miércoles, agosto 17, 2011

Ranas


Al señor É le encanta nadar. Es una de las pocas cosas que disfruta. Al salir de su trabajo, una actividad que lo agota hasta la extenuación, el señor É se dirige a la alberca en la que diariamente realiza sus ejercicios. Con una rutina que se ha vuelto mecánica a fuerza de repetirse día tras día, el señor É recoge sus toallas en un mostrador, se dirige a las regaderas para enjuagarse el cuerpo antes de entrar a la pileta, se pone el traje de baño que le ajusta como un guante, la gorra de silicona que impide que los cabellos que todavía conserva caigan al agua y se metan por las narices de otros nadadores, y finalmente se coloca los googles que evitan que el agua clorada se le meta a los ojos (el señor É tiene los ojos muy sensibles).
          Llega con el encargado de la alberca para saber en cuál carril podrá nadar hoy. Siempre nada en los carriles 2 ó 3, que están en el medio, nunca en el 1 ó el 4, que están en las orillas. Pero hoy el encargado le señala el carril 1. Por un momento, sólo por un momento, el señor É duda. Reacciona, sin embargo, ante lo ridículo de la duda y se mete al carril.
          El señor É se desplaza con la velocidad que la práctica y la disciplina le han otorgado. Le gusta sentir cómo su cuerpo se mueve con cierta naturalidad entre el agua, como si fuera un pez o una rana, o algún otro animal acuático.
          El señor É nada largo rato sin descanso. Su resistencia se ha incrementado con el tiempo y el placer que experimenta en ese silencio acuático, en esa soledad relajante, lo anima a seguir separado del mundo. Sin embargo, en algún momento se detiene para tomar agua y recuperar el aliento. Cuando lo hace, descubre asombrado que en la alberca no hay nadie. Ni una sola alma nadando en los carriles o merodeando por las orillas. Ni siquiera el encargado se ve por algún lado. Le parece extraño. Recién cuando llegó, la alberca estaba llena de nadadores. Le dieron el carril 1 porque el 2 y el 3, sus habituales, estaban ocupados.
          Decide, pese a lo extraño del suceso, no prestarle mayor atención y seguir nadando. Toma impulso y se lanza. Pero, dentro del agua, no deja de pensar en lo extraño del suceso. Así que cuando llega nuevamente a un extremo del carril se detiene. Ahora descubre que las luces eléctricas que mantenían alumbrada la alberca están apagadas. Reina la oscuridad, interrumpida solamente por los rayos de luna que se filtran por el techo de cristal.
          El señor É comienza a cuestionar su cordura. Piensa que lo que ocurre escapa a toda lógica. En estos pensamientos se encuentra cuando una rana llega dando saltos por la orilla de la alberca hasta donde se encuentra. Es una rana que brilla con una extraña fosforescencia debido a los rayos de luz que se filtran por los vidrios que separan a la noche de Lo que pasa adentro. La rana croa. Parece mirar fijamente a los ojos del señor É. Este ha decidido que lo que está viviendo en realidad no ocurre. Que si sigue nadando, en algún momento las cosas volverán a la normalidad. El mundo volverá a ser su mundo. Está convencido de esto, pero la rana lo mira fijamente. El señor É decide que seguirá nadando hasta que las luces se vuelvan a prender y los nadadores aparezcan con sus largas brazadas en los carriles contiguos al suyo. Lo ha decidido, pero sus músculos no le obedecen. La rana lo mira. El señor É quiere volver a sumergirse en el agua. Una extraña superstición se lo impide. La luna se refleja en la superficie de la alberca. La rana salta al agua.

No hay comentarios.: