lunes, febrero 21, 2011

Hay una línea en el cuadro

Los cuadros de Víctor me gustan. Son generosos en sus intenciones. Sólo hay uno al que decido cortarle vuelta cada vez que paso por su lado. Hay una línea que me aterra. Sí, una línea. Un trazo que va de un punto a otro, en este caso de manera recta. Es una amenaza. Al menos para mí. No puedo explicarlo a profundidad, pero así es. La línea es una línea negra en una cuadro azul. Me persigue con la vista, aunque esto es inexacto, puesto que no tiene ojos. Yo siento que me persigue con la vista, que se ríe de lo que digo. Es ocioso apuntar pero, como el lector habrá adivinado, tampoco tiene boca. Y sin embargo, cuando estoy en casa de Víctor, que son muchas veces en pocos días, no puedo dejar de pensar en la línea que está acechándome desde el cuadro azul. Y Víctor me habla de sus hijos, y de cómo crece lento el césped en el jardín y de cómo el agua reniega de los canales y prefiere seguir inundando el pradito verde. Y yo no lo escucho, o lo escucho a medias, porque sé que la línea está allá afuera, sonriendo para sí. Agachada sin que, sin embargo, se dibuje curva alguna en su perfección rectilínea. Y entonces Víctor me dice que sus pinceles le hablan, que las pinturas le susurran, que los lienzos se le retuercen. Y sé que son metáforas, pero la línea no. La línea es algo cierto. Quisiera interrumpirlo cuando me habla de los bermellones y de los celestes y decirle: "una de las líneas de tu cuadro azul me ha estado amenazando". Y hacerme acompañar por él para que, al observar a la línea ambos, ésta se sienta intimidada por la vista de su creador y se integre con el resto del cuadro. Un cuadro azul sin mayor chiste, si no fuera por la línea. Y entonces pienso, cuando estoy a punto de confesarme con mi amigo, que es precisamente la línea lo que hace al cuadro interesante. Que el cuadro sin la línea no es sino otro cuadro azul, de esos que los pintores usan para bautizar sus periodos de malancolía. Y entonces callo, porque quizá mi amigo ha invocado la línea para que su cuadro tenga vida. Vida. Alguna invocación antigua, algún extraño amasijo de palabras, algunos ingredientes nigrománticos en la preparación de las pinturas. Decido no decir nada. Porque quiero a mi amigo y no me gustaría ver su rostro demudado-sorprendido-humillado, al darse cuenta que he encontrado su secreto. Víctor bosteza. No necesita palabras, el día se ha terminado, el vino también. Me ofrece la hospitalidad del sofá, pero la rehuso al advertir que el sofá está en el mismo cuarto que la línea. Prefiero manejar a oscuras a adivinar, en la oscuridad, las ironías y los dobleces de la línea. Le doy un abrazo al pintor justo debajo del cuadro azul. La línea quiere escapar, casi rompe sus ataduras acrílicas. Pero nada pasa. Ya afuera, prendo el auto y lo echo a andar. Me despido con la mano de mi amigo que apaga la luz de la cochera y cierra el enorme portón. Yo enfilo hacia la autopista. Sin embargo, la inquietud me impide concentrarme, un auto me rebasa mientras la bocina casi rompe los cristales de mi auto. O es mi propio miedo el que quiere huir por las ventanillas. La carretera nuevamente a oscuras. Prendo la radio que, a esas horas y en esa zona, sólo sintoniza estática. Entre el ruido blanco me parece oír una risa. Se repite, como el vaivén del misterio electromágnetico, pero también como el sonido de mi condena ejecutada. Aprieto el acelerador. No quiero voltear a ver el espejo retrovisor. No me atrevo a mirar tras de mí. ______________________________ No quiero...

domingo, febrero 20, 2011

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He abandonado momentáneamente algunas cosas. Como este blog. Un espacio que quiero y que me ha dado satisfacciones, amigos, sorpresas y, también, algunos disgustos. Pero del cual no se me ocurriría renegar nunca. Mis preocupaciones han mudado de lugar y de contexto. He pensado en abandonar el sitio, en que quede ahí, a la deriva, como una botella lanzada al mar con sus mensajes ociosos, contradictorios otros, o simplemente, catárticos. Igual a alguien le sirven. Probablemente alguien pueda hacer algo con lo que quedaría flotando en este espacio cibernético casi infinito.
          Pero bueno, justo cuando estoy a punto de oprimir el botón descubro que me falta valor para hacerlo. Que borrar con un "accept" este rincón que cuenta su medio millar de entradas y su media década corta de posts esporádicos, a veces múltiples y otro tanto ausentes durante largos periodos de tiempo, me resulta poco más que difícil.
          Quiero regresar a publicar cosas por acá. A veces lo necesito. Así pues, los saludo de nuevo y acá parte un nuevo comienzo.