miércoles, abril 13, 2011

Tango

(Fotografía de Rodrigo Herrera)

Viniste. Te plantaste en las esquina y te volviste una estatua. Sentía tu mirada, la sombra de tu cuerpo embarrada en el empedrado. Hasta mí llegó el olor del tabaco oscuro, picante, que te gusta fumar. Pero no volteé. Ni siquiera me di por enterada. Tú ya estás muerto y no hay más que hablar. Aunque tuerzas la boca y entornes los ojos y me jures que no quisiste hacerlo. Ni así. Ya sé que te gusta alardear. Caminar a grandes zancadas, zancadas que se van achicando conforme te acercas a mi esquina. Y que se detienen de pronto. Como si se te hubiesen acabado las baterías. Y entonces, como en una escena repetida por siempre, sacas la cajetilla, tomas uno de los cigarrillos, humedeces los labios, llevas el pitillo a la boca, enciendes un fósforo y el humo se hace. Sacudes la pequeña llama y arrojas el pabilo muerto al suelo. Y te dedicas a mirar. Con esos ojos castaños que alguna vez fueron mi perdición. Esos ojos cansados de mirar, que se apagaban después de los míos, ojos con los que sueño a diario.
          ¿Por qué quieres volverme al pasado, si el pasado no quiere volver? Ya ves. Comencé a hablar en tangos. Musiquita de todos los días. Idioma que me acompaña en las noches en vela en que decido no salir a la calle. En las noches de llanto tremendo, de vueltas alrededor de la mesa, de botellas de vino díscolas, vacías a las primeras de cambio. ¿Te ríes? Parece que te ríes de mí. Sabes que eso me enfurece. Que es motivo suficiente para que monte en cólera y arroje sobre tu rostro la mano encendida y la explote en tu mejilla. Y que es pretexto para que me cojas de las muñecas y me acerques con fuerza a tu cuerpo. Y me sientas palpitar. Y entonces me beses con ternura, con lentitud, con ganas. Y me obligues a perdonarte todo. Las esperas nocturnas, los paseos a solas, los murmullos a baja voz de los demás. Y me obligues a vivir amarrado a tu querer. Otra vez el tango. Qué ganas de encontrarte después de tantas noches. Qué ganas, de veras. Qué ganas de besarte, qué ganas de abrazarte. Pensar en tangos te trae a mi cabeza. Ni cómo hacerle.
          De pronto todo quedó sin paisaje. Y ahora comienzas a moverte hacia acá. Sabes que escucho tus pasos, ahora cortos, acercándose a mi puesto. Lugar donde veo pasar la vida. Donde te vi pasar a diario. Donde supe que algún día te detendrías. Donde por siempre, desde siempre, te he esperado. Donde te sigo esperando. A pesar de saberte perdido. De haber mirado cómo te acuchillaban por deudas y por culpa de tu soberbia. Te tomé la cabeza y miré tus ojos castaños. No me duele lo que fui, ni lo soy, ni lo que vi. Nunca nos conocimos, pero siempre te había imaginado. Te vi morir y todas las noches te imagino venir hacia mí. Pero sólo será hasta esta noche. Nunca te dije “hola”, pero hoy te digo “adiós”. Porque, al final, adiós es la manera de decir “ya nunca”.

2 comentarios:

Jo dijo...

quien nunca haya armado un tanto que tire la primea nota...


dice el tango
hablar en tango es l que a veces tensiona o emociona.

ame esta entrada si ya me imagine hasta el bandoneon

Christina dijo...

Lindo!