silencio. Ya no hay nada que hacer. Sigo pensando que el disparo hizo más ruido del que debería. Pero ahora no hay más respuestas. Sólo el silencio. Un silencio incómodo que no presagia el vuelo pausado de ningún ángel.
[...]

*Fragmento de la tercera parte, "Silencios incómodos", de mi novela El instante (Premio de Narrativa Joven María Luisa Puga), aún inédita. 

jueves, junio 21, 2012

El mundo es un teatro en el que cada quien representa su papel


La primera vez que leí El mercader de Venecia de William Shakespeare fue en una atípica clase de Teoría social en la Facultad de Ciencias Políticas. El profesor, cuyo nombre se ha perdido en las brumas de la memoria reciente, nos hacía leer en voz alta, diez minutos antes de que terminara cada clase, una escena de la obra. El objetivo que perseguía tenía que ver con cuestiones prácticas: explicar el nacimiento del capitalismo durante el periodo renacentista.
      De esa manera, a partir de la inversión de riesgo que implicaba la aventura mercantil de Antonio y sus barcos en ruta de comercio hacia las Indias y el Oriente, y desde la multiplicación de la plusvalía del crédito representado por la usura llevada a cabo por Shylock es que mi profesor, cuyo nombre he olvidado injustamente, nos enseñaba historia de la economía política. Shakespeare era utilizado como el medio para entender cómo la Edad Media quedaba atrás y la burguesía comenzaba a apoderarse de los medios de producción.
William Shakespeare, según Neil Gaiman.

Esto no es más que una anécdota acerca de cómo llegué a esta maravillosa obra de Shakespeare. Las relecturas posteriores me pusieron ante una obra que es muchas cosas a la vez. Primero, es una historia de amor: la de Bassanio y Porcia; un amor concebido todavía con los parámetros del amor cortés que la Edad Media había convertido en manual de comportamiento con referencia de los hábitos del cortejo de la época.
      Es la historia de la amistad entre Antonio y Bassanio, una amistad que tiene una carga homoerótica propia de la recuperación de los ideales del amor fraterno de los griegos que el Renacimiento impulsó. Antonio está dispuesto a enfrentar la muerte (con ofrenda carnal incluida: una libra de carne de la zona más próxima al corazón) con tal de que Bassanio pueda ser feliz. La idea de un sacrificio crístico interrumpido por la oportuna intervención de una Porcia masculinizada.
Porcia y Nerissa (juez y escribiente), disfrazadas de hombre.

Porque la historia también es la del cuestionamiento de los roles de género en la sociedad de fines del siglo XVI; en donde una mujer no podía tener voz, sin importar la inteligencia o el conocimiento que poseyera, si no era a través de una operación trasvestista en la que el mensaje era claro: el conocimiento era propiedad de los varones, las mujeres debían abstenerse de buscarlo y, más aún, de utilizarlo. Porcia se disfraza de juez, Nerissa de su escribiente, y así consiguen doblegar las intenciones de un acreedor feroz. Por medio de una interpretación ventajosa de la ley, Porcia libra a Antonio de una muerte segura. Sin embargo, lo debe hacer detrás de un disfraz, porque el hecho de que se reconociera su naturaleza femenina detrás de su elocuencia retórica, invalidaría todas las maravillas que la convierten en la protagonista de la historia.
      Ese acreedor feroz es, también, uno de los personajes más atractivos de la obra. Shylock es el judío estereotipado por los prejuicios que aún hoy persisten, pero que tuvieron su origen en esa naciente sociedad mercantil en la cual se prohibía a los descendientes de Abraham tener propiedades. Y que sólo a través de la usura pudieron forjarse un patrimonio en esas épocas oscuras. Es también el padre traicionado por una hija que no sólo atenta contra la riqueza del padre, sino que comete un acto de maldad inmensurable al convertirse al cristianismo con tal de poder realizar su amor con Lorenzo, su pretendiente. Es difícil, desde la perspectiva actual, pensar en Shylock como el villano estereotipado que encarna al mal; representa, en cambio, la humanidad de un personaje al que se le escatiman virtudes y se exageran defectos. Shylock defiende, con las herramientas que tiene a la mano, lo que considera un acto de justicia. Una justicia que se alimenta de la sed de venganza alimentada, sobre todo, por el rapto/huída de su hija, más que por el resentimiento hacia Antonio.
      Sin duda, es uno de los trabajos más valiosos del bardo inglés. Y de lectura más que obligada.
The Merchant of Venice 
(versión cinematográfica de la obra de Shakespeare,
EU, Michael Radford, 2004).
[Un fragmento:
Salarino: De seguro que si [Antonio] no cumple el contrato, no por eso te has de quedar con su carne. ¿Para qué te sirve?
Shylock: Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millón: él se ha reído de mis ganancias y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y mi linaje, ha dado calor a mis enemigos y ha desalentado a mis amigos. Y todo ¿por qué? Porque soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene manos ni órganos ni alma, ni sentido ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican, ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demás somos tan semejantes, ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano, ¿no se venga éste, a pesar de su cristiana caridad? Y si un cristiano ofende a un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no supero a mis maestros.].

William Shakespeare, El mercader de Venecia, muchas, muchas ediciones.
Lo pueden leer gratis aquí.

miércoles, junio 20, 2012

Des-control a distancia


Surrogates (EU, Jonathan Mostow, 2009).
En la casa de mi infancia teníamos una tele a la que había que cambiarle de canal haciendo girar una perilla que “tronaba” cada vez que sintonizaba una frecuencia distinta. Después llegó el primer aparato con control remoto y, desde entonces, nada fue igual. Creo que no es exagerado decir que esa posibilidad de ejercer el mando a distancia ha sido una de las cosas que más han modificado nuestras costumbres y formas de relacionarlos con el mundo y, de manera más reciente, con la tecnología. Puertas automáticas, monitoreo a distancia, brazos robóticos y demás artefactos han facilitado nuestra vida al permitirnos el ejercicio de actividades con un mínimo de esfuerzo.
 El cartel de la cinta.
Imagine un mundo en el cual incluso sus tareas cotidianas, como ir al trabajo o relacionarse con otras personas, las puede hacer por control remoto. Que todos los días puede levantarse completamente fodongo, dirigirse a la cocina a hacerse un café y después, sin prisas, conectar una red neuronal que le permita operar a distancia a un “sustituto”. El sustituto en cuestión es un robot que aparenta la presencia de la persona en el mundo real. Es decir un avatar tridimensional que realiza las tareas que tiene asignadas su controlador, pero reduciendo el riesgo de accidentes de manera importante. De hecho, usted ha decidido usar a este sustituto por varias razones: primero, porque es más bonito que usted, haga de cuenta la foto fotoshopeada que tiene en su perfil de Facebook; segundo, porque los riesgos físicos asociados a la violencia o la muerte se reducen al estar expuesto, en el mundo real, sólo el sustituto; tercero, porque la relación con los demás es más fácil si están convencidos de que el sustituto es más agradable, confiable y predecible que su operador humano.
El cómic en que se basa la peli.
Esta es la premisa de la que parte Surrogates (EU, Jonathan Mostow, 2009), una cinta basada en el cómic que realizaronRobert Venditti y Bret Wendele. En esta podemos ver la lucha que el investigador del FBI encarnado por Bruce Willis tiene que llevar a cabo después de que un asesinato pone en peligro a la casi totalidad de los humanos que utilizan un sustituto. El asesinato accidental del hijo del creador de los sustitutos es asesinado a control remoto, con un arma desarrollada con tecnología militar que extermina tanto al avatar como al operador, esto es, un asesinato a distancia. El padre decide vengarse y para ello utiliza todas las armas que tiene a su alcance, esto es, el conocimiento tecnológico y la capacidad de dominio sobre sus creaciones.
      Hay, como en muchas películas de ciencia ficción, la presencia de los apocalípticos que se resisten a esa tecnología liderados por un Profeta (personaje interpretado por Ving Rhames) en cuya construcción salen a relucir los miedos de la sociedad norteamericana promedio: el fundamentalismos religioso (el profeta considera antinaturales a los sustitutos cibernéticos), la revuelta popular (los anti-sustitutos se encuentran confinados a una especie de gueto y se declaran en rebeldía contra el resto del mundo mediatizado), el prejuicio racial (el Profeta no solamente es negro, sino que cumple con el tipo de musulmán terrorista) y la posibilidad de que la causa acaudillada sea traicionada (esto es importante en la trama por lo que no les echaré a perder parte del desenlace).
El Profeta.
Es una cinta mediana que, sin embargo, nos hace reflexionar en cuestiones como la manera en que la privacidad y la relación con los demás se ha modificado. Por ejemplo, en pensar cómo las redes sociales se han convertido en un medio que nos permite crear vínculos con las personas sin conocerlas realmente; sin haber tenido nunca un contacto real con esas personas. En la cinta esta cuestión es presentada como una despersonalización (y deshumanización en términos más profundos) de la esposa del protagonista que, angustiada por la muerte de un hijo, decide aislarse por completo del mundo y convertirse en una sombra, en un fantasma que finge tener una vida normal. ¿Qué tanto hemos llegado a ese extremo? ¿La tecnología amenaza o transforma nuestra forma de relacionarnos con los demás o, solamente, transforma la dinámica y los medios de esa relación? ¿Qué tan atractiva es la simulación en un mundo que se rige por la apariencia y la ausencia de vínculos afectivos que amenacen el “éxito” de las personas?
      Como extra, se puede ver totalmente madreado y decadente al Willis, al más puro estilo John McClane. Digo, si lo demás no les entusiasma. 
 

martes, junio 19, 2012

La revolución no está musicalizada

Una de las cosas que más ha llamado la atención en el desarrollo de las recientes manifestaciones colectivas de protesta en el margen del proceso electoral que se está llevando a cabo en México, tiene que ver con los referentes musicales que se utilizan. Lo primero que se le ocurrió a un buen número de usuarios de las redes sociales al mirarse la capacidad de reacción de los estudiantes en el denominado movimiento #YoSoy132 fue postear “Me gustan los estudiantes” de Violeta Parra o alguna canción del denominado Canto Nuevo.
“Me gustan los estudiantes” de Violeta Parra en voz de Mercedes Sosa (1971).
El Canto Nuevo Latinoamericano fue una corriente musical de fuerte influencia durante los años de la euforia por la revolución cubana y la tradición de resistencia en contra de las diversas dictaduras militares que se dieron en cascada en la América Latina de los años setentas. Sus características variaban de país en país, pero entre sus elementos figuraban la recuperación de elementos de identidad nacional relacionado con la música (los folkloristas, en alguna de sus vertientes). El modelo más aventajado en ese sentido, porque lograba integrar elementos nacionalista-regionalistas y, al mismo tiempo, proponer una forma distinta de concebir a la música como parte de la militancia política de izquierda fue la Trova Cubana, que tuvo entre sus adalides a Pablo Milanés y, sobre todo, a Silvio Rodríguez.
Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en un concierto en Argentina en 1984, 
en la primavera del retorno a la democracia.
La sombra de esos referentes que incluye a compositores como Víctor Jara, Óscar Chávez y demás cantautores que sólo necesitaban una guitarra para expresarse, creó una escuela en donde la canción de protesta se asociaba a esa imagen del cantante marginalizado por su ideología y cuyas letras hablaban de injusticias sociales y posibles utopías. El modelo no se cuestionó durante mucho tiempo, creando inclusive parodias que fueron celebradas a partir de la conciencia de que tal modelo se había agotado.
“El valor de la unidad” de Les Luthiers, 
una parodia de la canción de protesta latinoamericana. 
Resulta paradójico entonces que una de las críticas más consistentes en referencia a este tema provenga de uno de los compositores que reproducía, en cierto sentido, la influencia de la trova cubana. Fernando Delgadillo en “De la canción de protesta” hace una crítica a los que critican la decadencia de la denominada canción de protesta. La conclusión de la letra reafirma la necesidad de contar con manifestaciones de crítica social dentro de la música popular. Sin embargo, los argumentos esgrimidos en este sentido se convierten también en argumentos en contra de lo que finalmente defiende.
“De la canción de protesta” de Fernando Delgadillo (1998).
Dentro de ese espectro aparece, en determinado momento, el rock como una de las maneras en las cuales la cultura de masas reconoce un espejo en el cual, dada las dinámicas sociales, era más fácil reconocerse. La recuperación de la memoria de las atrocidades realizadas durante las dictaduras militares marcaban, por ejemplo, esas tendencias hacia una crítica socio-política que se afincaba en la necesidad de la memoria.
“Los dinosaurios” de Charly García
 (escrita en 1983, en un recital de 1995).
Diversos movimientos sociales en los años noventas (levantamiento del EZLN [véase el disco Juntos por Chiapas de 1997], juicio a las juntas militares, movimientos en defensa de grupos de migrantes, defensa de los derechos humanos) supuso una reactivación de los temas que tenían un contenido político innegable. A la par aparecían grupos cuyos temas llegaban, vía la industria tradicional discográfica (la utopía de los archivos compartidos por internet resultaba un tanto lejana), incluían en sus discos melodías que hacían referencia a esa aparente movilidad que se vivía entre los jóvenes de esos agitados y complicados años noventas. Fabulosos Cadillacs, Mano Negra, Kortatu, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Divididos, Los Pericos, Illya Kuryaki & The Valderramas, Resorte, Santa Sabina, Aterciopelados, Fito Páez, el eterno Charly, Molotov. De hecho, una de las canciones más representativas en los tiempos actuales surge de aquellos en apariencia tumultuosos años: “Gimme the Power” de Molotov.
“Gimme the Power” de Molotov (1997).
De tal manera, tenemos que las referencias musicales de la revuelta colectiva siguen mirando a las canciones de los años sesentas y setentas, y de manera desconfiada a los noventas. Convendría preguntarse el porqué de esta situación. ¿Cuáles son los elementos que no han permitido la aparición de una épica de identidad musical de las juventudes posteriores a esos años? ¿Tendrá que ver con la explosión de contenidos? ¿Con la idea de que lo alternativo y lo diverso se oponen a la supuesta homogeneidad representada por los himnos? ¿Con que el discurso político fue repudiado por una juventud nihilista que pedía más evasión que realidad? ¿Cómo explicar entonces que esa juventud, con las etiquetas indie, hipster y demás colgadas son las que han salido a manifestarse en estos días recientes? ¿Son necesarios esos himnos, esa sensación de unidad bajo un discurso musical en el cual la mayoría de los manifestantes se identifica? ¿O simplemente no es necesario?
“Love” una de las canciones más exitosas de Zoé. 
El nombre del grupo dio lugar a un artículo polémico que abordaba
 la despolitización de la juventud contemporánea.
Cosas que me llaman la atención es que, por ejemplo, puede darse una combinación de épocas e intenciones políticas en este momento de la historia. Que existen grupos que retoman ese, en apariencia irrenunciable, reconocimiento de la identidad latinoamericana y fusionarla con el reclamo político. Quenas, guitarras eléctricas, ritmos andinos, letras de protesta. La identidad musical de esta generación que se manifiesta está en construcción. Disculpe las molestias.
“Sobran” de Arbolito (2007).

viernes, junio 15, 2012

Contra las cuerdas


El auditorio del casino estaba a reventar. Las luces de neón irradiaban destellos multicolores. En la zona de privilegiados, los escotes contrastaban con los moños cursis de los smokings. Era una fiesta de egos y simulaciones. Los corredores habituales tomaban su lugar en las butacas que parecían reconocer sus traseros de destructores de esperanzas. En primera fila, las celebridades sonreían a las cámaras. No sabían a ciencia cierta de dónde procedían los flashes que de manera intermitente sentían rebotar en su rostro; se habían acostumbrado a sonreír de manera tal que las fotos del diario del día siguiente fueran un reflejo de su espontaneidad. Grupos de hombres alcoholizados seguían brindando con sus vasos desechables rebosantes de espuma de cerveza. Algunos celebraban el despido de su soltería y no habían encontrado mejor forma de hacer tal cosa más que atestiguar cómo dos hombres se machacaban sobre un ring. El volumen de la música sube repentinamente. Las luces se apagan y se escucha un beat que simula el sonido de un corazón que comienza a acelerarse. De repente estallan los fuegos artificiales y un rap que habla de destrucción y crimen se escucha en los altavoces. Aparece el primer contendiente. Cubierto con una bata roja y negra parece un monje que se dirigiera a oficiar un ritual de exorcismo. Sube al ring y se despoja de su armadura. Tensa los músculos y levanta los brazos. Se escucha un griterío que rebota hasta el techo del auditorio. Cuando los gritos desaparecen se hace nuevamente la oscuridad. Suenan los acordes de una aria de ópera que, de improviso, se convierte en un frenético ritmo electrónico. Se encienden antorchas chispeantes en uno de los costados del ring. Aparece el retador. Una bata dorada y blanca le cubre el cuerpo. Trota hacia el cuadrilátero mientras lanza golpes de calentamiento. Cuando sube al encordado muestra el cuerpo trabajado a conciencia en el gimnasio. Las venas de los antebrazos saltan como si la sangre que contienen amenazara con desbordarse. Se arrodilla en su esquina y comienza a orar. La multitud guarda silencio hasta que el retador se levanta, dirige la mirada al cielo y levanta un brazo. Se escuchan los vitoreos y algunos abucheos. El referee los llama al centro, les recuerda las reglas elementales y les hace chocar los guantes. Se oye la campana que echa a andar el mundo.

Las discusiones habían comenzado a ser más frecuentes. Ella le reprochaba sus largas ausencias. Sus obligaciones en el trabajo. El haberla arrastrado a una vida en la cual la diversión estaba desterrada. Qué caso tenía tener tanto dinero si no podían utilizarlo para viajar, para salir a buenos lugares hasta tarde, para vivir una vida que todos les envidiarían. Él la escuchaba en silencio hasta que su paciencia se agotaba. Entonces, sin mediar aviso, sus puños se estrellaban en la superficie más cercana. La puerta del refrigerador mostraba una abolladura producto de uno de esos arranques. La puerta de uno de los closets lucía su novedad ante la necesidad de haber tenido que cambiar la anterior. Entonces ella callaba, se metía a la recámara y cerraba por dentro. Él se salía a la calle y comenzaba a correr sin rumbo. Entrenamientos en las mediasnochesquesevolvíanmadrugadas. Y así agotadas las horas y agotadas las piernas terminaba creyendo que era mejor dejarlo todo y tratar de salvar su matrimonio. Pero entonces se daba cuenta que pensar eso era, en cierta forma, una claudicación. Y a los hombres como él nunca les ha gustado la derrota. Entonces enfilaba, con el frío de la madrugada calándole el orgullo, hacia el gimnasio. Y se ponía a golpear los costales y a saltar la cuerda. El entrenador movía la cabeza de un lado a otro y le arrojaba la toalla olorosa a cloro. Se ponía las manoplas y ensayaba los blancos con el pupilo que poco a poco volvía a la claridad y la calma. Entonces lo mandaba a las regaderas, y a casa, donde comenzaba todo de nuevo.

Los tres primeros rounds han terminado. Se mantienen en pie y soltando golpes. Se nota que los dos púgiles son disciplinados, que se han curtido en el esfuerzo y el dolor. El retador tiene una cortada en la ceja que sangra de manera discreta. La vaselina que el couch ha aplicado en la herida y sus alrededores ayuda a que los efectos se vean menos graves de lo que en realidad son. El otro sí que tiene problemas, un volado de derecha le ha tocado de pleno el pómulo izquierdo generando una hinchazón que ha comenzado a obstruirle la vista. Es cada vez más evidente su incapacidad de visión, el retador ha aprovechado eso y ha logrado colar dos upper cuts que no han hallado defensa eficiente. El llegar a la esquina, uno de los seconds calcula los riesgos de cortar la piel en la hinchazón para que la sangre acumulada salga y permita al boxeador tener nuevamente la capacidad de visión en ese lado. El otro lanza un chorro de agua en la cubeta y se acomoda el protector bucal. Se pone de pie y comienza a brincotear en su esquina. Suena la campana. Un hilillo de sangre sale por la cortada finísima que le han hecho al defensor del título a un lado del ojo. Suena la campana. El caos se hace entre ruidos, luces y corazones acelerados.

No supo bien cuando comenzó. Pero ella dejó de quejarse. También dejó de atender la casa y de simular una vida matrimonial perfecta. Las revistas de chismes comenzaron a fotografiarla en fiestas de la farándula. En el antro de moda. En los estrenos de cine. No era precisamente una desconocida. De hecho, por eso había conocido al boxeador más prometedor de ambiente. Le había llamado la atención su mutismo y la incomodidad que no se preocupaba por esconder en las fiestas a las que su promotor lo obligaba a asistir. Se acercó sabiéndose hermosa y dueña de las miradas de la sala. Y se sentó junto al deportista. El otro la miró, pero no le dijo nada. Y así pasaron los minutos. Entonces él se volvió hacia ella y le preguntó cualquier cosa. Ella sonrió y le contestó con toda la coquetería de la que se sabía capaz. Era una cuestión inevitable lo que ocurriría. Después todo cambió. Él dejó de asistir a esas fiestas y trató de que su ahora esposa también lo hiciera. Funcionó durante un tiempo, pero después ella comenzó a quejarse. Él intentó que comprendiera que la vida de un boxeador es muy corta, que necesitaba ahorrar lo suficiente para que no tuvieran que preocuparse después. Que luego tendrían tiempo para todo. Ella entendió (o pretendió entender) por un tiempo, pero después comenzó a “escaparse” de la casa. No se enteraba cuando comenzaba el día de su esposo, porque la noche anterior había sido agitada. Él nunca dijo nada. Trató de aparentar que estaba de acuerdo con el trueque: la suspensión de las quejas a cambio de la indiferencia por su cada vez más pública vida nocturna. La única vez que dijo algo fue cuando encontró la foto de su esposa tomada de la mano con un cantante de moda. La publicación donde se encontraba la imagen hacía comentarios maliciosos acerca de la relación de los dos personajes. Entonces fue cuando él preguntó, con no mucho tacto, qué significaba aquello. Ella sólo dijo: nunca estás. Se metió a su recámara y cerró por dentro. Sólo alcanzó a escuchar cómo se rompía en mil pedazos el espejo del baño.

El retador tiene contra las cuerdas al campeón. Ha castigado con constancia el ojo lastimado hasta que la sangre escurre y distrae, sin duda, los intentos desesperados por buscar un golpe que atempere las embestidas del retador. La multitud está de pie. Se presagia un final de antología, de ésos que se recuerdan después de muchos años. Un gancho del retador entra en uno de los costados desprotegidos del campeón haciéndolo doblarse de manera dramática. El retador entonces se congela. Sabe que es el momento de terminar con todo, pero no lo hace. El guante derecho baja y entonces el campeón, en medio de una cortina roja, atisba el camino de una última oportunidad. Lanza con toda su fuerza el puño que se estrella en la mandíbula del retador. Los espectadores enmudecen. El tiempo se detiene. El mundo deja de girar.

Ella apaga el televisor. En ese momento los gritos desaforados del comentarista la molestan más que de costumbre. Ella arrastra una maleta y cierra la puerta de la casa tras de sí.

Nocaut.

jueves, junio 14, 2012

El fuera de lugar como vocación


Llegué al trabajo de Hernán Casciari a partir de la lectura de su proyecto monumental y utopista denominado Orsai. Una revista sin publicidad en donde el principal criterio de financiamiento es la fidelidad de sus lectores, que no se puede vender en los países a los que llega en un precio mayor al que significaría comprar quince diarios de circulación nacional y cuyo contenido está decidido a partir de una premisa más que interesante: “sólo publicar aquello que nos gustaría leer”. Además, es una revista que está disponible a los lectores de manera gratuita en formato pdf y para su lectura en línea. Es decir, una invitación a la lectura que es difícil de pasar por alto.
      La palabra orsai deriva de la pronunciación fonética de un término futbolístico que se puede, sin embargo, traducir a una infinidad de situaciones: la idea del “fuera de lugar”. Y Casciari es un experto en ubicarse en esa posición la mayoría de las veces sancionada (no siempre, por lo que tal decisión arbitral es, también, el inicio de interminables discusiones futboleras). Casciari se ubica en fuera de lugar en la industria editorial, por ejemplo, cuando acude al ciclo de charlas TED (Tecnología, Entretenimiento, Diseño) y plantea una alternativa de publicación y financiamiento al margen de las grandes editoriales y distribuidoras. Una propuesta que se ubica en los terrenos del Do It Yourself más punk. Pero que funciona. Al menos, la revista marcha viento en popa y, después de cinco números, su calidad se mantiene sin menoscabo de ningún tipo.
También se ubica en orsai cuando de desarrollar su propio proyecto de escritura se trata. Con varias obras publicadas a la manera tradicional a cuestas (Más repeto que soy tu madre, España perdiste, Diario de una mujer gorda) su estilo es consistente con una visión lúdica de la literatura. Un tanto a la manera del Ibargüengoitia periodista y cronista, Casciari tiene un respeto fundamental por la escritura como una manera de hacer que el lector continúe leyendo porque lo que se le ofrece es entretenido, inteligente y, en su caso, hilarante. Esa búsqueda del bienestar del lector es evidente en el desarrollo de su prosa. Aborda tópicos de maneras que parecerían disparatadas, establece alegorías que son políticamente incorrectas pero que en el contexto de lo que nos narra resultan risibles, se burla de todo, comenzando por él mismo.
      Ese es el espíritu que anima El pibe que arruinaba las fotos, una especie de autobiografía que se dedica a divagar por temas, anécdotas y reflexiones que genera identificación con el lector. El título proviene del hecho de que, como nos ocurre a varios, nunca fue un tipo fotogénico. Desde niño, aparecía en las fotos como el niño que hacía caras, bizcos o le ponía cuernos al desgraciado que se encontrara a su lado. Tal cuestión, que la mayoría de las veces causa gracia, se convierte en el pretexto ideal para que el Casciari narrador nos lleve a su infancia de colegio, y a la manera en cómo las vecinas dejan de hablarle a su madre porque no podrían nunca tener una foto escolar de grupo decente mientras el niño Casciari apareciera en ellas. Porque siempre hacía muecas.
La mueca, técnicamente hablando, era un homenaje involuntario a cuatro celebridades de entonces. Un segundo antes del flash, yo inflaba las mejillas como el actor mexicano Carlos Villagrán, ponía la trompa como el cómico argentino José Marrone, y los ojos bizcos como la vedette Susana Giménez. A la vez, ladeaba un poco el cogote para la derecha, como el científico Stephen Hawking. El resultado era de un patetismo brutal.
El libro, como muchas de sus entradas de blog, algunas veces parecen un ajuste de cuentas con el pasado. Ese pasado que más de uno tuvimos y del cual, hoy, no nos sentimos orgullosos. En una parte del texto narra un sueño en el que recuerda una escena del pasado, de una juventud que aparece como lejana y fantasmal, pero que en el sueño se revela diáfana. Describe los afiches cursis de su hermana y los poemas melcochosos de los pósters que tenía colgados en la pared. Pero al llegar a su propio cuarto se congela.
Mi hermana no tenía una puerta, tenía un blog de MSN. No debí haberme regodeado tanto, porque cuando llegué a mi habitación de entonces se me cayó el alma al suelo. Yo era mucho peor que mi hermana; yo era directamente un farsante. Habría preferido mil veces ser cursi como ella y escribir cosas de amor en las puertas, en lugar de tener toda la habitación empapelada con afiches de escritores que jamás en la vida había leído.
      ¿Qué hacía esa foto de Lenin allí, con ese bigote absurdo? Y sobre todo, ¿por qué durante toda mi adolescencia yo estuve convencido de haber colgado una de Nietszche? Regresaron, urgentes, mis deseos de entrar a la cocina, pero ya no para conversar conmigo al estilo borgeano, sino para cagar a trompadas al gordito pelotudo que estaba adentro.
Hace también una exploración de las maneras en cómo, después de haber descubierto lo que se reconoce como vocación, la desesperación por lograr el triunfo en esa área escogida conscientemente parece no hacer caso de obstáculos ni impedimentos. Por ejemplo, la desesperación por obtener el triunfo como escritor.
En esas épocas yo pensaba que a los veinticinco años me sonaría la campanada final de la literatura; sentía que me quedaba poco trecho y que todavía no había escrito una sola novela decente. Ahora, que tengo cuatro canas en la barba, ya no me pongo esos límites temporales para contar una historia. Tampoco escupo novelas como un desesperado, es cierto. Pero entonces era cuestión de vida o muerte ser un escritor: lo deseaba con las misma fuerza con que hoy deseo ser feliz.
Casciari consigue que el lector sienta la proximidad de la experiencia. Que se emocione en un nivel de intensidad similar al del narrador que desgrana su historia. Y la historia puede ser prácticamente sobre cualquier cosa: sobre el fútbol, sobre la soledad, sobre el trauma de ser gordo y tener tetas enormes, sobre ser un extranjero en un país en el que los estereotipos son moneda corriente, sobre la fumada al primer churro de mariguana, sobre la manera en cómo engañar a los padres, sobre la forma en cómo ligarse a una mujer, sobre la muerte...
Allí fue, entonces, donde mi padre me dijo sus últimas palabras, donde nos abrazamos por última vez, donde conversamos sobre alguna cosa. ¿Quién nos dirá de que, en esta casa, sin saberlo nos hemos despedido?
      No recuerdo sobre qué habrá sido nuestra última conversación cara a cara, pero lo puedo adivinar, porque nunca tuvimos muchos temas. El fútbol nunca fue un monólogo en mi vida, sino una interminable charla entre dos hombres. Cuando Chichita estaba pariendo a mi hermana, a finales de junio del setenta y cuatro, Roberto y yo nos escapamos de la Clínica Cruz Azul al Bar Avenida (que está enfrente) porque televisaban la semifinal del mundial de Alemania. Allí, supongo, comenzó la conversación entre Roberto y yo. Yo tenía tres años. Él acababa de cumplir los treinta.
De manera inesperada, en el renglón intermedio de un párrafo, aparece la frase que nos hace detener la lectura, tomar aliento, tratar de memorizarla. Y después seguir. Escalar ese manifiesto de vida y de ideas acerca de la literatura. Del rechazo a esa necesidad que se siente de clasificar no sólo la literatura de determinado sitio, sino la realidad toda.
Mi esposa Cristina también es europea, y a todas las cosas raras que yo le cuento sobre mi juventud en Argentina las resuelve de dos maneras: o me dice 'eres un mentiroso', o me dice 'eso es realismo mágico'. En el fondo odio bastante ese prejuicio. ¿Por qué si un asiático levita es yoga, pero si levita un colombiano es un cuento de García Márquez? ¿Por qué si un hindú prescinde de los ahorros de toda su vida es ascetismo, y si lo hace un argentino es corralito? Hay mucho racismo intelectual en Europa.
De más está decir que les recomiendo leer a este gordo entrañable. Sólo algo más, en lo cual se nota la congruencia del autor: si les llamaron la atención los arbitrarios subrayados que leyeron, pueden leer gratis y de manera legal, (en estos tiempos de persecusiones digitales) los textos que dieron origen a este libro. Salud y digan “whisky”. 

Hernán Casciari, El pibe que arruinaba las fotos, Buenos Aires, 2009.