viernes, junio 29, 2012

Tic-tac...


Cuando era niña, Lucy imaginaba que, detrás de los aparatos electrónicos, había diminutos seres que los hacían andar. Así, creía que dentro de las bocinas de la consola de su padre había una diminuta orquesta que interpretaba la música que salía por los altavoces. También creía que esos mismos seres, al día siguiente, daban las noticias y actuaban la radionovela. Algunas veces intentó ver hacia adentro de las prodigiosas máquinas y sólo atinó a llenarse de polvo los ojos o a comprobar la cerrada oscuridad de los abismos de los bafles. Con la televisión le ocurría algo similar: estaba convencida de que las imágenes que aparecían en la pantalla correspondían a los seres que habitaban en alcobas y camerinos dentro del cinescopio. Le maravillaba creer que en ese cajón cabían no sólo los pequeños seres sino también aviones, autos, edificios y ciudades enteras construidas en la misma escala que los habitantes de la cajita luminosa.
      Después creció y tal idea se desvaneció de su serie de explicaciones acerca de cómo funcionaba el mundo. En una realidad en donde había cosas más interesantes como los muchachos, los libros, los viajes y las fiestas, un recuerdo de esa naturaleza estaba destinado al olvido. Alguna vez tuvo un dèja vu al ver la película Tron, pero el recuerdo continuó en el abandono. Aparte era más complejo, y ocioso, hay que decirlo, pensar en las maravillas arquitectónicas necesarias para que ciudades minúsculas echaran a andar aparatos como los iPods, las computadoras y demás parafernalia tecnológica.
      Pero un día, Lucy compró un despertador. Era una tienda de remate de empeños. El despertador simulaba una pequeña cabaña de los Alpes suizos o de alguna otra cordillera nevada. El sonido era de campanas, semejante a las de las iglesias, que aumentaban su volumen mientras el usuario no lo detuviera. Era un mecanismo ingenioso que, aparte, no dependía ni de baterías ni de energía externa alguna. Bastaba con dar cuerda a los resortes de la maquinaria interna para que, en la hora predispuesta, el despertador realizara su función.
      Y he aquí que un día, el despertador no funcionó. Lucy despertó cuando el sol ya había rebasado la línea del mediodía y asistir al trabajo era un despropósito. Volteó a ver el despertador que, enmudecido, parecía sonreír con malicia. No se escuchaba el tic-tac de la maquinaria interna. Lucy se llevó una de las manos a la frente y entonces recordó que la noche anterior no había dado cuerda a la máquina. Se sentó en el borde de la cama y, cuando iba a levantar el aparato, creyó escuchar los sonidos de una respiración acompasada. Puso atención. Ahora sí no le cabía duda alguna: dentro del despertados algo respiraba.
      Fue a la cocina a buscar algo para abrir el despertador. Regresó con un cuchillo de cubertería. Hizo palanca en una división que marcaba, justo, el techo de la diminuta cabaña. El techo cedió y entonces el sonido de la respiración fue nítido. Pudo ver a un hombre diminuto sobre una cama en proporción que dormía plácidamente. Su pequeño pecho subía y bajaba con regularidad cronométrica.
      Entonces Lucy recordó sus ideas de infancia y se estremeció. No supo qué hacer. En determinado momento, incluso, pensó que estaba soñando y que lo visto no podía ser real. Pero no. Por la ventana se colaban las voces de los vecinos, los claxons de los autos, la campana del camión recolector de la basura.
      Volvió a mirar al hombrecito. Su rostro reflejaba una paz que ella siempre había anhelado en su vida. Era muy probable que el pequeño ser tampoco supiera de la existencia de ella. Y decidió dejar todo como si no hubiera ocurrido. Le dio vuelta a la palanca de la cuerda del reloj y, al terminar, pudo escuchar como el ritmo del tic-tac era el mismo que la respiración del durmiente. Todavía pudo ver, al cerrar nuevamente la tapa del despertador, cómo se iluminaba ésta por dentro con reflejos que podían pasar por estrellas, lunas y cometas. Una noche entera para un solo ser.
      Regresó a la cama y decidió volver a dormir. Despertó al día siguiente, cuando el sonido de las campanas le anunció que era hora de echar a andar el mundo. Un mundo por completo renovado.

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