domingo, octubre 23, 2011

Personal Jesus


Su madre lo obligaba a ir a la iglesia desde que tenía memoria. Había aprendido a odiar el ritual del domingo con la conciencia suficiente como para blasfemar entre dientes mientras los demás pronunciaban oraciones aprendidas de memoria y vacías de significado. Tenía que aparecer ante el crucifijo central con el cabello engominado y la corbata bien anudada. Vestido de riguroso negro, los zapatos impecables, la raya rectísima a lo largo de sus piernas. Y rezarle al que, decían, murió por sus pecados.
            Imaginaba cosas atroces mientras realizaba lo que, por obligación, tenía que hacer. Niños que morían de hambre mientras los buitres les rondaban; mujeres con la nariz mutilada por haberse atrevido a pensar por sí mismas; mesías autonombrados que disparaban balas expansivas contra jóvenes activistas; animales ultimados en rituales sangrientos. Imágenes que llenaban su cerebro mientras sonreía al sacerdote que le daba a probar el cuerpo y la sangre de Cristo.
            Nunca confesaba sus visiones ni el odio cultivado cuidadosamente a lo largo de los años. Se acusaba de nimiedades en la hora de pasar cuentas. Dos padres-nuestros y tres ave-marías. Puedes ir en paz. Dos resplandores lo enceguecían: las luces de la multitud de veladoras al salir del confesionario y la luz del sol en el cenit al abandonar el templo. Su madre entonces le daba unas monedas, musitaba una bendición mientras dibujaba el símbolo de la cruz en su cuerpo y lo enviaba a deambular por las calles de la aldea.
            Llegaba cuando la noche era cierta. Musitaba un “ya vine” al cascarón corporal de su madre que se regocijaba, pero no demasiado, con el programa del domingo. La vista fija en el televisor y una sonrisa que nunca terminaba por dibujarse en el rostro. Entonces él subía a su habitación. Abría las ventanas que daban a la calle y dejaba que el frío se metiera en todos los rincones del cuarto. Tomaba el teléfono y marcaba números al azar. Una voz le había dicho que, si creía lo suficiente, un dios hecho a su medida le contestaría.
            Ese domingo podría ser la fecha elegida. Esperó con ansiedad una voz al otro lado de la línea. Sólo pudo escuchar una respiración fatigada, con estertores esporádicos. El sonido de alguien que agonizaba.

4 comentarios:

Gilberto Soriano dijo...

Saludos, Edgar. Encontré tu blog por casualidad, lo leí y me pareció sorprendente.

Me gustaría que te des un poco de tiempo y visites mi blog: http://sobreestaslineas.wordpress.com

Sigo en contacto visitando tu espacio.
Gracias y excelentes lecturas y textos.

Gilberto Soriano
sir_rembrand@hotmail.com

Édgar Adrián Mora dijo...

Gracias, Gilberto. Vi en tu blog que estás leyendo a Guillermoprieto, si te gusta Historia escrita, busca Al pie de un volcán te escribo, no te vas a arrepentir.
Saludos.

Gilberto Soriano dijo...

Hola, Édgar. Gracias por la recomendación. Sin duda alguna, buscaré el libro.

Por cierto, te agregué al Facebook. me gustaría entrar en contacto contigo. La charla es el mejor medio de difusión cultural.

Gracias por entrar a mi blog que parece más un diario.

Beth dijo...

ES COMO MI HISTORIA WOW