viernes, junio 15, 2012

Contra las cuerdas


El auditorio del casino estaba a reventar. Las luces de neón irradiaban destellos multicolores. En la zona de privilegiados, los escotes contrastaban con los moños cursis de los smokings. Era una fiesta de egos y simulaciones. Los corredores habituales tomaban su lugar en las butacas que parecían reconocer sus traseros de destructores de esperanzas. En primera fila, las celebridades sonreían a las cámaras. No sabían a ciencia cierta de dónde procedían los flashes que de manera intermitente sentían rebotar en su rostro; se habían acostumbrado a sonreír de manera tal que las fotos del diario del día siguiente fueran un reflejo de su espontaneidad. Grupos de hombres alcoholizados seguían brindando con sus vasos desechables rebosantes de espuma de cerveza. Algunos celebraban el despido de su soltería y no habían encontrado mejor forma de hacer tal cosa más que atestiguar cómo dos hombres se machacaban sobre un ring. El volumen de la música sube repentinamente. Las luces se apagan y se escucha un beat que simula el sonido de un corazón que comienza a acelerarse. De repente estallan los fuegos artificiales y un rap que habla de destrucción y crimen se escucha en los altavoces. Aparece el primer contendiente. Cubierto con una bata roja y negra parece un monje que se dirigiera a oficiar un ritual de exorcismo. Sube al ring y se despoja de su armadura. Tensa los músculos y levanta los brazos. Se escucha un griterío que rebota hasta el techo del auditorio. Cuando los gritos desaparecen se hace nuevamente la oscuridad. Suenan los acordes de una aria de ópera que, de improviso, se convierte en un frenético ritmo electrónico. Se encienden antorchas chispeantes en uno de los costados del ring. Aparece el retador. Una bata dorada y blanca le cubre el cuerpo. Trota hacia el cuadrilátero mientras lanza golpes de calentamiento. Cuando sube al encordado muestra el cuerpo trabajado a conciencia en el gimnasio. Las venas de los antebrazos saltan como si la sangre que contienen amenazara con desbordarse. Se arrodilla en su esquina y comienza a orar. La multitud guarda silencio hasta que el retador se levanta, dirige la mirada al cielo y levanta un brazo. Se escuchan los vitoreos y algunos abucheos. El referee los llama al centro, les recuerda las reglas elementales y les hace chocar los guantes. Se oye la campana que echa a andar el mundo.

Las discusiones habían comenzado a ser más frecuentes. Ella le reprochaba sus largas ausencias. Sus obligaciones en el trabajo. El haberla arrastrado a una vida en la cual la diversión estaba desterrada. Qué caso tenía tener tanto dinero si no podían utilizarlo para viajar, para salir a buenos lugares hasta tarde, para vivir una vida que todos les envidiarían. Él la escuchaba en silencio hasta que su paciencia se agotaba. Entonces, sin mediar aviso, sus puños se estrellaban en la superficie más cercana. La puerta del refrigerador mostraba una abolladura producto de uno de esos arranques. La puerta de uno de los closets lucía su novedad ante la necesidad de haber tenido que cambiar la anterior. Entonces ella callaba, se metía a la recámara y cerraba por dentro. Él se salía a la calle y comenzaba a correr sin rumbo. Entrenamientos en las mediasnochesquesevolvíanmadrugadas. Y así agotadas las horas y agotadas las piernas terminaba creyendo que era mejor dejarlo todo y tratar de salvar su matrimonio. Pero entonces se daba cuenta que pensar eso era, en cierta forma, una claudicación. Y a los hombres como él nunca les ha gustado la derrota. Entonces enfilaba, con el frío de la madrugada calándole el orgullo, hacia el gimnasio. Y se ponía a golpear los costales y a saltar la cuerda. El entrenador movía la cabeza de un lado a otro y le arrojaba la toalla olorosa a cloro. Se ponía las manoplas y ensayaba los blancos con el pupilo que poco a poco volvía a la claridad y la calma. Entonces lo mandaba a las regaderas, y a casa, donde comenzaba todo de nuevo.

Los tres primeros rounds han terminado. Se mantienen en pie y soltando golpes. Se nota que los dos púgiles son disciplinados, que se han curtido en el esfuerzo y el dolor. El retador tiene una cortada en la ceja que sangra de manera discreta. La vaselina que el couch ha aplicado en la herida y sus alrededores ayuda a que los efectos se vean menos graves de lo que en realidad son. El otro sí que tiene problemas, un volado de derecha le ha tocado de pleno el pómulo izquierdo generando una hinchazón que ha comenzado a obstruirle la vista. Es cada vez más evidente su incapacidad de visión, el retador ha aprovechado eso y ha logrado colar dos upper cuts que no han hallado defensa eficiente. El llegar a la esquina, uno de los seconds calcula los riesgos de cortar la piel en la hinchazón para que la sangre acumulada salga y permita al boxeador tener nuevamente la capacidad de visión en ese lado. El otro lanza un chorro de agua en la cubeta y se acomoda el protector bucal. Se pone de pie y comienza a brincotear en su esquina. Suena la campana. Un hilillo de sangre sale por la cortada finísima que le han hecho al defensor del título a un lado del ojo. Suena la campana. El caos se hace entre ruidos, luces y corazones acelerados.

No supo bien cuando comenzó. Pero ella dejó de quejarse. También dejó de atender la casa y de simular una vida matrimonial perfecta. Las revistas de chismes comenzaron a fotografiarla en fiestas de la farándula. En el antro de moda. En los estrenos de cine. No era precisamente una desconocida. De hecho, por eso había conocido al boxeador más prometedor de ambiente. Le había llamado la atención su mutismo y la incomodidad que no se preocupaba por esconder en las fiestas a las que su promotor lo obligaba a asistir. Se acercó sabiéndose hermosa y dueña de las miradas de la sala. Y se sentó junto al deportista. El otro la miró, pero no le dijo nada. Y así pasaron los minutos. Entonces él se volvió hacia ella y le preguntó cualquier cosa. Ella sonrió y le contestó con toda la coquetería de la que se sabía capaz. Era una cuestión inevitable lo que ocurriría. Después todo cambió. Él dejó de asistir a esas fiestas y trató de que su ahora esposa también lo hiciera. Funcionó durante un tiempo, pero después ella comenzó a quejarse. Él intentó que comprendiera que la vida de un boxeador es muy corta, que necesitaba ahorrar lo suficiente para que no tuvieran que preocuparse después. Que luego tendrían tiempo para todo. Ella entendió (o pretendió entender) por un tiempo, pero después comenzó a “escaparse” de la casa. No se enteraba cuando comenzaba el día de su esposo, porque la noche anterior había sido agitada. Él nunca dijo nada. Trató de aparentar que estaba de acuerdo con el trueque: la suspensión de las quejas a cambio de la indiferencia por su cada vez más pública vida nocturna. La única vez que dijo algo fue cuando encontró la foto de su esposa tomada de la mano con un cantante de moda. La publicación donde se encontraba la imagen hacía comentarios maliciosos acerca de la relación de los dos personajes. Entonces fue cuando él preguntó, con no mucho tacto, qué significaba aquello. Ella sólo dijo: nunca estás. Se metió a su recámara y cerró por dentro. Sólo alcanzó a escuchar cómo se rompía en mil pedazos el espejo del baño.

El retador tiene contra las cuerdas al campeón. Ha castigado con constancia el ojo lastimado hasta que la sangre escurre y distrae, sin duda, los intentos desesperados por buscar un golpe que atempere las embestidas del retador. La multitud está de pie. Se presagia un final de antología, de ésos que se recuerdan después de muchos años. Un gancho del retador entra en uno de los costados desprotegidos del campeón haciéndolo doblarse de manera dramática. El retador entonces se congela. Sabe que es el momento de terminar con todo, pero no lo hace. El guante derecho baja y entonces el campeón, en medio de una cortina roja, atisba el camino de una última oportunidad. Lanza con toda su fuerza el puño que se estrella en la mandíbula del retador. Los espectadores enmudecen. El tiempo se detiene. El mundo deja de girar.

Ella apaga el televisor. En ese momento los gritos desaforados del comentarista la molestan más que de costumbre. Ella arrastra una maleta y cierra la puerta de la casa tras de sí.

Nocaut.

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