jueves, marzo 31, 2011

Pildorita

(Imagen de Ana Galindo)
Después de la píldora nada fue igual. Las orejas de Rodolfo comenzaron a crecer. Su nariz se convirtió en una trompa con la que comenzó a rascarse la cabeza. Intentó decir algo pero el tamaño de sus colmillos le impidió articular sonido alguno. He aquí que se había convertido en un elefante. Esta visión era nueva. Nunca la había experimentado. Y decidió ir más allá. Con la trompa tomó otra píldora y la arrojó adentro de su boca. Su cuerpo se cubrió de colores. Diversas formas se dibujaron en su piel. Las formas se movían, los colores mudaban del rojo encendido al blanco enceguecedor. Y quiso ir más allá. Tomó otra píldora. Pero algo salió mal. Sintió un dolor terrible en una de sus patas. Lanzó un grito y se desmayó.
          Lo despertó el chasquido de un látigo y los gritos de un domador. Estaba en el centro del escenario de un circo. Intentó detenerse, pero el látigo volvió a chasquear y, sin saber por qué, siguió caminando en círculos mientras tomaba la cola de otro elefante. Pensó que había sido suficiente. Entonces se dio cuenta que el frasco de píldoras no estaba en su trompa. Sintió un escalofrío.
         Al otro lado del escenario, un payaso de inmensa peluca tomaba una píldora y se iba transformando lentamente en Rodolfo.

miércoles, marzo 30, 2011

Hay una araña en el techo

Desnudo (fotografía de José Miguel Jiménez)

Cuando volvió de la calle la encontró en su cama. Desnuda. No supo qué hacer más que mirar. Y ella lo sabía. Sentía la mirada recorrer su espalda. Sabía del escalofrío y de la sequedad repentina de la garganta. Pero no dio señales de saberse observada. De espaldas a la puerta, dejó que la sorbieran luz a luz. Que todo quedara a oscuras. Que los ojos de él consumieran hasta el último rescoldo. Que en la oscuridad se supiera poseída. Y, por tanto, perdonada. No soportaba más la culpa. Todos los días, mientras el reloj desgranaba los segundos uno a uno, ella se consumía. Elegir es renunciar, se repetía. Y empezaba a llorar. Con un llanto que le duraba toda la mañana, hasta que la rutina la escupía a la calle.
          Este día, sin embargo, la calle la extrañó. Porque ella no salió. Se quedó en la cama. Mirando el techo donde una araña apenas se había movido unos centímetros en varias horas. Sabía que él volvería. Y todo sería igual. Los mismos silencios, los mismos suspiros, las mismas miradas que se desviaban de último momento. El mismo crujido del cereal y el mismo sonido del agua haciendo funcionar el excusado. El mismo calor ausente del otro cuerpo junto al suyo. La misma almohada entre los dos. El mismo mundo.
          Se quitó la ropa y esperó. Sólo dejó las sábanas sobre la cama. Quería que él la viera. La sorbiera, la deseara. Otra vez. Como la primera. Como ocurría siempre en su memoria. Y lo escuchó introducir en la cerradura la llave, girarla con premeditada lentitud, abrir la puerta. Lo supo porque la luz del pasillo se filtró hasta la pared que ella veía de frente. Porque casi se dibujaba la silueta de él en ese teatro de sombras. Ella de espaldas siente la mirada recorrerla. Reconocerla. Perdonarla. No puede evitar sentirse excitada. Gira la cabeza con toda la sensualidad de que se sabe capaz. La habitación casi a oscuras. La puerta está cerrada. No hay nadie. Ella vuelve la mirada al techo. La araña también ha desaparecido. Unos segundos después la oscuridad es total.

sábado, marzo 12, 2011

Lovely Rita


Santa Sabina tiene un significado especial en mi vida. Forma parte de la banda sonora que me acompañó durante mi travesía en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM en plena efervescencia neozapatista y rocanrolera mexicana. Los días en que Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Caifanes, La Lupita, La Castañeda, Tijuana No (con todas las limitaciones de sus contextos) conformaban un colectivo de expresión cultural en el que los jóvenes de la crisis neoliberal de los noventas nos podíamos identificar. 
          Y en medio de todos ellos estaba Santa Sabina. El grupo que se presentaba como el homenaje a la sacerdotisa de los hongos, María Sabina. Uno de las bandas con mayor respeto por la armonía, la melodía y la lírica. No era un grupo comercial. El impulso lo recibió por formar parte de un grupo más grande de bandas. Pero la complejidad de sus letras no los hacían parte de una propuesta digerible. Y, sin embargo, hacían cosas que les gustaban, que los volvían únicos dentro de un contexto donde la víscera y el grito prevalecían. Como el concierto acústico que organizaron en el bar El Hábito en Coyoacán en 1994, en el año que nos dio razones de lo que habíamos llegado a ser. Fuimos, Leonardo Frías y yo, a todos las presentaciones de ese concierto. Sin cansarnos de repetir la experiencia de una propuesta que nos entusiasmaba y nos hacía tener larguísimas pláticas sobre lo que era importante en ese momento: música. Escribí una crónica para una materia de la universidad que relataba mi experiencia en esa serie de conciertos. Eran seis páginas escritas en mi lettera 32. Llenas de entusiasmo y, en cierta medida, de amor adolescente producto de las revleaciones. Me gustó a mí. Le gustó a la profesora. Le gustó mucho a Leo y se la regalé. No me arrepiento, pero hoy me gustaría pasar la vista por esas líneas que escribí de manera, seguramente, idealista e ingenua.
          Es probable que la marca que dejó en mí asistir a esa serie de conciertos fue una de las cosas que me animaron a elegir al rock mexicano de los noventas como el tema de mi tesis de licenciatura en periodismo. En ésta, Santa Sabina tiene un papel protagonista. Pocos críticos o periodistas le pueden regatear falta de calidad o coherencia social y política. 
          En un plan más personal, durante cuatro años habité un departamentito de Murillo 89 en la colonia Mixcoac (conocido como "Lecumberri" por la disposición de las casas) en donde también vivían Poncho Figueroa y Patricio Iglesias. Fue una época de crisis donde el extraordinario baterista combatía a sus propios demonios en demedro de las actuaciones de la banda. Fueron días de pláticas fugaces con Poncho que, tras de sus serenos ojos claros, observaba y escuchaba con atención mientras conversábamos de cosas dispersas. 
          Hoy aparecen en mi memoria como retazos cubiertos de niebla. Como recuerdos que pertenecen al campo del sueño o al de la ficción. Como si uno negara la existencia de lo que alguna vez fuimos. Como si aquellos rostros casi infantiles de los noveles músicos en Ciudad de ciegos (México, Alberto Cortés, 1991) no se reconocieran en lo que llegaron a ser después.
          Por la mañana, mientras leo el diario, me entero de la muerte de Rita Guerrero. No puedo evitar un vuelco en el corazón. Una sensación de ausencia me invade. Uno entiende el duelo como la sensación de la ausencia de alguien cercano. Porque Santa Sabina y Rita Guerrero estuvieron siempre ahí. A la distancia de un CD, de una lista de reproducción, de un clic. Siempre dispuestos a hacer leve el tiempo que a veces se nos hace eterno. No puedo evitar cerrar los ojos y dar clic. Esperar la voz que traiga la calma. La voz de Lovely Rita.